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La fotografía (por Carlos Saura)
La fotografía entró en nuestras vidas subrepticiamente y ahora, en nuestro siglo, después de un fructífero recorrido de experiencias y desarrollos técnicos, estamos sumidos, mejor diría inundados, de imágenes que ocupan cientos de revistas ilustradas, exposiciones y, sobre todo, de fotos-recuerdo: fotos para enseñar a la familia, o a los amigos, de nuestros viajes y excursiones, monumentos y puestas de sol y, cómo no, de fiestas y celebraciones en donde se incluyen bautizos, primeras comuniones, cumpleaños, bodas y muchas cosas más... Hoy, niños y niñas, mayores y ancianos, manejan las pequeñas cámaras digitales, que apenas si caben entre los dedos de los adultos, como intrépidos navegantes dispuestos a fotografiar todo lo que se ponga por delante. En ese cúmulo de imágenes hay de todo: fotografías desenfocadas, movidas, deslumbradas, oscurecidas... pero entre esa abundancia hay algunas inolvidables por su sencillez y significado.
La electrónica ha dado un paso de gigante y sigue su carrera ascendente por asegurarse un puesto en el competitivo mercado. El ritmo de los acontecimientos y de las conquistas se suceden a ritmo endiablado, perfeccionando día a día las pequeñas cámaras digitales desbancando definitivamente a las analógicas de antaño: son más precisas y es posible evitar algunos desaguisados. Pero al mismo tiempo que la fotografía se democratiza y está al alcance de cualquiera, al perder su carácter exclusivo de profesionales o aficionados exigentes, se banaliza, y en ese maremagnum de imágenes que nos asaltan cada día, es difícil discriminar cuáles de ellas son valiosas. La mayor parte podrían ir tranquilamente al cubo de la basura porque son anodinas y convencionales, aunque siempre cabe la esperanza de encontrar la excepción.
Recuerdo que cuando con dieciocho años acudía a la Real Sociedad Fotográfica en la calle del Príncipe de Madrid, el tema recurrente era la química de los reveladores de negativos o de positivos; allí aprendí las dosis de metol o de hidroquinona que eran necesarios para obtener una copia decente. Dejé de interesarme pronto por el tema porque me pareció que el quid de la fotografía no estaba en los productos químicos, aún siendo estos de importancia a la hora de la manufacturación, sino en esa otra cosa que hace que un fotógrafo interese o deje de interesarte, algo tan subjetivo que me incapacita para dar normas y consejos. Es verdad que hermosas fotografías bien realizadas, arropadas con una técnica depurada, pueden ser tan fascinantes como otras fotografías banales que por razones inexplicables me enternecen y fascinan.
La mayor parte de los atrevimientos fotográficos actuales estaban ya en el siglo XIX, un siglo deslumbrante en donde aparece la luz eléctrica, se desarrolla la fotografía y nace el cine, anunciando el salto gigantesco del vuelo tripulado, de los vehículos de tracción mecánica, del telégrafo y de la radio... Y también el inicio de las brutales guerras del siglo XX...
Hay dos campos, quizás demasiado explorados, en donde el valor de los fotógrafos se pone a prueba: el reportaje de guerra y las catástrofes. ¿Cuántas veces hemos sido golpeados por las fotografías que expresan el dolor por la perdida de un ser querido? Nos preguntamos si no hay en esas fotografías una falta de pudor, como una insensibilidad manifiesta del fotógrafo, ante hechos tan dolorosos y terribles. ¿Es quizás necesaria esa brutalidad que se justifica con la pretensión de que todo el mundo debe conocer los desastres de la guerra, la hambruna, la enfermedad y la muerte? El problema de la acumulación de imágenes semejantes es el desgaste de la mirada: empezamos a ser insensibles a las atrocidades que cada día se nos muestran, habituados a ver los pedazos de cadáveres arrancados por el coche bomba, el tumefacto rostro del torturado, el soldado arrastrado por sus compañeros, el tanque ardiendo con uno de sus tripulantes achicharrado cuando pretendía salir de la torreta... Lo cierto es que esas fotografías de desastres y crueldades llevan implícita la curiosidad y la indignación del espectador, sorprendido y aturdido, atraído sin duda por las imágenes que reflejan lo poco que el hombre ha aprendido a lo largo de los siglos para evitar la violencia y el sufrimiento.
