El expreso de medianoche |
02/07/2008 |
Poco podía sospechar el naturalista y director de documentales Luis Miguel Luismi Domínguez que un viaje a Estados Unidos para visitar a su hijo, estudiante de periodismo en una universidad pública de Arkansas, acabaría con sus huesos en la cárcel. La historia es tan chusca como pavorosas sus consecuencias, e ilustra hasta qué punto la mayor potencia mundial siente un desprecio absoluto por los derechos humanos en general, y por los derechos de los individuos negros o hispanos en particular. El hijo de Luismi Domínguez ya le había hablado de su conflictivo vecino, un hombre con problemas mentales y adicto a las drogas. Poco después de la llegada del naturalista, que viajó acompañado de sus padres septuagenarios, el individuo en cuestión comenzó una noche a aporrear la puerta de entrada de la casa, completamente drogado y quejándose de que hacían ruido. Luismi, preocupado, llamó a la policía, que cuando llegó se encontró al vecino simulando una caída y aduciendo que había sido empujado. A pesar de ser el propio Domínguez quien había llamado a los agentes, fue inmediatamente encañonado, obligado a sentarse en el suelo y esposado delante de sus padres, que lloraban desconsolados. En la revisión posterior de la casa encontraron una estrella de sheriff de souvenir que fue utilizada para acusarle también de suplantación de la autoridad. Sin posibilidad de defensa alguna, lo condujeron a una cárcel local, lo desnudaron, le repasaron todos los orificios del cuerpo en busca de droga, lo enfundaron en el tradicional traje anaranjado y lo encerraron en una celda compartida con otros diez presos. En mitad de la celda había una taza de váter donde debía hacer sus necesidades a la vista de los demás. Tuvo que dormir en el suelo sin poder taparse con las mantas. Estuvo retenido, en fin, en esas condiciones infames, veintiséis horas durante las cuales sufrió el ataque, en plena noche, de un preso enorme y peligroso con el que no tuvo más remedio que liarse a puñetazos, y en las que pudo comprobar, atónito, cómo algunos de sus compañeros de suite eran sacados a pasear a la calle, no al patio, sino por las aceras de la ciudad, con grilletes en los tobillos y encadenados los unos a los otros. Tras muchas gestiones de amigos y del consulado español, Luismi pudo finalmente salir de ese horror, y hoy, apenas unas días después de haber ocurrido todo y alojado gratuitamente en una magnífica casa cedida por la universidad de su hijo –la cara y cruz de la moneda en este contradictorio país- se enfrenta a la imposibilidad de salir de los Estados Unidos hasta que se celebre el juicio…dentro de unos siete meses. Le oí decir que durante su estancia en la cárcel se acordaba de la película El expreso de medianoche, y no es para menos, pero la verdad es que hoy por hoy los Estados Unidos saldrían perdiendo en una comparación desapasionada con la Turquía de hace treinta años en la que Alan Parker situaba la acción de su inolvidable filme. Tal es el retroceso experimentado en la patria de Thomas Jefferson, de gigantes como Walt Witman, que cantó como nadie a la Democracia, en materia de derechos humanos. Más que por Irak, Obama, si antes no lo matan, deberían comenzar por limpiar su enorme y sucio patio de casa.
Escrito por Álvaro Otero
a las 9:2 |
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Cuando, alcanzando la página 834, comienza a vislumbrarse el final de Vida y destino, sin duda una de las grandes novelas del siglo XX, su autor, Vasili Grossman, se sumerge de pronto en la mente de Stalin cuando acaban de informarle que sus tropas han roto el cerco a Stalingrado y que el ejército alemán se repliega. Sabe que es una batalla que cambiará el curso de la Gran Guerra y, por tanto, de la Historia, pero sobre todo sabe que esa victoria, ese cambio de rumbo ejecutado en apenas veinticuatro horas tras largos meses de sangre y fuego, borrará como por ensalmo los excesos por él cometidos en los años precedentes, los millones de muertos y represaliados, la colectivización forzosa, los desplazamientos de cientos de miles de personas, las hambrunas provocadas por su poder atrabiliario y obsesivo. Stalin no es mejor que ese Hitler cuyos ejércitos se retiran ahora sobre el frío devastador del noviembre calmuco, pero el éxito, frente al fracaso del Führer, le redimirá. "No sólo había vencido al enemigo presente –escribe Grossman-, también se había impuesto sobre el pasado. La hierba crecería más espesa sobre las tumbas campesinas de los años treinta". Y añade más adelante: "Sabía más que nadie en el mundo que a los vencedores no se les juzga". Es ésta una verdad, una evidencia que nos asalta a cada paso, y el último capítulo ha sido la concesión estos días del Premio Príncipe de Asturias de Comunicación a Google. No puedo imaginar tamaño despropósito. Premiar a esta herramienta es premiar el éxito por encima del compromiso, justo lo contrario de lo que, supongo, está en el espíritu de ese galardón. Google es un invento fascinante, pero su utilidad nada tiene que ver con la lucha por un mundo mejor. Lo demostró en China, donde sus fundadores no dudaron en plegarse a las exigencias de su gobierno totalitario y eliminaron del buscador términos tan delicados como, entre otros, Tiannamen. Google, ya entonces, tenía un poder inmenso y los recursos suficientes para rechazar semejantes imposiciones y poner su buen grano de arena en esa verdadera lucha por un mundo mejor a la que dicen estar adscritos, pero optaron por el negocio antes que el compromiso. Legítimo por su parte, pero deleznable desde los criterios que deberían regir la concesión de un premio como el Príncipe de Asturias. Miles de Lydias Cachos, de periodistas, de personas anónimas y frágiles, y por tanto mucho más valientes que ellos, se merecían este espaldarazo. Pero se ha optado por el triunfo. Las reflexiones de Vasili Grossman, la satisfacción de Stalin tras aquella batalla, siguen vigentes.
