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Enero 2009

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Portada


Galicia y los girasoles
22/12/2008

Leí Los girasoles ciegos, por recomendación de un amigo, cuando todavía no se había convertido en superventas, y me pareció un libro hermoso, duro y emotivo, uno de esos libros atravesados por una tensión especial, la misma que puede intuirse en un testamento o en una última palabra, pues de hecho fue el primer y último libro de su autor, Alberto Méndez, que murió antes de verlo publicado. Tiempo después, cuando se anunció que sería llevado al cine, ya de por sí me pareció una tarea complicada, pues trasladar un puñado de relatos a la pantalla gigante, convirtiéndolos en un sola historia coherente que aglutine las esencias de todos, es un pequeño milagro que, por ejemplo, José Luis Cuerda consiguió cuajar en La lengua de las mariposas. Ahora, Cuerda y la versión cinematográfica de Los girasoles ciegos han sido premiados con una lluvia de nominaciones para los Goya. Es una gran noticia no sólo para el director y para el equipo que trabajó en la película, sino para la producción cinematográfica gallega, que tan implicada ha estado en ella, y para Galicia, que está cobrando un creciente protagonismo como plató, como escenario. Además, Cuerda, a quien no conozco, es una persona que transmite honestidad, diría que bondad, y sólo por eso me alegro enormemente de su éxito. Pero, dicho esto, creo que la película Los girasoles ciegos viene a poner la guinda a toda una línea de creación y pensamiento, incluso de periodismo reciente, que ha insistido en revisar la historia de la Guerra Civil en clave de buenos y malos, clave, a mi modo de ver, y sobre todo en lo que a los grandes dramas respecta -como las guerras- tremendamente falsaria. Lejos de la ambivalencia inteligente de, por ejemplo, Soldados de Salamina en el libro original de Javier Cercas -y también en la versión cinematográfica de David Trueba-, de la misma ambivalencia, del mismo conflicto y de la misma frontera que hizo míticos los personajes de Casablanca, héroes y villanos a un tiempo, Los girasoles ciegos cae en la simpleza maximalista del consabido fascistoide abusón, del rojo intelectual puro y cristalino y, cómo no, del cura que, con su sotana sucia y oscura, atraviesa la pantalla hasta la náusea, empachándonos de su carga simbólica. Quizá en los albores de esta todavía joven democracia esa mirada habría tenido su justificación, a modo de revancha inevitable y acaso necesaria, pero a más de treinta años de la muerte de Franco, cuando ya todo ha sido dicho sobre la vesania y la maldad que presidieron aquel conflicto, hubiéramos agradecido una interpretación más compleja de lo sucedido, acaso más fiel a los pliegues del alma y, por extensión, de una guerra civil. La versión española de aquel magnífico -como personaje- capitán Louis Renault, el corrupto oficial de la Francia de Vichy que se congraciaba con los nazis mientras Sam tocaba el piano, sin dejar por ello de destilar una bonhomía de fondo, o de aquel Bogart-Rick vencido por los sueños incumplidos y las renuncias de la guerra, sigue esperando su momento. Vivimos tiempos blanquinegros, donde el gris, esa conquista espiritual gallega, está de sobra. Felicidades, pues, a Los girasoles ciegos, que se rodó en Galicia sin que Galicia lograse impregnarla.

Escrito por Álvaro Otero a las 10:16

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Todo fluye
24/11/2008

Todos los libros sobre la II Guerra Mundial señalan a los países europeos como corresponsables de su estallido, pues se negaron a reconocer, y a tomar medidas, contra el rearme fanático y armamentístico de Adolfo Hitler en los años treinta. Para cuando quisieron hacerlo, ya era demasiado tarde. Las decisiones preventivas, salvo la malhadada prevención bushiano-aznariana, cuyas consecuencias todos conocemos, nunca ha sido una virtud de la diplomacia occidental. Tampoco, hay que decirlo, de algunos autoproclamados analistas. Ahora, por ejemplo, más de un premio Nobel, y muchos candidatos a serlo, proclaman en sus artículos que la situación económica actual se venía venir, que Greenspan era un fundamentalista del mercado y que tenían que haberse frenado mucho antes los desmanes que nos han llevado a esta crisis, pero todos esos que ahora se rasgan las vestiduras callaban como muertos cuando deberían haber hablado. Ocurre, ahora, con Rusia. Es evidente que la patria de Putin es un país aherrojado por las mafias y los poderes fácticos confabulados con el Kremlin, y que está utilizando sus enormes recursos energéticos para forzar el silencio de Europa ante sus desmanes en Chechenia, en Georgia, en tantas ex repúblicas soviéticas. Su democracia es tan sólo aparente, y la cárcel, cuando no la muerte, se antoja el destino inexcusable de quienes osan enfrentarse al poder establecido. Es obvio, también, que tras el castigo infligido al amor propio nacional durante el desmembramiento de la URSS, Rusia se ha embarcado en un proceso de autoafirmación que recuerda, precisamente, a la obsesión aria hitleriana, y que tiene su símbolo en la recuperación de la figura de Stalin, quien en una hipotética parrilla de salida de la Infamia habría ocupado, sin duda, y por delante del propio Führer, la pole position. Los niños rusos, en las escuelas, aprenden a valorar el legado del mayor matón de la Historia, del responsable directo de la muerte por inanición de millones de campesinos, de la liquidación atrabiliaria de millones de compañeros de Revolución, de millones de compatriotas transmutados en enemigos del Estado por obra y gracia de su mente paranoica y obsesiva. Todo esto forma parte de la realidad rusa de hoy, pero Europa se calienta con su gas y funciona con su petróleo, y Europa, por tanto, calla. Dentro de unos días, por obra y gracia de la venta de Repsol, España pasará a formar parte de la estrategia global de esa nueva Rusia. El Gobierno dice que los directivos seguirán siendo españoles. Más que un consuelo, parece un insulto a la inteligencia. En fin. Siempre nos quedará, en cualquier caso, Vasili Grossman. En su Todo fluye, leo estos días que la historia del hombre es el eterno paso de una forma de violencia a otra. También la del dinero. Fluye ahora el dinero. Y, con él, su violencia enmascarada.

