Me llamo Antonio Luque y nací en Sevilla en 1970. Por suerte vivo en Málaga y escribo canciones. Si escribo otras cosas es sólo para que se conozcan más las canciones. He grabado cientos de ellas, pero me gustan sobre todo las de los dos últimos discos. Sacaba sobresaliente en lengua. En clase de música nos echaban al recreo. Así me luce el pelo.
Publicación: 11/08/2011
Ella me acercó a la boca dos tubos de ensayo que no llevaban mi nombre para que dejara mi aliento en ellos. Se los llevó, empañados como los cristales de un coche para jóvenes amantes de invierno. Estaba yo en otra cosa mientas soplaba, y en otra comunidad autónoma.
En la mía me asignaron hace años la atención de un médico nacido al otro lado del charco. No se me enfaden los de United Colors Of Benetton si digo que, en efecto, tiene el hombrecillo cara de saltar charcos fácilmente: esto es, de batracio. Es un batracio y así se quedaría con un traje de seda, del mismo modo que la bata de médico no puede convertirlo en lo que no es.
Pronto entendí por qué me daban cita en el SAS (servicio andaluz de salud) siempre para el día siguiente a aquel en que, orgulloso de cómo funcionan las cosas en mi tierra, inocente yo, la pedía por teléfono: soy el único paciente del Dr. Frog (los demás usuarios, no necesariamente enfermos, pidieron el cambio para curarse en salud, como suele decirse).
Tengo que agradecer al de la bata que me recetara el Omeprazol después de que los de los laboratorios que lo fabrican hubiesen perdido la patente, pues antes el hoy popular medicamento valía un dinero. Estoy seguro además de que el de la bata habría asentido si le hubiese hecho partícipe de mis sospechas acerca de la comida de bares y restaurantes como causante de todas mis molestias gástricas, pues hasta los inspectores de sanidad deben de saber que el aceite de las freidoras no se cambia si no hay que cambiar la freidora, y eso por no hacer el esfuerzo de trasvasar tan repugnante fluido de la vieja a la nueva. El resto de profanos en la materia habría achacado a mi nerviosismo cualquier problema de salud que pudiese importunarme leve o gravemente. Acaso alguno entre estos hubiese llevado lejos la suposición tildándome de hipocondríaco, cuando no de loco. Y, exceptuando a los familiares, que nunca quitan hierro a un asunto sin echárselo a otro, el genérico y despreocupado interlocutor habría querido brindar conmigo por eso: porque estoy loco (y, a pesar de las molestias, no me va mal, ¿de qué me quejo?).
Resultado del análisis.
Helicobacter Pylori
Tengo que atiborrarme de antibióticos durante diez días. Dos pastillas rojiblancas de uno, una rosa de otro y una cuarta de, cómo no, Omeprazol, la azul celeste. Cada doce horas simulo mi suicidio, a lo Marilyn. Lo mejor de todo es que si quiero desatornillar esas puñeteras bacterias de mi estómago no puedo usar destornilladores, ni una humilde cerveza en los diez días.
He aprovechado las vacaciones de verano para cumplir la ley seca, dado que a mi hijo no le importa hacer chin chin con agua -lo disfruta vivamente-, ni necesita reponer las pérdidas del 90% de su pequeño cuerpo con el tesoro de ningún manantial en particular. Además, el Granini de naranja y zanahoria se bebe con más gusto que los combinados de infinidad de bares, por no hablar del líquido de las latas de piña sin azúcar añadido (valen las del Mercadona).
Solo fumo cuando ensayo, en los conciertos y cuando me emborracho. Es decir: llevo siete días sin beber ni fumar.
Voy a decirlo tal cual: en siete días he creado el mundo.
Tenía puñados de ideas sueltas, de secuencias de acordes, de notas perdidas, de bocetos traspapelados, de intentos falsamente fallidos, de perdices mareadas, de consejos incomprensibles, de pautas ignoradas, de arrebatos tontos, de ocurrencias felices y tristezas precoces... En siete días, como deshaciendo en colores un amasijo de plastilina gris, o un rayo de luz que antes no llegaba ni al fondo de un recipiente de cerveza, tengo una colección de veinticuatro canciones lista para ser mostrada.
