El portal cultural de la Fnac

Maneras de morir

Rodrigo Cortés

Su interés por la dirección se despierta muy temprano: a los 16 años ya había rodado su primer corto en súper-8. En julio de 1998 realiza el cortometraje YUL, que obtiene una veintena de galardones internacionales, y, en 2001, 15 DÍAS, mítico falso documental que se convierte en el cortometraje más premiado de la Historia del cine español en ese momento. Experimenta con diferentes creaciones y piezas que reciben numerosos reconocimientos en festivales online. CONCURSANTE, su primer largometraje, se estrena en el Festival de Málaga en marzo de 2007, donde obtiene varios galardones, incluyendo el Premio de la Crítica a la Mejor Película. BURIED (Enterrado), que conmocionó a crítica y público en el Festival de Sundance de 2010, se estrenó a la vez en 52 países y más de 4.000 salas. Acaba de presentar en España su tercera película, LUCES ROJAS, con Cillian Murphy, Sigourney Weaver y Robert de Niro, que en los próximos meses llegará a las pantallas del mundo entero.

Estoy con...

"Moneda cósmica", de Darío Salas Sommer.

«La pobreza interna es el resultado del aprendizaje en estado de vigilia carencial». Última obra hasta la fecha del filósofo y pensador chileno: exige atención —no una imitación de la atención— y una digestión despierta...

¿Puede el café con leche convertirte en un ser inmortal?

Publicación: 21/05/2012

No.

Y ahora que tengo tu atención, hablemos de otras cosas. Como, por ejemplo, los superhéroes. ¿Qué pasa con los superhéroes? No pasa nada, porque los superhéroes no existen, y la razón principal por la que no existen es porque saltar mucho, correr rápido o lanzar objetos lejos, son actividades que suelen hacerse con un dorsal en la espalda y pantalones cortos, es decir: con un uniforme de mierda. No tengo nada en contra de los uniformes de mierda y, en lo personal, creo que casi todos lo son, con la posible excepción de los del Burger King, que inspiran respeto desde el primer instante, pero los superhéroes, los superhéroes de verdad, los que no existen, no pueden permitirse combatir en pantalones cortos, a pesar de ser lo que llevan haciendo, con variaciones, desde hace cincuenta años.

Lo que de verdad quiero decir es…

Imagínate que tienes un superpoder. Por ejemplo, saber cortarte bien las uñas con unas tijeras pequeñas, o leer la mente de los demás pero de verdad, no porque te lo parezca, o, pongamos por caso, volar. ¿Vas a ir vestido de Bershka por el cielo combatiendo el mal y enseñando tus uñas impolutas? No, porque entonces no serías un superhéroe (o una superheroína, si la Naturaleza ha ejercido contigo su capricho), sino una persona normal con la relativamente infrecuente capacidad de volar. Para ser un superhéroe hace falta un uniforme. Y en la vida normal, unas gafas. Y un uniforme no se hace así como así. Hace falta una tela especial, resistente pero flexible, llamativa pero elegante, con resistencia a las manchas. Y una sensibilidad especial para el diseño al alcance de muy pocos, conjugada con el manejo profesional del arte de la confección. Cualidades ambas posibles, pero improbables en alguien que, además, debe saber (o al menos poder) volar. ¿Cuántas personas con poderes (convengamos en que no habría más que un puñado en todo el mundo o no se verían las uñas que se ven) tendrían además el elemental dominio del diseño que permite la correcta combinación de colores y la capacidad (por no decir el material necesario) para ejecutarlo de forma efectiva, además del tiempo libre y la voluntad para el remiendo de desgarrones después de cada combate? ¿Nadie? ¿Uno? ¿Merece la pena ser superhéroe si estás sólo tú? ¿No harían tus logros parciales brillar con más fuerza tus ausencias? ¿No sería la parcial satisfacción del deber cumplido inferior a la frustración de saberte incapaz de llegar a todo? ¿Es que nadie tiene sed o le apetece algo caliente?

Lo que me devuelve al café con leche, ejemplo alquímico de solución líquida que puede conducir, en ocasiones, a la inmortalidad.

Esto es mentira.

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En cualquier sitio

Publicación: 27/03/2012

Poco se habla, en general, de los antifaces para el sueño, las bolsas pequeñas de tela y los bolígrafos con luz en la punta para escribir en la oscuridad. No sugiero que deba hacerse más, ni insinúo que no hacerlo responda a algún tipo de injusticia, descuido o conspiración, pero es mi obligación de cronista hacerlo notar y, por medio de la presente, lo hago y lo noto: poco se habla, en general, de los antifaces, las bolsas pequeñas y los bolígrafos luminosos.

