La tele luce que da gusto verla (II) |
04/12/2006 |
Capítulo 2: Aaron Sorkin: un moralista
Me gustaría presentar dos textos antes de comentar la excelencia de las series de Aaron Sorkin ("El Ala Oeste de la Casa Blanca" y "Studio 60 on Sunset Strip"), de lo inverosímiles –pero no incongruentes- que parecen muchas veces las historias de este autor, y de esa cualidad tan extraña que es un moralismo exento de moralina, o mejor dicho, la presentación de un ideal sin ruborizarse, porque se posee la conciencia de que uno no debe avergonzarse del propio talento.
Primer texto: "La tiranía imprime un carácter de bajeza a toda clase de producciones; la lengua misma no se halla a cubierto de su influencia; en efecto ¿es indiferente para un niño el oír alrededor de su cuna el murmullo pusilánime de la servidumbre, o los acentos nobles y orgullosos de la libertad? He aquí los progresos necesarios de la degradación: al tono de la fineza que comprometería sucede el tono de la fineza que se recata, y ésta cede el sitio al halago que inciensa, a la duplicidad que miente con impudicia, a la rusticidad desmandada que insulta sin disimulo o a la oscuridad circunspecta que vela la indignación."
Segundo texto: "Los sueños de libertad se agotan y se disuelven a medida que el mundo se burla de ellos con sus versiones de la realidad. Se disuelven porque aquel que se sintió vivo gracias a esos sueños ahora debe vivir en ese mundo. Él o ella no se someten a ese mundo, necesariamente, pero se acomodan al mismo a diario de ciertas maneras: con cada pensamiento que descartan, con cada palabra que callan, con cada fantasía de violencia, liberación o muerte que se desvanece entre los sueños nocturnos que uno no comprende y tampoco tiene demasiadas ganas de comprender."
Doscientos años separan estos textos. Los dos son comentarios de una obra. El primero es de Diderot (capítulo X de su "Vida de Séneca") El segundo, de Greil Marcus (un comentario sobre el disco de Sly and the Family Stone: There´s a riot goin' on) Parecen escritos el mismo día, a la misma hora, por la misma persona. Sin embargo, al llegar a las mismas conclusiones sobre el proceso de la disolución de la verdad y del coraje, sometidos al martilleo de una tiranía, que no posee apariencia totalitaria, pero es muy eficaz en su voluntad de opresión, los dos autores, cuando hacen su comentario, se refieren a una tercera persona o situación. Diderot al reinado de Luis XV. Marcus al gobierno de Nixon.
Séneca era un estoico. Su doctrina decía que no hay más victoria que aguantar con dignidad las múltiples y severas demoliciones de la vida.
Sly Stone era un artista desesperado. Por decirlo claro, "There´s a riot..." es un vómito de sangre al que sólo salva la increíble belleza de su música, la rabia de sus letras, el modo magnífico en que están enlazados esa letra y esa música. Una belleza intrincada. Una belleza que busca consuelo y sólo encuentra más desesperación: "No puedes llorar, porque parecerías hundido/Pero estás llorando igual, porque estás hundido del todo" (Family affair)
Aaron Sorkin no es ni Séneca ni Sly Stone, más bien todo lo contrario, pero comparte la visión del mundo de sus comentaristas y tiene esperanzas de reforma. Es la visión de Diderot y Greil Marcus transformada en narración ideal, en una tercera vía. Aaron Sorkin nos ha querido mostrar que la frase hecha "Mira, es lo que hay..." es la peor manera de mentirse a uno mismo. "Claro que hay más, dice Sorkin: podría haber esto que ahora os muestro."
"El Ala oeste de la Casa Blanca" se empezó a emitir en 1999, el último año del mandato de Bill Clinton, y nos presenta, lo diremos rápido, un gobierno de los Estados Unidos imposible, una Atenas de Pericles tal como nos gusta imaginarla y no como fue. El presidente es Premio Nobel de Economía y, además de poseer una bien medida capacidad de liderazgo, lo sabe todo. Es un científico (si la Economía es ciencia, que yo creo que es hechicería) y un humanista. ¿Tiene ese presidente bajo sus órdenes a subalternos que puedan estar a su altura? De sobra. Los que escriben los discursos son, ya que lo hemos citado, reencarnaciones de Diderot políticamente adecuadas (que no correctas - ni incorrectas tampoco). Las señoras, en sus diversos papeles de secretaria de prensa, primera dama, analista de campaña sordomuda o hasta puta de alto standing son, casi al unísono, una reencarnación de Dorothy Parker con sólo un martini en el cuerpo. Hasta los republicanos tienen dos o tres mentes bien afiladas. Estamos ante un gobierno ideal que debe bregar con este bajo mundo, que es complicado, lleno de malicia y de injusticia, sí, pero superable. No es un mundo como debería ser, pero ahí están esos hombres para lograr que sea algo mejor con su brillo y su esfuerzo. También son humanos, sí, pero, jo, qué humanos.
