Isabel Camblor es licenciada en Filosofía y Letras y diplomada es Psicología. Ha colaborado con prensa y crítica literaria y ha publicado relatos y artículos en diversos medios desde 1998 . Su primera novela, "Perdona el desorden" fue reconocida por el jurado del premio "Joven y Brillante", con "Mistela con Aristóteles" (Algaida, 2002) resultó finalista del IV premio Río Manzanares. Su tercera novela, "Maldita Cenicienta"(Algaida, 2005), ha sido traducida al alemán, el francés y el rumano. Su última novela, "Dios es una dama con moño", acaba de ser publicada en 2008 por la editorial Planeta.
"No hay perro que viva tanto", de Francisco Balbuena.
Singularidad, calidad e ingenio en una novela de género negro en la que los dos grandes protagonistas son el contemporáneo Madrid villano y la virtual red social de Twitter, tan reales en nuestros días el uno como la otra. Andrés Ballester, inspector de policía, está dispuesto a vengar la muerte de su madre y para ello no dudará en "provocar el pánico desde la ley", desde el Rastro que se monta en Lavapiés los domingos madrileños y desde Internet. Intriga, un lenguaje perfectamente perfilado que utiliza tweets en lugar de frases, personajes con distintivo categórico, se trata de un trabajo literario insólito y a la vez convincente. Esta brillante novela de género -que ha recibido su justo reconocimiento en el XIV Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe- podéis encontrarla en Edaf.
Publicación: 18/07/2011
Si este es el mejor de los mundos posibles ¿cómo serán los otros? Eso se preguntó un día Cándido, un antihéroe voltairiano de optimismo inquebrantable, un feliz testarudo que inevitablemente acabó como acaban muchos optimistas: no quebrándose pero sí transformándose en un escéptico cuya mayor aspiración terminó siendo cultivar su huerto.
Eso es lo que tiene enfrentarse a la realidad, que uno tropieza de sopetón con el desencanto. Aunque hay que denunciar que en el caso que nos ocupa, el del pobre Cándido, la vida -es decir, su creador, Voltaire- se cebó de forma especialmente cruel con él. Infortunios innumerables hizo pasar el brillante pensador francés al pobre Cándido, pruebas y más pruebas, de que la vida no es precisamente un crucero de placer por las islas griegas, igual que las que Yavhé impuso al santo Job. Probablemente ambos creadores trataban de mostrar a sus criaturas la cara oculta de la luna, sin embargo sus dos personajes, desventurados hasta decir basta, como eran también poseedores, por obra y gracia de sus inventores, de enormes dosis de paciencia, aguantaban y aguantaban.
Algo parecido le sucede a Cándida -nuestro Cándido contemporáneo transformado en mujer-, con la cual, su creadora, Helena Cosano, también se muestra algo inclemente. O no exactamente inclemente, ¿tal vez absolutamente realista? Habría que estudiar desde distintos puntos de referencia cuál de ambos conceptos se ajusta más a la verdad: ¿realidad pura y dura o infortunio sobredimensionado?
Después de leer las aventuras y desventuras de Cándida diplomática he llegado a una conclusión a la que opino que es fácil que llegue cualquier lector: Cándida somos todos. Afortunadamente todos no somos el Cándido de Voltaire, pero en cambio, esta nueva versión, esta idea contemporánea del optimismo y el buen rollo obstinado es mucho más verosímil que la del viejo filósofo.
¿Por qué Cándida somos todos?
¿Cómo es y cómo vive una diplomática en la embajada de España en Japutistán? En un principio podría decirse que de una forma muy diferente a la mía o a la tuya. Las peripecias de la vida de los diplomáticos sin duda quedan perfectamente reproducidas a lo largo de la historia de Cándida, un perfecto equilibrio entre heroína y antiheroína entrañable y combativa. Pero lo realmente meritorio es que la autora consigue extrapolar esta interpretación al resto de trabajadores del mundo: Cándida se convierte así en un modelo universal de trabajador, es más, en un modelo universal del potencial proceso vital de cualquier individuo, con todas y cada una de sus fases. Al comienzo del viaje: un embrión apasionado, anhelante y que a pesar de hallarse todavía flotando en su idílico líquido amniótico vive ávido de encuentros con una larga serie de imágenes que se han ido conjeturando y sublimando a lo largo de toda su gestación. Un segundo momento: sus primeros pasos, aún torpes pero animosos, donde el individuo se muestra celoso del buen hacer, entusiasmado todavía, convencido de que pronto se producirá el encuentro con ese futuro sublime que fue construyendo durante todo su pasado; una tercera fase, en la cual comienza el desencanto: el inevitable enfrentamiento a la realidad que empieza a tomar forma de desengaño. Por último, la última fase, que no siempre llega a producirse: la adaptación.