En el aluvión de fotógrafos y fotografías hay quienes han marcado el camino con su talento e intransigencia. No son siempre los que están de moda, incluso prefiero fotógrafos solitarios que recrean su vida, su mundo, buscando una forma de entender su entorno e indagando en su personalidad. A veces no son profesionales, no es necesario que lo sean para ser un buen fotógrafo, diría más, son los aficionados los que tienen más libertad de elegir sus temas sin las obligaciones de las agencias y de la prensa. Quizás defiendo ese hacer porque yo me veo más en ese orden de cosas, como fotógrafo sin pretensiones, o con la única pretensión de fotografiar lo que me place y hacerlo lo mejor posible dentro de los medios de que dispongo. Nunca he creído que la fotografía sea un “Arte”, porque está demasiado condicionada, pero no me parece eso un inconveniente, al contrario, la libera de los dudosos criterios que sobre el arte se venden a diario.
Cualquiera puede hacer una buena fotografía, aunque el único criterio para darle la denominación de “maestro” a un fotógrafo no sería la obra única y casual, sino que su personalidad se ampliara y extendiera en calidad y cantidad apreciable. Y, sin embargo, fotografías que han dado la vuelta al mundo, y que son iconos de nuestra época, se deben más que al talento artístico del fotógrafo, a la fortuna, a la casualidad, a estar en el lugar adecuado y en el momento en que los hechos sucedieron, claro que para ello hay que tener la cámara dispuesta, el ojo avizor, y a veces arriesgar la propia vida. Los avances técnicos permiten hoy al fotógrafo hacer cientos de fotografías con la rapidez de una ametralladora. Decía un famoso escritor que los fotógrafos actuales eran como los bacalaos, que ponen cientos de huevos para que luego solo algunos alevines sobrevivan. ¡Qué lejos estamos del fotógrafo de antaño, con su voluminosa cámara de placas y el pesado trípode a cuestas!
Están las fotos que se pegan en los álbumes y que se quieren conservar, las que van a permanecer, las que van a pasar de padres a hijos, empalidecidas por los años, y las otras. Ahora la tecnología lucha por obtener tintas y papeles eternos, como si uno pudiera vivir esos doscientos años que anuncian algunas grandes casas con sus papeles punteros. No es difícil adivinar que en esos álbumes hay una pretensión de supervivencia, de dejar un rastro de la propia vida, algo que parece innato en el ser humano. Esas fotos a veces carentes de calidad tienen el valor añadido de ser el reflejo de toda una vida. Son el testimonio de cómo la niña que nació indefensa ha crecido convirtiéndose en una jovencita de mirada de ciervo, o cómo el niño inmaduro es ahora técnico en informática, o trabaja en un banco, o es fontanero, o pescador de anchoas... Cómo la niña o el niño que se fue de excursión con el colegio trajo el recuerdo inolvidable de su viaje: montañas, paisajes, amigos y amigos que ríen y se divierten, y también algún animal: vacas y caballos que pacen en los verdes prados del norte. Cómo en las páginas del álbum, el papá y la mamá han ido envejeciendo hasta el Alzheimer, y la sonrisa de antes se va helando con los años: crecen las orejas y los pelos de las cejas y los rasgos se acentúan conformando la estructura final que terminará enterrada o incinerada.
Me enternecen y me intranquilizan esos álbumes familiares hechos con mimo, con comentarios ilustrando las fotografías: estuvimos allí, estuvimos aquí, el día que nació Elena, mamá en la playa, cuando estuvimos en Venecia...
