
Repaso a la trayectoria de J. M. Coetzee a raíz de la publicación de su nuevo libro, Diario de un mal año.
corre por el mundo de la literatura –y por la literatura mundial, que no es lo mismo– la especie de que el ansiado Nobel comporta también su propia maldición, y es que después de la recepción del mismo en la ceremonia de Estocolmo, al escritor así distinguido se le seca la tinta en la pluma o se le enquistan las ideas o se le agota la necesidad de escribir o sencillamente llega con toda honestidad a la conclusión de que, después de alcanzar la gloria, ¿para qué va a seguir bregando en una actividad que sólo le había valido sinsabores?
En los últimos cincuenta años, sólo dos escritores se libran del mal fario: uno es Saul Bellow, que después de su Nobel, en 1976, aún publicó un puñado de novelas que están con creces a la altura de las mejores, las que le hicieron acreedor del premio; el otro es Samuel Beckett, Nobel en 1969, año después del cual no es que se prodigara, aunque sí publicó textos narrativos y obras de teatro que todavía rayan a una altura sin par.
Tal vez el secreto esté en vivir bajo esas iniciales, una S y una B, para huir de la esterilidad o de la merma en la calidad de lo escrito y lo publicado o de la mera repetición. (El otro amuleto podría ser ahorrarse la ceremonia de entrega, como hizo Beckett, pero Bellow estuvo en Estocolmo, radiante, con el monarca y el resto de los premiados).
Quizás sea que al público lector le interesan aquellas obras que justifican por su merecimiento el galardón, y no las que son producto del desahogo existencial que debería traer consigo. Sea como fuere, J. M. Coetzee, nacido en 1940 y Nobel en 2003, no tuvo especial fortuna con Hombre lento, la primera novela que publicó después de recibir el premio.
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