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La última película de Adolfo
Aristarain es un viaje a la infancia y la juventud, un homenaje
a una madre incondicional y una nueva muestra del amor del
director por la literatura.
"Lo primero que debe transmitir una historia es la sensación
de 'lo inevitable'". Son palabras de Joseph Conrad, una
de las citas que forma parte del personal credo de Adolfo
Aristarain. En él también hay frases de Chandler,
Stevenson y Pío Baroja. Aristarain, uno de los maestros
del cine hispanoamericano, es tal vez uno de los directores
de hoy día más cercanos a la literatura, seguramente
porque es un lector impenitente que ha encontrado muchas claves
en los libros para llevar a la pantalla.
Roma, su última película, a concurso en el Festival
de Cine de San Sebastián, cierra una 'trilogía'
que el director comenzó con Martín (Hache) y
continuó con Lugares comunes. Un filme en el que conviven
el amor incondicional de una madre por su hijo, el amor por
la literatura del director y de paso la historia argentina
de cuatro décadas, todo contado a través de
Joaquín Góñez (interpretado por José
Sacristán), un escritor que recibe en casa a Manuel
(Juan Diego Botto), un 'escriba informático' enviado
por la editorial a la que debe entregar su próximo
libro, uno de memorias en el que el personaje de Roma, su
madre (Susu Pecoraro), se va perfilando como la gran aglutinadora
y protagonista del relato.
¿Cómo fue la experiencia
de escribir junto a Mario Camus? ¿Cómo fue el
proceso de escritura del guión de Roma? ¿Más
complicado que otros, al tratarse de una película ambiciosa,
que abarca tres-cuatro décadas de la historia argentina,
con saltos en el tiempo y tantas sub tramas?
Con Mario Camus habíamos escrito varias cosas, desde
las épocas en que yo era su Ayudante de Dirección
y había que rodar todos los días aunque los
guionistas contratados brillaran por su ausencia física
e imaginativa. En los 90 hicimos una adaptación de
una novela de Pierre Mac Orlan, La Bandera, y creemos que
es un guión cojonudo, pero lamentablemente no conseguí
la financiación para hacerlo. Pero todavía sigue
en danza. Trabajar con Mario no es trabajo. Es charla de amigos,
tragos, diversión, emoción y festejo cuando
algo nos sale bien. También cultivamos la costumbre
de decirnos las cosas más despiadadas sobre lo que
el otro hace y el rencor no aparece jamás. Nos conocemos
muy bien, sabemos de nuestras manías y limitaciones
y la crítica mutua, a veces, consigue hacer que mejoremos
un poco. Pero estamos grandes, somos cabezones y en el fondo
sabemos que no lo hacemos demasiado mal. Por principio aplicamos
el mayor rigor del que somos capaces, no dejamos pasar cosas
que nos parecen flojas, no disimulamos fallas suponiendo que
el público no se dará cuenta. Nosotros somos
nuestros únicos dos espectadores y para nosotros escribimos.
(También sabemos escuchar a los pocos que nos merecen
respeto). No trampeamos. Lo que no sale bien es porque no
nos da el coco para darnos cuenta y mejorarlo. Demás
está decir que nos queremos profundamente desde hace
mucho tiempo y que no sé quién admira más
a quién. Es el único director al que considero
mi maestro. Antes y ahora. Además de pensar en Mario
para ayudarnos con Roma por puro placer, con mi mujer (Kathy
Saavedra, co-guionista) veníamos manejando historias
más lineales y con unidades de tiempo controlables
y cortas. Roma es muy complicada de contar sin dejar nada
afuera, sin perder personajes, sin dejar que los acontecimientos
sociales se diluyan pero que tampoco adquieran una importancia
que se trague las historias individuales que eran el nudo
que nos interesaba contar. Y además conseguir que fluya,
que interese, que no aburra, que no se hiciera larga. Mario
tiene en su haber una obra perfecta como La colmena y era
la elección obvia. El proceso de escritura fue largo.
Dimos vueltas varias hasta encontrar la clave que uniera todo.
Luego fue cuestión de encerrarnos en un hotel en Madrid
durante quince días y desarrollar de punta a punta,
escena por escena, la trama o el esqueleto de la historia.
