Traducido ya a 20 idiomas y un éxito de crítica y ventas en el Reino Unido, Acantilado edita 'La liebre con ojos de ámbar'.
Más de doscientas figuritas de madera y marfil, ninguna de ellas mayor que una caja de cerillas, son el origen de este fascinante libro en el que Edmund de Waal describe el viaje que han hecho a lo largo de los años. Un viaje lleno de aventuras, de guerra, de amor y de pérdida, que resume, en la historia de una familia, la historia de Europa en los siglos XIX y XX. Un texto evocativo y de gran belleza que comienza con una pequeña liebre de ojos de ámbar que se mezcla en un bolsillo con las monedas, y termina, como todo auténtico viaje, con el descubrimiento de uno mismo.
Edmund de Waal (Nottingham, 1964) es ceramista de profesión y vive en Londres. Es descendiente de la familia judía Ephrussi, que hacia 1860 llegó a ser la mayor exportadora de grano del mundo (les Rois du Blé) y posteriormente se convirtió en un poderosísimo banco internacional, que desde Odesa expandió su imperio a ciudades como París, Viena o Tokio. Edmund de Waal proviene de los Ephrussi que emigraron al Reino Unido una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial.
A la muerte de su tío Ignace a los 84 años en Japón, país al que había emigrado en 1947, Edmund de Waal heredó una colección de doscientos sesenta y cuatro netsuke, unas figuritas japonesas talladas en diversos materiales, entre ellos la madera de boj o el marfil, que adoptaban principalmente la forma de animales o personas. De Waal, sintiéndose intrigado por la manera en que las figuras habían conseguido llegar intactas a nuestros días, abandonó su trabajo de ceramista durante casi dos años para tratar de descubrir y ver con sus propios ojos los lugares que habían ocupado los netsuke, averiguar qué personas los sostuvieron en sus manos y qué camino habían recorrido desde el momento en que el primer miembro de la familia Ephrussi los adquirió a finales del siglo XIX, hasta que fueron a parar a sus manos un siglo después.
La primera ciudad a la que le llevó su trabajo de investigación fue París, más concretamente al Hôtel Ephrussi, palacio de la rue de Monceau construido en 1871 que fue la residencia de Charles Ephrussi (1849-1905), primo de su bisabuelo, que había llegado a la capital francesa desde Odesa un año antes para expandir el imperio del grano. Charles, liberado de la obligación de dedicarse al negocio familiar, se convirtió en muy poco tiempo en uno de los marchantes de arte más importantes de Francia, llegando a reunir por ejemplo, una de las más tempranas colecciones de pinturas impresionistas de Degas, Manet, Monet, o Renoir. Con algunos de estos artistas llegó incluso a trabar amistad, al igual que con Marcel Proust. Charles fue uno de los dos modelos principales que inspiraron al famoso escritor para el personaje de Swann de En busca del tiempo perdido. El otro fue un dandi de más edad llamado Charles Haas.
En 1874, en pleno japonisme—moda por todo el arte japonés que se apoderó de la ciudad de las luces en las últimas décadas del siglo XIX—, Charles adquirió la colección de netsuke, acabados de llegar de un bazar de Nagasaki. Para mostrarlos a las visitas, los colocó dentro de una vitrina negra, de madera lustrada semejante a la laca. Con los años Charles fue perdiendo interés por lo japonés, de ahí que en marzo de 1899 le regalara la colección completa a su primo Viktor de Viena—con quien había compartido los primeros años de infancia en Odesa—que acababa de contraer matrimonio. Viktor y su mujer Emmy, a diferencia de Charles, no colocaron los netsuke en un lugar visible del magnífico palacio Ephrussi, sino en el vestidor de ella, al que sólo tenían acceso la doncella, la pareja y unos años después sus hijos.
