Álvaro Otero nació en Bueu (Pontevedra) en 1967. Periodista y escritor. Ha publicado, entre otras obras, las novelas Waelrad (1995), Días de Agua (Premio Nostromo 2000), De mar y de muerte (2006) y El esplendor (2010, Premio Provincia de Guadalajara de Narrativa).
"El coro mágico", de Solomon Volkov.
Saboreo la lectura de El coro mágico, de Solomon Volkov, un delicioso ensayo sobre las vidas, los encuentros y desencuentros, de los escritores y artistas rusos desde Tolstói hasta casi nuestros días. Chéjov, Gorki, Meyerhold, Diághilev, Ajmátova, Tsvetáieva, Bunin, Blok… Están todos, y en el horizonte vigilante siempre Lenin, siempre Stalin, siempre el poder soviético dispuesto a cercenar cualquier atisbo de disidencia. Dramas, arte y política. Para los apasionados de Rusia y de la literatura.
Publicación: 26/08/2011
Escribo desde Kibuye, una pequeña población a orillas del lago Kivu, frontera de Rwanda con el Congo, y pienso que me ocurre en este viaje algo con lo que no contaba, algo que quizá le ocurra a la mayoría de quienes visitan este país, aunque les cueste, les incomode reconocerlo: por más que lo intento, no logro abstraerme de la tragedia que asoló este país durante 100 días a partir del 6 de abril de 1994. El horror del genocidio ruandés me asalta a cada paso, incapaz de observar, de disfrutar, de recrearme en el ir y venir de la gente sin que regresen a mi cabeza las historias que he leído, las imágenes que he visto durante todos estos meses de preparación del viaje.
El genocidio ruandés posee una carcaterística que lo hace diferente a otros, y es el hecho de que involucró a toda la población, sin excepciones. Tras la II Guerra Mundial, muchos alemanes de a pie adujeron, acaso diciendo la verdad, acaso buscando una coartada moral para sobrevivir a su propia cobardia, a su sentido de culpabilidad o de derrota, que no sabían, que desconocían lo que estaba ocurriendo con los judios, que ni siquiera podrían haber imaginado la existencia de las cámaras de gas. Pero aquí, en Rwanda, esa coartada no es posible porque todos los hutus fueron empujados por los extremistas a matar, y quienes se negaron o se mostraron tibios, o reacios, fueron masacrados también. O matabas, o morías. Por eso esta mañana, durante la misa dominical en la Iglesia católica de Kibuye, no he podido dejar de pensar, contemplando a los feligreses, en qué pudo haber hecho cada uno de los que estaban allí conmigo, qué papel pudieron haber jugado durante aquellos días terribles. En esta iglesia de Kibuye alzada sobre un promotorio que domina el Kivo azul, y donde tanta paz he respirado hoy, buscaron refugio durante los primeros días del genocidio los tutsis de los alrededores, creyendo que así estarían a salvo. Se equivocaron. Cuando una horda de las milicias extremistas hutu, los tristemente célebres interahamwe, llegó a sus inmediaciones, 11.400 almas se apelotonaban en su interior. Entonces, los atacantes, ebrios de cerveza de banana, comenzaron a arrojar granadas a través de las vidrieras y los rosetones de las paredes. Después, entraron a rematar a golpe de machete a los que todavía seguían con vida. El trabajo, escribió Lindsey Helsum para Granta, "les llevó tres horas".
Por todo eso he querido hoy acudir a la misa dominical en la iglesia católica de Kibuye, la misma ciudad, por cierto, de la que es originaria Inmaculee Ilibagiza, autora de Sobrevivir para contarlo, un libro que recomiendo. El oficio se celebró en Kinyarwanda, el idioma nacional, y como es casi obvio no he podido entender ni una palabra durante hora y media de prédicas, lecturas y cantos. Sobre el altar, un aleccionador friso con quince imágenes del martirio de Jesús. Las voces magníficas del coro y de los feligreses, la bellísima polifonía africana henchía el interior y parecía salir volando sobre este Kivu inmenso de mañanas deslumbrantes y atardeceres lánguidos y tormentosos. Contemplaba a la gente y no podia dejar de pensar en aquel momento. Granadas explotando entre las miles de personas asustadas, cuerpos destrozados, niños rotos. ¿Cómo se habría comportado cada uno de los que hoy me acompañaban para no haber muerto alli? ¿Cómo habrían logrado sobrevivir? Cantos, cantos alegres. Daos la paz, dice el sacerdote, y extendemos la mano. Ah, qué día de agosto más hermoso a orillas de este bello lago africano, testigo de tantas tragedias. Por las puertas abiertas entra una suave brisa que huele a agua dulce. ¿De qué se trata? ¿Qué tipo de demonio escondemos dentro de nosotros?, me pregunto una y otra vez sentado en el banco, mientras los niños me observan atentamente y sin disimulos. Me viene a la cabeza un vídeo que vi el primer dia de mi viaje en la visita al Memorial del genocidio de Kigali. Una joven treinteañera que perdió a toda su familia reflexiona en voz alta ante la cámara y dice: "No se puede asegurar que todo el mundo fuera un demonio, pero sí que el 5% fue bueno, el 5% neutral, y el 90% restante un demonio". ¿Que, qué llevamos dentro? La obsesión por el origen del mal, que siempre me ha acompañado, se hace en este periplo por el corazón de África más intensa que nunca. No logro ver las tinieblas de Conrad, sino apenas la niebla de la selva. No logro verlas, pero las presiento. Estan ahi, dentro de nosotros, siempre prestas a cubrirnos al menor descuido.
Brea Dice:
22 de enero del 2012 a las 23:35 pm
Hola :) Yo soy una de tus "improbables lectores" que de alguna manera también ha viajado contigo y me he emocionado. Gracias a tus crónicas me he acordado de la película "Shooting Dogs", que relata uno de los acontecimientos más espeluznantes sucedido
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Tras ganar el Premio Herralde con su anterior título, publica su segunda novela, 'Gloria mía', a comienzos de mayo.
La carrera de una estrella de cine consiste en ayudar a los demás a olvidar sus problemas. En usar tu encanto, tu belleza y tu jovialidad para hacer que la vida parezca más fácil. "El problema -dijo una vez Gloria Swanson- es que si no lloras nunca en público... en fin, el público supone que no lloras nunca". CHUCK PALAHNIUK. 'AL DESNUDO' (Mondadori)