Yo volví a Buenos Aires, Mario hizo su versión
del guión definitivo, yo hice la mía sin consultar
la de él, luego las leímos, las mezclamos un
poco, pulimos y llegamos a una versión que no se volvió
a tocar. Ni yo ni Mario creemos en esa tontería yanqui
de poner "versión 15". La versión
la vamos corrigiendo una y otra vez, volviendo atrás
cuantas veces sea necesario y cuando se acaba, se acaba. Seguramente
hacemos mucho más de quince versiones. Instinto, inteligencia,
autocrítica y cierre. Damos por terminado algo que
nos parece que está muy bien, pero nada nos garantiza
que estemos en lo cierto. Sí sabemos que hemos hecho
lo mejor que podíamos, con total y profunda honestidad
personal y profesional.
¿Cuánto hay en Roma de
sus propios recuerdos y experiencias de esos años?
La memoria es traicionera, como debe ser. Más que memoria
es olvido protector que nos preserva de sentimientos de culpa
que serían intolerables si fuesen vívidos. Hay
sensaciones, algunos hechos que no se sabe si sucedieron como
uno quiere recordarlos, hay imágenes sueltas, inconexas,
que es necesario unir para que tengan cierta lógica
dramática. Hay cosas mías, de amigos, de Mario,
de mi mujer, charlas de bares. Ni siquiera borracho diré
cuáles son mis propias experiencias de aquellos años
y de los que siguieron y siguen. Roma es ficción y
así hay que aceptarla. Muy cercana a mí, pero
no más que eso. La verdad de lo que uno vivió
es imposible de contar porque no es creíble. La vida
no tiene lógica ni concierto ni sentido. La ficción
trata de llenar ese vacío: se trata de que sucedan
cosas y que se entienda por qué suceden. Creo que ésa
es, en definitiva, la función del arte: crear la ilusión
de que nuestra vida puede parecerse a esa historia que nos
cuentan, que hay una trama, un principio, un final, y alguna
coherencia. Y hasta justicia (en las malas películas.).
No comparto demasiado esa teoría de la catarsis, de
vivir a través de un personaje y salir indemne. No
siempre se da o es necesaria la identificación. Creo
menos todavía en que hay que poner distancia y machacarle
al público que lo que está viendo es una ficción.
Lo saben de sobra desde pequeñitos. Te repito que la
sensación es más abarcativa, más global.
La ilusión que anula el absurdo por un rato te ayuda
a salir de la butaca. Luego todo sigue igual. Nadie cree que
el cine es como la vida: se parece a la vida, a veces. Y a
veces te dan ganas de que fueran más parecidos. Pero
se puede disfrutar de un buen cuento por un rato y levantar
el ánimo. El cine es como el boxeo, como el fútbol,
como los deportes, y por eso es tan atractivo: hay reglas,
normas, se gana, se pierde o se empata. El tiempo está
limitado, existe por reloj y se respeta. Una ficción
que se acepta placenteramente porque nos muestra algo comprensible
por un rato que a veces parece que perdurara más allá
de los noventa minutos.
Creo que es un error muy gordo pensar que uno escribe lo que
ha vivido. Es negar de plano la capacidad de imaginar que
se supone uno tiene. Hay también una tendencia a identificar
(me) con los protagonistas masculinos. Luppi ha sido mi alter
ego, Sacristán es mi alter ego, etc. Ninguno es mi
alter ego. Yo o Mario no estamos espejados en un personaje.
El que escribe está inmerso en toda la historia, en
todas las historias, en todos los personajes, hombres, mujeres
o niños o perros. De eso se trata este oficio. Pura
esquizofrenia o invención o imaginación. Se
vive todo lo que se cuenta como si se hubiera vivido o como
si se estuviera viviendo. Pero esto no es sinónimo
de autobiografía. Algunas veces se acerca, con mucha
cautela.
Esta película podría
llevar el subtítulo de 'amor de madre', como esos tatuajes
de los marineros... El personaje de Roma es un personaje hermoso
e inusual. ¿Cómo se perfiló?
El punto de partida fue el amor de Roma por su hijo, o como
dices: el amor de madre. Una madre enfrentada a tener que
defender la supervivencia de su hijo rompe todo tipo de barreras
o convenciones, la moral desaparece, el sacrificio es placer.
