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Noviembre 2008

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Portada

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La sociedad Minguela
19/11/2008

En su deslumbrante Mazurca para dos muertos, Camilo José Cela habla de las nueve señales del hijoputa. Fabián Minguela, uno de sus personajes, parece tenerlas todas. Raro, excepcional, porque siempre suelen faltar, a juicio del narrador, un par de ellas. A través de la Mazurca, y como una letanía, como mandamientos, se van deslizando las señales una tras una. La quinta, por ejemplo, las manos blandas y frías, como babosas; la sexta, que es el mirar huido de los que no parecen mirar por derecho siquiera en la oscuridad; la cuarta, que es la barba por parroquias, el barbilucio, o barbilampiño, a suspiros; la tercera, la cara pálida como los muertos; la novena, la avaricia… Las señales del hijoputa, aportadas por don Camilo a la historia de la Literatura y de la Infamia, son una buena guía para andar por el mundo: conocerlas, al menos en mi caso, ha demostrado su eficacia anticipatoria. Pero, a veces, uno tiende a pensar que existe una hijoputez pública. Que la sociedad, en su conjunto, puede ser muy hijoputa. La sociedad Minguela. Si se observa con atención, si se leen los periódicos con detenimiento, sus señales, claras como las de Fabián, acaban revelándose. Estos días, por ejemplo, en España se ha manifestado con acritud la primera: el ataque al triunfador. Miquel Barceló, uno de los más grandes artistas vivos, esclavo de su taller y alérgico a los saraos, se ha visto envuelto en una polémica absurda sobre el origen de la financiación de su obra en la ONU de Ginebra. La crónicas sobre el escandalito, más que información, exudan a raudales la envidia más rancia de la dehesa, destilan su patético intento de arrastrar al artista al lodo de los emolumentos, de la política, a la propia salsa en la que se cuece diariamente esa hijoputez pública que don Camilo, qué pena, se murió sin abordar. Hace apenas unas semanas ocurrió algo parecido en Francia y Chequia con el delirante intento de condenar a Milan Kundera, cumbre viva de la Literatura, por un oscuro episodio de supuestas delaciones cogido con papel de fumar y ocurrido sesenta años atrás. La sociedad checa, en su conjunto, se reveló en su hijoputez agarrándose a esa nimiedad para desprestigiar a un autor del que debería vanagloriarse, que huyó de la opresión soviética y logró triunfar en Francia a base de esfuerzo y talento, que ha llevado con sus obras el nombre de su país natal a todo el mundo. La primera señal de la hijoputez pública es la de rebelarse contra aquellos que la han hecho más grande. Podríamos, claro, aplicarla al ámbito privado y cerrar con ella, a modo de decálogo, la lista de don Camilio, pero el maestro nada dijo de ella y así los respetamos. Por lo demás, Barceló está tranquilo. Sabe que a su legión de admiradores nos importa un bledo lo que cobra. El arte, por supuesto, no tiene precio. Es de las frases más inteligentes que ha dicho Moratinos en mucho tiempo.

Escrito por Álvaro Otero a las 10:45

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Consejos del Zorro
12/11/2008

