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El blog de Isabel Camblor

Isabel Camblor

Isabel Camblor es licenciada en Filosofía y Letras y diplomada es Psicología. Ha colaborado con prensa y crítica literaria y ha publicado relatos y artículos en diversos medios desde 1998 .  Su primera novela, "Perdona el desorden" fue reconocida por el jurado del premio "Joven y Brillante", con "Mistela con Aristóteles" (Algaida, 2002) resultó finalista del IV premio Río Manzanares. Su tercera novela, "Maldita Cenicienta"(Algaida, 2005), ha sido traducida al alemán, el francés y el rumano. Su última novela, "Dios es una dama con moño", acaba de ser publicada en 2008 por la editorial Planeta.

Estoy con...

"No hay perro que viva tanto", de Francisco Balbuena.

Singularidad, calidad e ingenio en una novela de género negro en la que los dos grandes protagonistas son el contemporáneo Madrid villano y la virtual red social de Twitter, tan reales en nuestros días el uno como la otra. Andrés Ballester, inspector de policía, está dispuesto a vengar la muerte de su madre y para ello no dudará en "provocar el pánico desde la ley", desde el Rastro que se monta en Lavapiés los domingos madrileños y desde Internet. Intriga, un lenguaje perfectamente perfilado que utiliza tweets en lugar de frases, personajes con distintivo categórico, se trata de un trabajo literario insólito y a la vez convincente. Esta brillante novela de género -que ha recibido su justo reconocimiento en el XIV Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe- podéis encontrarla en Edaf.

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Hoy por hoy la eternidad me cansa

Publicación: 28/02/2012

El viernes por la noche le pedí al amor de mi vida que me clavara una estaca en el corazón, porque la eternidad me hastía. Pero él, que nunca se ha creído lo de mi naturaleza inmortal,  se rió y me hizo una broma un poco grosera sobre clavar estacas. Entonces, mientras él sonreía, apareció un hoyito en su mejilla y yo pensé que vale, que puede que la eternidad merezca la pena.

Eso fue el viernes. Pero ahora regreso a mi féretro rogando a la madrugada que no se apresure demasiado, y rogando también que no haya cristos crucificados colgados de cadenas adornando alguno de los cuellos de esas señoras que quedan para andar, enfundadas en un chándal, justo cuando va a salir el sol.

 

Ya estoy dentro. El cubre de la almohada es negro, con florecitas también negras, y el edredón es castaño, va a juego con la caja cama.

 

Cuánta gente se ha equivocado conmigo. Tratando de coger el sueño cuento gente equivocada, como los mortales contáis ovejitas. Me llama la atención la distribución: cuántos descansan en sus hoyos, cuántos en nichos y cuántos se han vuelto ceniza. Todos se equivocaron conmigo, pero ahora no pueden acordarse ni yo puedo recriminárselo, sólo puedo contarlos. Son muchos.

Únicamente mi chihuahua Lola supo que yo era una criatura de la noche, ella sí se lo creyó: nunca me ladró, me quería. A los demás siempre les gruñía y les enseñaba los dientes.

Hace setenta años de eso, aún estaba Franco.

Qué época más curiosa, aquélla. En general en esos tiempos yo tenía bastante aceptación social, no se me veía durante el día ni durante la noche, de forma que pasaba desapercibida. En esa época, como en casi todas a decir verdad, pasar desapercibido te garantizaba una forma de aceptación social bastante confortante.

 

Recuerdo con cariño la soledad de los ocho años. El tobogán era solo para mí. Qué buen rollo lo del tobogán, eso sí lo tengo registrado, como los mortales registran sus momentos reproduciendo instantes con sus cámaras. Pues ésa es mi fotografía: yo sola, en el tobogán, hasta que intuía por el olor del aire y el tono quebradizo del firmamento que ya se acercaba el sol. Además, tenía a mi tata. Mi tata venía y me cantaba con voz de George Harrison, que la ponía idéntica: Here comes the sun, mmmmhhh. Vámonos al féretro, cariño, que ya es hora. Tú al ataúd y yo a mi cama.

