El camino del zigurat |
01/07/2009 |
Desde que el mundo es mundo, la Humanidad siempre ha necesitado de víctimas sacrificiales para elevarlas a los altares. El Hombre precisa de mitos como del aire para vivir. Su elevación ritual da continuidad y coherencia a nuestra civilización, nos conecta con aquellos Baal, aquellos Aqueloo a los que debíamos entregar, para calmarlos, corderos tiernos o jóvenes vestales. James G. Frazer, que en los cuarenta del siglo pasado deslumbró al mundo con La rama dorada, auténtica Biblia de la antropología moderna, nos enseñó que el oficio de mito viviente, contra lo que pueda pensarse, casi siempre resulta arduo. Al candidato se le reclama, entre muchas otras cosas, una muerte prematura, y no por capricho, sino porque los devenires de una vida prolongada, con sus inevitables errores y deslices, desgastan la altura mítica hasta correr el incómodo riesgo de igualarla a los mortales. De ahí que, a menudo, como ocurría – y sigue ocurriendo aún- en algunas tribus lejanas, la sociedad moderna necesite, clame, exija en silencio la muerte física del futuro mito para encumbrarlo definitivamente. Es un ciclo milenario que, no por conocido, deja de ser menos trágico. La sociedad global, por ejemplo, esta semana ha enviado al Olimpo a un nuevo dios, y respira tranquila. Su vida terrenal atentaba de forma tan persistente contra su condición de deidad viviente que apenas la muerte era ya la única salida. Pasó con Elvis. Después de aquel proceso de deterioro, de abotargamiento, de aquellos trajes imposibles que hoy hacen las delicias de los imitadores; después de zaherir sin descanso al amor entregado, adolescente, que le profesaba el mundo entero, sólo le quedaba morir. Morir para seguir viviendo. Esa misma era la tragedia de Michael Jackson: la de sentir el aliento, la voz queda del orbe invitándolo a tomar el camino del zigurat, a tumbarse en el pétreo lecho sacrificial y dejar que las nubes se abriesen y las manos bajasen para llevárselo consigo. Algunos, en estas horas de luto pop, se sorprenden de la dimensión mediática adquirida por la muerte del patético personaje que en vida fue Michael Jackson, pero esa sorpresa sólo revela una incomprensión profunda de los mecanismos de purga, ensoñación y esperanza que alimentan a la Humanidad desde los albores de su existencia. El nuevo mito, en rigor, buscaba la muerte desde el mismo momento en que negó el color de su piel, una decisión tan herética que ni siquiera figura en los doce tomos de la versión magna de La rama dorada. Luchando contra el color de su piel, conquistó el no-color, que es el color de los mitos, y el de los recuerdos. Sus extravagancias nos enviaban un mensaje. Y el mensaje, por fin, fue entendido.
Escrito por Álvaro Otero
a las 10:9 |
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El momento tótem de ZP |
17/06/2009 |
Todo partido político, en el ejercicio del poder, antes o después debe enfrentarse a la necesidad de derribar alguno de los tótems ideológicos sobre los que construyó su historia, su victoria en las urnas, acaso su identidad. Es siempre un espectáculo dramático, el del líder que se debate entre el pragmatismo de la gestión y las sombras de sus viejas ideas, de sus promesas electorales. Ante ese trance, que acaba llegando inexorablemente como en los niños llega el sarampión, unos cogen el toro por los cuernos y otros marean la perdiz. Felipe González fue de los primeros. El rechazo a la OTAN había formado parte esencial del ideario de su partido, de aquel antimilitarismo ingenuo que aún defendía la izquierda europea de los ochenta, pero él, tras el inevitable periodo de digestión, y en un giro político que hoy, en perspectiva, resulta admirable por su valentía, fue capaz de transmutarse en defensor de la permanencia de España en la Alianza y, por si fuera poco, convocar y ganar un referéndum que era, en rigor, un plebiscito sobre sí mismo. El tiempo, por cierto, le ha dado la razón. La permanencia en la Alianza, que ninguna izquierda europea discute ya, acabó contribuyendo, entre otras cosas, a modernizar y democratizar el ejército español, lo cual no es moco de pavo. Fue, el de la OTAN, un gran tótem ideológico, uno de los grandes. Y otro, aún erecto, es el de la oposición a la energía nuclear, simbolizada ahora en el eventual cierre de la central de Garoña, con el que Rodríguez Zapatero le ha tocado lidiar. Opiniones hay para todos los gustos, pero lo cierto es que países que siempre han marcado tendencias históricas, como Francia, hace tiempo que apuestan por ella; que es la energía más barata; que en cuarenta años de energía nuclear en España no se ha registrado un solo afectado por su causa; que hablar de las energías renovables como posible alternativa es un mal chiste; que su problema principal, los residuos, al menos es un problema controlado; y que enarbolar en su contra a Chernóbil, resultado trágico de la decadencia de la URSS, equivaldría a enarbolar el Prestige contra el uso del automóvil. Por esas, y por muchas razones, cerrar hoy Garoña, a pesar del amplio margen que le concede el Consejo de Seguridad Nuclear, sería un desperdicio injustificable y un grave error, así que la forma en que el actual presidente del Gobierno resuelva este dilema nos dará también su medida como dirigente de largo aliento, capaz de poner en solfa sus más acendrados axiomas en aras del bien común, o, por el contrario, como político de regate corto, condicionado por el ruido mediático. Como político, en fin, mareador de la perdiz. Veremos qué hace. Al igual que Felipe con la permanencia en la OTAN, el momento tótem de ZP ha llegado.