Cuando Cándida aterriza en Bielosmiert, capital de Japutistán, una ciudad hecha de barros, cenizas y gases tóxicos, es capaz de apreciar más allá del velo de polvo cómo en el cielo hay reunidas muchísimas más estrellas de las que ella alguna vez haya tenido ocasión de ver juntas: arriba, abajo, en el horizonte y en las aguas del parque.
Con mucha ternura y sentido del humor, Helena Cosano hace pasar a Cándida por todas esas etapas. Sin llegar a cebarse con su criatura, como sí hizo Voltaire, la autora somete a su protagonista a jornadas laborales despóticas, tensión continua, maltrato psicológico, un jefe que cultiva el peor de los chantajes (¿no os suena el quien no está conmigo está contra mí? Si preguntáramos quién se ha encontrado con algo así en su puesto de trabajo probablemente se levantarían casi todas las manos).
Pero ella, optimista y valiente, siguiendo la máxima aristotélica de que lo que se adquiere con trabajo y grandes molestias es lo que más se ama, se dedica a trabajar y a sufrir esas molestias sin lamentarse demasiado.
Mientras que, a estas alturas, el Cándido de Voltaire ya empezaba a escamarse:
-Pero, ¿para qué ha sido creado entonces este mundo? -pregunta Cándido cuando empieza a hartarse de tanta desdicha.
-Para hacernos rabiar –contesta su amigo, el filósofo Martín.
Pero ella, nuestra Cándida, resiste. La perrita Lulú en cambio no está de acuerdo con su dueña. Yo veo en la evolución de Lulú la forma de avanzar, de afrontar lo que va llegando de cualquier sujeto de a pie sometido a semejantes batallas, la de cualquiera que no disponga de la habilidad de Cándida para transformar la dureza en simple cotidianeidad.
La perra, en un mundo tan frío, tan hostil y sobre todo tan vacío de olores, es incapaz de adaptarse. El animal va perdiéndose, mucho más rápido que su dueña. Solo sueña con volver al calor de su alfombra en España y tal vez entonces esperar la muerte.
Pronto llega esa muerte, "la Muerte Blanca", que asalta primero a la perra y después empieza a calar en Cándida, como la humedad helada que se instala en los huesos.
Y a partir de ahí comienza la soledad, la sensación de que los fantasmas de la estepa la buscan para hablarle. Cuando los habitantes de Bielosmiert hablan e incluso rezan a los huracanes: para Cándida ha empezado el momento del desencanto. Entonces escribe a su vieja tía, porque es necesario compartir el miedo y el sufrimiento para tratar de aliviarlo. En este momento se hace difícil no recordar la reacción de su predecesor, el Cándido voltairiano, el Cándido desencantado que trata de compartir su desasosiego pero no halla respuestas, el Cándido que tiene tan arraigado el precepto del optimismo leibniziano de que todo sucede para bien, que no consigue sacárselo de encima por más pruebas a las que se vea sometido, y aunque lo intente, ya se encarga su amigo el filósofo Pangloss de rebatirle:
-¡Y bien, mi querido Pangloss! –llega casi a enfadarse en una ocasión Cándido, hartito de tanta desgracia- :¿de verdad pensáis que todo está perfectamente en el mundo aun cuando hayáis sido ahorcado, molido a golpes, y hayáis remado en galeras?
-Sigo sosteniendo mi primera idea –le contesta el inefable Pangloss-; porque al fin y al cabo yo soy un filósofo: no me conviene desdecirme. Pienso que Leibnitz no pudo equivocarse.
Ese es el razonamiento de Pangloss, y lógicamente Cándido va empezando a darse cuenta de que aquello no es normal, del mismo modo que le sucede a la Cándida de nuestra época.
