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Si las previsiones
no fallan, éste será un gran año
para el anime. A finales de 2004 se habrán
estrenado las últimas producciones de tres
de sus realizadores más emblemáticos:
Howl¹s Moving Castle de Hayao Miyazaki, Steamboy
de Katsuhiro Otomo e Innocence: Ghost in the Shell
II de Mamuro Oshii. Con semejante panorama, se
impone revisar un género injustamente olvidado
por cierta crítica, por lo menos hasta
el triunfo de El viaje de Chihiro en el festival
de Berlín de 2002.
En su enorme riqueza, el anime ha inspirado a
realizadores tan alejados como Quentin Tarantino
(Kill Bill), Olivier Assayas (Demonlover), los
hermanos Wachowsky (Matrix), Darren Aronofsky
(Réquiem por un sueño) o John Lasseter
(Monstruos SA);
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una inspiración que en otros casos ha
rozado demasiadas veces el plagio más descarado.
Con refinadas e hipnóticas imágenes
unas veces, al amparo de cierto ensimismamiento
nipón otras, pero siempre a base de una
asombrosa inmunidad frente al descrédito
de la ficción, el anime ha demostrado que
entre sus filas se esconden algunos de los mejores
realizadores del cine actual. La capacidad para
construir universos conceptuales complejos aunque
cercanos, el riesgo y la inventiva se hace patente
en muchas de sus producciones. Pocos géneros
afrontan con tanta ambición temáticas
tan contemporáneas: basta pensar en las
fábulas eco-animistas de Miyazaki, los
asfixiantes delirios mecánicos de Anno
o los mundos virtuales de Oshii, universos más
cercanos de lo que parece a simple vista. En su
pulso con la actualidad, el anime se ha convertido
en uno de sus codificadores en imágenes
más certeros, tanto de nuestras mejores
intenciones como de nuestras peores pesadillas,
quizá por la urgencia de satisfacer a públicos
tan cambiantes, o tal vez por su estatus particular:
la angustiosa necesidad de que algo sea real.
Isaac Monclús.
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