

El fotógrafo más carismático
bucea con su cámara
en las sombras del pasado y el porvenir.
Otros
fantasean en canciones con serlo al hacerse mayores.
Pero, cuando era pequeño, Alberto García-Alix
(León, 1956) ya quería tener la voz de
Johnny Cash. Igual de magnético que la del hombre
de negro, el sonido de su voz llega desde algún
lugar al fin de la noche. Y de las noches. Todo el insomnio
que padeció en París durante los tres
últimos años. Ese desasosiego feroz que
describía Céline en 1932: “Por mucho
que me diese vueltas y vueltas sobre el pequeño
colchón, no llegaba a conseguir ni el más
pequeño momento de sueño. Incluso masturbándose
en esos casos no se siente ni consuelo, ni distracción.
Entonces es la verdadera desesperación”.
El laberinto de maullidos sobre el que reptan, huidizos
y en carne viva, los Tres vídeos tristes a los
que uno se asoma en la oscuridad de la magnífica
y estimulante sala de exposiciones del Canal de Isabel
II. Un tridente que se sostiene en la fotografía,
el amor y la búsqueda de la identidad.
Esa misma búsqueda queda ya abocetada en el centenar
de instantáneas que, como un gran autorretrato
tan honesto como intuitivo, se exponen al mismo tiempo
en otro espacio de la Fundación Canal bajo el
título de No me sigas... estoy perdido
–Don’t follow me, I’m lost grabado
en su brazo derecho inició su colección
de advertencias y exorcismos–. Si en aquellas
imágenes secuenciales se mira a sí mismo
desde el presente, en éstas –atravesadas
por la compañía y la mirada en color de
Xila, un álter ego– echa la vista atrás
y revisita aquella vertiginosa y emocionante década
que estalló entre el 76 y el 86 y, luego, vio
perecer a sus hijos. Aquí son lo que eran. Sin
ambages ni coartadas. Filos de navaja, cuero lustroso,
ojos vidriosos y cucharillas con posos. Sangre en ebullición.
Vapor.
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