Y ambos van a encontrar todavía otro punto en común: la viejecita que acude a asistirles.
Al igual que una anciana compasiva cuidó a Cándido después de que se enfrentara a ser golpeado y fuera testigo de la ejecución de sus amigos, devolviéndole a su amada Cunegunda, la anciana tía de Cándida acude presta a proteger a su niña. Ahora que Cándida está sumida en la sordidez absoluta, ahora que además de las estrellas del cielo es capaz de comprender que también el suelo está lleno de cadáveres de gorriones, ratas empaladas y fragmentos de gatos desmembrados por los niños, justo ahora aparece su tía, de más de cien años, y lo que hace es tan sorprendente como poner una velita a flotar en aceite de oliva y prender una barra de incienso para soñar profecías.
Poco tiene que ver el final de Cándido con el de Cándida. El primero resume su desencanto en una sola respuesta:
-Todo tiene relación en el mejor de los mundos posibles –sigue su amigo filósofo tratando de convencerle-, porque si no os hubiesen expulsado del castillo por amor a la señorita Cunegunda, si no hubieseis sido entregado a la Inquisición, si no hubieseis atravesado América andando, si no hubieseis dado una gran estocada al barón y si no hubieseis perdido todos vuestros carneros de aquella buena tierra de Eldorado, no estaríais comiendo ahora mermelada de cidra y pistachos.
-Muy bien dicho –contesta entonces Cándido-, pero lo importante ahora es cultivar nuestra huerta.
Es una respuesta casi perfecta: ¿qué otra cosa cabría decir?
De cómo resuelve Helena Cosano su historia no voy a hablaros, pero sí apuntaré cómo interpreto yo esta revisión contemporánea del Cándido de Voltaire: la autora, que se arriesga a escribir desde un futuro muy lejano, de manera que la historia de Cándida se transforma poco menos que en una leyenda, ha escrito una obra realista pero a la vez plagada de magia y de poesía. Es en esa magia donde comienza el lirismo que despliega Cosano a lo largo de toda la novela y que culmina con un final que ya es enteramente poético.
Cándida soy yo y es el que está ahora leyendo este texto. Japutistán es nuestro país o un país perdido en cualquier continente; aunque en esta novela se consolide en un lugar imaginario, mezcla de muchos países de la estepa siberiana, en un país de extremos, lleno de leyendas y de espíritus del frío y del calor, Japutistán realmente es cualquier lugar.
No es la primera vez que, para escapar de la inmediatez cegadora de la propia realidad, un autor traslada su historia a una realidad inventada o lejana, recordad si no las Cartas Persas de Montesquieu, por poner un ejemplo afín a la cultura voltairiana o las propias Cartas Marruecas de nuestro Cadalso, por poner un ejemplo más cercano.
Si tenéis la ocasión de leer esta novela, plagada de humor, ternura y a la vez drama, procurad recordar que no es cierto que todos los personajes del libro, así como el país de Japutistán, son imaginarios. ¿De verdad cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia?¿Seguro? Yo creo que no.
Publicación: 07/07/2011
Al principio no había nada. Al poco empezaron a haber algunas cosas, y al poco más ya se produjo la maldición del Génesis: parirás con dolor. No te faltaba de nada: tenías peras, mangos y pipas de girasol pero tuviste que arrancar la única manzana suspendida en la copa del único árbol que se te había negado y, no contenta con ello, arrastraste al varón: ¿por qué siempre arrastras al varón -santo varón- que duerme la siesta perdido entre la maleza, en el terreno de las vegas y riberas, bajo el fresno, lejos del árbol de la Ciencia, ajeno en su ignorancia (¿ingenuidad?) a la maliciosa cháchara que te traes con esa culebra guasona y bellaca? Salid los dos ahora mismo del Paraíso ¡echando leches! Y así fue como abandonaron el Paraíso, apremiados por una espada envuelta en fuego, la que blandía el ángel oficialmente bueno, el leal, todo ello ante el reojo burlón del otro ángel, el caído. Te lo mereces, Mujer: que se acerca a ti un demonio con forma de víbora enroscada en rama, como si disfrazado de esa guisa no pudiera resultar sospechoso: ¿pero es que eres tonta? Tú solita te lo buscaste: ¡anda y pare de una vez pasándolo realmente mal, por torpe!