Las estrellas desaparecían, y yo me demoraba un poco: arriba, abajo, otra vez subiendo las escaleras y de nuevo deslizándome hasta el suelo, todo una y otra vez, como Sísifo pero con una sonrisa en los labios que dejaban al descubierto los dos colmillos de leche. Yo estaba sola, no había niños, ni competencia: yo era una estrella.

-Corre, Cielo, al féretro, que va a salir el sol -llamaba la tata.

Y yo corría, a pesar de que nunca fui obediente, pero la tata era dulce, y su dulzura era muy eficaz, la tata sabía llevarme. Tenía la mente preclara, como Dios, aunque ella era mortal. Un día se murió y así demostró eso, que era mortal.

 

Yo, en cambio –lo supe a muy tierna edad-, tendría que ser eterna. Tal vez eterna no, pero me esperaba una larga vida, que me fuera haciendo la idea. Como a las estrellas: siglos y siglos. Aunque ellas mueren de viejas y yo no podría.

Vuelvo a mi féretro, cuento ovejitas equivocadas que descansan en paz, y pienso. En muchas cosas, las que vayan pasando por mi mente hasta que me venga el sueño. Pienso, por ejemplo, en monjas.

Siempre me cayeron bien las monjas de clausura. Son un poco como fantasmas frikis. Mujeres con un burka enorme. Un burka por amor.

Cuando el amor de mi vida decida irse, tal vez me vaya yo también. Se irá, y cuando se vaya yo desearé que la tierra le sea leve. Él, que puede volver a la tierra, pues que le siente bien.

Puede que entonces sea el momento de buscar una enana blanca moribunda. Me enteraré por Wikipedia del nombre de una estrella que se esté apagando, grabaré ese nombre en mi cama, en mi precioso ataúd chapado en nogal. Pondré algo en latín junto al nombre de la estrella y luego me liaré a buscar como una loca hasta que encuentre a alguien.

Si encuentro a alguien que me crea, moriré con la serenidad de la estaca, y si no me buscaré las mañas entre ajos y crucifijos, y si no, si finalmente no encuentro el gesto con el que dejar de vivir, haré como Umbral en su “Mortal y Rosa”: como no encuentra el gesto, muere de pena. No en su libro, sino en su realidad. Umbral se murió enfadado porque las cosas en vida le fueron mal, pero tuvo paciencia para esperar. No, yo no haré como él, yo soy de otra forma. Los perritos también mueren de pena. Son buenos los perros, se mueren cuando se va el amo, el amigo. A lo mejor yo también me muero de pena cuando se vaya el amor de mi vida.

No creo.

Tendré que buscar durante la eternidad la mano que no tiemble, la mano compasiva que finalmente coja una estaca, porque no soy de las que se mueren de pena.

 

Aunque todo esto son conjeturas para coger el sueño. Tal vez acabe gustándome la eternidad, quién sabe.

La vida tiene cosas muy bonitas, hasta la vida de los que no estamos vivos y aun así vivimos para siempre. Por ejemplo, el amor de mi vida. Su sonrisa, con la que forma un hoyito en la mejilla. O los recuerdos de mi tata cantando here comes the sun. Y el tobogán, cuando yo era una estrella que subía y bajaba. Y los libros, como Mortal y Rosa. Qué perfecto y lírico es ese libro, pequeñito, tiene pocas páginas, pero las lees y necesitas volver a leerlas. O la música. The load out, de Jackson Browne: come along, sing this song… Me encanta esa parte, justo esa frase. Acordes: do y fa. Te pones a cantar y te sientes bien. Hay mucho kumbayá suelto, yo misma, a veces.

No sé, ya veremos. Tal vez acabe gustándome la eternidad. Ahora pienso que me cansa, que dura demasiado, pero tal vez mañana piense de otra forma. Todo fluye. Ya veremos.