Aun tentado de acabar aquí el texto y dejar al lector potencial con algo en que pensar para el resto de la tarde, creo mi deber desvelar la causa de tan sorprendente omisión, que alcanza, no tengan duda, a las fundas de plástico para mando a distancia, los sujetalibros en forma de espada partida por la mitad y los tirantes de colores. Y la explicación es: pueden comprarse en cualquier sitio.

Resistiendo el renovado impulso de concluir ahora, esta vez sí, el artículo —con la potencial impresión para el potencial lector de que algo se le ha escapado y debe abordar una segunda lectura, esta vez más atenta—, aclaro, por pura honestidad, que aún no he llegado al meollo del asunto que, como todo meollo, se esconde en el centro aproximado de la lechuga. Y el meollo está en la expresión: en cualquier sitio.

Hago notar (y a su vez noto) que cuando el ciudadano común pregunta dónde puede adquirir un llavero que reaccione a la llamada del silbo gomero, un ave disecada con las alas desplegadas o un colgador de toallas en forma de índice, nadie le responde que ni idea, que vaya usted a saber o que sólo Dios en forma de columna de humo por el día y de fuego por la noche podría guiarlo en tan improbable búsqueda. Siempre escucha algo muy parecido a: «¿Eso?, en cualquier sitio». Siente de este modo el preguntado que ha cumplido con su deber y el preguntador el deseo de partirle la cara. En países civilizados, alguno de ellos no muy alejados del nuestro, el preguntador agarra por las solapas al preguntado, alcanzando sus narices la distancia más corta. El primero amenaza, si no agrede, sin más dilación al segundo, y tiende a rematar tan elemental coreografía, según observación atenta, con un simple y educado: «Si no tienes ni puta idea, lo dices y punto. Subnormal».

Así que ténganlo en cuenta: si preguntan una dirección y la otra persona duda, salgan corriendo; si necesitan un dato, túmbense hasta que se les pase; pero cada vez que necesiten un antifaz para el sueño, bolsas pequeñas de tela o un bolígrafo con luz en la punta, sepan que eso, concretamente eso, se encuentra en cualquier sitio. Como por ejemplo, en los chinos.

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Las escaleras mecánicas

Publicación: 05/01/2012

Por algún motivo —en realidad por uno muy concreto—, los partidos políticos y los medios de comunicación se las han arreglado para que, de forma subliminal y aun explícita, hayamos decidido que la línea que divide una sociedad en dos es la de la ideología. Como tiene que ser. ¿Por qué juzgar a alguien en virtud de su generosidad o miseria, honestidad o vileza, capacidad de trabajo o pereza, pudiendo simplemente fijarnos en qué casilla señala cuando vota para el Senado? Están los «nuestros», que piensan como se debe pensar, y están los otros, que, a falta de una profundización argumental que pudiera hacer tambalear nuestros principios, son lo que científicamente se conoce como unos hijos de puta. ¿Por qué no votas a Zutano? Porque es un hijo de puta. ¿Qué tienes en contra del partido de Mengano? Son unos hijos de puta. ¿Has leído la entrevista a Fulano en El mundo? Menudo hijo de puta. Y así. Diríase que de ese modo no hace falta pensar, y lo cierto es que, así, sin entrar en detalles, falta, lo que se dice falta, no hace. Para eso está la radio, para encenderla por la mañana y averiguar lo que uno piensa. La emisora de uno, se entiende, la independiente y veraz, no la de los demás, en manos de hijos de puta.

Escaleras mecánicas

Lejos de estar en contra de las divisiones arbitrarias impuestas, que nos protegen de nosotros mismos y consiguen que las sociedades avancen sin grandes quebraderos de cabeza hacia su destino natural (ser el sándwich de alguien), propongo, sin embargo, una mucho mejor, dónde va a parar: la de quienes, en las escaleras mecánicas, se detienen a un lado, dejándose llevar, y quienes siguen moviendo las piernas en el pasillo que dejan los primeros. Podría mencionar también a los que suben por las escaleras convencionales, riscando con altivo entusiasmo, pero esta opción, por provocadora, entra en la categoría de radicalismo, y no merece la pena fijarse en ella salvo para prohibirla. Evitando molestos detalles, la cuestión es la siguiente: los que se dejan llevar por la mecánica, lo hacen por varias razones, por ejemplo porque pueden, y los que, aun beneficiándose de la incuestionable ayuda del progreso, deciden aportar su grano de arena a la física con diez o doce pasos bien administrados —celebrando, acaso, el milagro de la evolución—, lo hacen porque sí.

Elija con cuidado su grupo, porque el otro, se lo advierto, está lleno de hijos de puta.

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La carrera de una estrella de cine consiste en ayudar a los demás a olvidar sus problemas. En usar tu encanto, tu belleza y tu jovialidad para hacer que la vida parezca más fácil. "El problema -dijo una vez Gloria Swanson- es que si no lloras nunca en público... en fin, el público supone que no lloras nunca". CHUCK PALAHNIUK. 'AL DESNUDO' (Mondadori)