Después de pasar un año en París investigando sobre Charles Ephrussi, Viena y el palacio Ephrussi—que para su sorpresa hoy es la sede central de Casinos de Austria—constituye la segunda etapa de su viaje. Explicando en la recepción quién es, consigue penetrar en el edificio y echar un vistazo a las habitaciones, la sala de música, el salón, el comedor, que conservan todavía la esplendorosa hermosura de antaño. La Ringstrasse, calle donde se encuentra el edificio, formaba parte de la metrópoli moderna que el emperador Francisco José ordenó construir en 1870. En este palacio de pilastras corintias y columnas dóricas, que fue encargado construir por Ignace Ephrussi (tatarabuelo del autor y segundo banquero más rico de Viena por aquel entonces), vivió su hijo Viktor Ephrussi, como Charles, hijo absuelto de la obligación de ser banquero. Con el típico aspecto del estudioso judío, con la barba cuidada y la chaqueta negra, Viktor era un enamorado de Goethe, Schiller, von Humbolt y de clásicos como Ovidio y Virgilio. Como todo joven de la época tenía su café donde se juntaba con otros hijos de las familias judías pudientes para discutir sobre la naturaleza de la época. En su caso se trataba del Griensteidl, frecuentado por la Jung Wien de Hugo von Hofmannsthal y Arthur Schnitzler.
Lo que no había previsto Viktor era que el 3 de junio, sólo diez semanas después de contraer matrimonio, su padre Ignace moriría de manera repentina convirtiéndose así en el heredero de la banca Ephrussi, un complejo negocio internacional con sedes en Odesa, San Petersburgo, Londres y París. Tras años de bonanza económica, el banco sufrió el primer golpe fuerte de su historia al serle confiscadas, tras el final de la Gran Guerra, todas las inversiones financieras que tenía en Londres y París además de la mayoría de las cuentas. Los bolcheviques y la Revolución hicieron lo propio con el oro guardado en San Petersburgo, las propiedades de Odesa y las acciones de ferrocarriles y campos de petróleo.
En 1921 Viktor se vio obligado a vender la mitad del negocio a un antiguo socio y al banco de Berlín, hecho que le afectó profundamente, ya que consideraba que había sido incapaz de conservar la herencia que le había legado su padre. La grave situación económica del país durante la guerra, unida al malestar de la población a raíz del desmembramiento del imperio austrohúngaro, facilitó además el surgimiento de un clima fuertemente antisemita en Viena. La falta de alimentos de primera necesidad como el pan, la leche y los huevos sumado a la fuerte inflación, provocó la irrupción de los especuladores y usureros, a los que se quiso relacionar con los judíos, que fueron acusados de enriquecerse a costa de la pobreza de las familias vienesas.
Unos días después de la Anschluss—la anexión de Austria por parte de la Alemania nazi en 1938—, todos los bienes de la mansión de los Ephrussi en la Ringstrasse fueron confiscados por la Gestapo. Göring puso en marcha la campaña de «transferencia de riquezas» que obligaba a los judíos con más de cinco mil marcos a declararlos. Después de tres días revisando los archivos del banco Ephrussi se obligó a la familia a vender el negocio a accionistas arios. Después de hacer una declaración de todos sus bienes y de un sinfín de gestiones por Viena, Viktor Ephrussi obtuvo el Reichsfluchtsteuer, impuesto que había que pagar para obtener un visado de salida del país. Viktor consiguió llegar hasta el Reino Unido, donde murió sólo unos meses antes del final de la guerra. Otros miembros de la familia no pudieron escapar, siendo capturados y enviados a campos de concentración.
En diciembre de 1945 la hija de Viktor, Elisabeth (la abuela de Edmund de Waal), volvió a Viena para intentar recuperar algunas de las pertenencias de la familia. Su sorpresa fue mayúscula cuando Anna, antigua doncella de la familia, le relató cómo durante el ataque nazi consiguió poner a salvo todos y cada uno de los netsuke de la mansión Ephrussi, poniendo en peligro su propia vida. Unos años después, Elisabeth entregó las figuras a su hermano Ignace, que obtuvo en 1947 el permiso militar para entrar en Japón, ciudad en la que viviría hasta el final de sus días.
Los ganadores de un ejemplar son:
Ana Hernández Fdez. de Ocaña
Mila Barangé
Xavier Martínez Gómez
¡ENHORABUENA!
A todos los suscriptores que habéis participado... muchas gracias y mejor suerte en los próximos sorteos literarios.





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