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El blog de Mikel Aristregi

Mikel Aristregi

Mikel Aristregi. 1975. Hernani (Gipuzkoa). Periodista y fotógrafo. Premio Nuevo Talento FNAC de Fotografía en 2006; beca Fotopres’09 de la Fundación La Caixa. Actualmente es fotógrafo y editor del suplemento dominical del diario Segre de Lleida, Lectura.

Estoy con...

Crimen y Castigo, Fiódor Dostoievski

¿Existen motivos y circunstancias sociales que justifiquen la perpetración de un crimen? ¿Estaría justificado acabar con la vida de una persona si ésta fuera la causante del dolor y el sufrimiento de otras muchas? ¿Es la propia conciencia el mayor enemigo de un asesino? ¿Es mayor la dependencia sobre la masa social que la que el propio individuo está dispuesto a reconocer? Las respuestas a estas y a otras muchas preguntas en "Crimen y castigo".

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Remembering Mongolia (Flashback)

Publicación: 04/01/2013

Hace casi cuatro meses que llegaste a Mongolia y, sinceramente, empiezas a estar cansado de ella.

Se lo has oído decir a muchos fotoperiodistas; después de un tiempo en un país extraño, una vez pasada la primera fase de pura observación y gran condescendencia con aquello que te rodea,  entras en la fase de asimilación, normalización e integración del entorno, la segunda, que es, inevitablemente, la antesala de la tercera a la cual podría decirse que estás a punto de entrar; la del rechazo (cercano al odio) hacia todo lo que te rodea.

Mikel Aristregi

Su capital, Ulaanbaatar, no es un lugar fácil; dirías que incluso hostil en esta época del año. Hay días en los que hace un frío tan atroz que no puedes pensar más que en el frío que tienes. Un frío que te oprime el cerebro y te hace verdadero daño (literal, no en sentido figurado); un frío que anula toda tu capacidad de actuar, pensar y sentir de forma mínimamente creativa. Algo tan sencillo como cambiar un carrete o girar la rosca del trípode se convierten en procesos lentos y costosos, casi imposibles de realizar, como si las manos que vieras manipulando ante ti no te pertenecieran. Eso te deprime.

Empiezas a estar cansado de la gente con la que tratas a diario y que son los protagonistas del proyecto fotográfico que has venido a desarrollar: los vagabundos alcohólicos de la capital (dentro de un contexto más amplio que aborda las consecuencias sociales del abuso del alcohol en este país). Después de varios meses trabajando con estas personas aun no sabes bien qué sentir por ellas. Conoces los atenuantes, incluso las justificaciones, pero hay días en los que no consigues ir más allá del hastío, incluso de la indiferencia, y tú eres de los que necesita de la empatía. Nunca antes has experimentado tantas contradicciones durante la fase de disparo.

Pero, sobre todo, empiezas a estar cansado de casi todos los que conforman el resto de la sociedad y, especialmente, de su exacerbado sentimiento nacional, inspirado y legitimado en gran medida por ese glorioso pasado según el cual un día los mongoles gobernaron el mundo entero de la mano (y la espada) de Gengis Khan, y que constantemente les lleva a increparte cuando te ven haciendo fotos de aquello y aquellos que tan lejos están de esa idea abstracta que representa la gloria nacional. Un sentimiento que se desbordó con la llegada de la democracia en 1990 tras siglos de dominio extranjero, primero manchú y después soviético, y que está tan enraizado en la conciencia de todos y cada uno de los mongoles que ha acabado anulando la capacidad de criticar cualquier dimensión del conglomerado de ideas que conforman el ethos nacional, incluido el estado y su gobierno; el mismo que, paradójicamente, está provocando la desintegración del propio sistema de vida tradicional; ese que con tanto fervor defienden, sobre todo, las nuevas generaciones urbanas que nunca han salido de la capital.

Después de todo, ¿Quién es ese extranjero para que fotografíe nuestra escoria y nuestra inmundicia? ¿Qué pretende? ¿Por qué no fotografía nuestras estepas y nuestros pastores y nuestros rebaños como todos los demás?

Son preguntas ante las que a veces, dependiendo del día, no sabes exactamente qué contestar. Por eso es importante que lo tengas claro en tu interior y no dudes cuando te vuelvan a increpar. Es necesario que creas que ese extranjero, tú, encarnas al vecino que decide denunciar las palizas que cada noche recibe la mujer del ger -vivienda tradicional mongola- contiguo al tuyo de manos de su marido, siempre ebrio, aun con la oposición de ésta, que oculta las heridas y protege al verdugo mitad por vergüenza, mitad por amor. Eso es (foto)periodismo.

Tres semanas es todo lo que te queda en este maldito lugar.

Y después solo quedará disfrutar de la Mongolia amable y hospitalaria que sin duda también existe, pero que ahora eres incapaz de ver. Será la cuarta fase a la que solo podrás acceder una vez se haya descongelado tu cerebro.

Fotografías y texto © Mikel Aristregi.

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El vuelo de los ángeles

Publicación: 05/10/2012

En 1992 el misionero vasco de los Padres Blancos Ángel Olaran (Hernani, 1938) recibió la propuesta de sus superiores de abandonar Tanzania, donde llevaba 20 años trabajando, para construir una escuela de agricultura en Wukro, al norte de Etiopía. Y él obedeció.

Lo primero fue crear un lugar donde vivir, y cuando estuvo acabado lo llamaron St. Mary.