-¿Por qué bebéis cerveza, si sabe mal? -pregunté una vez a mis padres.
No recuerdo la evasiva concreta con la que me respondieron con seguridad.
Las sustancias tóxicas, las que sean (hacer distinciones entre ellas debería ser cosa de químicos, no de expertos de taberna), sirven para anular cualquier fuerza y nada más.
Los niños confían en que eso de ahí fuera esté para utilizarlo al gusto: para jugar, para pasarlo bien, para reír. Ya, ya, hay niños muy malvados. ¿Habéis oído hablar de la mala leche? Los tóxicos no solo pasan a la leche materna. Pasan también a las palabras.
Mi hijo ha perdido el miedo al mar: he de estar atento. Él mira el horizonte, ondulado por las gotas saladas que caen por sus gafas de bucear, se mira las aletas y se sumerge en el acuario conquistado, esféricamente infinito: para él la pecera de la repulsiva tienda de mascotas del centro comercial debe de haber perdido hoy todo el interés (es hijo mío). Se aleja orgulloso como yo de él, sabe que voy a dejar de ordenar las canciones en los folios para admirar cómo ha aprendido el arte del buceo en un par de días.
¡Cuántos niños ahogados en piscinas o devorados por perros en reuniones familiares! En pareja siempre puede uno echar la culpa a otro: maquiavélica célula social, la pareja.
Bebí cerveza por primera vez en un bautizo, en el bautizo de un primo, junto al río. Un vaso. Cuando me puse en pie me tambaleé hacia el agua. Nadie se dio cuenta, menos mal.
Uno se hace adulto cuando cree que ya no es posible hacer nada para pasarlo bien. Entonces, para pasarlo bien, bebe. Como no funciona, bebe más. Luego unos tóxicos se suman a otros, sustituyen a otros, etcétera: un Quimicefa caro y aburrido.
Resultado del análisis: en sociedad los adultos se empeñan en anular sus fuerzas porque ya no creen que puedan usarlas para hacer aquello que querían, porque creen haberlo descubierto ya todo: encerrados en el centro comercial con la nariz pegada a los cristales.
Una vieja amiga lloró en el gran acuario de Barcelona porque un pez giraba y giraba sin perder la esperanza. Ella no soportó sus crisis y dejó atrás los vidrios, y a veces me acuerdo de ella al tomar las pastillas, aunque si miro al cielo he de agradecer sobre todo el regreso del buceador y la presencia frecuente de quien quiso investigar mi aliento; una presencia que acaso empezó jugando (con una presentación).
En fin, no quiero sermonear más. Hay médicos que no recetan, hosteleros que no cambian el aceite de las freidoras, músicos que no acaban nunca sus canciones... La crisis de la adolescencia mal superada. La crisis.
¿Y si probáramos a trabajar jugando sobriamente?
djelrock Dice:
Jueves 29 de marzo del 2012 a las 16:59 pm
H Pylori causa una diarrhea epica pero, gracias a Pasteur, es curable. Lo que mas me gusto de este escrito es lo que has dicho acerca de la adultez. Que cierto, que preciso tu comentario. Quizas ahora que habeis probado la mortalidad en un sorbo de agua con una pildoras cada 8 o 12 horas (con la claritromycina y el metronidazol; "serian estos dos los antibioticos recetados"? me pregunto); podeis estar mas cerca a disfrutar de lo que teneis y dejar de ser adulto un poco. Eso es lo que ocurre tambien: no nos dejamos asombrar por la vida y la vida es asombrosa. No se que edad tendras, yo tengo 45, soy diabetico de chico y llevo 3 ataques al miocardio en los ultimos 5 putos an~os. Fumaba que jode, ahora no puedo. Tomaba que jode, ahora no tomo (ni una puta copa de rioja) y me rio de los demas que se quejan de sus dolencias menores. La cerveza engorda y, en exceso mata. El tabaco me encanta pero mata tambien. Ese hijo que veis nadar como pez en el ancho mar; a ese hay que considerarlo y eso es lo que mas te hace sentir la fragilidad de la vida que llevamos. Como decia Iban~ez, "no somos nada, tio." Pero por lo menos, tenemos el control de sentir y reirnos de los adultos y asi se vive mejor. Gracias por el blog que esta muy bueno.
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