Escrito por Álvaro Otero
a las 15:3 |
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Gateando bajo la mesa |
12/06/2008 |
Entre las hazañas presidenciales de Bill Clinton se encuentra la de haber bombardeado y destruido en 1998 la principal fábrica de medicinas de Sudán. En eso fue un claro predecesor de George Bush Jr.: también entonces trató de justificarse aduciendo que se trataba de un campo de entrenamiento terrorista y una fábrica de armas. Después, tras el examen del polvo y los cascajos, se demostró que allí sólo se producían medicinas, las pocas disponibles en uno de los países más pobres de la Tierra. Esta gratuita acción armada fue ejecutada, en realidad, para desviar la atención de la opinión pública sobre el escándalo del otro entrenamiento que la becaria Lewinsky había hecho bajo su mesa del Despacho Oval, por donde gateaba de vez en cuando mientras el jefe dominaba el mundo. Bill Clinton ha reconocido, también, su pesadumbre por no haber actuado ante masacres anunciadas como la de Ruanda o Srebrenica. Es un gesto que se agradece, pero no evita que, habiendo sido el más progresista de los presidentes estadounidenses, hoy represente ese statu quo político donde todo es lo mismo aunque parezca diferente. Y su mujer no le va a la zaga. De luchar a brazo partido contra las poderosas compañías privadas de seguros, que presionan para seguir manteniendo en ese país un sistema público de salud tercermundista, pasó a formar parte de sus consejos de administración. De ser la esperanza femenina de la izquierda americana, pasó en esta campaña a defensora ultra de Dios y de las armas, entendidos a la manera bushiana. No ha sabido romper el hielo histórico. Hace ahora veinte años, su colega demócrata Michael Dukakis perdió las elecciones ante Bush padre. Entre los factores que propiciaron su derrota se señaló entonces la “falta de patriotismo” y su intención de reducir el presupuesto de Defensa, a pesar de que, consciente de estas acusaciones, en los últimos días de campaña se hizo fotos subido a un tanque con un casco guerrero en la cabeza. No pudo romper el hielo histórico porque hace veinte años las cosas eran bien distintas. Hillary Clinton podía haberlo hecho ahora, pero prefirió amarrar votos en los viejos muelles ideológicos de siempre. Como su marido, como sus gestos, como su sonrisa, como sus palabras es ya puro pasado, y, desde esta perspectiva, sería una gran pena que se aupara a última hora a la vicepresidencia americana. Sería como colocar un daguerrotipo en medio de tanta foto moderna. Pero, en fin, tampoco seamos ingenuos, que la negritud, y ni siquiera las palabras, son un valor en sí mismo. Lo importante son las acciones, y con toda seguridad también Obama tendrá que pagar el peaje de las armas y los dioses si algún día posa sus pies en el suelo del Despacho Oval, el mismo suelo por donde Mónica Lewinsky gateaba mientras a su jefe le informaban por teléfono que los serbios, con la bayoneta calada, entraban ya en la ciudad sitiada.
Escrito por Álvaro Otero
a las 11:51 |
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Álvaro Otero
Álvaro Otero nació en Bueu (Pontevedra) en 1967. Periodista y escritor, sus artículos y reportajes aparecen regularmente en distintos medios regionales y nacionales. En 1995 publicó la novela corta Waelrad (editorial Nigra), y dos años después Mambrúes a la Guerra (Edicións Xerais). En el año 2000 recibió el premio Nostromo por su novela Días de Agua (Editorial Juventud), y en 2006 apareció su tercera novela, De mar y de muerte (Ellago Ediciones). Reside en la actualidad en Vigo.
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LO
QUE LEO:
La Mansión. William Faulkner. "La Mansión" contiene, a mi modo de ver, todas las virtudes y defectos de este escritor. A ratos intensa, a ratos descuidada, a ratos oscura, a ratos farragosa pero siempre con ese punto fascinante y extraño que crea una suerte de adicción. Un duro hueso que no puedes dejar de roer. A veces, mientras leo a Faulkner, me convenzo de que hoy en día, en estos tiempos de levedad, jamás habría sido aceptado por las editoriales. .
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ESCUCHANDO:
Shostakovich. Jazz and Ballet Suites. Film Music. Creo que ya hable aquí alguna vez del sello Brilliant, una verdadera gozada de relación/calidad precio. Disfruto estos días de un triple CD de Shostakovich con sus "Jazz Suites" y su música para cine y ballet. Todo por poco más de 11 euros. Así, con esa filosofía, se combate la piratería.
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