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El nuevo libro del autor de Un mundo para Julius
es un festín literario repleto de talento y humor.
Nunca sabré cómo llegó a mis manos
el frasco de Tranquilizante–1000 que llevaba conmigo
en aquel viaje a la Costa Azul. Tampoco sabré
nunca por qué llegó a unas manos –las
mías– nada habituadas al consumo de pastillas
de ningún tipo, y que más bien las rechazaba,
debido al uso y abuso que mi madre había hecho
de ellas –sobre todo de las pastillas para los
nervios, como se les llamaba en casa–. Para mí,
las grandes situaciones de angustia eran producto de
una fuerte timidez, y sobre todo de una timidez que
no se manifestaba como parquedad al hablar, sino más
bien como todo lo contrario. Yo llenaba el universo
entero de palabras, anécdotas y de muy inverosímiles
historias, para ocultarles a sus habitantes, uno por
uno, el feroz temblor de mis manos, los tremendos calambres
y los atroces dolores de cabeza que determinadas situaciones
me producían.
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No era, pues, un tímido a tiempo completo,
por decirlo de alguna manera, sino un hombre que,
de ser enteramente dueño de una situación,
de pronto era atacado por una suerte de inesperado
trastorno que lo llenaba de pánico y lo dejaba
reducido a la condición de mísero tembleque
al que todo se le caía de las manos, pero que,
al mismo tiempo, era capaz de narrar, de principio
a fin y sin alterarles una sola palabra, Las mil y
una noches, en un loco y desesperado afán de
no ser descubierto temblando y aterrado.
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