Estoy de acuerdo en que el personaje es hermoso, pero no sé
si inusual. Depende de las circunstancias. El perfil apareció
fácilmente: mi madre se llamaba Roma, mi tío
se llamaba Ateo y aquí volvemos a la falta de credibilidad
de lo real. Me resultó imposible contar lo que fue
mi vieja en esos años, durante la movida de los años
sesenta y cuando quedó viuda. La película es
una pequeña muestra de lo que fue en realidad. Si hubiese
entrado en detalle hubiéramos terminado con una película
de ocho horas. La verdadera Roma tenía una sabiduría
natural, no adquirida en los claustros, y una dimensión
humana que apenas se intuye en la historia que contamos. La
gran diferencia (a mi favor) es que la Roma real vivió
muchos años más que el personaje y yo llegué
a tiempo para hacerla disfrutar de mis logros en el cine.
La gran tragedia de Joaquín Góñez es
que siempre llega tarde en su vida. No fue mi caso. Mi tatuaje
de marinero es haber podido hacer Roma.
La plantilla de actores (incluyendo
unos magníficos secundarios), con José Sacristán,
Juan Diego Botto y Susú Pecoraro a la cabeza es impecable.
¿Le gusta dirigir actores? ¿Qué indicaciones
o experiencias marcaron su trabajo con ellos esta vez?
El mérito mío es haber sabido elegirlos. El
resto está en ellos. El viejo John Ford decía
que las historias se cuentan con la cara de los actores y
lo suscribo. Mi mayor placer es dedicarles todo el tiempo
necesario para cada escena, sabiendo que partimos de algo
que está bien y que de allí se puede ir a más,
buscar sutilezas, probar, darles confianza, que me usen de
espejo y de contención para que su propia conciencia
de lo que están haciendo no los trabe. Hasta ahora
lo voy consiguiendo. Cecilia Roth lo definió diciendo
que ella se atreve a caminar al borde del abismo porque sabe
que yo estoy ahí y no la voy a dejar caer. No uso jamás
video assist o combo. Uno de los secretos es hacer que el
actor te sienta a su lado y para eso hay que colocarse lo
más cerca de él posible. Instantáneamente
un actor oye "corten" y busca tu mirada de aprobación.
Nadie está más desprotegido y mostrándose
íntimamente y sin pudores como lo están los
actores en un rodaje. Hay que cuidarlos mucho. Un movimiento
de cámara de diez minutos o treinta en digital lo planifica
cualquier estudiante de cine. Yo jamás pongo la cámara
antes de hacer la puesta en escena con los actores. La cámara
está y se mueve en función de sus acciones físicas
o internas. Lo que hace que este oficio sea único,
riesgoso, de alambristas sin red, es que no hay manual que
te diga qué está bien o mal. Ese brillo o esa
intención que yo creo percibir y que dura una fracción
de segundo y es la correcta de acuerdo con el personaje, con
su circunstancia, con lo más profundo de su sentimiento
o de su pensamiento, es la que elijo, la que determino que
es "buena" y se copia y queda. Repito muchas veces
pero copio una o dos tomas y elijo en el rodaje. No voy jamás
a ver proyección diaria. Por esta obligación
de elegir el instante es que el cine es traidor y refleja
lo que uno es. Nada más que mi vida, mi manera de ser
o mi capacidad de comprensión, de compasión,(en
el buen sentido de ser capaz de comprender y compartir el
sentimiento ajeno) es lo que me indica que ese y no otro es
el momento buscado. Y no hay librito alguno ni persona alguna
con la que puedas consultar. Te la juegas solo. Si te sale
bien te sientes de puta madre y si no, a joderse. Esto le
pasa a cualquier director que respete su oficio y busque un
nivel de excelencia en lo que hace, y que sea honesto consigo
mismo. Algunos trampean y mienten, pero se les nota. A veces
los acompaña el éxito, pero eso no anula las
malas artes y la falsedad.
El trabajo con los actores es sencillo, si son inteligentes.
Está el texto, se entiende, se entiende la situación
y luego hay que hacerla creíble. A veces lleva tiempo,
a veces aparece enseguida. No hay reglas. Se habla mucho,
pero en mi caso, nunca marco una inflexión, apunto
intenciones, pausas o quito énfasis. Prefiero recibir
lo que está creando el actor en el momento y sobre
eso corregir y moldear convenciendo, argumentando, sin ejercer
el poder que te da el cargo.
En algún momento, Joaquín
le indica a Manuel que use la tipografía garamond,
"la más elegante". Es uno de los muchos detalles
que en Roma dan cuenta de su amor por los libros. Se citan
también a muchos escritores, de Pío Baroja a
Kipling, pasando por Dumas, Proust, Hemingway o Auster y Carver
(y hasta Bukowski, "o mierdas de ésas").
