 |
| 
Empecemos por el principio, por un evento sin el cual
Diego de la Vega no habría nacido. Sucedió
en Alta California, en la misión San Gabriel,
en el año 1790 de Nuestro Señor. En aquellos
tiempos dirigía la misión el padre Mendoza,
un franciscano con espaldas de leñador, más
joven de aspecto que sus cuarenta años bien vividos,
enérgico y mandón, para quien lo más
difícil de su ministerio era imitar la humildad
y dulzura de san Francisco de Asís. En California
había varios otros religiosos en veintitrés
misiones, encargados de propagar la doctrina de Cristo
entre varios millares de gentiles de las tribus chumash,
shoshone y otras, que no siempre se prestaban de buena
gana para recibirla. Los nativos de la costa de California
tenían una red de trueque y comercio que había
funcionado por miles de años. Su ambiente era
muy rico en recursos naturales y las tribus desarrollaban
diferentes especialidades. Los españoles estaban
impresionados con la economía chumash, tan compleja,
que la comparaban con la de China. Los indios usaban
conchas como moneda y organizaban ferias regularmente,
donde además de intercambiar bienes se acordaban
los matrimonios.
A los indios los confundía el misterio del hombre
torturado en una cruz, que los blancos adoraban, y no
comprendían la ventaja de pasarlo mal en este
mundo para gozar de un hipotético bienestar en
otro. En el paraíso cristiano podrían
instalarse en una nube a tocar el arpa con los ángeles,
pero en realidad la mayoría de ellos prefería,
después de la muerte, cazar osos con sus antepasados
en las tierras del Gran Espíritu.
|
|
| Tampoco entendían
que los extranjeros plantaran una bandera en el suelo,
marcaran líneas imaginarias, lo declararan de
su propiedad y se ofendieran si alguien entraba persiguiendo
a un venado. La idea de poseer la tierra les resultaba
tan inverosímil como la de repartirse el mar.
Cuando al padre Mendoza le llegaron las noticias de
que varias tribus se habían sublevado, comandadas
por un guerrero con cabeza de lobo, elevó sus
plegarias por las víctimas, pero no se preocupó
demasiado, porque estaba seguro de que San Gabriel se
encontraba a salvo. Pertenecer a su misión era
un privilegio, así lo demostraban las familias
indígenas, que acudían a solicitar su
protección a cambio del bautizo y se quedaban
bajo su techo de buen grado; él nunca debió
usar militares para reclutar futuros conversos. Atribuyó
la reciente insurrección, la primera que ocurría
en Alta California, a los abusos de la soldadesca española
y la severidad de sus hermanos misioneros. Las tribus,
repartidas en grupos pequeños, tenían
diversas costumbres y se comunicaban mediante un sistema
de señales; nunca se habían puesto de
acuerdo para nada, excepto el comercio, y ciertamente
nunca para la guerra. Según él, esas pobres
gentes eran inocentes corderos de Dios, que pecaban
por ignorancia y no por vicio; debían existir
razones contundentes para que se alzaran contra los
colonizadores.
 |
Lee
el texto completo en la revista impresa
|
|
 |