
A principios de los años noventa, cuando Paul
Auster escribía Leviatán, su décima
novela, una artista francesa llamada Sophie Calle ya
había recorrido algunos de los museos más
importantes del mundo con sus instalaciones, una serie
de insólitos proyectos formados por fotografías
y textos en los que yuxtaponía arte y vida, ficción
y realidad. Crónica voyeurista, experimento autobiográfico,
investigación psico-sociológica, de Los
durmientes (en los que invitaba a desconocidos a dormir
a su cama) a La sombra (donde se hizo seguir por un
detective para elaborar su autorretrato), o La Suite
vénitienne (en una ‘parodia de la pasión’,
como lo llama, siguió a un hombre desconocido
por París, y llegó hasta Venecia tras
él), la obra de Sophie Calle maneja unas coordenadas
muy cercanas a la literatura de Auster: azar, juego,
autoficción, peregrinaje detrás y delante
del sujeto que la inspira (extraños en su mayoría)
para descubrir al otro, espiar lo que nos ha sido vedado
y, sobre todo, entregarse a lo desconocido sobreponiéndose
al miedo.
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