Revista ClubCultura 19

 

 



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El prometedor director nos presenta El orfanato, su esperadísimo y ya aclamado debut internacional.

Hay dos tipos de fuet: el de cerdo del pueblo, que es de cerdo, y el fuet del Pryca, que es de goma”, decía Juan Antonio Bayona en 1999, en boca del niño protagonista del cortometraje Mis vacaciones, su premiadísimo debut en la dirección. Ocho años después, el lenguaje, el tono, el género en el que se enmarca El orfanato, su opera prima en el largo, está lejos de la melancólica sorna infantil de Mis vacaciones, pero lo que no ha cambiado es su trabajo con los críos, presidido por la credibilidad de la interpretación.
Ahora son el terror y el drama psicológico quienes comandan su alabada película, protagonizada por una sufridora madre que ejerce de enlace entre los sobrenaturales juegos infantiles de su hijo, y los miedos que provoca un viejo caserón que en un tiempo pasado fue sede de un orfanato. Al otro lado del teléfono, desde Barcelona y recién llegado del Festival de Nueva York, Bayona (Barcelona, 1975) charla con ClubCultura sobre la excelente acogida de la película en los diversos festivales donde se ha presentado (Cannes, Londres, Toronto, Helsinki y Nueva York), y uno de los primeros temas en abordarse es su buena mano con los niños. Porque no sólo Mis vacaciones y El orfanato están protagonizadas por chavales.



bayona
©César Urrutia

También lo estaba El hombre esponja (2002), su segundo corto. El director lo explica con un cinéfilo ejemplo: “A la generación actual de cineastas se nos acusa desde algunos sectores de que no tenemos nada que contar, y yo siempre recuerdo unas palabras de Truffaut sobre el hecho de que la mayoría de sus primeras películas fueran sobre la infancia. Con mucha razón, decía que ‘la infancia es un tema del que todos podemos hablar con conocimiento de causa”. Para Bayona, la clave para dirigir bien a los niños (“y también a los adultos”, recalca) está en hacer un buen casting. Curiosamente, Roger Príncep, de ocho años, fue el primer crío que examinaron para el papel, lo que provocó que en las pruebas de los siguientes quinientos niños el rostro de Príncep siguiera dominando la mente del director. La elección, por tanto, estaba clara.

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