Revista ClubCultura 19

 

 


En 2007, los únicos cines de sesión continua que existen son las salas X, pero no siempre fue así. La  generación que ahora ronda los cuarenta años es la última que disfrutó en su infancia de dos películas  por el precio de una en cines que estaban al lado de su casa, cuando las carteleras de los periódicos se separaban en “Estrenos” y “Sesión continua”. En España, el programa lo formaban, casi invariablemente, alguna cinta estrenada meses atrás y otra cosa tan rara como mala rodada en régimen de coproducción  con italianos metidos de por medio. La  chavalería ni se enteraba de la mala calidad de las copias y  disfrutaba de lo que ya se había disfrutado, meses atrás, en los cines del centro de la ciudad o de la lejana capital de provincia.
En Estados Unidos, el concepto era el mismo, pero más enriquecedor: los cines del centro, viejos,  grandes y caros de mantener, generaron su propia “cuota de pantalla” a base de películas intencionadamente malas a las que ni se les ocurría mirar de reojo a las series B o Z. Cintas que  escapaban a la clasificación de los géneros y saltaban por encima de los márgenes de la industria.


©AURUM

La de Robert y usted es una relación –tanto personal como artística- que viene de muy lejos. ¿Cómo comenzó esa relación?
Es una historia muy divertida. Robert y yo nos hicimos amigos y nos conocimos hace algunos años, en el Festival de Cine de Toronto. Yo no había visto todavía El mariachi pero él sí había visto mi película,  Reservoir dogs, en otro festival. Tuvimos una conversación tan cool… Nos dimos cuenta de que éramos
como dos chicos que acaban de llegar a su nuevo colegio. Teníamos los mismos intereses y gustos y fue muy divertido, nos hicimos colegas de inmediato.

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