¿Cuáles son sus lecturas hoy día, revisita
los clásicos o se interesa por las novedades? ¿Lee
o relee cuando está escribiendo un guión?
Leo siempre y leo de todo. Un poco menos cuando ruedo. Prefiero
releer a los que menciona Góñez y me guardo
los trece tomos de Dumas para un futuro algo cercano. Si quieres
una lista escueta quedémonos con Baroja, Borges, Kipling,
Conrad, Stevenson, London y Vidas Imaginarias de Schwob en
traducción de Baeza. Y muchísimos cómics.
¿Ha vuelto a escribir relatos?
Los únicos relatos son los que escribo para el cine.
Recomiendo una obra maestra: un libro de relatos de Mario
Camus que se llama Un fuego oculto, editado por 8 y 1/2. No
descarto el oficio literario. Me falta tiempo, siempre hay
que hacer una película para sobrevivir y no tengo resto
para aislarme por un par de años. Pero está
en los planes.
En un momento Joaquín describe
los años de su infancia, como "Los años
en los que se compraban cosas que se iban a tener para siempre".
Todo lo contrario de esta época del usar y tirar. ¿Cree
que también la cultura se ha visto afectada por esta
noción de lo desechable? ¿Cómo afecta
eso a su trabajo?
La referencia a que las cosas que se tenían o se podían
comprar en los años cincuenta no está relacionado
con el consumismo actual sino con la época y con una
clase media baja que podía acceder a necesidades básicas
con sueldos normales. Te hablo de una nevera Siam, un tocadiscos,
un coche de cinco o diez años de antigüedad que
se usaba sólo para pasear. Se tenía la sensación
de que ese estilo de vida iba a ser duradero, la miseria no
acechaba. Luego se fue derrumbando todo. Pero había
amor por las cosas, por los objetos: eran parte de la casa
que se había construido uno mismo ladrillo a ladrillo
en terreno propio. Los sueldos medios alcanzaban para todo
eso. La ostentación quedaba para los nuevos ricos,
para la aristocracia escasa y ridiculizada.
Borges dice que lo único de lo que uno es dueño
es de lo que ha perdido. Fui muy apegado a cosas y objetos
hasta que las mudanzas frecuentes generaron un desapego necesario
para ausentar el dolor de las pérdidas. Igual sigo
aferrándome a libros, discos y otras tonterías.
La cultura del desecho no me ha contagiado. Y no creo que
la cultura se haya visto afectada. Creo que por una cuestión
demográfica se produce mucho más y por supuesto
el porcentaje de lo que vale la pena sigue siendo escaso,
como siempre.
En el caso concreto de mi trabajo, no miro atrás, no
cuento cuántas películas he hecho, no las vuelvo
a ver, no las juzgo, hay negativos o rollos que se han perdido,
vídeos desteñidos. Me importa hacer cine, es
mi oficio, y lo disfruto, pero no me siento a contemplar mi
obra. Ni siquiera me planteo si lo que he hecho es una "obra".
Me da igual. Estoy en esto desde los dieciséis años
y me he ganado la vida sin darme cuenta del esfuerzo y de
que era un trabajo. Siento que no he trabajado en mi vida.
Pero lo he pasado muy bien y sigo pasándolo bien, aunque
la financiación de los proyectos se hace cada vez más
complicada. Los soportes técnicos que usamos para hacer
cine son frágiles y perecederos. Ahora son prácticamente
virtuales. Pero no me preocupa. En el fondo sigo sosteniéndome
en la solidez de los libros, del papel, de la tipografía
y de las encuadernaciones en tapa dura. Con ayuda de la trementina
para matar bichitos. Cuando no pueda hacer cine intentaré
escribir y si no soy capaz me dedicaré a mi mayor placer
que es" hacer huevo". Se dice así? Estar
con los míos, perder el tiempo, charlar, tomar vino
y whisky hasta que el hígado mande parar. Una vida
muy zen. Pura vagancia.
¿Qué películas
o libros actuales cree que definitivamente no son 'desechables'?
¿Cuáles serían los elegidos por Joaquín?
La lista de libros no desechables es muy extensa. Muchos se
nombran en la película y los nombra Joaquín.
Pero hay más, para otro reportaje.
"Perder el acento era fundamental para sobrevivir",
dice Joaquín en otro momento de la película.