En las dos primeras temporadas de la serie, ese gobierno (un Camelot de Kennedy elevado al cuadrado, un gobierno de Clinton sin lamparones) luchó contra extremistas de todo cuño, contra el demonio de las armas, contra un supuesto intento de magnicidio, contra extorsiones de diversa índole, contra los fantasmas de Oriente Medio. Una y otra vez nos explicaba lo fácil que es convertirse en cómplices de la corrupción generalizada. Los protagonistas de "El Ala Oeste de la Casa Blanca", siendo poderosos como eran, se hallaban tentados a cruzar esa línea que te hace indigno, pero ganador, luchaban contra esa tentación, se las ingeniaban. "Nosotros no hacemos esto" era su divisa. ¿Cómo podíamos nosotros, espectadores, humanos del montón, aguantar a esa pandilla de inmaculados lechuguinos sabelotodos? Porque las historias eran buenas o muy buenas, el diálogo brillante y la puesta en escena dinámica. Que levante la mano quien lo niegue, que le llamaré mentiroso: los episodios del "Ala Oeste..." empujaban a la emulación, te levantabas del sofá y te decías "Yo también puedo", dejabas de ser un cínico, un gandul, un vergonzoso o un gilipollas que vivía en el mismo sitio en que su presidente, un antiguo inspector de Hacienda, repetía con voz de pato "España va bien, España va bien...". Y te alegrabas de que ese hombre no siguiera siendo inspector de Hacienda, porque se supone que es un oficio con mayor responsabilidad que el de títere. De alguna manera, mientras duraba la sensación, te dabas cuenta, aunque fuera ingenuamente (lo que no está nada mal) que tu vida no dependía del tío del bigote, ni de tu jefe, ni de esa esterilidad absoluta en todos y en todo, de esa enfermiza falta de ilusiones, de ese ganar los malos siempre sin que ni siquiera se juegue el partido.
Entonces llegó el 11-s y nos enseñó que, como dicen en el Rey Lear, "Aún no estás en lo peor mientras puedas decir 'Esto es lo peor'". Casualmente, a partir de ese momento, se pusieron de moda los libros sobre los nazis y la Segunda Guerra Mundial, supongo que por una maniobra inconsciente de la astucia de la razón comercial. Una vacuna para los semicultos. Y aún sigue la racha, por cierto, y los franceses nos cuelan por la escuadra "Les Bienveillantes", un best-seller de toda la vida con datos duros que cualquiera puede encontrar en "La destrucción de los judíos europeos" de Hilberg, su poco de biografía de Heydrich, su gotita de Barbey D' Aurevilly y un chorro de "Las últimas orgías de la Gestapo", aquella película burra. Los intelectuales se ponen nerviosos y como, no sé por qué, toca hablar del libro, sólo se les ocurre decir con Steiner, dado el gusto del protagonista por Beethoven o Vermeer, que "las humanidades no humanizan". O cantan a coro por las calles: "¡El mal, el mal, es cosa banal!" (o lo contrario). Al parecer, nunca han conocido a hijos de puta con cierto buen gusto, o más aún, a hijos de puta que se las dan de refinados. Y hasta se pueden encontrar novelas inteligentes con muchos datos reales y que no contengan más verdad que un zurullo, o sólo esa verdad. Algo bien real, bien humano, bien constante, el zurullo.
Pero volvamos al "Ala oeste...". Desde el 11-s, Bush ha hecho lo posible para burlarse de su antagonista de ficción, ese Josiah Bartlet (Martin Sheen) que lucha una y otra vez contra los ángeles malos de su interior, espíritus que el mando de un imperio debe potenciar con suma facilidad. Lo de Aznar no tiene nombre, así que lo dejamos, no sin antes mencionar que todos nos hemos encontrado en la vida a alguien como Aznar, que no podemos evitar que los aznares de este mundo nos reduzcan a la nada espiritual. Irresponsables, trepadores, moralmente mezquinos, faltos de sentido del humor, de ingenio, de cultura, de una idea de los hombres y las cosas que no sea el sacarles provecho, de una incapacidad absoluta de estar a la altura de los acontecimientos, camufladas sus interesadas decisiones en los más peregrinos símiles históricos (¡Churchill!, por el amor de Dios) cuando sólo es, y así se ha demostrado, propia conveniencia. Ahora es palmero de Rupert Murdoch. Y los otros, los que hubo antes que él y los de ahora, no son mejores, sólo distintos. Y los puede haber peores, claro. "Es lo que hay...". "Aún no estás en lo peor..." ¡Que vienen los benveillantes!