Mikel Aristregi

Foto © Mikel Aristregi

Al poco tiempo, empezó a recibir la visita de un puñado de niños y niñas que vivían en las inmediaciones. En su mayoría eran huérfanos o de madres enfermas; niños y niñas, en definitiva, que no tenían quien se hiciera cargo de ellos. Desnutridos, desesperados y hambrientos, acudían en busca de comida. Hasta aquí, nada excepcional.

Al principio, el misionero pensó que eran casos aislados, problemas concretos que afectaban a personas concretas y que podrían ser solucionados con facilidad. Pero pronto fueron familias enteras las que se agolpaban a las puertas de la entrada a la misión. Había corrido la voz.

Y después llegaron centenares…

Mikel Aristregi

Foto © Mikel Aristregi

Actualmente Abba Melaku (literalmente Padre Ángel, tal como es conocido en Etiopía) supervisa la atención de más de 1.500 niños, niñas y adolescentes huérfanos de Wukro, intentando garantizar la cobertura de sus derechos fundamentales (alimentación, vestido, hogar y escolarización). Para ello cuenta con la colaboración de numerosas organizaciones tanto estatales como europeas; una dependencia peligrosa de la que el misionero es consciente y para cuya superación en última instancia trabaja.

Mikel Aristregi

Foto © Mikel Aristregi

Hoy, más que nunca, los valores y objetivos de la iglesia están en entredicho. Pero nadie debería caer en el error de sospechar de las motivaciones e intenciones del religioso por el mero hecho de serlo. Ángel Olaran es padre antes que cura, quien antepone lo humano a lo divino, lo tangible a lo intangible, lo primero a lo segundo. Y quien, sobre todo, predica con el ejemplo:

- [Inicio del discurso pronunciado en la ceremonia de entrega de la Medalla de Oro de Gipuzkoa que recibió en 2010] “Mis sentimientos se contradicen en una celebración de este tipo. Por una parte veo que hay mucha admiración por un servicio hacia una parte muy vulnerable de la Humanidad. Pero, por otra parte, intuyo seriamente que [por] la naturaleza de ese servicio no procede una celebración de este tipo. Visto desde el mundo enriquecido se aplaude este tipo de servicio, pero visto desde el mundo empobrecido, este aplauso puede producir nauseas. Y no pretendo romper el ambiente tan bonito de este acto, pero me gustaría que viéramos la historia un poco desde el [punto de vista del] perdedor”A.O.

Llegué a Wukro a primera hora de una tarde de principios de setiembre cargado con el equipo fotográfico, una pequeña idea y mucha (muchísima) información, fruto de las diferentes conversaciones que había mantenido con varios cooperantes que ya habían estado con anterioridad en la misión. De hecho, había visto tantas fotos de aquel lugar que, de alguna manera, era como si ya hubiera estado allí.

Mikel Aristregi

Foto © Mikel Aristregi

Los días previos al viaje pensaba en cómo podría explicar aquella historia, tantísimas veces contada, desde un nuevo punto de vista. No quería más fotos de niños tristes, tampoco de niños alegres; no quería más imágenes generadoras de estereotipos. Simplemente, quería fotografiar a los individuos concretos ocultos detrás de cada rostro, con sus personalidades complejas como humanos que son, al margen de si son etíopes, vascos o de cualquier otro lugar. Sin elementos externos que guíen el juicio del espectador, éste se verá así obligado a mirar a los ojos “del otro”, entablándose un diálogo entre iguales.

- “Se dice que la Iglesia es la voz de los que no tienen voz, pero yo creo que los que no tienen voz tendrían que ser la voz de la Iglesia. Pero hoy por hoy esa gente no tiene voz en la Iglesia. No se cuenta con ellos, ni se discute con ellos, no se programa con ellos. Son algo así como el objeto de nuestra caridad, y yo creo que tendrían que ser sujetos del desarrollo. Desde esa perspectiva trabajo”, A.O.

- “Nunca hemos oído que una guerra acabara porque se haya acabado la munición, sin embargo muere mucha gente porque es imposible hacerles llegar comida", A.O.

Mikel Aristregi

Foto © Mikel Aristregi

Todos las fotografías fueron realizadas íntegramente en la misión de St. Mary, Wukro (provincia de Tigray), al norte de Etiopía, en setiembre de 2011.

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Los gemelos Jim

Publicación: 11/07/2012

“La historia empezó con el caso de dos hermanos, ambos llamados Jim. Nacidos en Piqua, Ohio, en 1939, Jim Springer y Jim Lewis fueron dados en adopción nada más nacer y criados por dos matrimonios diferentes, que casualmente les pusieron el mismo nombre de pila. Cuando Jim Springer se reencontró con su hermano a los 39 años, en 1979, ambos descubrieron un montón de similitudes y coincidencias, además del nombre. Ambos medían 1,80 metros y pesaban 82 kilos. De pequeños, los dos habían tenido un perro llamado Toy y habían pasado las vacaciones familiares en Saint Pete Beach, en Florida. De mayores, los dos se casaron con una mujer llamada Linda, de las que después se divorciaron, para casarse ambos con sendas mujeres llamadas Betty. Uno puso de nombre a su primer hijo James Alan, el otro, James Allan. Ambos habían sido sheriffs a tiempo parcial en sus respectivos pueblos, eran aficionados a la carpintería, padecían de jaquecas, fumaban la misma marca de cigarrillos y bebían la misma cerveza. Aunque se peinaban diferente, tenían la misma sonrisa asimétrica, sus voces eran idénticas y los dos tenían la costumbre de dejar notas cariñosas a sus mujeres por toda la casa”.
Por Peter Miller, NG.

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Fotos © Mikel Aristregi

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