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El blog de Isabel Camblor

Isabel Camblor

Isabel Camblor es licenciada en Filosofía y Letras y diplomada es Psicología. Ha colaborado con prensa y crítica literaria y ha publicado relatos y artículos en diversos medios desde 1998 .  Su primera novela, "Perdona el desorden" fue reconocida por el jurado del premio "Joven y Brillante", con "Mistela con Aristóteles" (Algaida, 2002) resultó finalista del IV premio Río Manzanares. Su tercera novela, "Maldita Cenicienta"(Algaida, 2005), ha sido traducida al alemán, el francés y el rumano. Su última novela, "Dios es una dama con moño", acaba de ser publicada en 2008 por la editorial Planeta.

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Otra forma de perder el amor

Publicación: 25/03/2013

A veces me apetece salir en busca de epitafios.

Ya de canija tenía ocurrencias de este tipo. Las otras niñas querían ser azafatas, estar muy delgadas y tener los ojos azules. Pero hay que observar que nunca se está solo del todo: en sexto teníamos en mi clase a una muy parecida a mí, Begoña, una niña a la que también se le ocurrían ideas poco comunes. Por supuesto nos hicimos amigas y aún seguimos siéndolo.

Un día, en pretecnología, Begoña pintó un mural con un motivo raro: parecía como una extensión campesina, rebajada la luz y el color hasta lograr el tono pardo del crepúsculo, y con un montón de camas esparcidas como si fueran producto de labranza. Todas las compañeras se rieron de ella pero la monja le puso un sobresaliente y afirmó con solemnidad que aquella cosa tan absurda era arte, que al parecer Begoña estaba expresando a golpe de dacs alguna idea que se alojaba en las profundidades de su subconsciente.

Begoña y yo comenzamos a presagiar, con once años, que el arte podía configurarse a partir de imágenes muy distintas, unas bellas y otras no tanto. La muerte, la locura, el amor, las flores. En la adolescencia supe que la escatología también era arte.

Por supuesto los epitafios son arte.

Begoña, la que con once años pintó el mural sin sentido, ahora es una mujer bella –dueña de una belleza osada y desafiante, a pesar de contar con más de cuarenta años- a la que le gusta el arte en todas sus formas.

Ella precisamente fue quien me contó el otro día cómo se pierde un amor. El amor se puede perder en clave lírica, aseguró.

Mi amor venía todas las noches, me dijo. Y me quitaba las botas y los calcetines antes de acostarme, era un ritual mágico que me devolvía a la niñez. La última noche, siguió Begoña, los dos entendimos que él debía marcharse. Caminamos por la noche, hacia mi casa. Yo llevaba puestas las botas nuevas, las que me regalaron por Navidad. Sin darme cuenta me llevé con la suela de la bota derecha una deposición de perro o de gato. Dicen que trae suerte pisar caca por la calle.

Subimos a casa pero él se marchó en cuanto pudo, era lo que tocaba. Tuve que quitarme yo sola las botas, por primera vez en mucho tiempo. Entonces descubrí que estaban manchadas. La caca reseca con la que él se hubiera encontrado si me hubiese quitado las botas tal vez sea arte. No es menos repugnante que la muerte, la locura o el desamor.

Así fue la última noche de amor de Begoña. No quiso limpiar la bota. Guarda la bota derecha en la terraza. Rimbaud también creía que gritar ¡Mierda! frente a la gente de bien era arte. Si Rimbaud, un tipo muy reconocido por su poesía, pensaba así, tal vez ese trébol de cuatro hojas de perfil escatológico que guarda Begoña en su terraza sea una forma sublime de arte.

El arte, yo lo intuyo desde que la hermana Agustina le puso aquel inexplicable sobresaliente a Begoña, no es sino una fantasía acomodaticia. Y Begoña siempre fue una artista.

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Te invito a mi fiesta si te portas

Publicación: 02/01/2013

Soy consciente de que no es muy de recibo que yo misma diga que mi “Memoria de la inocente niña homicida” (PRE-TEXTOS) me ha salido muy bien. Pero es que lo pienso, en serio. Y como no estoy segura de que vaya a durar mucho tiempo esta estimulante sensación de trabajo bien hecho, tendría que darme prisa, aprovechar el soplo de entusiasmo antes de que se esfume, y organizar una fiesta brutal.