Perder el acento literalmente pero también todo lo
que supone adaptarse a un nuevo país. Cuando llegó
a España a fines de los sesenta, ¿cómo
perdió el acento, cómo sobrevivió?
Cuando yo llegué a España sobreviví ejerciendo
bien mi oficio de ayudante de dirección. Tenía
amigos, hice muchos otros y nunca sentí que tuviera
que hacer algo para que me aceptaran. No perdí el acento,
no era necesario. Se me pegó el tono castizo, pero
fue por cuestión de oído receptivo, puramente
casual. De hecho, el tono va y viene según el tiempo
que pase en Madrid. Nuevamente, la historia de Góñez
no fue la mía. Y no creo en los países como
territorios diferenciados a los que hay que amoldarse. Hay
gente que vale la pena y que te cae bien y les caes bien en
cualquier lugar del mundo. Las costumbres y los hábitos
son anecdóticos, no hacen a la esencia inteligente
o imbécil de los habitantes del planeta.
Un lugar en el mundo... pareciera que
ese título ha sido premonitorio en su filmografía.
Los personajes de sus películas parecen siempre buscar
'su lugar en el mundo', exiliados, a caballo entre dos países
o entre dos mundos, entre pasado y presente.
Uno siempre busca un lugar y creo haberlo definido con cierta
habilidad: uno sabe que encontró su lugar cuando no
se quiere ir de allí. No creo que sea una constante
de los personajes, pero si tú lo quieres ver así
estás en tu derecho. Te repito: yo no soy mi propio
crítico. Escribo lo que me sale, y los personajes empiezan
a tomar vida propia en algún momento y se escapan de
mi control.
No uso ni usé psicoanalista que me pueda explicar el
porqué.
Actualmente el género documental
ha adquirido fuerza renovada y con el éxito de algunas
películas (por ejemplo las de Michael Moore, o Los
lunes al sol en España) pareciera que hemos perdido
el miedo a hablar de "cine político". ¿Considera
que su cine es político? ¿Siempre lo ha sido?
¿Cree que de verdad vivimos una reconsideración
y un resurgir del cine político?
Todo cine, hasta el aparentemente más ingenuo, es profundamente
político. No hablo de mensaje obvio, pero sí
de una ideología o filosofía o visión
del mundo y de las personas que condiciona cualquier historia.
No sé si hay un resurgir o una revalorización.
Me temo que tenemos una tendencia a perpetuar las modas pasajeras
como hitos culturales o maduración del gusto del público.
Hay de todo, como siempre y se ve de todo. Y si es por estadística,
la basura gana por robo.
En lo que hago estoy yo, están mis ideas, está
mi visión de la sociedad. Mi película abiertamente
política fue Tiempo de revancha, hecha en el 81 en
plena dictadura. No era sutil, pero no atacaba a la coyuntura
sino a lo más profundo del sistema capitalista y creo
que por eso reaccionaron tarde. Sigo convencido de que vivimos
bajo la peor organización social, que el capitalismo
es despiadado, que se basa en la explotación y en la
injusticia y que aunque cueste hay que intentar destruirlo.
Cualquier forma de socialismo será mejor, más
respetuosa de los seres humanos con quienes convivimos y de
quienes formamos parte inseparable. De estas ideas no se vuelve.
El socialismo como filosofía se abandona por traición,
por dinero o por poder. El capitalismo sólo se puede
defender como sistema desde una posición clasista interesada
e hipócrita. La lucha actual es romper con la sensación
impuesta desde el poder de que nada se puede cambiar, de que
las cosas son como son y lo serán así siempre.
Todo cambia, todo puede cambiar. Uno más uno más
uno, todos de acuerdo y se cambia lo que sea.
A sus películas les ha ido muy
bien en el Festival de Cine de San Sebastián. ¿Cómo
se prepara para asistir a esta edición, una en la que
el cine argentino tiene una nutrida representación
en la Sección Oficial?
No puedo prepararme para San Sebastián. Es decir, lo
único que estoy tratando de hacer es bajar unos kilos
para luego recuperarlos allí. Voy dispuesto a disfrutar
de la ciudad, de estar con amigos y de olvidarme de la competición.
Aunque no lo quieras te pones muy ansioso y lo pasas mal.