Aaron Sorkin siempre ha escrito sobre lo mismo. "Algunos hombres buenos", su primer guión, nos lo decía todo en el mismo título. Aunque me parece que hacía referencia a quienes redactaron la Declaración de Independencia, la proposición se extendía a esos otros hombres que, alguna vez, en algún lugar, dan cohesión al mundo y le impiden caer en el caos de la bajeza. Como la estrella Tom Cruise no se halla entre estos hombres y su interpretación en la película se puede calificar de abominable sin paliativos, el mensaje (que no es mensaje, sino actitud) se diluyó en una jungla de muecas, autoconsciencia y excesos interpretativos. De todos modos, en aquella película ganaban los buenos porque tenían la fuerza de la razón, porque trabajaban duro, porque se la jugaban. Lo que nos gustaría que pasase alguna vez.
Años después, tras el éxito de "El Ala Oeste...", pero cuando la serie ya no es sólo inverosímil, sino además incongruente, debido a la, no por implacable y aterradora, completamente estúpida evolución de la realidad, Sorkin lo intenta de nuevo. La nueva serie, "Studio 60 on Sunset Strip" se centra en el mundo de la televisión. Todos vuelven a ser inteligentes, brillantes, dinámicos, incansables. Todos son conscientes de su talento y todos saben la fragilidad de ese talento cuando se somete a las fuerzas absurdas, pero bien reales, de este mundo. La serie tiene el mismo arranque de "Network", pero mientras esa gran película optaba por el apocalipsis y lo grotesco, por un lado (y bien profético que fue, por cierto, y qué poco grotesco parece ahora) y el dolor y el estoicismo, por otro, esto es, tenía mucho más que ver con una combinación de Séneca y su casi contemporánea "There's a Riot goin' on" que con el idealismo, "Studio 60" toma la dirección contraria. Se puede hacer un gran show de televisión, se puede dignificar el medio, darle significado, elegancia, elevación y entusiasmo, si se cumplen los requisitos adecuados, si se salvan los obstáculos, si se lucha. Todo vuelve a ser poco menos que imposible ¡pero qué ganas de que la realidad se parezca sólo un poco a eso! ¡qué hambre de cierta grandeza, de ser competentes y hacernos libres y poder decir: "¡esto lo hicimos nosotros!" "¡este es nuestro legado!"
Advertencia: esta serie está especialmente recomendada para todo aquel que trabaje en equipo y/o le guste su trabajo. Además, de la gente de la televisión, periodistas de diversos medios y artistas de variada índole se sentirán estimulados por su visionado. Absténganse cenizos, burócratas de espíritu, niñatos que se creen que están de vuelta cuando aún no han ido, personajes diversos que se han convencido de que el cinismo lo han inventado ellos, políticos en activo (pero no políticos en ciernes) y, en general, envidiosos del talento de Sorkin, el cual, por cierto, en "Studio 60", libre de corsés patrióticos, alcanza su mayor altura. Un talento que quizá se base en un espejismo del consuelo, pero me gusta.
Escrito por Francisco Casavella
a las 12:50 |
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La tele luce que da gusto verla (I) |
04/12/2006 |
Capítulo 1: No apta para mayores
El mundo está de acuerdo por una vez: vivimos una nueva época dorada de la televisión. Y dicen nueva, porque al parecer hubo otra más antigua. Fue la televisión en directo de los años 50 en Estados Unidos. Las diversas modalidades de propaganda y la necesidad de un control moral de la audiencia acabaron con ella; dos fantasmas, la propaganda en todas sus formas y la moralina, que, si alguna vez aflojan, enseguida recuperan la embestida, armados de razones de lo más desquiciado para aguar la fiesta. Está visto también que las estrategias creativas para burlar esos espectros tardan mucho más en reagruparse y contraatacar. Por tanto, me atrevo a decir que, si esta presunta época nueva y dorada no dura mucho, ya podemos despedirnos de ver la siguiente. O de verla y entenderla.
Es cierto, prescindiendo de la maligna papilla de cerebro sin circunvoluciones que ocupa la mayoría de la franja horaria, ya ni nos extraña encontramos con series USA de buen ver (la producción BBC, que ha sido más constante y mejor, parece eclipsarse ahora). Este renovado vigor ha empujado a voces que, por regla general, son vehículo de opinión inteligente, a la afirmación de que el mejor cine actual se está viendo por televisión. Que quizá la mejor narrativa actual en cualquier medio surge de la pequeña pantalla. Puede, quizá. Hay mucho que decir al respecto.
