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Por DIEGO A. MANRIQUE
Son un huracán sobre las tablas. Pero Ojos de
Brujo también rompen en los despachos. Este colectivo
sabe que la libertad creativa pasa por la autogestión.
TIENEN ÁNGEL.
CON ALAS GRANDES. Uno les ha visto salir con la cabeza
alta de situaciones imposibles. Un ejemplo: imaginen
el Zócalo de México Distrito Federal,
inmenso espacio para actos políticos, cedido
temporalmente al rock. Ojos de Brujo están allí,
invitados por Pacho, entonces baterista de Maldita Vecindad
y, para lo que nos atañe,
organizador de un festival llamado Radical Mestizo.
El público que atrae “la Maldita”
es popular y belicoso: quiere fiesta y sentirse masa
diferente. Pero no ha escuchado nunca a Ojos de Brujo
–ni siquiera está disponible en México
Vengue, lo que era entonces su único disco–
y tampoco tiene la mínima idea de rumbas y bulerías.
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© Julia Montilla
No hay problema: los barceloneses salen sin complejos
y despliegan su flamenco callejero, sus trucos de hip-hop,
sus pataditas de funk, su gloriosa hibridez. En un instante,
“la raza” queda embelesada. Y arrasan entre
un personal que ha amedrentado a otros grupos venidos
de Europa. Consiguen bises, reciben piropos, son festejados
en cuanto bajan del escenario. Un potente grupo local
incluso quiere fichar –“ahorita mismo”–
al bajista. Risas de incredulidad.
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