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Síndrome de Huntington

Publicación: 07/02/2012

Desde este lado del purgatorio, querida amiga,

Hay quien da a luz en la oscuridad,

mece despacio a su criatura

Con la madriguera de regazo

Y se vuelve cordón umbilical

 

Hay quien sonámbulo hace volteretas y revolotea con el levante

Y se vuelve relámpago saltimbanqui.

 

Hay quien nada en la pila bautismal

También hay quien se ahoga, se extingue sólo nacer

y se vuelve recuerdo

 

Hay quien se queda quieto en el azogue

Como Narciso enamorado,

Se mira, se quita el sombrero,

Con su propia Venia,

Y se vuelve devoción

 

Hay quien vive solo para arrojar polen

Y se vuelve semidios.

 

Hay quien se adhiere al otro

 come de sus venas, duerme en sus cavidades

Y se vuelve alacrán alerta

 

Hay quien se viste de verde y se vuelve impúber

 se revuelca en la ofrenda

Y se vuelve consagrado

 

Pero todos

Todos andan, querida, buscando el Vergel

 

Tú no.

A ti te veo palpar con las manos

Atrapar con los ojos.

 

Ahora te recuerdo de este lado

Arrojando polen,

            Meciendo a tu criatura,

                        Dando piruetas hasta ser relámpago

                                   Buscando el vergel.

Buscando.

 te detuviste para soñar.

Sueña, querida,

En tu eterna coreografia

El baile sin música

Y a la vez quietud,

mucho más allá del lienzo.



(Para Juana, que se detuvo un día y sigue dormida, aunque sonríe y tiene los ojos abiertos)

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Del Cándido de Voltaire a la entrañable

Publicación: 18/07/2011

Si este es el mejor de los mundos posibles ¿cómo serán los otros? Eso se preguntó un día Cándido, un antihéroe voltairiano de optimismo inquebrantable, un feliz testarudo que inevitablemente acabó como acaban muchos optimistas: no quebrándose pero sí transformándose en un escéptico cuya mayor aspiración terminó siendo cultivar su huerto.
Eso es lo que tiene enfrentarse a la realidad, que uno tropieza de sopetón con el desencanto. Aunque hay que denunciar que en el caso que nos ocupa, el del pobre Cándido, la vida -es decir, su creador, Voltaire- se cebó de forma especialmente cruel con él. Infortunios innumerables hizo pasar el brillante pensador francés al pobre Cándido, pruebas y más pruebas, de que la vida no es precisamente un crucero de placer por las islas griegas, igual que las que Yavhé impuso al santo Job. Probablemente ambos creadores trataban de mostrar a sus criaturas la cara oculta de la luna, sin embargo sus dos personajes, desventurados hasta decir basta, como eran también poseedores, por obra y gracia de sus inventores, de enormes dosis de paciencia,  aguantaban y aguantaban.

Algo parecido le sucede a Cándida -nuestro Cándido contemporáneo transformado en mujer-, con la cual, su creadora, Helena Cosano, también se muestra algo inclemente. O no exactamente inclemente, ¿tal vez absolutamente realista? Habría que estudiar desde distintos puntos de referencia cuál de ambos conceptos se ajusta más a la verdad: ¿realidad pura y dura o infortunio sobredimensionado?
Después de leer las aventuras y desventuras de Cándida diplomática he llegado a una conclusión a la que opino que es fácil que llegue cualquier lector: Cándida somos todos. Afortunadamente todos no somos el Cándido de Voltaire, pero en cambio, esta nueva versión, esta idea contemporánea del optimismo y el buen rollo obstinado es mucho más verosímil que la del viejo filósofo.
¿Por qué Cándida somos todos?
¿Cómo es y cómo vive una diplomática en la embajada de España en Japutistán? En un principio podría decirse que de una forma muy diferente a la mía o a la tuya. Las peripecias de la vida de los diplomáticos sin duda quedan perfectamente reproducidas a lo largo de la historia de Cándida, un perfecto equilibrio entre heroína y antiheroína entrañable y combativa. Pero lo realmente meritorio es que la autora consigue extrapolar esta interpretación al resto de trabajadores del mundo: Cándida se convierte así en un modelo universal de trabajador, es más, en un modelo universal del  potencial proceso vital de cualquier individuo, con todas y cada una de sus fases. Al comienzo del viaje: un embrión apasionado, anhelante y que a pesar de hallarse todavía flotando en su idílico líquido amniótico vive ávido de encuentros con una larga serie de imágenes que se han ido conjeturando y sublimando a lo largo de toda su gestación. Un segundo momento: sus primeros pasos, aún torpes pero animosos, donde el individuo se muestra celoso del buen hacer, entusiasmado todavía, convencido de que pronto se producirá el encuentro con ese futuro sublime que fue construyendo durante todo su pasado; una tercera fase, en la cual comienza el desencanto: el inevitable enfrentamiento a la realidad que empieza a tomar forma de desengaño. Por último, la última fase, que no siempre llega a producirse: la adaptación.