Escrito por Álvaro Otero a las 13:11

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La sociedad Minguela
19/11/2008

En su deslumbrante Mazurca para dos muertos, Camilo José Cela habla de las nueve señales del hijoputa. Fabián Minguela, uno de sus personajes, parece tenerlas todas. Raro, excepcional, porque siempre suelen faltar, a juicio del narrador, un par de ellas. A través de la Mazurca, y como una letanía, como mandamientos, se van deslizando las señales una tras una. La quinta, por ejemplo, las manos blandas y frías, como babosas; la sexta, que es el mirar huido de los que no parecen mirar por derecho siquiera en la oscuridad; la cuarta, que es la barba por parroquias, el barbilucio, o barbilampiño, a suspiros; la tercera, la cara pálida como los muertos; la novena, la avaricia… Las señales del hijoputa, aportadas por don Camilo a la historia de la Literatura y de la Infamia, son una buena guía para andar por el mundo: conocerlas, al menos en mi caso, ha demostrado su eficacia anticipatoria. Pero, a veces, uno tiende a pensar que existe una hijoputez pública. Que la sociedad, en su conjunto, puede ser muy hijoputa. La sociedad Minguela. Si se observa con atención, si se leen los periódicos con detenimiento, sus señales, claras como las de Fabián, acaban revelándose. Estos días, por ejemplo, en España se ha manifestado con acritud la primera: el ataque al triunfador. Miquel Barceló, uno de los más grandes artistas vivos, esclavo de su taller y alérgico a los saraos, se ha visto envuelto en una polémica absurda sobre el origen de la financiación de su obra en la ONU de Ginebra. La crónicas sobre el escandalito, más que información, exudan a raudales la envidia más rancia de la dehesa, destilan su patético intento de arrastrar al artista al lodo de los emolumentos, de la política, a la propia salsa en la que se cuece diariamente esa hijoputez pública que don Camilo, qué pena, se murió sin abordar. Hace apenas unas semanas ocurrió algo parecido en Francia y Chequia con el delirante intento de condenar a Milan Kundera, cumbre viva de la Literatura, por un oscuro episodio de supuestas delaciones cogido con papel de fumar y ocurrido sesenta años atrás. La sociedad checa, en su conjunto, se reveló en su hijoputez agarrándose a esa nimiedad para desprestigiar a un autor del que debería vanagloriarse, que huyó de la opresión soviética y logró triunfar en Francia a base de esfuerzo y talento, que ha llevado con sus obras el nombre de su país natal a todo el mundo. La primera señal de la hijoputez pública es la de rebelarse contra aquellos que la han hecho más grande. Podríamos, claro, aplicarla al ámbito privado y cerrar con ella, a modo de decálogo, la lista de don Camilio, pero el maestro nada dijo de ella y así los respetamos. Por lo demás, Barceló está tranquilo. Sabe que a su legión de admiradores nos importa un bledo lo que cobra. El arte, por supuesto, no tiene precio. Es de las frases más inteligentes que ha dicho Moratinos en mucho tiempo.

Escrito por Álvaro Otero a las 10:45

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Álvaro Otero

Álvaro Otero nació en Bueu (Pontevedra) en 1967. Periodista y escritor, sus artículos y reportajes aparecen regularmente en distintos medios regionales y nacionales. En 1995 publicó la novela corta Waelrad (editorial Nigra), y dos años después Mambrúes a la Guerra (Edicións Xerais). En el año 2000 recibió el premio Nostromo por su novela Días de Agua (Editorial Juventud), y en 2006 apareció su tercera novela, De mar y de muerte (Ellago Ediciones). Reside en la actualidad en Vigo.

22/12/2008
Galicia y los girasoles

24/11/2008
Todo fluye

19/11/2008
La sociedad Minguela

Getty H. Paco Morales en Galicia y los girasoles (23/12/2008 - 06:44)

Almatina en La sociedad Minguela (22/11/2008 - 20:17)

Marta Parés en La sociedad Minguela (21/11/2008 - 16:55)

LO QUE LEO:
La Mansión. William Faulkner.  
"La Mansión" contiene, a mi modo de ver, todas las virtudes y defectos de este escritor. A ratos intensa, a ratos descuidada, a ratos oscura, a ratos farragosa pero siempre con ese punto fascinante y extraño que crea una suerte de adicción. Un duro hueso que no puedes dejar de roer. A veces, mientras leo a Faulkner, me convenzo de que hoy en día, en estos tiempos de levedad, jamás habría sido aceptado por las editoriales. .  
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ESCUCHANDO:
Shostakovich. Jazz and Ballet Suites. Film Music.  
Creo que ya hable aquí alguna vez del sello Brilliant, una verdadera gozada de relación/calidad precio. Disfruto estos días de un triple CD de Shostakovich con sus "Jazz Suites" y su música para cine y ballet. Todo por poco más de 11 euros. Así, con esa filosofía, se combate la piratería.  
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