Como esta mi serie "La tele luce que da gusto verla" durará unos cuantos capítulos en honor a su contenido –aunque esperemos que no vaya más allá de la primera temporada- podemos ir despacio, saltando de un punto a otro, con el fin de ofrecer un abanico de ideas circunstanciales que rehuya el tópico.
Sin haberlo visto todo, por supuesto, afirmo de entrada que esta Nueva Gran Época Dorada no es tal, o no es tanto. A mi entender, hubo un título que cambió, hasta cierto punto, el modo de entender la forma de las teleseries, "Twin Peaks" la cual prometió bastante más que cumplió, aunque ese poco cumplir tiene mucho que ver con una de las tesis que defenderé a lo largo de las semanas: una serie televisiva se puede interrumpir en cualquier momento por diversas circunstancias, por tanto, seremos clementes si al final no acabamos teniendo demasiado claro "quién mató a Laura Palmer"; una serie de televisión nos ofrece diversos cabos de atracción a los que sujetarnos, algunos de sus aspectos nos gustan más y otros menos, en consecuencia, sentados cómodamente frente a la pantalla, nos interesamos en el aspecto que nos gusta y nos dedicamos a contemplar musarañas cuando llega la parte boba. ¿Alguien puede con los forzados insertos patrióticos de "El Ala Oeste de la Casa Blanca"? A eso me refiero. El mérito de "Twin Peaks" fue reescribir la televisión. Reescribía "Peyton Place", reescribía "Twilight Zone", reescribía "El agente de CIPOL" (aunque sólo fuera por el asombroso parecido entre Robert Vaughn y Kyle MacLachlan) y, en cierto modo, reescribía "Alfred Hitchcock Presenta" (por lo siniestro en lo cotidiano y por buscar la presencia de David Lynch de un modo original y catalizador). La cuestión que queda en el aire es la de los niveles de exigencia, la tendencia a no crearnos demasiadas expectativas con el material que traiga de fábrica el marchamo "T.V.". Con esa afirmación pretendo que el lector reflexione sobre el siguiente punto: si "Fuego, camina conmigo" hubiese sido un episodio (o dos) de la serie en lugar de una película independiente ¿no hubiésemos afirmado que nos encontrábamos ante gran televisión? ¿por qué entonces todo el mundo –excepto fans irredentos- se empeñó en no verla como buen cine? Ese es uno de los puntos en los que me gustaría profundizar.
Entre tanto y más acá, de la pequeña pantalla han surgido otras dos series que pasarán a los anales de la narrativa: "Los Simpson" y "Los Soprano". Desde aquí saludamos a sus respectivos creadores: Matt Groening y David Chase. Muchachos, habéis conseguidos varias cosas grandes. Entre otras, que nadie diga: "¿Y quién la dirige?" ¡El director nos importa un rábano! ¡Nos importa la historia! ¡Nos importan los diálogos! ¡Nos importan los actores y las actrices! ¡Nos importan los personajes, los hacemos nuestros! ¡Nos importa el merchandising! ¡Nos importa la camiseta del Bada-bing! ¡Nos importa el lento paso del tiempo entre una entrega y la siguiente! Pero el director... Sigue haciendo su trabajo, claro, que para eso le pagan, y muy bien, pero ya no puede salir a dar lecciones de genialidad. Y es un descanso.
Como sobre "Los Simpson" y "Los Soprano" ya han corrido ríos de tinta, pasemos a otros asuntos. Empezaré por el más ridículo.
Entre estas nuevas series de éxito, hay algunas de mucho, mucho, éxito. Habría que prohibirlas. Sí, me han oído bien. Son perjudiciales. "No aptas para mayores". La más perjudicial de todas es "Doctor House". La idea es buena. Surge de la típica inversión de papeles o, darle la vuelta al guante, que se suele aconsejar a los escritores cuando están bloqueados en algún punto de la historia. Pensamientos del tipo: ¿y si el rey de la mafia fuera una mujer? ¿y si el psicópata asesino y violador fuese un niño? ¿o una niña? ¿o un niño-niña? ¿o un cartón de leche? ¿y si los bondadosos ancianos de ese geriátrico formasen una célula de antiguos agentes de la Guerra Fría que ahora mueven los hilos del mundo desde su pista de petanca? ¿Por qué no hacer la típica serie de médicos en la que el doctor protagonista sea un individuo megaborde, pero con ese vago encanto del maldito, más de sucia taberna que de inmaculado hospital? ¿Un cruce entre Marcus Welby, Sherlock Holmes y nuestro tío favorito y prematuramente difunto?