Cuando Cándida aterriza en Bielosmiert, capital de Japutistán, una ciudad hecha de barros, cenizas y gases tóxicos, es capaz de apreciar más allá del velo de polvo cómo en el cielo hay reunidas muchísimas más estrellas de las que ella alguna vez haya tenido ocasión de ver juntas: arriba, abajo, en el horizonte y en las aguas del parque.
Con mucha ternura y sentido del humor, Helena Cosano hace pasar a Cándida por todas esas etapas. Sin llegar a cebarse con su criatura, como sí hizo Voltaire, la autora somete a su protagonista a jornadas laborales despóticas, tensión continua, maltrato psicológico, un jefe que cultiva el peor de los chantajes (¿no os suena el quien no está conmigo está contra mí? Si preguntáramos quién se ha encontrado con algo así en su puesto de trabajo probablemente se levantarían casi todas las manos).
Pero ella, optimista y valiente, siguiendo la máxima aristotélica de que lo que se adquiere con trabajo y grandes molestias es lo que más se ama, se dedica a trabajar y a sufrir esas molestias sin lamentarse demasiado.

Mientras que, a estas alturas, el Cándido de Voltaire ya empezaba a escamarse:
-Pero, ¿para qué ha sido creado entonces este mundo? -pregunta Cándido cuando empieza a hartarse de tanta desdicha.
-Para hacernos rabiar –contesta su amigo, el filósofo Martín.

Pero ella, nuestra Cándida, resiste. La perrita Lulú en cambio no está de acuerdo con su dueña. Yo veo en la evolución de Lulú la forma de avanzar, de afrontar lo que va llegando de cualquier sujeto de a pie sometido a semejantes batallas, la de cualquiera que no disponga de la habilidad de Cándida para transformar la dureza en simple cotidianeidad.
La perra, en un mundo tan frío, tan hostil y sobre todo tan vacío de olores, es incapaz de adaptarse. El animal va perdiéndose, mucho más rápido que su dueña. Solo sueña con volver al calor de su alfombra en España y tal vez entonces esperar la muerte.