Escrito por Álvaro Otero
a las 11:25 |
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Al Capone no fue encarcelado en Alcatraz por tráfico de drogas y proxenetismo, sino por evadir impuestos. Sólo a través del delito fiscal se le pudo echar el guante. En Italia, ahora, Silvio Berlusconi se asoma inexorablemente al abismo de la dimisión, y no por sus desmanes, sino por su afición a las velinas. El término velinas, prácticamente desconocido fuera de Italia y con el que allí se refieren a las llamativas presentadoras que proliferan en la televisión, está a punto de hacerse un hueco estelar en los manuales de la democracia moderna y sus formas de degradación. En rigor, el rijo incontrolado de Il Cavaliere –Cavaliere, ya, de la triste figura, como titulaba estos días un articulista del diario L´Unità- debería traernos al pairo. Allá cada cual, velinas incluidas, con su nivel de tolerancia y de dignidad. Pero ocurre que esos guateques imperiales, más que un componente festivo o sexual, exudan un tufo trujillano, caudillista y extemporáneo, propio de aquellos chivos bananeros que asediaban a las mujeres y a las hijas de sus ministros mientras éstos les rendían pleitesía. Berlusconi lo ha podido todo en Italia. Arropado por su enorme imperio mediático, ha segado la hierba de la dinámica democracia italiana hasta hacerla irrespirable, logrando cambiar las leyes en función de sus necesidades personales y saliendo siempre airoso de decenas de procesos que han llevado a la cárcel a algunos de sus colaboradores más directos, sin afectarle jamás a él. Ha convertido un país tolerante en una república que promueve leyes neofascistas contra gitanos e inmigrantes, y donde el ejercicio de la crítica a su persona y a su gobierno apenas encuentra espacio entre las infinitas ramificaciones de su poder. Sin embargo, en Italia, a pesar de los Calígulas y Adrianos de su tradición clásica, proclives por igual al harén y a los efebos, la influencia vigilante del Vaticano cuajó hace siglos en un perfil de líderes andreottiano, tanto más asexuado cuanto más intrigante, en el que las boutades y excesos de don Silvio comenzaban, desde hacía tiempo, a encajar con dificultad. Por eso, ahora, el espectáculo de los cumpleaños de menores, de las fiestas inocentes y hasta de los ex ministros extranjeros paseándose al borde de la piscina en generoso despelote colisiona con ese estilo secular y aproxima a Berlusconi a la figura trágica de los Borgia, epítome de lo más oscuro de su Historia. Sus días como primer ministro, pendiendo apenas de nuevas imágenes, de nuevas revelaciones, están contados. Lo que no consiguió toda la izquierda en coalición, lo harán las velinas con su belleza y su inocencia. Y el mito de Elena, troyana provocadora de guerras y caídas de reyes, seguirá literaria y felizmente intacto.
Escrito por Álvaro Otero
a las 13:9 |
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Álvaro Otero
Álvaro Otero nació en Bueu (Pontevedra) en 1967. Periodista y escritor, sus artículos y reportajes aparecen regularmente en distintos medios regionales y nacionales. En 1995 publicó la novela corta Waelrad (editorial Nigra), y dos años después Mambrúes a la Guerra (Edicións Xerais). En el año 2000 recibió el premio Nostromo por su novela Días de Agua (Editorial Juventud), y en 2006 apareció su tercera novela, De mar y de muerte (Ellago Ediciones). Reside en la actualidad en Vigo.
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LO
QUE LEO:
La Mansión. William Faulkner. "La Mansión" contiene, a mi modo de ver, todas las virtudes y defectos de este escritor. A ratos intensa, a ratos descuidada, a ratos oscura, a ratos farragosa pero siempre con ese punto fascinante y extraño que crea una suerte de adicción. Un duro hueso que no puedes dejar de roer. A veces, mientras leo a Faulkner, me convenzo de que hoy en día, en estos tiempos de levedad, jamás habría sido aceptado por las editoriales. .
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ESCUCHANDO:
Shostakovich. Jazz and Ballet Suites. Film Music. Creo que ya hable aquí alguna vez del sello Brilliant, una verdadera gozada de relación/calidad precio. Disfruto estos días de un triple CD de Shostakovich con sus "Jazz Suites" y su música para cine y ballet. Todo por poco más de 11 euros. Así, con esa filosofía, se combate la piratería.
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