Con la chispa de la idea entusiasmando a todos, se ficha a un actor desconocido para el público americano, entre otras razones, porque ningún actor norteamericano quiere arrojar su carrera por el desagüe si aparece haciendo el borde y cancelan la serie en el episodio piloto. Pues miremos la cantera británica. La gran cantera británica da para mucho. Además, los ingleses saben colar una gracia sin decir a la vez: "Estoy haciendo una gracia". Al actor escogido, Hugh Laurie, le damos luego un aire, así, a cama sin hacer, lo metemos en medio de la típica serie cursi y a ver qué pasa. En realidad, los creadores de series hacen con el público lo que solíamos hacer con nuestro hermano pequeño. "Si le cojo por los tobillos, y le cuelgo por el balcón, a ver qué pasa..."
Hugh Laurie. Sí, ese desconocido para el público americano. Ese actor reconvertido ya, quizá para siempre, en el sufriente mal bicho que las encandila. Ellas quieren sacar el ángel que, en hipótesis, palpita tras esa coraza de rencor y talento. Si queréis un consejo, amigas, a menos que disfrutéis padeciendo, no hay que esforzarse mucho con esos tipos. Cumplidos los veinte, lo que veis, es lo que hay. Y ese pollo pasa de los cincuenta. Aunque tenga cuarenta y siete.
Pero volvamos a Hugh Laurie sin habernos ido, tal que si nosotros mismos confundiéramos actor y personaje. ¡Hugh Laurie! ¡El incisivo Hugh Laurie! ¡El gran desconocido para el público USA! Pero nosotros no somos el público USA. Nosotros nos lo tragamos todo. Y hubo una época en que nos tragamos, y con mucho gusto, diálogos como el siguiente:
Príncipe Jorge: Verás, Blackadder, anoche ocurrió algo de lo más extraordinario. Estaba yo picoteando algo en el Club del Horrible Fuego del Infierno, y un tipo dijo que yo tenía el cerebro y la sofisticación de un burro. Blackadder: Una sugerencia absurda, señor. P. Jorge: Tienes razón: es absurdo. Blackadder: A menos de que se tratara de un burro particularmente estúpido. P. Jorge: ¿Ves? Si se me hubiese ocurrido eso... Blackadder: Eso sucede a menudo, señor. Se nos ocurre tarde lo que deberíamos decir. Sir Tomás Moro, por ejemplo, quemado vivo por no renegar de su catolicismo, debió de haberse maldecido mucho a medida que subían las llamas porque no se le había ocurrido decir: "Renuncio a mi catolicismo" P. Jorge: Bien. Sí, verás. Mmmm... El otro día, el primer ministro Pitt me llamó gorrón holgazán. Y no fue hasta mucho después cuando pensé lo inteligente que habría sido decir: "¡Muérete, grandísimo pedo!". Debo mejorar mis conocimientos, querido Blackadder. Quiero que la gente diga: "Ese Jorge es tan listo como un palo en un cubo de desperdicios". Blackadder: ¿Y cómo sugiere que se podría realizar ese milagro, Alteza? P. Jorge: Muy fácil: me haré gran amigo del hombre más inteligente de la Gran Bretaña. Esa famosa mente, el doctor Samuel Johnson, me ha pedido que sea mecenas de su nuevo libro. Y pienso aceptar. Blackadder: ¿El tan esperado diccionario, señor? P. Jorge: ¡Oh! ¿Qué importa el título mientras tenga un montón de buenos asesinatos? Creo que es una obra maestra.
Ahora, la pregunta obligada: ¿cuál de esos dos personajes de la portentosa serie Blackadder (La víbora negra) interpreta el actor Hugh Laurie? Acertaron: el príncipe Jorge. Y estoy seguro de que el actor Hugh Laurie no es tonto de remate. Interpreta sus guiones. A veces unos, otras veces otros. Y lo hace bien. Para que lo vayamos entendiendo: el actor Hugh Laurie no es médico; el actor Hugh Laurie no dice lo que acaba de pensar; el Doctor House es un personaje inventado.
Todo esto no lo digo porque sea yo el tonto, aunque lo esté pareciendo. Insisto en lo obvio y lo difundo porque hasta mis oídos ha llegado la noticia funesta. La moda "Hacerse el House" se está extendiendo -lo diré, sí- tal que una enfermedad contagiosa por los centros hospitalarios de este país. Como niños que a la salida del cine donde se proyecta una película de ninjas comienzan a contorsionarse, saltar, patear, gemir y, en resumen, hacer lo que en un contexto adulto llamaríamos "el imbécil", el personal médico de sexo masculino, el más sensible de siempre a mala influencia de la televisión, está empezando a dejarse barba de tres días y a soltar insolencias. Lo sé de muy buena tinta. El síndrome House, por decirlo a lo funky, is in the house.
