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Hubo un tiempo en que la literatura española
sólo existía en España. Durante
buena parte del siglo veinte, en el extranjero, sólo
los muy aficionados sabían que después
de Unamuno y Lorca había habido vida aquí;
pocos tenían noticia de un Aleixandre, un Benet,
un Marsé. Esto cambió con Javier Marías.
Entre fines de los años ochenta y mediados de
los noventa, el autor de Todas las almas se convirtió
en una suerte de embajador literario de su país.
Fue un proceso lento, sin embargo. Y extraño.
Lento porque a Marías, que publicó su
primera novela a los veinte años, le llevó
casi otros veinte ser reconocido; extraño porque
todo, en esta historia, desafía la idea que la
mayoría se hace de lo que es un escritor, una
obra, un éxito, una carrera literaria.
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