El portal cultural de la Fnac

RBA recupera todas las historias que Enric González escribió al calor de una corresponsalía. Imprescindible en este oficio.

Sinopsis

Este libro no sirve para adelgazar. Tampoco existe garantía de que mejore las perspectivas laborales o las relaciones familiares. Quien haya leído alguna de las tres obras aquí recopiladas (Historias de Londres, 1999; Historias de Nueva York, 2006; Historias de Roma, 2010) sabe ya que se expone a unas crónicas difícilmente clasificables, no del todo humorísticas ni del todo melancólicas, que componen la biografía íntima de unas ciudades maravillosas. También, de alguna forma, es la biografía de un tipo que tuvo la suerte de vivir en ellas y de conocer a gente extraordinaria.

Corresponsal extraordinario

Enric González (Barcelona, 1959) ejerció como corresponsal de El País en Londres, París, Nueva York, Washington y Roma. Actualmente reside en Jerusalén. De sus peripecias personales y profesionales surgieron los tres libros recopilados en este tomo. Su trabajo periodístico ha sido reconocido con los premios Cirilo Rodríguez, Cuco Cerecedo y Ciudad de Barcelona.

Enric González


SORTEO de ejemplares

Los 4 ganadores son...

Rafael Muñoz Bermúdez
Asier Murua
David Pérez Canal
Sonia Sanz García

¡Enhorabuena!
Muchas gracias a todos los suscriptores por participar.
Los sorteos siguen en ClubCultura.

Londres

El verano de 1990 fue tórrido en Madrid. Yo vivía allí por
entonces y trabajaba en la sección internacional del diario El
País. Un buen lugar, en un mal momento. El primer día de
agosto, cuando el grueso de la redacción acababa de desaparecer
hasta septiembre, el ejército iraquí invadió Kuwait. Un
puñado de jeques multimillonarios tomó la ruta del exilio
saudí a bordo de sus limusinas, en Washington se desenterró
el hacha de guerra y, yendo al detalle, dos redactores del
periódico —el infatigable Luis Matías López y el muy fatigable
autor de estas líneas— padecimos un mes penoso.

Las jornadas se encadenaban desde las 11 de la mañana
hasta las 3 o las 4 de la madrugada, de lunes a domingo: en
aquel agosto solo logré tomarme un par de horas libres, y las
malgasté en una visita al dentista. En pleno agobio, decidí
que el periodismo no era lo mío y empecé a cavilar sobre
posibles alternativas. No se me ocurrió nada. Y en octubre
me encontré en Dahran, la ciudad petrolera saudí donde se
concentraban las tropas aliadas, como enviado especial a
una guerra futura. Había que esperar a que expirara, el 15
de enero, el plazo concedido por la ONU a las autoridades
iraquíes, y Dahran no ofrecía grandes entretenimientos: ni
libros, ni prensa internacional, ni televisión —existía, pero
solo programaba rezos, dibujos animados y publicidad— y
ni una gota de alcohol para los momentos bajos. Sebastián
Basco, de ABC, dedicó larguísimas tardes a introducirme—sin
gran éxito— en los secretos del billar. Con Arturo Pérez Reverte,
aún en TVE, solía ir a las playas del Pérsico y con
frecuencia nos cruzábamos preguntas de tintinología, del
tipo «¿por qué caballos apuesta el profesor Wagner?». (Respuesta:
el profesor Wagner, personaje de Las joyas de la
Castafiore, apuesta por Sara, Oriana y Semíramis.) Con los
compañeros de TV3 traté de conseguir algún licor para la
cena de fin de año y, tras una gestión fallida (seis botellas de
whisky clandestino costaban 2.000 dólares en Yedah: demasiado
caro y demasiado peligroso), acabamos fabricando un
infame alcohol casero, el llamado sadiki, a base de agua de
arroz fermentada con levadura. Uno de los infortunados catadores
de aquel brebaje fue David Sharrock, de The Guardian,
alguien con quien iba a reencontrarme poco después
en mejores circunstancias...