Uno sabe que los premios son maravillosos si los ganas y si
no te tocan puteas. Pero también sabe que el cine no
es competitivo, el arte no es competitivo, no hay mejores
y peores, las películas de cierto nivel profesional
son simplemente distintas y algunas personas están
obligadas a elegir la supuestamente mejor. Si te toca no tienes
que creerte que has hecho la mejor. Es sólo una afortunada
casualidad que puede ayudar mucho a la carrera comercial de
lo que has hecho.
Desde Nueve Reinas o El hijo de la
novia se habla mucho del reciente boom del cine argentino.
¿Es real? ¿Siente que está pasando algo
distinto, importante, en el cine hecho en Argentina, tanto
en la parte creativa como en lo que respecta a las condiciones
para hacer cine allí?
El boom del cine argentino, el nuevo cine argentino, la crisis
generadora de talentos, es una moda, una mentira inventada
por cierta crítica o por el éxito fugaz de algún
producto. Las condiciones económicas para producir
cine en Argentina son peores que en España y un poco
mejores que en Latinoamérica. Ningún producto
recupera (salvo excepciones) su costo promedio en su propio
mercado. Las coproducciones ayudan a moverse con presupuestos
más normales. Igual se hace de todo. Películas
de cien mil dólares o menos, otras de tres millones.
No hay reglas. El cine es un territorio salvaje que permite
cualquier aventura. Legal, ilegal, amateur, profesional, inescrupulosa,
coimera y también decente. Toda ley tiene su trampa.
Pero son necesarias. Las leyes proteccionistas no mejoran
la exhibición. En España y en cualquier país
del mundo que quiera tener su cine la lucha está dada
contra el dumping o el poder de Las productoras de Estados
Unidos que además son dueñas de las cadenas
de exhibición en su mayoría. ¿Qué
espacio queda cuando salen dos tanques con trescientas copias
cada una? ¿Cómo se puede impedir esto? La única
salida es declarar a las cinematografías nacionales
como excepción cultural y a partir de ahí negociar
y ganar espacios. Ardua tarea. Y ahí no se acaba. Es
necesario igualar la cantidad de promoción y de publicidad
de cada película. Iguales oportunidades para todos
y que luego el público elija libremente. Te puede ir
bien o mal, nunca se sabrá por qué la gente
va a ver una película y otra decide ignorarla. Lo único
que se pide es que arranquen con las mismas posibilidades.
El cine tiene nacionalidad únicamente desde un punto
de vista económico, por los medios de producción
y difusión con que cuenta. El cine como narrativa no
tiene nacionalidad. Volvemos a la literatura: ¿quién
clasifica a los escritores por su país de origen? La
nacionalidad no otorga ni defectos ni virtudes, no hay movimientos
generacionales, no hay tendencias. Yo me siento representado
por tipos que saben contar y no me importa desde qué
lugar lo hacen, sean polacos, españoles, ingleses,
yanquis, etc. Como en todas las artes, hay gente que hace
bien las cosas y otras que no. Hay una minoría de gente
que sabe contar historias y una gran mayoría que no
tiene ni idea. Esto no lo cambia ni la crítica, ni
el éxito, ni los premios en doscientos festivales.
Ser su propio productor le ofrecerá
mucha libertad pero también dolores de cabeza. ¿Cuándo,
por qué y cómo llega a esa decisión?
Soy mi propio productor porque no tiene sentido buscar un
intermediario que tampoco tiene un duro y que hará
lo mismo que puedo hacer yo: golpear puertas hasta que aparezca
algún inversor dispuesto a arriesgar dinero en algo
que tiene una sola ventaja: se sabe cuánto se puede
perder pero no se sabe cuánto se puede ganar. Es trabajoso,
pero no demasiado grave. También resulta muy divertido
hablar de dinero con gente a la que le importa mucho el dinero
cuando a uno es lo que menos le importa. Eso suele descolocarlos
mucho. Tampoco hay que olvidarse de que ser productor de lo
que uno hace te otorga un margen de libertad que no tendrías
de otra manera. Se gana menos, se vive peor, pero se tiene
el control. El Poder.
Claudia Larraguibel
Roma participa en la Sección Oficial
del Festival de Cine de Donostia-San Sebastián y se
estrena en salas de España el día 1 de octubre.
Los guiones de Roma, Martín (Hache) y Lugares comunes
están publicados por Ocho y Medio. Lugares comunes
está editado en DVD por Manga Films y Martín
(Hache), por Pioneer.
Revista ClubCultura #4
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