A Wim Wenders
(Düsseldorf, Alemania, 1945) le fascinan por igual
los espacios inmensos y los personajes desolados, como
la naturaleza –aunque sea urbana– que los
rodea. En un hotel del centro de Los Ángeles
o en un polvoriento pueblo tejano, Wenders deja que
sus ángeles sin alas, sus maridos sin mujer y
sus padres sin hijos se desnuden ante lo que nos parece
una cámara inexistente.
Ahora, tras sus brillantes incursiones en el documental
musical –ahí están Buena Vista Social
Club, su episodio para la serie de Martín Scorsese
The Blues o la grabación de Willie Nelson at
the Teatro–, Wim vuelve por donde solía:
con películas que congregan el favor de miles
de creyentes que vieron la luz –cegadora–
de París, Texas o lloraron como ángeles
en El cielo sobre Berlín. Lo hace, sí,
con dos trabajos: Don’t come knocking, estrenada
en la reciente edición del Festival de Cannes,
y Tierra de abundancia, que presentó en nuestro
país y con la que le da un repaso –de los
de verdad– a la América bélica del
mariscal Bush, gracias a una historia creíble
por lo sencilla: dos familiares enfrentados y engañados
por su concepción de América –él,
la cree en guerra contra un terror que acecha en cualquier
papelera; ella, su sobrina, tras vivir años en
Oriente Medio, descubre que la miseria y el fanatismo
también son acogidos en los brillantes rascacielos
de Los Ángeles–. El mejor Wenders, el de
Alicia en las ciudades o El amigo americano, ha vuelto
sobre algunos de sus temas más queridos –la
soledad, el desarraigo, el amor, la familia, el escepticismo–
para dar, otra vez, una lección de cómo
debe ser y hacerse cine en nuestros días.
¿Por qué cambió
el título original de la película, Angustia
y alienación en América, por Tierra de
abundacia, basado en el tema de Leonard Cohen?
Desde el primer momento sabía que ese título
no iba a sobrevivir, era un título más
bien irónico, con el que trabajar. Durante el
rodaje escuchaba a Leonard Cohen y
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