UN CASO VERÍDICO
Mi buen, mi gran, mi más antiguo amigo, al que llamaré F. tuvo que ser hospitalizado durante una semana en la que, casualmente, la serie del médico bocazas hacía furor. A F. le resultó extraño que al llegar a Urgencias más muerto que vivo, fuera recibido por un camillero con una risita y una mirada tipo "algo se me ocurrirá o se me tendría que haber ocurrido". Resulta que F. tenía una anemia severa causada por la hemorragia de una úlcera de estómago. Bien. No. Bien, no. Mal. Muy mal. Casi fatal. Al muchacho lo ingresaron y, amen de padecer duras pruebas francamente repugnantes que me describió con más minucia de la requerida, soportó con estoicismo las chanzas de algunos miembros del personal clínico poseídos por el síndrome House. Como F. llevaba, según qué temporadas, una vida algo irregular, sus análisis sanguíneos y de orina se salieron del mapa, dieron la vuelta al marcador, en muchas y muy diversas y, hasta algunas muy exóticas, y hasta otras que se creían extinguidas, sustancias.
F., que es mi amigo, y un gran amigo, y tan antiguo que casi no recuerdo por qué lo es, muy simpático cinco minutos al año, pero con buen fondo, estaba harto de esa clonación House del personal médico (masculino, me ha insistido). Así que, por fin, se dijo: "Yo también vi la televisión alguna vez. Y no sólo la teletienda cuando llegaba a casa confundido. Quizá no vuelva a ver otra imagen que la de ese gota a gota. Pero vi muchas en mi pasado. Y, ay, no soy poco lenguaraz. Así que no me vuelva ningún guasón con paridas".
Y llegó un médico, otro médico:
Médico: A ver, a ver esa cara... ¿Qué? ¿Cirrosis o algo peor? ¿Qué? ¿Te gustaría morir? F. (hirviéndole la poca sangre que le quedaba): No sé, no lo he probado antes... Médico: ¡Vaya! ¡Un graciosillo...! ¡El graciosillo pálido! ¡El graciosillo más blanco del mundo! Sino fuera porque aún sudas whisky y emanas alcaloides creería que le estoy hablando a la almohada. F.: Oiga, ¿por un casual no será usted aficionado a esa serie.... A la serie de ese médico...? Médico: ¿A House? Ja, ja... ¿Te has dado cuenta? F.: Ja, ja... Vaya tío ese doctor ¿eh? Oiga, además de ser tan gracioso, ¿no le gustaría cojear como él? ¿De las dos piernas? Médico: (SILENCIO BECKETTIANO) F.: Y otra cosa, jefe. Máteme si quiere, pero no me tutee.
Jóvenes del mundo. No dejéis que vuestros padres vean la televisión a solas. O a escondidas. Sobre todo, si son médicos. Sobre todo, si ven "House". También hay capítulos de "Los Soprano" que transcurren en un hospital.
Escrito por Francisco Casavella
a las 12:48 |
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1.- Durante las últimas semanas he dejado de leer periódicos. No me pregunten por qué. La mera pregunta, me enciende. Así que, sin leer periódicos, ni revistas del ramo, ni nada, fui el domingo con mi novia a ver la última película de Scorsese. Ustedes sabrán mucho más que yo de ella (de la película, no de mi novia), así que no hace falta que les cuente demasiado. El asunto es que, consciente de que iba a un estreno, al cabo de unos quince minutos me asoló un estado de ansiedad, no agudo, pero tampoco leve. Y no era por que Leonardo di Caprio clavase un palo de bajar persianas en la cara de un gangster: esa dulce estampa la imagino varias veces al días siendo yo Leonardo, por supuesto, y el otro, pues, otro cualquiera. Nada de eso. La angustia provenía de la siguiente idea: "Esta película ya la he visto". Pero era imposible que la hubiera visto. La estrenaron el viernes, no sé nada de ella y, excepto en lo de agujerear caras, parece bastante original... Así que le iba diciendo a mi novia, "ahora pasará esto", y luego "y ahora pasará esto otro". ¿Creen ustedes que me gané su admiración, que sumé puntos? Ni hablar. Ella sólo tenía ojos para Leonardo. De hecho, ella tampoco estaba viendo la película, sino un partido Leonardo di Caprio-Matt Damon. Cada vez que salía Matt Damon abucheaba. Lo juro.