Entonces, Eva, esa tatarabuela a la que los darwinistas llaman Lucy, empezó a parir gritando, porque quejarse parece que de alguna manera aligera el dolor. Pero he aquí que los hijos también le salieron rana; sin duda Eva no fue una mujer con buena estrella. Abel, arrogante y provocador, se deleitaba cuando el humo se elevaba, vertical, para ser aspirado por las nubes, por los pulmones de Dios, mientras que Caín, cuyos sacrificios eran mucho menos cruentos, pues se limitaba a quemar frutas y no corderitos indefensos, se llenaba de consternación al percatarse de cómo un mínimo velo gris, que apenas revelaba que ahí hubiera habido en algún momento fuego, se le desparramaba por los suelos. Y encima ese Abel ahí, con cara de no he roto un plato en mi vida. Habrá que acabar con él si no quiero volverme loco. Y si me preguntan, diré que yo no soy guardián de nadie y ya está. Pero el primogénito de Eva llevaba los muy poco espabilados genes de su madre: ¿es que no sabía que Yahvé todo lo ve? Y fue expulsado, ahí empezaba el eterno retorno, la historia debe repetirse, y más aún la sagrada. Los celos, los vagabundos, la desestructuración familiar, el asesinato, la cremación de corderos, todo por culpa de la manzana. Y fue así como el mundo siguió rodando, hasta hoy, y en los mismos términos.
¿Y qué hacemos hoy, ahora?¿Tratar de enmendar los errores de Eva-Lucy o los nuestros propios? Todos. O al menos lo intentamos pero siempre hay una manzana, una culebra escondida y una mujer tonta, el eterno retorno nietzscheano se muestra implacable. Aunque debido a que los tiempos cambian, necesariamente han de producirse variaciones sobre el mismo tema: en lugar de un demonio, una madrastra de cuento disfrazada de bruja, que la culebra ya está muy vista y estos mortales, estas mortales, estas blancanieves estúpidas, podrían empezar a sospechar de las serpientes. Y así van sucediéndose los acontecimientos, a partir de la predestinación, de la cadena perpetua que se generó en el Antiguo Testamento.
La mujer, como puede verse, en los cuentos y en las Biblias se deja persuadir por personajes disfrazados de lagarterana. Definitivamente, no es avispada la mujer. El hombre no es que sea tan tonto pero ahí está, tiran más dos tetas que dos carretas: su naturaleza, de la cual él no es responsable, hace que se deje convencer por la pérfida amiga de la pérfida serpiente.
A veces queremos enfrentarnos a Dios, a veces incluso conseguimos ganarle la partida; últimamente nos atrevemos a ofenderle pariendo con epidural. Cuento mi caso, aunque no sea especialmente relevante, solo soy una hija más de Eva. Reconozco que pedí epidural, e incluso conseguí que me la pusieran. Pero sucedió que Dios no debía de estar de buen humor esa noche de San Fermín, porque me envió a un anestesiólogo novato y despistado (por emplear eufemismos). El delgadísimo catéter se escurrió a los diez minutos de haber sido introducido en la zona lumbar. La anestesia debió de quedarse en la camilla, confundiéndose con el cerco de sudor. Porque yo sudaba mucho, era julio, no había aire acondicionado y Pablo trataba de nacer. Como creían que ahí había un catéter bien colocado, me enchufaron oxitocina y las contracciones se multiplicaron milagrosamente, como panes y peces: en dos horas pasé de tres milímetros a diez de dilatación, sin contemplaciones, sin descanso entre contracción y contracción. Hay quien dice que gritaba bastante, yo prefiero pensar que no, no queda digno chillar, además yo no lo recuerdo, sí me acuerdo de estar soltándole muchas frescas al anestesista, tal vez levantando algo la voz, que el hombre estaba allí de cuerpo presente cuando yo había dilatado hasta el final, corríamos al paritorio y el tipo llevaba el catéter en la mano y cara de susto. Supongo que algo sí debí de quejarme porque aquello juro que hace mucho daño, aunque sé que mi madre, en su primer parto, aguantó dos días pariendo (eso sí, sin oxitocina), sin epidural, y no le entregaron nunca a la niña porque murió mientras trataba de salir a estrenar la vida. Y como ella, muchas mujeres desde la maldición divina han parido y siguen pariendo a pelo. Si ellas no se quejan, tal vez tampoco debiera quejarme yo, pero quiero apuntar que, según mi percepción, el dolor físico que siente una parturienta con oxitocina a mansalva y sin epidural es prueba inequívoca de que Dios sabe castigar a sus criaturas desobedientes, y a las hijas de sus hijas, y a las hijas de las hijas de sus hijas. De pronto vi a Juanjo enfrente de mí, mi ginecólogo, cubierto con una bata verde, aquél sí que me pareció que tenía forma de ángel oficialmente bueno, no llevaba espada incandescente y sí llevaba un gesto amable en la cara.
