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De higos a brevas

Antonio Luque

Me llamo Antonio Luque y nací en Sevilla en 1970. Por suerte vivo en Málaga y escribo canciones. Si escribo otras cosas es sólo para que se conozcan más las canciones. He grabado cientos de ellas, pero me gustan sobre todo las de los dos últimos discos. Sacaba sobresaliente en lengua. En clase de música nos echaban al recreo. Así me luce el pelo.

Estoy con...

"Congratulations". MGMT

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La visión microscópica

Publicación: 28/11/2011

Sentado en el césped, mientras el niño juega al fútbol en un pequeño terreno de juego circular y vallado con una pared metálica (diseñada con dos prácticos orificios que hacen de porterías), no tardo en usar sin querer uno de los superpoderes derivados de mi nerviosismo: la visión microscópica. Me rasco la espalda, me pica todo; millones de seres diminutos, espantosos con su nuevo tamaño en mi imaginación -nutrida por los desasosegantes estudios científicos ilustrados y publicados en dominicales-, ácaros, pulgones, acaso piojos, trepan por la grama hasta mi piel atacada por champús de medio pelo y aguas calcáreas y me convierten en un mono insatisfecho con el mayor logro de los humanos en lo que a la adaptación de la naturaleza a nuestros deseos concierne: el jardín. La grama pica ya por sí misma, sin ayuda del reino animal, pues sus hojas acaban en punta; está muy crecida, ha llovido mucho, ni siquiera es necesario aquel cartel tan tonto de “prohibido pisar el césped” -¿para qué sembrarlo entonces?-; ha llovido tanto que se me está mojando el pantalón. Me pongo en pie, el niño discute un nuevo reglamento, busco asiento entre las madres -en general tanto más apetecibles cuanto más envejezco-, y observo que algunos abuelos han venido con sus butacas de playa: los famosos recortes sociales han llegado al Imserso y a las partidas presupuestarias para mobiliario urbano. No hay bancos para ver con preocupación pasar el tiempo; las madres se aburren, los maridos más aún. Se han puesto sus mejores ropas, ellas han ido a la peluquería para ser otras en lo que tarden en ducharse. Pasa una joven tirando de un jabalí atado: es su mascota. Digo: si vienen mal dadas siempre podrá acabar en la barbacoa. Uno se ríe por lo bajini. Su mujer no. La del jabalí nota que causa más estupefacción que admiración. El cerdo anda cansado. Mi hijo grita divertido, pero como pidiendo una explicación: yo miro el trasero de la chica por toda respuesta. Ella se aleja, incólume, y el bicho deja ver un colmillo aterrador. Nos vamos, a clase de tenis. La pista está rodeada de piedras blancas; restos de una cantera de mármol, supongo. Aunque Guillermo no ha acabado su colección de cromos de la liga de fútbol, porque es imposible que tales colecciones no escondan la trampa de lo inalcanzable, del cromo ideal, del borrego perdido por el que uno desprecia un rebaño completo (aún no he averiguado de quién se trata; acaso un escudo o una bandera, no sé, a “Muriño” ya lo tiene, ¿será el balón de oro?), quise distraerlo con una que siempre me gustó a mí y nunca comencé, pues me vanaglorio desde niño de no juntar nada -apenas ahora unos billetes en un banco que cualquier día encuentro reconvertido en quincalla y, a lo lejos, en neutrales cuentas suizas, cascarones de huevos en el popular juego del robo-: quise distraerlo con la colección de minerales. Puso sobre la raqueta unas cuantas piedras blancas y giró buscando el reflejo luminoso que las hizo preciosas, hoy de un sol de verano en noviembre para los cristales de carbonato cálcico, si mal no recuerdo. Hay un mineral de color caramelo, en el que podría haber azufre o algo peor, y un par de piedras negras que no son sino rocas, afectadas por el mal -malo en el ánimo de los hacedores de clasificaciones, normas, reglas y leyes- por el mal de la mezcla, de lo impuro, digo. Aún así, el pequeño geólogo de nuevo cuño regresa, las valora a su modo y las echa en una bolsa que ha encontrado tirada: se ha cansado de la negociación infinita de las normas deportivas y quiere subir a la montaña. Vamos a los pinares de San Antón, a las dos tetas, como dice él, malagueño ejemplar, pescador con suerte -sacó del mar un merillo no hace mucho, sin ayuda de nadie; y es capaz de construirse una caña con unos cuantos aparejos que recoge del suelo: con la manía de la gente de no usar las papeleras estoy por recuperar mi costumbre infantil de caminar cabizbajo sin razón-. Las dos tetas son dos elevaciones del terreno en las que puede uno encontrar mariposas en primavera, insectos horribles en cualquier estación y, dicen, un agujero por el que caer al interior de la tierra, a unos treinta metros de profundidad, oculto por unos palmitos (la palmera autóctona, enana y comestible -cuando había hambre-). No sería un mal lugar por el que desaparecer, tal agujero, pero para un tío como yo la fantasía del suicidio acaba con la redacción de la nota de despedida y, en tanto que cada vez que uno se pone a escribir trata de decirlo todo y de la mejor manera posible, entiendo que nunca escribimos sino notas de ese talante (palabra maldita por ZP que me dispongo a usar en su triste recuerdo). Por lo demás, en la medida en que uno ve que deja en la tierra un más que digno heredero -no un cochino ni una iguana, no un perro ni un gato-, ¿qué prisa hay por reventar o por lo contrario? Ni siquiera estoy dispuesto a fumar, y eso que sospecho que son las ganas de esa maldita droga las que me tienen tan irritable, tan incapaz de disfrutar de momentos como este en el que el niño decide escalar por el camino más corto y no se convence de que debe seguir las huellas de su padre hasta que encuentra un palmito y le recuerdo lo del agujero infernal; entonces retrocede, vuelve al sendero marcado por la gravilla, se convence de que es todo paisaje kárstico de piedras blancas y tierra roja, pasamos junto al árbol de la novia cadáver y en dos saltos llegamos a la cima y nos hacemos fotos en la cruz de rigor, simulando sendas crucifixiones.

