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La poética del acero. La construcción de un barco. La fotografía industrial abre el ojo.
EN LOS AÑOS EN QUE LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL ERA UN PAISAJE DE ACERO Y CHIMENEAS, antes de que todo se convirtiera en virtual e informático, el alumbramiento de un buque era un acto digno de ser celebrado como un triunfo de la tecnología sobre la naturaleza.
Bilbao, con sus astilleros o sus ya difuntos Altos Hornos, con su ría y su margen izquierda, conservó durante casi dos siglos la épica de ese combate con la forja y alumbró muchos barcos, raíles y una clase social que distinguía a los armadores de los obreros. Bilbao, antes del Guggenheim, ya había cultivado su hermosa flor metálica de titanio, ya había leído las líneas de su futuro en el arte contemporáneo.
La Alakrana, un buque atunero de la última generación, botado en 2005 en los Astilleros Murueta, es uno de los penúltimos testigos de esta industria que, pese a los avances y lo sofisticado del proceso, sigue siendo un canto casi escultórico, un Chillida, al ansia del ser humano por moldear el metal, doblegar las chapas y conseguir navíos casi indestructibles que recorran los mares.
De este orgullo habla más que retrata la cámara de Ricky Dávila en este emocionante trabajo que podíamos llamar de “fotografía industrial”, donde el acero tiene su propia poética, los planes de la construcción invitan a jugar con la ingeniería pesada como un Lego y los rostros de los trabajadores revelan ese paisaje de ceniza, óxidos y chispas que saltan de la soldadura.
Un hermoso tratado en blanco y negro con toda la carga poética de un monstruo de agraciadas proporciones construido en los talleres del hombre. |