-Venga, empuja, Isabel, que ya estoy viendo la cabecita. Oye: ¡que es morenito, como tú querías! –Juanjo había venido a ayudar a nacer a Pablo, pero también a protegerme de mi miedo, del dolor, de la angustia porque mi hijo iba a nacer ¿traumatizado?
-¡Es que no sé empujar! No fui al curso de preparación al parto… yo creía que me pondrían anestesia, así que no me molesté en ir a clase. ¡No sé empujar!
-Pero si estás empujando la mar de bien. ¡Mira, la cabecita!
¿Por qué la matrona y el médico piden, exigen, insisten en que empujes? Yo recuerdo perfectamente que no sabía empujar y que no empujé, aquello se empujaba solo. Las parturientas empujan de forma involuntaria. Aun así, Juanjo me animaba, yo creo que para infundirme fuerza, para que yo no dejase en ningún momento de ser consciente de que él estaba ahí y nos iba a ayudar a los dos. Cumplió bien su cometido que no era otro sino proteger al niño que iba a nacer y a la madre asustada, rendida, y encima primeriza. Creo que nos protegió hasta del anestesiólogo inútil, y hasta del corro de enfermeras curiosas, que hacía años que en esa clínica no se veía (ni se oía) un parto sin epidural. El dolor lo he olvidado, es verdad eso que dicen de que se olvida, pero no la presencia de Juanjo. Ni la de Alfonso colocando al niño en mis brazos y rodeándonos a los dos con los suyos. Pablo nació con los ojos abiertos, oscuros, enormes, asombrados ante lo que se le venía encima, y los clavó a los míos, los buscó. ¿Quién dijo que los niños son ciegos? No es cierto, el mío me miraba directamente, me preguntaba con la mirada, y yo le contesté con una voz que él seguro que era capaz de reconocer después de nueve meses, le dije que el mundo a mí no me gustaba, esa era mi opinión, debía ser honesta, no iba a mentirle, pero que le prometía que intentaríamos que para él el mundo fuera un pequeño paraíso donde todas las manzanas con las que se encontrara no tuvieran truco. Alfonso y Juanjo nos protegían a nosotros, yo le protegía a él, y ahora que han pasado unos pocos años, sólo siete, ahora él me protege a mí
-¡Mamá, no comas tanto chocolate que no es sano, ya no sé en qué idioma decírtelo!
Más tarde, Pablo persigue a Martha, la galguita tímida, y yo la protejo a ella:
-Ven, Martha, súbete al sofá, aquí el vandalito no podrá contigo.
Y Martha sube y el vandalito la deja finalmente en paz, tal vez para ir a buscar a la chihuahua, pero ésta sabe defenderse sola muy bien, no hay motivo para preocuparse.
Y más tarde aún, Martha me protege a mí: si estoy con fiebre, se echa en la cama, a mi lado, y no quiere saber nada del mundo, es mi enfermera de día y de noche, junto con Lola, la chihuahua viejita y maleducada.
Leyendo un libro brillante, "Las experiencias del deseo: Eros y Misos", de Jesús Ferrero, recuerdo que me impactó el momento en el que el autor nos presentaba "el ser del Universo": el movimiento único que se despliega en "apego" (Eros) y "rechazo" (Misos). No sé cómo habrá gestionado mi cerebro la información que obtuve de ese libro, pero a partir de su lectura siempre he sentido a Eros como una forma de protección. Misos es sólo el que, para protegerse a sí mismo de su propio veneno, se lo echa en la cara al vecino. Así lo veo, aunque supongo que Ferrero tendría mucho que decir al respecto.