Pronto llega esa muerte, "la Muerte Blanca", que asalta primero a la perra y después empieza a calar en Cándida, como la humedad helada que se instala en los huesos.
Y a partir de ahí comienza la soledad, la sensación de que los fantasmas de la estepa la buscan para hablarle. Cuando los habitantes de Bielosmiert hablan e incluso rezan a los huracanes: para Cándida ha empezado el momento del desencanto. Entonces escribe a su vieja tía, porque es necesario compartir el miedo y el sufrimiento para tratar de aliviarlo. En este momento se hace difícil no recordar la reacción de su predecesor, el Cándido voltairiano, el Cándido desencantado que trata de compartir su desasosiego pero no halla respuestas, el Cándido que tiene tan arraigado el precepto del optimismo leibniziano de que todo sucede para bien, que no consigue sacárselo de encima por más pruebas a las que se vea sometido, y aunque lo intente, ya se encarga su amigo el filósofo Pangloss de rebatirle:
-¡Y bien, mi querido Pangloss! –llega casi a enfadarse en una ocasión Cándido, hartito de tanta desgracia- :¿de verdad pensáis que todo está perfectamente en el mundo aun cuando hayáis sido ahorcado, molido a golpes, y hayáis remado en galeras?
-Sigo sosteniendo mi primera idea –le contesta el inefable Pangloss-; porque al fin y al cabo yo soy un filósofo: no me conviene desdecirme. Pienso que Leibnitz no pudo equivocarse.
Ese es el razonamiento de Pangloss, y lógicamente Cándido va empezando a darse cuenta de que aquello no es normal, del mismo modo que le sucede a la Cándida de nuestra época.
Y ambos van a encontrar todavía otro punto en común: la viejecita que acude a asistirles.
Al igual que una anciana compasiva cuidó a Cándido después de que se enfrentara a ser golpeado y fuera testigo de la ejecución de sus amigos, devolviéndole a su amada Cunegunda, la anciana tía de Cándida acude presta a proteger a su niña. Ahora que Cándida está sumida en la sordidez absoluta, ahora que además de las estrellas del cielo es capaz de comprender que también el suelo está lleno de cadáveres de gorriones, ratas empaladas y fragmentos de gatos desmembrados por los niños, justo ahora aparece su tía, de más de cien años, y lo que hace es tan sorprendente como poner una velita a flotar en aceite de oliva y prender una barra de incienso para soñar profecías.

Poco tiene que ver el final de Cándido con el de Cándida. El primero resume su desencanto en una sola respuesta:
-Todo tiene relación en el mejor de los mundos posibles –sigue su amigo filósofo tratando de convencerle-, porque si no os hubiesen expulsado del castillo por amor a la señorita Cunegunda, si no hubieseis sido entregado a la Inquisición, si no hubieseis atravesado América andando, si no hubieseis dado una gran estocada al barón y si no hubieseis perdido todos vuestros carneros de aquella buena tierra de Eldorado, no estaríais comiendo ahora mermelada de cidra y pistachos.
-Muy bien dicho –contesta entonces Cándido-, pero lo importante ahora es cultivar nuestra huerta.
Es una respuesta casi perfecta: ¿qué otra cosa cabría decir?

De cómo resuelve Helena Cosano su historia no voy a hablaros, pero sí apuntaré cómo interpreto yo esta revisión contemporánea del Cándido de Voltaire: la autora, que se arriesga a escribir desde un futuro muy lejano, de manera que la historia de Cándida se transforma poco menos que en una leyenda, ha escrito una obra realista pero a la vez plagada de magia y de poesía. Es en esa magia donde comienza el lirismo que despliega Cosano a lo largo de toda la novela y que culmina con un final que ya es enteramente poético.

Cándida soy yo y es el que está ahora leyendo este texto. Japutistán es nuestro país o un país perdido en cualquier continente; aunque en esta novela se consolide en un lugar imaginario, mezcla de muchos países de la estepa siberiana, en un país de extremos, lleno de leyendas y de espíritus del frío y del calor, Japutistán realmente es cualquier lugar.
No es la primera vez que, para escapar de la inmediatez cegadora de la propia realidad, un autor traslada su historia a una realidad inventada o lejana, recordad si no las Cartas Persas de Montesquieu, por poner un ejemplo afín a la cultura voltairiana o las propias Cartas Marruecas de nuestro Cadalso, por poner un ejemplo más cercano.
Si tenéis la ocasión de leer esta novela, plagada de humor, ternura y a la vez drama, procurad recordar que no es cierto que todos los personajes del libro, así como el país de Japutistán, son imaginarios. ¿De verdad cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia?¿Seguro? Yo creo que no.

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La carrera de una estrella de cine consiste en ayudar a los demás a olvidar sus problemas. En usar tu encanto, tu belleza y tu jovialidad para hacer que la vida parezca más fácil. "El problema -dijo una vez Gloria Swanson- es que si no lloras nunca en público... en fin, el público supone que no lloras nunca". CHUCK PALAHNIUK. 'AL DESNUDO' (Mondadori)