Yo comprendo el temor de algunos pueblos que se niegan a dejarse fotografiar porque creen que con la duplicidad desaparece una parte de ellos mismos. Hay algo de verdad si pensamos que en el momento mismo en que accionamos el disparador de la máquina fotográfica, la imagen fotografiada pertenece ya al pasado. Ese pasado fue nuestro; nuestra la vida paralizada; nuestra la mirada que se detuvo en el tiempo y en el espacio. Algo tan prosaico como accionar el disparador de la cámara hace que el “ahora” deje de serlo para que podamos conservar nuestro pasado en algo tan tangible y habitual como un trozo de papel sensible o impreso.
En el espejo está latente la fotografía. Un parpadeo y podemos guardar en nuestro cerebro esa imagen reflejada e invertida en nuestro álbum imaginario de la memoria, memoria evanescente, volátil y olvidadiza... Ahora tenemos los medios para conservar, editar, y ampliar esa imagen especular, y es en esa multiplicidad de espejos detenidos en el tiempo que son las fotografías, en donde se reflejan nuestras vidas y las vidas de los demás. El cine da un paso más adelante y permite el desarrollo especular en el tiempo y en el espacio, pero la fotografía tiene la peculiaridad maravillosa de inmovilizar la imagen, para que podamos contemplarla. Estamos tan habitados a ello que no le concedemos importancia, y sin embargo es uno de los milagros que uno puede constatar: un milagro cotidiano, un milagro de la ciencia. Ahora sabemos que existen millones de seres poblando nuestro mundo, que hay ríos, llanuras, mares y montañas, ciudades y países que desconocíamos, que hay animales exóticos, y que unas bestias se comen a otras sin ningún remordimiento, sabemos de planetas que giran alrededor del Sol y de galaxias tan lejanas que dan vértigo. Hemos visto la Luna y Marte, y también seres tan diminutos que uno no alcanza a ver. Hay un mundo de lo muy pequeño y otro de lo muy grande, y nos preguntamos en dónde estamos nosotros. En ese buscarse en los demás, y en uno mismo, reflejo y espejo, la fotografía nos enseña cómo somos, cómo fuimos y, tal vez cómo seremos, y gracias a ella, el hombre va avanzando aplastando fantasmas y miedos en una realidad que se impone: testigo de lo que vimos, y de lo que nunca pudimos ver, en un mundo en continua ebullición.
Y ahora trataré de explicar el porqué de las fotografías pintadas, que yo llamo “fotosaurios”:
Una especie de necesidad me impulsa a seguir un camino a veces recurrente y obsesivo, sin que haya —al menos yo no la conozco— una razón suficiente para ello. Quizás lo que se me ocurre, así a primera vista, es que hago lo que hago para no hacer otra cosa peor, es decir que lo que hago: fotografía, dibujo y pintura, escribir, y sobre todo las películas, son una especie de medir placenteramente mis posibilidades en campos que no son tan diferentes como pudieran parecer y siempre una aventura en la que hay un riesgo personal, íntimo y secreto.
En cuanto se reflexiona sobre uno mismo se encuentra con la paradoja de que lo que está haciendo ya lo hizo antes o por lo menos el proyecto novedoso de hoy es el reencuentro con cosas olvidadas que sin saber por qué y sin venir a cuento surgen diáfanas un día. Los “fotosaurios” no son una novedad, porque hace muchos años, ¿tal vez cincuenta?, ya trataba de destrozar diapositivas de color que no me gustaban utilizando agudas agujas y pintando aquí y allá sobre ellas y que luego proyectaba.
Hay explicaciones, y yo podría repetir que desde la invención de la fotografía una forma de dibujar y de pintar tiene poco sentido, sobre todo cuando lo que se trata es de hacer un retrato fiel de la realidad. ¿No es más práctico coger una buena cámara fotográfica y hacer una estupenda fotografía, ampliándola al tamaño que a uno le de la gana y luego, eso si, modificar lo que a uno le pida el cuerpo: cambiar el colorido, la textura y hasta la luz? Pues bien, yo he seguido esa técnica, simplemente dibujo y pinto sobre ampliaciones fotográficas previas, así de sencillo. Podría hacerlo sin ellas, pero sería una traición al fotógrafo que llevo dentro: primero fotógrafo y luego aprendiz de pintor.
Carlos Saura
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