Eros a veces es un paladín presto a desenvainar la espada sin tener nada que ganar por hacerlo. ¿Y quién es Misos? Misos son los operarios que trabajan bajo mi ventana para arreglar el pavimento, esos que no me dejan trabajar ni tampoco dormir la siesta. Misos ahorca galgos, organiza guerras preventivas, Misos es el niño de segundo de primaria que abusa del niño de primero de primaria. Misos es el que no contesta a los mails, el que aprovecha la impunidad del anonimato para dar rienda suelta a sus miserias y dejarlas salir, es el que no se levanta del asiento del autobús cuando una viejita de piernas hinchadas trata de guardar el equilibrio apoyada en el pasamanos. Eros es el osito con el que duermen los niños, un peluche con una espada de madera que espanta las pesadillas. Eros es el príncipe azul que se enamora de la muchacha, aun sabiendo que ésta no está dispuesta a otorgarle sus favores. Misos en cambio es el que culpa a la muchacha porque lo besó cuando posaban para la foto pero luego no quiso otorgarle sus favores, Misos dice: mírala, qué "cariñosa". Eso dice Misos. Y también Misos descalifica a los amigos, los juzga, los injuria, y luego corre a convencerlos de que quien injurió fue el vecino. Y los convence, porque Misos es persuasivo. Le gusta plantar la semilla de la cizaña y regarla cuidadosamente.
Eros es también un solo de guitarra por la noche, cuando la ciudad duerme; es un paseo junto a la perrita de mirada feliz en la madrugada de Madrid. Eros es un triunfador que comparte sus éxitos sin altanería, o un perdedor que acepta tu abrazo de consuelo sin rastro de orgullos heridos. Misos triunfa y se jacta, porque su triunfo tiene únicamente el valor de infundirle el coraje para mirarte por encima del hombro; Misos pierde y comienza a elucubrar su venganza porque tú no has perdido, porque tu humo se eleva y el suyo no.
Y todo por culpa de una manzana, y de la conspiración de una serpiente y una mujer aburridas que aprovecharon una siesta del gentil e inocente varón. O así lo interpretan algunos, la interpretación es libre, Eros, Misos, Adan, Eva. La verdad, al ser siempre relativa, no puede hacernos libres ni esclavos. La elucubración, en cambio, nos entretiene y nos ayuda a crear.
Feliz cumpleaños, Pablo.
Publicación: 24/03/2011
Una vez me subí en un papamóvil. Sucedió en San Diego, California, hará unos diez años. Recuerdo que las calles de S D, a principios del mes de julio, sobre las seis de la tarde, guardaban cierto parecido con las del Madrid de las dos de la madrugada de cualquier lunes de principios de noviembre. De verdad, se trata de un fenómeno extraño pero real, las calles del California dreaming están vacías, parece que la gente se esconda o que eternamente sea la hora de comer, todo el mundo está siempre recogidito (quiero creer que trabajando). Algo curioso.
Sin embargo ese día en S D se produjo una inesperada explosión que transformó la ciudad gris en un universo de color: se celebraba el día del orgullo gay en downtown, esa inesperada eclosión de energía fue la única responsable de que se desencadenara tamaña mutación: de ciudad dormida a territorio pletórico y exuberante; y absolutamente conquistado, pura soberanía popular. Oye una cosa, dijo entonces Alfonso, un chico por lo general modosito.
-¿Qué?
-¿A que no te montas en esa carroza de ahí? No hay huevos…
-Anda que no, ¡ahora vas a ver tú si hay o no hay!
Entonces fue cuando me subí a una carroza con aspecto de papamóvil llenito de lesbianas. I am what i am and what i am need no excuses, cantaba una negra enorme y guapísima a la vez que me guiñaba un ojo.
