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La Habana. Finales de los años cincuenta.
El actor Eduard Fernández mira a
la cámara como un niño perdido.
Es el rodaje de Hormigas en la boca, contado
por su director, Mariano Barroso.
Nadie pronuncia bien
su nombre. Le llaman Éduard, como
si fuera inglés, o africano -Edú-,
o Eduardo, para simplificar. Novena semana
de rodaje y ahí está Eduard,
acentuado en la a, sentado en la terraza
de la Plaza Vieja. Su silueta volcada sobre
el guión, sobre el café, los
cigarrillos, el ron. Chanclas y camiseta.
Está tan cubanizado como yo. Tan
agotado. O quizá más, él
pone la cara. Tan feliz como yo, tan desquiciado,
tan vivo.
Eduard dos horas después, rodeado
de chevrolets, cadillacs y buicks, en la
plaza que hemos ocupado junto al Parque
Central. Nuestro ring de La Habana. Este
Eduard no se parece en nada al de la Plaza
Vieja. Chaqueta y pantalones de posguerra,
pelo, cara, alma de posguerra. Magaly, su
maquillista, su cómplice, le seca
el sudor. Él me mira de reojo, me
tira un gesto: “listo”. Y se
desliza integrado en la masa de figurantes
vestidos de años 50.
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