

A estas alturas de la película, el cine se entiende -y se salva también sólo por la fuerza del creador. Ya hace mucho que apenas se encuentra magia en las pantallas. Las fantasías proyectadas a 24 fotogramas por segundo compiten -y ya nunca más en igualdad de condiciones entre sí, y con otras muchas y peregrinas formas de expresión y de ocio, por el dinero y/o el corazón del espectador. Sin mucho esfuerzo, el dinero va a parar casi siempre a manos de los mismos (piratas, magos, lanzarredes), pero el corazón es más difícil de ganar. Y uno de los pocos que nos lo ha ganado es Julio Medem (Donostia, 1958), que sabe atraparnos el sentido y transportarnos el alma. Un hombre que nos hace mirar las cosas a través de sus ojos, todavía abiertos por la sorpresa de que ese magma sin rostro que somos la gente queramos ver y emocionarnos con lo que él hace. Un cine, el suyo, que ha calado entre nosotros, perplejos y curiosos como él ante un mundo que sabemos no se acaba en la esquina de nuestras vidas.
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