Como ustedes son listos y despejados, y por eso me leen y luego escupen, no habrán tardado en deducir cuál era mi caso. En cuanto llegué a casa comprobé que Infiltrados es un remake de la película hongkonesa Mou gaan dou también conocida como Infernal Affairs. "Así que era eso", me dije. Y fue lo único que me dije, porque según me constaba, yo la última película hongkonesa que he visto es Kárate a muerte en Bangkok y de eso hace ya sus décadas. Así que el domingo por la tarde, en lugar de vivir una depresión melancólica, tan de ese día, que ha matado a más hombres que las bombas, me dediqué a revolverme por el suelo, a estirarme de los pelos y a preguntarme "¿Cuándo habré visto yo Mou gaan dou, en qué circunstancia, por qué? ¿Y esta cicatriz? ¿Y mi riñón, qué le ha pasado a mi riñón? No hay nada como tener un objetivo en la vida. La noche había caído ya sobre la ciudad, cuando di con la respuesta.
2.- No pregunten demasiado los motivos (y, sí, así funciona el mundo) pero una vez fui jurado del Festival de Cine Asiático. Basta con que me propongan algo para sentirme querido y aceptar. Soy una persona muy fácil. Obvié decir a los organizadores que, en efecto, sé dónde está Asia y, en efecto, eso es lo único que sé de Asia, todo por vivir unos días de camaradería y evasión. Vi varias películas, los organizadores y compañeros de jurado fueron muy amables conmigo y, en una de esas, pasó ante mis ojos Mou gaan dou. Si hay algún chino leyéndome, pido disculpas, pero bastante trabajo tenía en recordar que el infiltrado en la tríada llevaba barba y el infiltrado en la policía carecía de ella, para, digamos, hacerme una idea cabal de qué iba la película y que otro chino era cual. Y me gustaba la película, vaya que sí, aunque no entendía la mitad de la mitad, como, por otro lado, me pasa siempre que veo cine oriental. Me persigue la sensación de que me estoy perdiendo algo, o mucho, o casi todo. Así que allí quedó, en mi subconsciente, o en cualquier otra recámara cerebral, el extraño y complejo artificio de Infernal Affairs. A la hora de las votaciones, ninguno de mis compañeros parecía demasiado interesado en esa película en concreto. Así que me dio vergüenza votarla.
Es curioso, pero el acto más cercano a la política efectiva al que he tenido acceso es hacer de jurado. Uno puede vivir en sus propios sesos cómo le funciona la cabeza a un político. Para empezar, como uno quiere que le quieran, no se expone demasiado. Si ve que su causa es una causa perdida, busca el mal menor. Y, sobre todo, quiere imponer su imagen antes de que aparezca la imagen que supone que tienen de él. Por eso no voté Infernal Affairs. Para que nadie dijera: "A este sólo le van los tiros". No, amigos, ahí no me iban a pillar. Defendería hasta la muerte la sensible y, a veces, sarcástica historia que trajeron del buen Kazajastán y odiaría un peñazo tailandés de nuestro gran amigo Apichatpong Weerasethakul llamada Blissfully Yours. Es decir, si hacía lo que quería iba a ser por defecto. Eso es ser un político. Y ganó Kazajastán. Eso es ser un político ganador. Por lo menos, hasta que uno sale a la calle y no encuentra taxi.
En cualquier caso, la moraleja es que no hay que ser especialmente retorcido para descubrir que uno se comporta de un modo retorcido sin que le aprieten mucho. Cuando esa acción se eleva a determinada potencia, tenemos la vuelta al guante del mundo de las apariencias que nos presenta Infiltrados. El mundo es idéntico a cómo lo vemos y, a un tiempo es completamente diferente a cómo lo vemos. Si comprendemos eso, lo comprendemos casi todo. Pero, o lo comprendes, o reaccionas a ello. Hacer las dos cosas a la vez es muy difícil.