Qué bien se lo pasaba esta gente. Ahí estaban, reivindicando su derecho a ser respetados, y sin necesidad de recurrir a bombas de amonal ni a tiros en la nuca. Sólo se valían de música y de mucho color. Y muchas ideas, caricaturas, plumas, parodias, coreografías, camionetas, grúas, ilusiones, entusiasmo, promesas, agua y cocacola (llamaba la atención el detalle de que allí el alcohol no corría. Sorprendente). Esa fue la primera vez que asistí a una manifestación del Orgullo, y palabra de que aquello tenía algo, mucho, de Revolución de las Rosas. En lugar de bayonetas, flores.
Las revoluciones pacíficas son mucho más eficaces y rápidas, por frescas, desenfadadas, entrañables, y sobre todo por eso, por pacíficas. Si encima les pones música, son un jolgorio que es imposible que pase sin pena ni gloria. Hay quien las considera horteras, pues vale, pero yo qué quieres que te diga, me parecen uno de los inventos más constructivos de la Historia. Parafraseo a Lennon en Revolution: "¿Quieres una revolución, de acuerdo, todos queremos cambiar el mundo… pero si de lo que me hablas es de destrucción, conmigo no cuentes".
Me encanta este Lennon. Luego hizo una versión para el Doble Blanco, "Revolution Nine"; que era lo mismo pero un poco más lento, como una balada, como una secuela del primer Revolution, el del Doble Azul. A mí me gustan ambas propuestas, pero hay que reconocer que la primera tiene más ritmo, como más fuerza, será que Lennon era más joven, que los Beatles no estaban a punto de separarse, que Yoko Ono, a la cual nos encanta echarle la culpa de todo, aún no había entrado en escena. No sé, fijaos en la primera, cuando John Lennon dice: "and you know it's gonna be all right"; ¿no os parece que hace más verosímil la afirmación?: te lo crees, te crees que esta revolución llena de ritmo y fans tirándose de los pelos va a resultar todo un éxito.
Que sepáis, que se sepa, que el día nueve de abril hay una pequeña revolución en Badajoz. Es pacífica, como "Revolution Nine", pero llena de color y ritmo, como el primer Revolution.
Se ve que el alcalde de la ciudad ha comentado, como quien no quiere la cosa, que allí en Badajoz todos están muy sanos, que no hay palomos cojos por esas tierras, y que si los hay, los echan (la gracia de los palomos cojos es una referencia a los homosexuales). Personalmente pienso que este alcalde no es consciente de que existen otros tonos de piel porque en toda su vida sólo debe de haber caminado por las calles de Badajoz, tal vez incluso de Cáceres, porque si no, no se entiende el tono de "mira que soy enrollado" que al parecer exhibió cuando hizo esta declaración.
Ahora mismo se están fletando varios autobuses para ir a Badajoz desde toda España, pero no van con la idea de linchar a este señor, sino con la de celebrar una fiesta reivindicativa. Juerga inofensiva. Ni botellón habrá, fijo. Una revolución más, como la ola de revoluciones de los países árabes, pero en este casi sin sangre, sólo con música y, además, sin necesidad de echar al alcalde.
Los manifestantes llevarán flores, como los claveles de la revolución de Portugal, flores de colores, nada de rosas blancas, ésas son para los lugares sacrosantos o para los cementerios, aquí habrá flores de colorines.
¡Ay, Señor, Señor, si Franco levantara la cabeza!: todos (menos el alcalde) a la cárcel, por maleantes. Pues por eso, para que no levante la cabeza Franco son precisas las revoluciones pacíficas y mejor si desembocan en juerga: heteros, gays, vagos, maleantes, mileuristas, banqueros, violinistas del Este, viajantes de comercio, paseadores de perros, madres, padres, ciudadanos todos: ¡a la revolución! Y acordaos de llevar flores, de muchos colores, los colores del arco iris, somewhere over the rainbow: recordad a July Garland. ¡Que lo paséis bien!
La fotógrafa mexicana Eunice Adorno se acerca a las mujeres de las aisladas comunidades menonitas de su país.
Por algún motivo —en realidad por uno muy concreto—, los partidos políticos y los medios de comunicación se las han arreglado para que...
Mi padre dejó de creer en los Reyes Magos por culpa de un saxofón. En esa época vivía en una ciudad con palmeras donde la gente...
"Nosotros no movemos las cosas; las cosas nos mueven a nosotros, en esto consiste la realidad". Akira Ando
Cita en 'Pasajero K'