suelo

En su afán por poseer un amplio muestrario del reino verdadero, el de la eternidad, el que es reflejo del de los cielos, El Reino Mineral, me pide que vayamos a las montañas de enfrente. Son los pomposa y ramplonamente llamados “Montes de Málaga”, y para llegar allí hay que encontrar la salida de Fuente Olletas: un barrio remoto de esta ciudad a la que vine a parar como va una medusa a la orilla. En cuanto me empadroné, antes de que él naciera, me obsequiaron con un bono bus inagotable que usé con absoluta aleatoriedad. Recorría aquellos protuberantes Mountain Pine Trees malacitanos con la esperanza de ser capaz de encontrar para cada parada la de enfrente, y en esta el regreso al punto de partida (nota: Pino Montano es un barrio de la Sevilla periférica, y la orografía hace de Málaga periferia toda). Tomaba notas rimadas de tipo abyecto en los trayectos y abominaba de las ancianas, que subían esperando el momento propicio para tropezar y pedir una indemnización. Hay un personaje en 'Crimen y castigo', si mi memoria no me falla, que se dedicaba a demostrar que cometían un fraude los que se arrojaban a los carruajes en su desesperación por el vil metal. Por un personaje dedicado a eso mismo yo tenía el bonobús deluxe y recorría las laderas deleznables componiendo mentalmente 'El Mundo Según' (un disco de Sr. Chinarro). Ahora me ayudo con el Iphone, para las notas y para orientarme: las instrucciones me llevan primero a pasar por la puerta del colegio del improbable monaguillo, mi hijo (es un colegio religioso; no me pregunte nadie por qué ni por quién). Intrigado acaso por los misterios de la existencia y la infinitud, me pregunta él si existe el número mil trescientos cuatro. Existe. El mil trescientos mil. No, ese no. Dejamos atrás una rotonda en la que debía de haber antes una fuente, la de Olletas; pasamos por delante de ventas de carretera que se apelotonan en las inmediaciones del cartel que indica que se ha dejado atrás el término municipal; pasa el 37, Monte Dorado, sí, aquí me miró el chófer con cara de “¿tú qué puñetas haces en el 37?”; creo que fue el día en que se burlaron de mí porque quise apuntarme en el conservatorio. Era yo muy mayor, y la secretaria muy estúpida, con ese humor malagueño tan áspero que al rato tratan de compensar con una broma de maldita la gracia gitana. Las parejas han subido a comer. Están de excursión. Se supera el límite, la palabra Málaga tachada con una franja roja en el rectángulo metálico, y la expedición se da por finalizada por las parejas estables: se hace la boca agua ante el espectáculo de los animales degollados y puestos al fuego, ante los pescados boquiabiertos y las aceitunas de la zona, bombones de hiel indigestos (un segundo en la boca y años en el culo). Ellas mirarán la carta con desidia, pues las cenas románticas quedaron en el recuerdo, fungible como la masa grisácea de las laderas, en las que se acumulan chalets a medio hacer sin permiso del ayuntamiento y balaustradas de mal gusto entre cuyos barrotes cualquier niño podría dejar quieta su cabeza hasta la llegada del sabelotodo que lo salva con mensajes tranquilizadores girándolo apenas. Pasamos por el tirabuzón. La carretera hace un tirabuzón. Mucho antes de sospechar que acabaría dando vueltas sin sentido por estas tierras yo sabía que había una carretera en Málaga que hacía un bucle absurdo. Una y dos veces la A-7000 sube en espiral y pasa sobre sí misma a través de túneles. Véanlo en el mapa. Si me acuerdo haré poner el mapa en la foto del blog al que irá a parar este escrito improvisado.

