CARLOS SORÍN EN LA PATAGONIA

El director de Historias mínimas retoma la fuerza del desierto argentino en su nueva película, Bombón - El Perro.

Si el Buenos Aires del barrio de San Telmo y alrededores se ha convertido en territorio Campanella, el barrio del Once y sus galerías comerciales son propiedad intelectual de Daniel Burman, si Lucrecia Martel ha hecho suya Salta y el norte argentino, entonces la Patagonia y Santa Cruz pertenecen a este director nacido hace casi sesenta años y que con Historias mínimas colocó esta región austral en las alfombras rojas y bajo los reflectores de muchos de los festivales más importantes de esta parte del mundo.

Sorín, pese a lo que pueda parecer viendo sus películas, no nació en Santa Cruz ni en ninguna otra localidad de la Patagonia; nació en Buenos Aires, y esa calidad de urbanita es, a su decir, la culpable de su amor por la Argentina austral: "En general, buena parte de los que vivimos en Buenos Aires, queremos huir, aunque sea al desierto patagónico. Si hubiese nacido allá, probablemente mi pasión seria Buenos Aires". Pero esa no es la única razón, Sorín -un hombre de pasiones peculiares, se verá más adelante- tiene una especial debilidad por el desierto, en general, ya sea el Mojave o el Magreb. El desierto, dice, combina a la perfección "el misterio del viaje y la lejanía".

Probablemente ni usted ni yo tengamos nunca la oportunidad de respirar ese aire frío y azul que parece inundarlo todo mientras insufla vida a los personajes de Historias mínimas. Pero gracias a Carlos Sorín y su cámara -recordar esa cámara-nos hemos podido acercar un poco, hemos podido husmear sin ser vistos esas vidas geográficamente tan lejanas pero, por obra y magia del cine, tan cercanas en sus pequeños pero intensos dramas cotidianos, en sus dificultades -el desierto como metáfora de la soledad- para relacionarse con sus semejantes.

La historia detrás de Historias mínimas es conocida por todos, Carlos Sorín llegó a la Patagonia a filmar un anuncio de telefonía. Llevó una troupe de actores que debía escenificar la emoción frente al cableado telefónico que por fin llegaba al pueblo. Pero Sorín descubrió algo, la emoción de los pobladores era real, mil veces más real que la que podían fingir los actores traídos de Buenos Aires. El anuncio se filmó -los actores debieron quedarse en sus remolques y dar paso a auténticos habitantes de Santa Cruz-, supuso un éxito en la Argentina, conquistó varios premios internacionales y Sorín, que vivía de la publicidad pero llevaba un cineasta y un par de películas a las espaldas, se quedó con la idea.

Y ahora, dos años después del éxito de Historias mínimas, Sorín ha vuelto a jugar con esa idea. Vuelven los actores no-profesionales (como la prensa ha tenido a bien llamarlos) y vuelve la Patagonia. Vuelven con Bombón-El perro, que se estrena en el Festival de San Sebastián y que en palabras de su director sigue la línea marcada por su anterior filme: "Es una road movie, los personajes son comparados con los héroes del cine, si bien son totalmente insignificantes, y presenta, una vez más, una atracción minimalista hacia los objetos y los rostros".

En el cine de Sorín -pensemos en la pelota o en la torta de Historias mínimas- los objetos, los fetiches, la manera cómo nos relacionamos con las cosas, gozan de una importancia tremenda: "En mi vida personal la relación con los objetos es conflictiva, obsesiva y un psicoanalista diría que simbólica. Por ejemplo, amo el cine pero amo mucho más las cámaras. Tengo mis propias cámaras, jamás las presto y las cuido aún más que mis películas. Me resulta atractivo que el drama de un personaje emerja en forma de objeto y si es naif es aún mas divertido".

Bombón-El perro cuenta la historia de un desocupado ("un parado como dicen ustedes"), un tema dramático en la Argentina que corre. Sin embargo, Sorín ha querido diluir ese dramatismo para procurar que el espectador entre en el tono de humor que le interesa: "Pienso en esta película como una comedia. No en el sentido tradicional de comedia sino por la mirada que quise otorgarle, una mirada que intenté que fuese siempre humorística y zumbona".

Esa temática social, ese buscar una mirada distinta y el tan mentado trabajo con actores no-profesionales, le han otorgado al trabajo de Sorín una cercanía con el cine documental. Él prefiere ubicarse a medio camino entre la ficción y la realidad, confiesa incluso haber realizado dos documentales para televisión, "pero eran apócrifos, ficticios: digamos que me aproveché de la buena fe de los televidentes". Se trata, en sus palabras, de "disponer dentro de la ficción de la fuerza extra que otorga lo testimonial". Y pone un ejemplo: "Juan Villegas es el nombre del protagonista de Bombón-El perro y Juan Villegas también es el nombre de quien lo interpreta. Lo dos tienen la misma edad e historias comunes. El Villegas-personaje trabajó veinte años en la soledad de una estación de servicio patagónica y el Villegas-persona, veinte años estacionando autos en la soledad de un garaje. Hay una escena donde el Villegas-personaje recibe emocionado y por primera vez en su vida el aplauso de 400 personas porque su perro ha ganado un premio. Es la misma escena en que Villegas-persona recibe emocionado y también por primera vez en su vida, el aplauso de 400 extras de la filmación. Difícilmente un actor pueda comunicar la emoción de esa manera. Simplemente porque era de verdad".

A diferencia de Adolfo Aristaraín (ver entrevista), Sorín ve con ojos amables e ilusionados de veterano a la avanzadilla de nuevos cineastas que en los últimos años -premios, festivales y algún taquillazo mediante- han dado a luz lo que la crítica (sobretodo la española) ha tenido a bien bautizar como "boom del nuevo cine argentino". Y las razones, el por qué de esta revalorización, de tantos premios ganados y de nombres que empiezan a sonar en los pasillos de Cannes, Berlín, Venecia o San Sebastián, Sorín las encuentra en los apoyos que, de un tiempo a esta parte, reciben los cineasta en su país: "Hay mucho fomento para el cine en Argentina. Para las escuelas de cine, para hacer cortos, para hacer largos. Buenos Aires debe ser la ciudad de mayor cantidad de directores o potenciales directores por kilómetro cuadrado. Es como el tenis, que también tiene mucho fomento. Hay miles de jugadores de tenis en Argentina. Es por eso que tenemos cuatro top ten y la final de Roland Garros la jugaron dos argentinos. Cuando se estimula una actividad los mejores tienen mas posibilidades de surgir".

Diego Salazar

Bombón-El Perro se estrena en cines en España el viernes 8 de octubre.
Mira aquí algunas imágenes de la película.

Revista ClubCultura #4

 

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