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Martes 9
Febrero 2010

 
26/05/2006
Entrevista I
El escritor peruano publica una divertida colección de relatos eróticos.

Decía Bryce Echenique años, décadas, atrás que la literatura latinoamericana se tomaba demasiado en serio a sí misma, que era difícil sonreír con una novela o un volumen de relatos. Decía también que quien cambió eso fue, sin ninguna duda, el argentino Julio Cortázar. Y el propio Bryce Echenique, podríamos añadir los lectores contemporáneos.

De un tiempo a esta parte, hay un escritor peruano afincado en Sevilla que, recogiendo esa herencia, viene intentando arrancar carcajadas –oficio noble donde los haya- a los lectores hispanoamericanos. Responde al nombre de Fernando Iwasaki (Lima, 1961) y ya lo hizo, arrancar carcajadas digo, con 'El libro del mal amor' (2001); volvió a ello con 'Un milagro informal' (2003); reincidió, con formidable éxito de crítica y público, con los  "terroríficos" microrrelatos de 'Ajuar funerario'(2004); continuó con una novela a caballo entre la risa y el dolor de muelas (y los retortijones estomacales ante la apariencia de las bocas ahí descritas), que respondía al nombre de 'Neguijón' (2005); y ahora continúa esa estela con los relatos eróticos ("ciencia-fricción" les llama él) de, como de costumbre con Iwasaki, la broma arranca en el título, 'Helarte de amar', que acaba de publicar en España la editorial Páginas de Espuma.

¿Por qué no empezamos definiendo la "ciencia-fricción", el género al que, según el prólogo, se adscriben los relatos de 'Helarte de amar'?
La "ciencia-fricción" es una clase de mitología explicada por un profesor de resistencias materiales. Creo que es el lado más humano de la literatura erótica. La literatura erótica no es para mí solamente 'El amante de Lady Chatterley' o 'El cuarteto de Alejandría', creo que el erotismo es algo que consiente muchos registros y entonces, yo en lugar de decir "literatura erótica" digo "ciencia-fricción" y me parece que con ello le hago más justicia a cómo entiendo yo el erotismo. Me parece muy bien Anais Nin, me parece muy bien Lawrence Durres y D.H. Lawrence, pero también está Manuel Puig, Cabrera Infante y Eduardo Mendicutti. Tú lees las aventuras eróticas, galantes, de los personajes de estos escritores y yo, sinceramente, conecto más. Creo que eso es la "ciencia-fricción".

La literatura erótica tenía sentido cuando en la literatura seria, por llamarla de una forma, ocurría como en las películas de Capra, cuando una pareja se ponía melosa y empezaba a entrar en materia, la cámara se dirigía a la chimenea. Hoy en día en que cualquier se atreve a pergeñar un polvo en las páginas de un libro ¿tiene algún sentido?
No, ninguno. La literatura erótica funciona cuando hay trasgresión, cuando hay tabú, cuando existe lo prohibido. Y hoy en día no existe nada prohibido, nada tabú y no hay ninguna trasgresión. Por eso la gente cuando busca lo erótico lo busca en Internet. La gente se excita, le entran unos estertores genitales, chateando con "Avispa nocturna" sin verle la cara, y precisamente por eso, porque no ven. Yo creo que esa es la dimensión real donde transcurre y discurre el erotismo contemporáneo. Tú vas a un kiosko de periódicos y lo ves todo lleno de revistas explícitas en sus imágenes, y eso lo único que va a conseguir es que un chico de 12 años esté vacunado, inmunizado, contra el erotismo. Cosa que no nos ocurría a los que teníamos 12 años en los años setenta. Yo recuerdo que en Lima había un cine, el cine Rívoli, donde si querías ver las películas para mayores de 21 años tenías que comprar un chocolate en la tienda del cine. Entonces, el portero nos veía y, según la edad que te calculaba, te mandaba a comprar un chocolate más o menos caro: "Tú un sublime" o "Tú un sorrento". Yo era toblerone, o sea que estaba jodido. Pero eso lo disfrutaba mucho más, y mira que a Laura Antonelli nunca la vi absolutamente desnuda en una película, pero creo que el medio pecho que yo le veía a Laura Antonelli me parecía muchísimo más erótico que los dos completos que le veo a cualquiera de Gran Hermano que sale en la portada de Interviú.