Lee al completo 'El londinense accidental' (pdf)

Nueva York

Dicen que cuando en Nueva York son las tres de la tarde, en
Europa son las nueve de diez años antes. Es posible. La voracidad
del tiempo ha seguido desplazándose hacia occidente
y ha cerrado el círculo en oriente: el futuro de hoy ruge en
Shanghai. No sé si Nueva York sigue una década por delante.
El cine de nuestra memoria nos la hace tan conocida que
forma parte del pasado. Da igual, yo llegué con retraso y mis
ideas sobre el progreso son confusas. Si hubiera podido elegir,
habría visto por primera vez los muelles del Hudson hacia
1960, desde la cubierta de un trasatlántico, y habría desembarcado
en una ciudad en la que no había almuerzo sin
tres martinis ni taxistas sin corbata, se fumaba sin filtro y
Times Square era Babilonia, no una encrucijada ruidosa envuelta
en anuncios luminosos. Aquella de 1960 era una ciudad
joven y cínica, arrogante, intacta.


Como segunda opción, me quedaría con el largo verano
de los años veinte, corrupto y turbulento, con un viaje en
mercante y con una llegada nocturna a los muelles industriales
del East River. Desde el puente de Brooklyn, con el sol
naciente a la espalda, habría visto el amanecer reflejado en
un perfil urbano que no era el más célebre del mundo ni
abundaba como hoy en torres de cristal. La fachada oriental
deManhattan, con las llanuras de Greenwich, las cumbres de
cemento y mármol de Midtown y las colinas de Battery, todavía
en construcción.


Otra posibilidad consiste en llegar hoy mismo...

Lee el primer capítulo íntegramente (pdf)

Roma

En casa, es decir, en Palazzo Massimo, teníamos capilla.
Y campanario. Eso me impresionaba. Me hacía sentir importante,
como un cardenal o un torero. Cada 16 de marzo sonaban
las campanas para conmemorar un milagro ocurrido
tiempo atrás en el palacio. El de Palazzo Massimo, conviene
subrayarlo de antemano, fue un milagro extraordinariamente
sutil. El 16 de marzo de 1583, en una de las estancias,
murió el joven Paolo Massimo. La familia fue a buscar a
Felipe Neri, al que llamaban, con las explosivas labiales del
romanesco, Pippo bbono, para que resucitase al chico. El
futuro santo salpicó el cadáver con agua bendita e hizo sus
invocaciones, hasta que el joven Paolo abrió los ojos, recobró
la vida y se incorporó en el lecho. ¿Saben qué dijo el resucitado?
Que muchas gracias, pero que prefería volver a
morirse. Y falleció otra vez. Ese milagro ambiguo, tan abierto
a interpretaciones, podría ser una parábola sobre Roma:
viva y muerta, esforzada e indolente, teatral e indescifrable.

San Felipe Neri, natural de Florencia pero afincado en
Roma, estaba bastante especializado en prodigios extraños.
Una de sus hazañas más célebres ocurrió en 1544, cuando
tenía treinta años. Rezaba a Dios para que le concediera un
gran corazón y Dios le concedió un corazón enorme. Según
la tradición, el corazón de San Felipe se hizo tan grande que
se le rompieron las costillas. Uno se pregunta qué tipo de
relación mantenían exactamente Dios y San Felipe Neri.

El lector puede preguntarse también qué hacíamos en Palazzo
Massimo. Mi mujer, Lola, solía hacerlo. ¿Qué hacemos
en Palazzo Massimo? Mejor lo cuento desde el principio.

El principio, evidentemente, es remoto...

Lee las primeras páginas del libro (pdf)

9 / 10
Gracias por votar!!!
Solo se puede votar una vez al día

La carrera de una estrella de cine consiste en ayudar a los demás a olvidar sus problemas. En usar tu encanto, tu belleza y tu jovialidad para hacer que la vida parezca más fácil. "El problema -dijo una vez Gloria Swanson- es que si no lloras nunca en público... en fin, el público supone que no lloras nunca". CHUCK PALAHNIUK. 'AL DESNUDO' (Mondadori)