Normalmente los cineastas, igual que el resto de los creadores, son conocidos por sus obras; y son escasos los que, además, lo son también por poseer alguno de esos atributos –atormentados, misteriosos o excéntricos– que desde el romanticismo se atribuyen al artista. ¿Es esta la prueba del genio, de aquel que da un paso más en el dominio de su oficio? Con toda seguridad, no. La mitificación del creador, su conversión él mismo en personaje, es cosa que no tiene que ver necesariamente con la calidad de su obra, sino que influyen en ella otros factores, y uno que casi siempre está presente es el azar. No son pocos, por ejemplo, los artistas cuya fama, convenientemente estimulada por los rasgos de una personalidad inusual, es superior a la que su obra merecería.
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