Es por eso entonces que, en este contexto donde la literatura ya no existe ni tiene sentido, usted intenta acercarla al humor. Ya que no va a lograr excitar a nadie, al menos que suelte una carcajada…

Efectivamente. Por eso en este libro hay cuentos que, yo digo, a lo mejor de erótico tienen muy poco. El que le da título al libro, 'Helarte de amar', es sobre uno al que se le queda congelada. 'Travesía espacial' es acerca de una misión espacial donde se supone que hay que echar un polvo en el espacio. En 'Entre las piernas de Luciana' hay un tipo que hace todo lo que le piden sus parejas y al final no sabe que está con una bruja. Y así por el estilo, propuestas que creo que son auténticos disparates, conviviendo con otros relatos en los que las historias quizá ya tengan una cierta contemporaneidad, como puede ser 'Mírame cuando te amo', que quizá es la concesión más clara a la realidad.

Me va a disculpar si no le gusta la comparación, pero pareciera que la principal influencia del libro son los chistes de Jaimito…

Sí, claro. Hay gran literatura escrita en las paredes de los baños, en graffitis, y creo que los chistes son como los poemas y los microrrelatos. Un poema, un chiste, tienen la virtud de ser un chispazo, mientras que los narradores tenemos que hacer es contar lo que hemos leído u oído. Yo no soy poeta y probablemente jamás podría escribir una sola línea como las escritas por Neruda. Pero mi misión es tratar de contar lo que Neruda escribió en un solo verso.

Cuenta en el prólogo que éste es un proyecto antiguo, escrito a solicitud de un editor que al descubrir que le provocaba más carcajadas que erecciones, no quiso editarlo. ¿De cuándo data el libro?
Así es, nunca se editó hasta ahora. Es un libro de comienzo de los noventa, creo que lo más reciente es de 1994 o 1995. Es un libro que, además, escribí inmediatamente después de 'A Troya, Elena', que también es un libro medio fallido porque se publicó en Bilbao y la editorial quebró y el libro prácticamente no circuló por España. De aquellos años son estos cuentos, y se quedaron guardados en un disco duro hasta que Juan Casamayor de Páginas de Espuma, que ahora empezará a llamarse "Páginas de Esperma", se enteró que yo tenía esto, me lo pidió, lo leyó y me animó a publicarlo. Y yo releyéndolos pensé en lo que está escrito en la contraportada, que con treinta y tantos años me parecía que eran relatos eróticos pero que con cuarenta y tantos me parecen literatura fantástica.

¿Y no le dio cierto vértigo, releer para publicar algo tan antiguo y que se escribió en un contexto y a raíz de una solicitud tan específica?
Me dio risa. Y además descubrí que es un libro que tiene mucha relación con 'Ajuar funerario', 'Neguijón' y 'El libro del mal amor'. Es decir, un libro de cuentos de terror, una novela sobre el dolor, una novela sobre el amor y éste un libro de cuentos eróticos, pero todos narrados desde el humor. Por lo tanto, son libros que tienen en común ese tono humorístico.

¿Y cómo cree que el lector español percibe ese doble sentido tan latinoamericano, tan peruano, presente en tus libros?
 Creo que cada día lo entienden mejor. Y prueba de ello es que el cine latinoamericano funciona muy bien. De hecho, se acaba de estrenar una película argentina donde un psicoanalista y un policía hacen pareja patrullando las calles ('Tiempo de valientes'), que está llena de doble sentidos, es una película de un humor muy inteligente, muy argentino, muy Les Luthiers. Y eso va a funcionar, sin ningún problema.

Helarte de amar, de Fernando Iwasaki
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