Creo que es una buena idea que mi novela sea celebrada. Apoyaría seguramente mi tesis un grupo de gente encantadora: el jurado que reconoció el valor de la niña inocente y homicida, quince mil euritos que ya me he gastado me dieron, así que ahí tengo a los primeros invitados. El gran Manuel Vilas (el poeta que habla con los dioses, con María Magdalena y que sólo se arrodilla ante Dylan y ante él mismo), me mandó un mensaje –lo hizo sin conocerme personalmente, me encantan esos gestos de cortesía, raro en los tiempos que corren, bien por la gente que no tiene problema en ser amable-: ”ey, enhorabuena por tu novela, es muy buena”. Corto pero digno. Elevó mi autoestima más allá de los límites a los que acostumbra alcanzar. Y el gran Fernando Marías. Y los no menos grandes seis profesores de literatura que componían el resto del jurado. Todos esos están invitados a mi fiesta, por majos. Y por tener buen gusto literario.

Nunca se habrá visto nada igual a esta fiesta, así que recógete y ruega con fervor para que te invite a ti también.

Tengo esbozadas algunas ideas: para empezar nos perderemos en la noche de los tiempos. Y bailaremos en orgías de vikingos, brindaremos junto a ellos chocando los cráneos de nuestros enemigos (en cuyo interior habremos escanciado licores de durazno y endrina). Chin-chin harán las calaveras sonrientes, calvas, con sus cuatro dientes putrefactos, ¿te imaginas qué risa? Siniestro y una marranada pero muy divertido; más tarde montaremos -entre romanos, godos y normandos que brotarán súbitamente de la mismísima Historia Antigua- marchetas orgiásticas y algo abstractas donde centuriones danzarán junto a druidas galos. Por Tutatis, dirán unos, iuvenes sumus, clamarán los otros. Fusión, sobre todo fusión, globalización en el espacio y en el tiempo para celebrar una novela. Un poco más de fusión, que aún cabe: entremos también en las cuartas dimensiones, las inventadas. Besaremos todas y todos al Corsario de Hierro, regresará la amiga imaginaria de la infancia -esa que realmente nunca se ha ido- y que para la ocasión se vestirá de carne, y todos podréis verla, ahí, engendrada, no creada, de mi misma naturaleza; aplaudirán los elfos centenarios, y el gatito que se mira al espejo usará sus uñas retráctiles para marcar un contrapunto entre palmada y palmada. Al final todos lanzaremos gemidos oooohh-ahhhh y cada uno de los amores imposibles de todas las novelas victorianas se consumarán de una vez, pero no con un beso y promesa de amor eterno, no: como dios manda, con sexo. A ser posible con muchas fantasías eróticas, que estamos en una orgía, caramba. Sadomasoquismo (consentido), slings, pornochachas y boxeadores cariñosos. Jolgorio, mucho jolgorio, todos mondándonos de risa, así celebraremos que mi “Memoria de la inocente niña homicida” es una buena novela, que me siento orgullosa de ella porque cuenta lo que yo quise contar sin ínfulas, sin excesos, sin trampa y sin cartón. Y sí, soy modesta, tan modesta que cualquier nietzscheano que se precie me abofetearía, pero mi niña homicida e inocente bien merece un breve paréntesis en esta modestia con la que siempre me he sentido identificada y sobre todo cómoda: a modo de pequeña tregua con los nietzscheanos, y con los cuatro capullos que me miran mal, por algo que nunca sabré, y mira que tengo curiosidad, que ya son unos cuantos…pero intuyo que sus vueltas de cara tienen que ver con lo de que yo no camino bien tiesa, como los merecedores de respeto. Pues toma, aquí tenéis un derroche de verticalidad.

Finalmente, ya para sublimar esa fiesta fastuosa, he pensado hacer que suceda algo bastante vistoso: ¡hágase!... ahora, al sonar la campanada número doce…¡Doce!: ved cómo saltan ágilmente desde sus criptas color calabaza para volver a la vida las tres mujeres a las que yo he amado: Madame Bovary, Anna Karenina y mi niña homicida. Pobres muchachas, las tres, pobrecitas mías, hay que resarcirlas. Se equivocaron, creían lo que su mente manipuladora les proponía que creyeran, exactamente igual que nos sucede a ti y a mí. Y perdieron su zapatito. Y la vida. Pero aquí está Peter, the pumkin eater and the party is just begun: Anna y la Bovary cesarán en su empeño por atrapar el amor, comprenderán por fin que los conceptos no se pueden capturar, y se buscarán un novio razonablemente atractivo, buen tío, nada engreído, inteligente, noblete y sensible. Y mi niña inocente, que siempre se portó tan mal -con la bienintencionada idea de salvar al mundo-, recogerá el tornillo perdido y volverá para ser simplemente una niña eterna que lee a Emily Dickinson.

Aunque por supuesto seguirá portándose muy, muy mal.

 

Traje de coctel para las damas. Los caballeros siempre con vaqueros.

Se permite la entrada a vuestros perritos.

