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El autor de 'Los años inútiles' y 'El año que rompí contigo' nos cuenta la atribulada historia de la publicación de su primera novela
“Los años inútiles”: así terminó por titularse mi primera novela, en la que batallé durante más de seis años, agobiado por un rigor técnico autoinflingido y por unas circunstancias económicas frágiles, siempre al borde del colapso. “Los años inútiles que Benavides pasó escribiendo esto”, me dije cuando por fin concluí de pulir, recortar, corregir y enmendar sus casi quinientas páginas, una noche de otoño en Tenerife, donde había terminado viviendo desde 1991, arrastrado por la necesidad de abandonar el Perú y entregarme de manera absoluta a ser escritor.
En todo ese tiempo que dediqué a escribir la novela, ganado tantas veces por el desaliento respecto a la valía de ese trabajo —era mi primera novela—, rara vez pensé en publicar. Al principio porque era consciente de que lo importante era escribir y luego ya se vería lo otro; después porque estaba obsesionado con la redacción de esta maldita novela que me ocupaba un promedio de seis horas diarias (por fortuna o por desgracia, apenas tenía trabajos alimenticios y subsistía precariamente) y finalmente porque a medida que iba redondeando la novela —paralizada por meses, vuelta a retomar, rescrita casi por completo, amenazada de fuego otras tantas— iba también dándome cuenta de lo difícil que sería encontrar editorial para una historia densa y compleja, de cuyo valor ya dudaba, y que de remate iba a ser presentada por un escritor de credenciales más bien magras como era yo: apenas había publicado un pequeño libro de cuentos en Lima, luego me había dedicado a profesor de talleres de literatura y muy esporádicamente colaboraba con revistas o suplementos literarios, muchas veces simplemente gracias a la generosidad de amigos como Fernando Iwasaki, que llevaba y lleva aún, la espléndida Renacimiento.
De manera que la di por acabada simplemente arrebatado por pundonor arequipeño, pero la dejé arrumbada como un gran despropósito casi cuatro años. De ese ominoso desdén y olvido la rescató Elena, la chica con la que vivía en ese entonces, cuando haciendo limpieza se encontró con una caja llena de páginas. “¿Y esto?” “Una novela.” “¿Puedo leerla?” “Claro.” Habitualmente lapidaria con mi literatura, sus comentarios inesperadamente elogiosos me hicieron replantear su eventual calidad. Digamos que no me convencieron, pero sí sembraron una duda. ¿Por qué no enviarla? Habían pasado ya varios años y aunque me consideraba incapaz de volver a leerla, la sabía corregida hasta las exasperación, como acreditaban mis varias cajas llenas de borradores. Y eso hice. Empecé por Alfaguara porque era la editorial que más me gustaba. Después, me dije, iría bajando el listón hasta llegar a editorial “Piedra en el agua” (tiras una edición y jamás la vuelves a ver). Como previamente una segunda novela mía había sido rechazada por una pequeña pero prestigiosa editorial en la que me explicaron que debía enviar 700 pesetas para sellos a fin de que me la remitieran de regreso, cuando sonó el teléfono de casa a los cuatro meses de haber enviado “Los años inútiles” y me dijeron que llamaban de Alfaguara, pensé que era para enviar otras 700 pesetas de rescate. De manera que no me inmuté hasta que la amable voz de Amaya Elezcano —mi editora actual— me ruborizó de elogios y me explicó que les había gustado. No sólo eso, sino que la iban a publicar. “Soy vasca. Tienes mi palabra de que esta novela sale el próximo año porque es buena.” Y *****plió lo prometido.
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