Luz de la selva |
08/07/2008 |
A raíz de la liberación de Ingrid Betancourt hemos podido ver y leer estos días declaraciones suyas y de muchos otros colombianos que pasaron por la experiencia traumática del secuestro. Todas ellas tienen en común algo que llama poderosamente la atención: la total ausencia de rencor. Ese aplomo de los que han hollado los territorios más extremos del sufrimiento confiere a sus palabras, a sus mensajes, una fuerza inusitada. Es curioso percibir, también, cómo ninguno de ellos se ha radicalizado en sus postulados, sino al contrario: el dolor les ha acercado a la voluntad de acuerdo, de negociación, de conciliación. No hay más que oír a Fernando Araújo, actual canciller colombiano. Tal debió ser la inquina con la que lo trataron que uno lo ve en las imágenes de su rescate, famélico, desnutrido, los ojos abiertos como un gato abandonado, y no consigue reconocerlo. Estuvo seis años preso en la selva, y cuando logró escaparse hasta su mujer se había casado con otro. Le habían destrozado la vida, pero la retomó sin odio, y hoy, cuando habla, convertido en el ministro de Asuntos Exteriores de su país, transmite una calidez especial, la paz interior de quien ha tenido tiempo, incluso, para perdonar a sus verdugos. Su compañero y vicepresidente del gobierno de Uribe, Francisco Pacho Santos, también ex rehén de las FARC, mantiene la costumbre de abrir las puertas de su despacho para sus hijos, así esté en audiencia con el mismísimo Papa. Pacho Santos aprendió, allá en las soledades de la selva, a valorar en profundidad las cosas importantes de la vida, y por eso sus hijos entran a ver a su padre, en el despacho, cuando quieren, a darle un beso delante de cualquiera. Esta actitud, la de Pacho, la de Araújo, la de Ingrid y tantos otros, es la que, tras cuarenta años de violencia inútil, les está haciendo ganar la partida. Ellos representan la verdadera modernidad de América Latina, en contraste no ya con los narcoterroristas puros y duros de las FARC, sino también con la América Latina de revolusiones y antiimperialismo que evoca por estos pagos cierta izquierda despistada y sus ramonetianos trovadores de turno, que escriben mirando de reojo al póster del Che; en contraste con el viejo dinosaurio en perpetuo chándal de Adidas, que carga ahora en su patética senectud contra jóvenes blogueras; o con el espejismo chavista, tan preñado de actitudes y consignas del pasado que está a punto de hacernos creer en la máquina del tiempo; o con el orteguismo sandinista incestuoso y corrupto, vergüenza de la Nicaragua, Nicaragüita, la flor más linda de mi querer. Frente a toda esa América machista leninista, anclada en la mohosa retórica de las venas abiertas, la actitud de Ingrid y sus compañeros de infortunio representa, sí, el futuro y la autenticidad. De las entrañas de la selva y el dolor acabará, a la postre, surgiendo una Colombia y una América Latina nueva.
Escrito por Álvaro Otero
a las 14:24 |
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El expreso de medianoche |
02/07/2008 |
Poco podía sospechar el naturalista y director de documentales Luis Miguel Luismi Domínguez que un viaje a Estados Unidos para visitar a su hijo, estudiante de periodismo en una universidad pública de Arkansas, acabaría con sus huesos en la cárcel. La historia es tan chusca como pavorosas sus consecuencias, e ilustra hasta qué punto la mayor potencia mundial siente un desprecio absoluto por los derechos humanos en general, y por los derechos de los individuos negros o hispanos en particular. El hijo de Luismi Domínguez ya le había hablado de su conflictivo vecino, un hombre con problemas mentales y adicto a las drogas. Poco después de la llegada del naturalista, que viajó acompañado de sus padres septuagenarios, el individuo en cuestión comenzó una noche a aporrear la puerta de entrada de la casa, completamente drogado y quejándose de que hacían ruido. Luismi, preocupado, llamó a la policía, que cuando llegó se encontró al vecino simulando una caída y aduciendo que había sido empujado. A pesar de ser el propio Domínguez quien había llamado a los agentes, fue inmediatamente encañonado, obligado a sentarse en el suelo y esposado delante de sus padres, que lloraban desconsolados. En la revisión posterior de la casa encontraron una estrella de sheriff de souvenir que fue utilizada para acusarle también de suplantación de la autoridad. Sin posibilidad de defensa alguna, lo condujeron a una cárcel local, lo desnudaron, le repasaron todos los orificios del cuerpo en busca de droga, lo enfundaron en el tradicional traje anaranjado y lo encerraron en una celda compartida con otros diez presos. En mitad de la celda había una taza de váter donde debía hacer sus necesidades a la vista de los demás. Tuvo que dormir en el suelo sin poder taparse con las mantas. Estuvo retenido, en fin, en esas condiciones infames, veintiséis horas durante las cuales sufrió el ataque, en plena noche, de un preso enorme y peligroso con el que no tuvo más remedio que liarse a puñetazos, y en las que pudo comprobar, atónito, cómo algunos de sus compañeros de suite eran sacados a pasear a la calle, no al patio, sino por las aceras de la ciudad, con grilletes en los tobillos y encadenados los unos a los otros. Tras muchas gestiones de amigos y del consulado español, Luismi pudo finalmente salir de ese horror, y hoy, apenas unas días después de haber ocurrido todo y alojado gratuitamente en una magnífica casa cedida por la universidad de su hijo –la cara y cruz de la moneda en este contradictorio país- se enfrenta a la imposibilidad de salir de los Estados Unidos hasta que se celebre el juicio…dentro de unos siete meses. Le oí decir que durante su estancia en la cárcel se acordaba de la película El expreso de medianoche, y no es para menos, pero la verdad es que hoy por hoy los Estados Unidos saldrían perdiendo en una comparación desapasionada con la Turquía de hace treinta años en la que Alan Parker situaba la acción de su inolvidable filme. Tal es el retroceso experimentado en la patria de Thomas Jefferson, de gigantes como Walt Witman, que cantó como nadie a la Democracia, en materia de derechos humanos. Más que por Irak, Obama, si antes no lo matan, deberían comenzar por limpiar su enorme y sucio patio de casa.