3.- ¿En que se parece la geometría de Lovacheski o geometría no euclídea hiperbólica a un determinado tipo de cine que, aún no sé si es netamente oriental o es occidental a ratos? Veamos. Dicha geometría explica que un plano está formado sólo por los puntos interiores de un círculo en el que todas las posibles líneas rectas son cuerdas del círculo. Creo que, determinado cine, es una variante de esa geometría. La acción pura en detrimento de los personajes nos está explicando mucho más de lo que parece: su intención va más allá del realismo o de la verosimilitud. En Yojimbo de Kurosawa (1961) es donde veo la primera expresión de alguien que interpreta el mundo, o el mecanismo social, como Lovacheski interpretaba el espacio y actúa en consecuencia. Por un puñado de dólares de Sergio Leone es un plagio de Yojimbo por lo que deberíamos interpretar que, como el yoga, el kung-fu o el pollo Kun-Pao esa es otra de las cosas que debemos al medio y extremo Oriente. Sin embargo, entre Yojimbo y su plagio hay otra película que merece nuestra atención: se trata de El confidente de Jean Pierre Melville. La versión original de esta película se llama Le doulos que, en argot significa sombrero y chivato. Además de rogar encarecidamente que se edite en DVD porque es una obra maestra, Le doulos comparte ese espíritu entre geométrico y oriental al que nos referimos. Todo es más retorcido que un sacacorchos para mostrarnos finalmente lo normal, o lo que entendemos por valores normales. En este caso, como en Infiltrados, la lealtad. Le doulos está basada en una novela de Pierre Lesou del año 58 que no he leído, pero que en Melville existía una influencia del cine oriental se ve claro en Le samourai o, como se llamaba en España, que así daba gusto, El silencio de un hombre. Mellville tomó al samurai más raro y profesional de Los siete samurais de Kurosawa y lo convirtió en un asesino a sueldo que traza un laberinto por las calles de París. Pero hay más, si queremos complicar el asunto. Muerte entre las flores de los Hermanos Coen es, a un tiempo, y eso es mucho mérito, un semiplagio de Le Doulos y un semiplagio de Cosecha Roja. Si nos atenemos que la novela de Hammet es, en mucho, anterior a todo este galimatías obtendremos como resultado que el invento es netamente occidental. Después, y como colofón, ya sólo queda Reservoir Dogs de Tarantino, que es semiplagio de City on fire de Ringo Lam, y también pudiera serlo de Distrito V de Julio Coll. Aunque de eso, podemos hablar otro día.
El asunto es, insisto, que determinado cine policial ha ido más allá del realismo para ofrecernos una versión del mundo mucho más inquietante que hace temblar la conciencia de quienes somos, quienes son ellos y cómo funcionamos todos.
4.- No crean que es fácil despedirse de mí. Ya que Infiltrados es una película de la confusión entre buenos y malos, policías y ladrones y ratas y gatos, y además sucede en la ciudad de Boston, aprovecho para recordar una gran película olvidada que, de un modo más realista, trataba el mismo asunto y sucedía en la misma ciudad. Me refiero a El confidente (no el de Melville, sino el de Peter Yates) una soberbia interpretación de Robert Mitchum en una magnífica adaptación de la novela de George V. Higgins que aquí se llamó El chivato (esta sí que la he leído y es muy buena). En inglés, película y novela llevaban el muy cínico nombre de The friends of Eddie Coyle. Reivindico de nuevo una edición en DVD ahora que no leo los periódicos. Supongo que a estas alturas ya no hará falta que explique por qué.
Escrito por Francisco Casavella
a las 10:50 |
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Francisco Casavella
Francisco Casavella se llama en realidad Francisco García Hortelano y nació en Barcelona el 15 de octubre de 1963. Ha practicado diversos oficios sin pasar en ninguno de ellos de la categoría de aprendiz. Considera que desde hace diecisiete años se gana la vida como escritor aficionado. Por lo tanto, aquí hay un error. Ha publicado las novelas "El Triunfo" (1990), Quédate (1993), "Un enano español se suicida en Las Vegas" (1997) y "El Día del Watusi" (2002-2003) aparecida en tres partes tituladas "Los juegos feroces", "Viento y joyas" y "El idioma imposible". Ésta última ha sido traducida al francés, alemán, holandés, italiano y en octubre será publicará en inglés por la prestigiosa editorial Faber. Ha ganado algún premio, pero tan excéntrico como la relación del autor con el medio cinematográfico. Colabora en el suplemento de libros de El País. Una vez leyó en Internet el comentario de un lector: "Cuando no sé qué hacer, abro "El día del Watusi" por cualquier página". Al leer eso, al autor le dio un vuelco el corazón.
Próximas aventuras: "El secreto de las fiestas" (novela): Mondadori. Septiembre 2006. "Lo que sé de los vampiros" (novela): O como Napoleón dijo lo más certero sobre la Historia Universal, mientras huía de cientos de conejos. ¡Hecho real! En su librería en el 2007. "La verdadera historia de la verdad" (ensayo). Galaxia Gutenberg. 2007 |
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LO
QUE LEO:
El pequeño Wilson y el Gran Dios y Ya viviste lo tuyo. Anthony Burgess. En cuanto llega el otoño, cae la hoja y, a veces la moral. Es el mejor momento de leer o releer las memorias de uno de los mejores escritores ingleses de la segunda mitad del siglo XX. Humor y una manera de ver la vida, nada complaciente, y bastante cascarrabias, pero que, de algún modo, te reconcilia con ella. Las ediciones en castellano son difíciles de encontrar. Pero valen la pena. Desde luego que sí. |
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ESCUCHANDO:
Doo Wop Vocal Group Greats (Shout/TJL). Una de las mil recopilaciones sobre grupos vocales de los 50 y primeros 60. Siempre se encuentra una joya. Siempre. |
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