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El regreso de la banda (I) por Julio de la Rosa
"El grupo ha decidido tomarse un año sabático". Ésa fue la escueta nota de prensa con la que The Police daba carpetazo a nueve años de carrera. Corría 1985 y la banda era la más famosa del planeta: la que más discos vendía, la que más gente congregaba en sus conciertos. Su peculiar mezcla de rock con aires jazzy y ritmos prestados del reggae y el dub, los había convertido en estandarte de la generación New Wave. Pero entre ellos, después de cinco álbumes y eternas giras mundiales, saltaban chispas: rencores, envidias, luchas de egos. Ahora The Police vuelve al directo en una gira como las de antaño: ochenta conciertos por todo el planeta. Y su guitarrista Andy Summers, de sesenta y cuatro años, publica un libro de fotografías, a modo de diario, que realizó entre las giras de 1980 y 1983, cuando The Police vivía su gran momento.
Todo comenzó en un bar, cómo no, esta vez en Newcastle (UK), en 1976. El batería Stewart Copeland (16.07.1952), hijo de agentes de la CIA, logró convencer a Gordon Matthew Sumner, alias Sting (02.10.1951), para que abandonara su mediocre banda de jazz. Por entonces Sting, el hijo malhumorado de un lechero londinense, no lo veía muy claro: estaba casado, tenía ya un hijo y su situación económica era penosa. La banda encontró un guitarrista en el francés Henry Padovani, pero fue al poco desbancado por el veterano Andy Summers (31.12.1942), mercenario en multitud de bandas, músico experimentado y al que, digamos, se le estaba a punto de marchar su último tren. Hay quien cuenta que Summers, durante el periodo en que compartió escenario con Padovani, se dedicaba a quitarle su amplificador, porque era mejor que el suyo y 'sus solos se lo merecían'. ¿The Police un cuarteto? Hoy día parece impensable.
Ante la eclosión punk del momento, el trío decidió apuntarse al carro. Pero en realidad a ellos el punk no les interesaba lo más mínimo: 'Vamos a hacerlo, pero bien tocado', se decían. De ahí que, si compartían escenario con un grupo punki, Sting aprovechaba para provocarlos, haciéndose el interesante, paseándose con un libro entre las manos. Sólo bandas de la época como The Clash o Talking Heads fueron tan permeables como Police a la hora de recoger influencias de otras músicas.
Pero su falta de escrúpulos no concernía solo al aspecto compositivo. El trío grabó su primer álbum, Outlands d'Amour (1978), sin ningún contrato discográfico, sin mánager y pagándolo de su propio bolsillo. Así que para ganar algo de dinero, aceptaron una propuesta indecente: grabar un anuncio de chicles en el que era indispensable que tiñeran sus cabelleras de rubio, lo que se convertiría, a partir de entonces, en su señal de identidad. Roxanne, So lonely o Can't stand losing you ya las cantaban de rubio platino, una auténtica actitud transgresora en una escena plagada de crestas y cardados.
Fue Miles Copeland, hermano del batería, quien les consiguió por fin su primer contrato discográfico para A&M, con lo que se convirtió en manager de la banda y, posteriormente, en uno de los ejecutivos más agresivos de la industria músical. Girar se convirtió para ellos en su propia condena, pero nunca pusieron traba alguna en tocar en lugares alejados del circuito habitual, como Egipto o La India. Copeland aprovechaba las horas muertas para rodar con su cámara de súper 8, y de ahí nació el documental Everyone Stares: The Police Inside Out (Universal). Andy Summers, por su parte, se hizo con una Nikon y se dedicó a fotografiar la vida de la banda, en ruta: ensayos, backstages, habitaciones de hotel destrozadas, aviones, paisajes, fans y sencillos lugareños. Altamente recomendables son las fotografías del público en sus conciertos, y es que la obsesión de Andy por la cámara se hizo tal que llegó a construirse un mecanismo, entre sus pedales de guitarra, para fotografiar al público mientras tocaba.
Ahora, la editorial Taschen publica las fotos que Summers realizó entre 1980 y 1983, cuando The Police vivía en la borrachera del éxito, I'll Be Watching You: Inside The Police, 1980-83. Más de seiscientas fotografías en riguroso blanco y negro, entre el periodismo gráfico y el diario ilustrado, alrededor de todo el mundo: de Australia al Oeste americano, de Japón a Grecia, viviendo el mítico way of life de sexo, drogas y rock and roll. Impagable esa habitación de hotel empapelada, repleta de globos, con una chica en ropa interior tras el umbral de la puerta: casi una pintura de Edward Hopper o un moderno Vermeer, casi un relato de Carver, casi una canción de Cohen. Aunque probablemente las fotos más bellas sean aquellas que se salen del manido eslogan roquero: Andy en la carretera, autorretratado ante un espejo; Un rollo de papel higiénico pidiendo ayuda (!?) en el pasillo de un hotel; Sting y su hijo asomándose a la ventanilla de un jet privado. Siempre en un estilo sencillo de reportaje que evoca a Henri Cartier-Bresson y Robert Frank, especialmente.
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