 |
Bebo
Valdés es un hombre espigado de,
aproximadamente, un metro noventa. Se mueve
con un andar pausado, detrás del
cual se esconde una agilidad juvenil, la
misma que derrama sobre el piano, y que
la artritis y sus 85 años no han
conseguido arrebatarle del todo. Al menos
no en presencia de un periodista, una fotógrafa
y una troupe de admiradoras que lo asalta
en el hall del lujoso hotel donde se hospeda
en Madrid. La sinceridad que desprenden
esos enormes dientes blancos hace pensar
que debe ser muy, muy difícil enfadar
a este pianista, poseedor de dos premios
Grammy y coartífice del éxito
abrumador de Lágrimas negras, mejor
disco del año 2003 según uno
de los críticos del The New York
Times.
-¿Cómo
decidió dedicarse a la música?
-Fue mi madre quien descubrió que
lo mío era esto. Dice que tocaba
en piedras y cantaba, yo no me acuerdo de
eso. Había un pianista que se llamaba
Antonio María Romeu, mi madre contaba
que cuando yo tenía cinco años
una noche me senté cerca suyo y me
pasé toda la velada ahí. Al
otro día me ponía a cantar
cosas y cogía piedras, las acomodaba
y hacía como que tocaba el piano.
Yo no me acuerdo, pero ella me lo contó
mil veces. Después me puso a mi primera
maestra de piano, que se llamaba Moraima.
Yo tenía diez u once años
y ya venía cantando y tocando en
la escuela desde los siete.

|