 

mapa

Yo miraba los mapas porque sí. No sé si ya era raro por eso o lo fui por las decisiones que tomé sin tomar partido, esperando la ocasión de hacer uso de otro de mis superpoderes, el urticante, cuando ya es tarde y yace uno en la orilla del tiempo. ¿Tacho esto, es cursi? A tomar viento. Aparco la furgoneta al comienzo de una vereda que Guillermo presiente sembrada de gemas diversas porque, esta sí, atraviesa un bosque de pinos al que no se le ve final; no se trata de un par de árboles, como el de Emily (la novia cadáver) y el de al lado, no. Este pinar es una masa arbórea verdaderamente preciosa (solo el reino vegetal puede competir con el mineral en mis preferencias); ha debido de sobrevivir a las romerías salvajes de muchedumbres extasiadas en sus borracheras por San Antón o tal o cual virgen de escayola; romerías que tenían lugar en las tetas peladas que ahora quedan ahí, al otro lado del vacío, interpuestas en el camino de la vista hacia el mar como una hornacina agrietada y siniestra en un falso tabique que emparedara niños de monjas piadosas. Celebro que los pirómanos dejaran de recibir encargos de los adalides de la ley del suelo y nos dejaran esta pendiente para que descendamos bajo el salto de las tímidas ardillas, bajo la caída de las bellotas -hay encinas-, y, ay, sobre la ausencia total de minerales puros y la presencia de una furgoneta custodiada por un pastor alemán que nos ladra con furia y nos hace dar la vuelta, pues, por supuesto, no está atado ni lleva bozal. Imagino una pareja haciendo el amor en su interior (en el interior de la furgoneta, no en el del perro), e imagino bien, porque hay un condón con aspecto fresco junto a una lata de cerveza oxidada: estamos demasiado cerca de la civilización, hijo, vayamos más lejos. La carretera sube. Recuerdo cuando tu tío tiró una colilla. Le dijimos que el bosque ardería. Juró que no se había dado cuenta y quiso dar marcha atrás. Paró el coche en la cuneta y esperamos por si salía humo. Veníamos de una venta de carretera. De una que está ahí, arriba, cuando se mira de tú a tú a la Maroma y a la provincia de Granada, y las tetas de Málaga parecen las de una adolescente en vez de las de una novia muerta. Una de esas ventas en las que se pide lomo con huevo, patatas, pimiento, chorizo y morcilla (plato de los montes: así se llama la bomba calórica que algunos alojan en su aparato digestivo, como si aún trabajaran esta tierra pobre, esperando de ella un tesoro -la fiebre del oro-). ¿Allí habrá minerales, en la venta? No lo sé, hijo, esperemos que sí. Pasamos una fuente de la que no mana nada, con un frontal que apesta a pasado franquista, a valle de caídos, caídos de entre los pobres. Ayer fueron las elecciones. ¿Cómo me preguntas a quién voté, hijo? ¿Que tú has votado a Rajoy? ¿Cuánta televisión ves al día, nene? Aquí está. Venta de La Nada. Construida en 1928. Hace un frío del carajo. La planta alta está abandonada. Hay una parterre de margaritas con una densidad de floración asombrosa: una explosión de amarillo en el atardecer ceniciento. Al otro lado de la calzada hay una casetilla y, cómo no, tres Pepes Goteras y Otilios con una rotaflex. Ponte la chaqueta. Deja que te suba la cremallera. Sal del coche, ya puedes. Mira, ¿ves?, allí en la Maroma, cuando vayamos, encontraremos minerales nuevos (miento: es una montaña enorme, pero de piedra caliza también). Dentro de la venta hay una máquina de esas en las que se echaba una moneda que rodaba sobre unos listones curvos pegados sobre un circuito de carreras dibujado sobre una superficie circular que se hacía rotar con un volante con el objetivo de obtener la misma moneda al final del trayecto: no intereses, no devaluación, no inflación, no bancos, no incendios, no revueltas; pericia para llegar al punto de partida y ya (nota: poner los verbos en presente, pues la máquina funciona -¿qué hace allí si no?-). Hay también un futbolín. Apenas se pueden mover las barras de hierro. Las bolas pesan lo suyo. ¿Cuánto tiempo hará que nadie juega? Echamos una partida. No, tú agarra los mangos alargados. Los otros son los topes de las barras de mis jugadores. Le dejo ganar como él me habría dejado perder con la Playstation, a la que no he jugado nunca. Pido un café. Hace veinte grados menos que a nivel del mar (aquí se puede usar “a nivel de”). Pido un pastel para el nene. Así que a Rajoy, ¿no, malandrín? Pago. El nene intenta quedarse las vueltas. Cincuenta euros, dice. No entiende eso de los céntimos, como tampoco lo entiende, a lo peor, la anciana que regenta esta casa perdida en una curva de la carretera de los bucles de mi época de estudiante de papeles cualesquiera. ¿Está bueno el pastel, nene? Se ha hecho de noche en la Venta de la Nada. Miro la fecha de caducidad del dulce. Me lo temía: junio del 36.

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La carrera de una estrella de cine consiste en ayudar a los demás a olvidar sus problemas. En usar tu encanto, tu belleza y tu jovialidad para hacer que la vida parezca más fácil. "El problema -dijo una vez Gloria Swanson- es que si no lloras nunca en público... en fin, el público supone que no lloras nunca". CHUCK PALAHNIUK. 'AL DESNUDO' (Mondadori)