Córdoba-Andújar. 75 kilómetros. En la furgoneta, carcajadas con el último ¿artefacto? cómico del programa La hora chanante y el recuerdo de un clásico sketch de Faemino y Cansado. Descargan los instrumentos en el estudio de Pedro Cantudo, uno de los seis miembros de la banda. Otro mes, otra tarde más para exprimir lo mejor de sí, al menos una gota de Limousine (zumo de Mousy, dicen). Horas de grabación hasta la madrugada y el reto de producir su segundo trabajo. Un álbum doble de 25 canciones –cinco de ellas salieron durante aquellas sesiones nocturnas- donde quizás “el concepto unificador sean las letras y las historias que cuentan; todas hablan de extraños personajes, marionetas, gigantes, drogadictos, enanos, niños, mendigos, tenistas… a los que les pasan cosas a veces extrañas y otras veces muy normales. Todo un poco kafkiano. Asimismo son algo que acompaña a la música, es la descripción semántica del paisaje que evoca el sonido, lo que tampoco nos hace mucha gracia porque cada uno debería poder imaginarse lo que quisiera. Cantar en inglés nos ayuda a codificar un poco esto y que el oyente se centre en la música”.
La única ley: Huir de los estereotipos, publicar buenas canciones. Todos buscamos algo. Como John Wayne en “The Searchers”. También los Beatles a través de su “White Album” o Wilco en la cresta de la ola, aunque las olas del lago Michigan... Si sumamos la imaginería de Tim Burton o la ironía de Woody Allen nos acercamos a algunas coordenadas estéticas de una propuesta que viene de un sueño para cerrarse en otro donde ser completamente libres, donde ser. Pero todos tenemos miedo. Ellos temían que las canciones se diluyesen ante tamaño despliegue de ideas y estructuras; todos componen y aseguran que es una suerte pero recomiendan dosificar su escucha –“el oyente se puede sentir un poco desbordado ante un disco tan largo”-. Dos horas de película de, como apuntan, "bastante humor y bastante mala leche". Es un trabajo que refleja perfectamente todas las aristas de nuestra personalidad; estamos orgullosos y creemos que hemos hecho algo grande. Es una fotografía sonora de nosotros mismos”. En el blanco y negro de un crucigrama, de un cuadro de Malevich donde sólo queda dejarse ir.
GORKA ELORRIETA
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