Escrito por Álvaro Otero
a las 9:2 |
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Cuando, alcanzando la página 834, comienza a vislumbrarse el final de Vida y destino, sin duda una de las grandes novelas del siglo XX, su autor, Vasili Grossman, se sumerge de pronto en la mente de Stalin cuando acaban de informarle que sus tropas han roto el cerco a Stalingrado y que el ejército alemán se repliega. Sabe que es una batalla que cambiará el curso de la Gran Guerra y, por tanto, de la Historia, pero sobre todo sabe que esa victoria, ese cambio de rumbo ejecutado en apenas veinticuatro horas tras largos meses de sangre y fuego, borrará como por ensalmo los excesos por él cometidos en los años precedentes, los millones de muertos y represaliados, la colectivización forzosa, los desplazamientos de cientos de miles de personas, las hambrunas provocadas por su poder atrabiliario y obsesivo. Stalin no es mejor que ese Hitler cuyos ejércitos se retiran ahora sobre el frío devastador del noviembre calmuco, pero el éxito, frente al fracaso del Führer, le redimirá. "No sólo había vencido al enemigo presente –escribe Grossman-, también se había impuesto sobre el pasado. La hierba crecería más espesa sobre las tumbas campesinas de los años treinta". Y añade más adelante: "Sabía más que nadie en el mundo que a los vencedores no se les juzga". Es ésta una verdad, una evidencia que nos asalta a cada paso, y el último capítulo ha sido la concesión estos días del Premio Príncipe de Asturias de Comunicación a Google. No puedo imaginar tamaño despropósito. Premiar a esta herramienta es premiar el éxito por encima del compromiso, justo lo contrario de lo que, supongo, está en el espíritu de ese galardón. Google es un invento fascinante, pero su utilidad nada tiene que ver con la lucha por un mundo mejor. Lo demostró en China, donde sus fundadores no dudaron en plegarse a las exigencias de su gobierno totalitario y eliminaron del buscador términos tan delicados como, entre otros, Tiannamen. Google, ya entonces, tenía un poder inmenso y los recursos suficientes para rechazar semejantes imposiciones y poner su buen grano de arena en esa verdadera lucha por un mundo mejor a la que dicen estar adscritos, pero optaron por el negocio antes que el compromiso. Legítimo por su parte, pero deleznable desde los criterios que deberían regir la concesión de un premio como el Príncipe de Asturias. Miles de Lydias Cachos, de periodistas, de personas anónimas y frágiles, y por tanto mucho más valientes que ellos, se merecían este espaldarazo. Pero se ha optado por el triunfo. Las reflexiones de Vasili Grossman, la satisfacción de Stalin tras aquella batalla, siguen vigentes.
Escrito por Álvaro Otero
a las 15:3 |
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Álvaro Otero
Álvaro Otero nació en Bueu (Pontevedra) en 1967. Periodista y escritor, sus artículos y reportajes aparecen regularmente en distintos medios regionales y nacionales. En 1995 publicó la novela corta Waelrad (editorial Nigra), y dos años después Mambrúes a la Guerra (Edicións Xerais). En el año 2000 recibió el premio Nostromo por su novela Días de Agua (Editorial Juventud), y en 2006 apareció su tercera novela, De mar y de muerte (Ellago Ediciones). Reside en la actualidad en Vigo.
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LO
QUE LEO:
La Mansión. William Faulkner. "La Mansión" contiene, a mi modo de ver, todas las virtudes y defectos de este escritor. A ratos intensa, a ratos descuidada, a ratos oscura, a ratos farragosa pero siempre con ese punto fascinante y extraño que crea una suerte de adicción. Un duro hueso que no puedes dejar de roer. A veces, mientras leo a Faulkner, me convenzo de que hoy en día, en estos tiempos de levedad, jamás habría sido aceptado por las editoriales. .
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ESCUCHANDO:
Shostakovich. Jazz and Ballet Suites. Film Music. Creo que ya hable aquí alguna vez del sello Brilliant, una verdadera gozada de relación/calidad precio. Disfruto estos días de un triple CD de Shostakovich con sus "Jazz Suites" y su música para cine y ballet. Todo por poco más de 11 euros. Así, con esa filosofía, se combate la piratería.
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