Se ruega confirmación.

 

Primeras páginas de la novela (pdf)

Reseña de la novela. Por Francisco Balbuena (pdf)

 


SORTEO DE EJEMPLARES

Los tres ganadores son:

Maite Ortiz
Rosalía Rubiano
Sergio Fernández

¡ENHORABUENA!
Y gracias a todos los que habéis participado.
Más sorteos literarios en ClubCultura.com

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Patrias

Publicación: 25/09/2012

 Verás:

las cinco en punto

es la hora del te

en todas las estaciones.

 

Sí, también en esta que ves aquí.

Escucha:

¿oyes los raíles crepitando bajo el andén?

 

En la estación sin siestas

Advertirás una berlina surgida de otro siglo

y anclada al puerto

por equivocación.

 

 

No hay vagones pero sí puertas que chirrían

En la Estación Amarilla:

como un ofidio se escurre su tren de colorines

y se arrojan siemprevivas por las ventanillas.

 

 

En la estación tapiada

es música el Alisio

 

 

En la estación Encendida

hay mazmorras en forma de

terraza. Preciosas,

con vistas al mar.

 

 

En el apeadero de baile y tarantela

Hay voces que celebran,

Fíjate,

el público aplaude cuando

se abren las portezuelas hacia arriba

pues no son sino escotillas

 

 

Hay estaciones con biombos

(Aquí los huérfanos, hagan el favor,

más allá los que visten con filigranas, y si no tienen

inconveniente,

que nadie se bese entre sí)

 

También hay estaciones de tilos

No se paga billete

Pero las siluetas deambulan por tercera

Donde ni hay silla de gallinero

 

Ahí está la estación del púlpito

Donde el té se sirve

A las tres. Autoservicio. Servilletas de bandera

Los hombres no tienen sombra

Y sí tienen alma –en pena- las sombras.

Y a las mujeres

A las mujeres se les ve el cuello

Solo el cuello, la nuez pequeña.

Y no hay gatos

Ya que tampoco hay tejados

 

Queda la estación de rodillas, hinojos

condenado el té: hay pues menta poleo.

Solo verás un cocinero

entre fogones

tan ocupado con agua y hierbas que cocer

Los demás se adhieren entre ellos

Como engrudo,

que hace aquí el frío de Siberia.

 

 

 

Verás:

las cinco en punto

es la hora del te

            en todas las estaciones.

 

Sí, también en esta que ves aquí.

Escucha: 

¿oyes los raíles crepitando bajo el andén?

 

En la estación sin siestas

Advertirás una berlina surgida de otro siglo

y anclada al puerto

por equivocación.

 

 

No hay vagones pero sí puertas que chirrían

En la Estación Amarilla:

como un ofidio se escurre su tren de colorines

y se arrojan siemprevivas por las ventanillas.

 

 

En la estación tapiada

            es música el Alisio

 

 

En la estación Encendida

hay mazmorras en forma de

terraza. Preciosas,

con vistas al mar.

 

 

En el apeadero de baile y tarantela

Hay voces que celebran,

Fíjate,

el público aplaude cuando

se abren las portezuelas hacia arriba

pues no son sino escotillas

 

 

Hay estaciones con biombos

(Aquí los huérfanos, hagan el favor,

más allá los que visten con filigranas, y si no tienen

inconveniente,

que nadie se bese entre sí)

 

También hay estaciones de tilos

No se paga billete

Pero las siluetas deambulan por tercera

Donde ni hay silla de gallinero

 

Ahí está la estación del púlpito

Donde el té se sirve

A las tres. Autoservicio. Servilletas de bandera

Los hombres no tienen sombra

Y sí tienen alma –en pena- las sombras.

Y a las mujeres

A las mujeres se les ve el cuello

Solo el cuello, la nuez pequeña.

Y no hay gatos

Ya que tampoco hay tejados

 

Queda la estación de rodillas, hinojos

condenado el té: hay pues menta poleo.

Solo verás un cocinero

entre fogones

tan ocupado con agua y hierbas que cocer

Los demás se adhieren entre ellos

Como engrudo,

que hace aquí el frío de Siberia.

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Hasta los veintisiete años August Zollinger no había desarollado ninguna profesión u oficio –ni siquiera alguna actividad esporádica que pudiera considerarse de beneficio público-, motivo por el que todos en Romanshorn, población de la que era oriundo y de donde nunca había salido, se asombraron mucho el día en que el joven Zollinger clavó sobre la puerta de su casa un letrero en el que, con caracteres de gran tamaño, podía leerse la palabra “IMPRENTA” 
(‘Andanzas del impresor Zollinger’, de Pablo D’Ors. Ed. Impedimenta)