

En 2007, los únicos cines de sesión continua que existen son las salas X, pero no siempre fue así. La generación que ahora ronda los cuarenta años es la última que disfrutó en su infancia de dos películas por el precio de una en cines que estaban al lado de su casa, cuando las carteleras de los periódicos se separaban en “Estrenos” y “Sesión continua”. En España, el programa lo formaban, casi invariablemente, alguna cinta estrenada meses atrás y otra cosa tan rara como mala rodada en régimen de coproducción con italianos metidos de por medio. La chavalería ni se enteraba de la mala calidad de las copias y disfrutaba de lo que ya se había disfrutado, meses atrás, en los cines del centro de la ciudad o de la lejana capital de provincia.
En Estados Unidos, el concepto era el mismo, pero más enriquecedor: los cines del centro, viejos, grandes y caros de mantener, generaron su propia “cuota de pantalla” a base de películas intencionadamente malas a las que ni se les ocurría mirar de reojo a las series B o Z. Cintas que escapaban a la clasificación de los géneros y saltaban por encima de los márgenes de la industria.
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