Para colocar en su justo término a esa cosa tan simpática que se llama la futura reunión del G-20, y su presunta refundación del capitalismo mundial, hay que leer el último libro de George Soros, El nuevo paradigma de los mercados financieros. Soros, como es bien sabido, es un judío norteamericano de origen húngaro que, huyendo de nazis y estalinistas, acabó convertido con el paso de los años en el especulador más influyente del planeta. Su nombre saltó a la opinión pública internacional cuando, en 1992, puso de rodillas al mismísimo Banco de Inglaterra al vender una cantidad ingente de libras esterlinas para comprar marcos alemanes, forzando la devaluación de la moneda inglesa. También especuló contra la lira, y jugó, como nadie supo jugar, con el barullo monumental de derivados en que se convirtieron los mercados en los últimos años. En otras palabras: dentro del gallinero financiero, fue el Zorro Número 1, el Zorro de todos los Zorros. Ahora, septuagenario ya y retirado del frente cotidiano, cultiva su vieja pasión por la filosofía y escribe libros en los que reflexiona sobre los defectos del capitalismo que le hizo rico y sobre la crisis que sacude el mundo, crisis, por cierto, que él anunció hace ya mucho tiempo, lo que cual incrementa el interés de sus palabras. Sintetizando mucho su pensamiento, Soros afirma que esta superburbuja financiera mundial que ahora ha estallado tiene su origen en la sustitución del conocimiento por la conjetura. Detrás de la apariencia empírica de los mercados financieros, dice, sólo había instinto y emociones, y detrás de las decisiones de los gobiernos no ha habido –no hay- la vieja obsesión de la Ilustración por la verdad, sino su manipulación posmoderna y el empeño político por permanecer en el poder. Respecto al instinto y las emociones, el propio Soros parece ser el mejor ejemplo, pues su hijo Robert afirma que a su padre, por mucho que filosofe, siempre le han dado más pistas los dolores de espalda que cualquier gráfico; respecto a la manipulación de la verdad, el ejemplo meridiano es Bush y su guerra de Irak. De ahí que, en definitiva, la próxima reunión del G-20, convocada por el Gran Manipulador y a la que asistirán países llenos de dispares problemas, dispares emociones y una común obsesión por la permanencia en el poder, sea, desde su misma convocatoria, lo que Soros denomina una falacia fértil: una mentira que crea ilusiones, pero mentira al fin y al cabo. Todo seguirá igual, pero, mientras no se constate, quedará la ilusión fértil de que todo podrá cambiar. A pesar de eso, conviene estar allí. Al menos, para hacer lo que siempre aconsejaban los abuelos: oír mucho, y callar más. Si nos dejan, claro.

Escrito por Álvaro Otero a las 10:7

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Nostalgia del lince
04/11/2008

Pertenezco a esa raza en extinción que, en el indeseado caso de tragedia, preferiría el consuelo de un cura al de un psicólogo, un versículo de la Biblia a cualquier párrafo de Lacan. Será porque mantengo, a pesar de mi paso adolescente por un colegio de paúles, el recuerdo romántico de los curas de pueblo que amamantaron mis primeras preguntas, y que se parecían a los curas gruñones y entrañables del neorrealismo cinematográfico italiano, a ese párroco inolvidable de Roma, città aperta, a tantos como él, impelidos por la vida y la historia, a torear las complejidades del alma con cuatro rudimentos teológicos. Viene a cuento esta introducción, que habrá hecho a tantos abandonar su improbable lectura, de la muerte esta misma semana de don Víctor, párroco de Santa María de Cela durante más de cuarenta años y quintaesencia del perfil que evocamos. Resulta difícil imaginar un rincón más hermoso para decir misa que esa iglesita románica. Refulge desde allí la ría que me vio nacer, en los atardeceres, como si fuese un mar de fuego. Tanta belleza fue un problema para don Víctor: como todos los novios querían casarse en su parroquia, los otros curas se le celaban, pero él conciliaba deseos y envidias con mucha paciencia y mano izquierda. Fue, también, a su modo, un adelantado, una suerte de oficiante interactivo capaz de convertir las homilías en un diálogo desternillante con su público. Me gustaba visitarlo en su particular santuario, caminar sobre las tumbas viejas del atrio en los días de lluvia, inspirar la fragancia húmeda del interior, mezclada con el olor a cera quemada y el de su sotana atemporal, eterna como el sudario de un faraón. A veces me enseñaba sus últimos avances tecnológicos –ese viejo casete para las catequesis-, otras me recreaba yo, mientras él hablaba, en el blanco perfumado de las hijuelas, en la plata bruñida del hisopo, en esa vinajera diminuta y un tanto mágica que parecía regalada por un converso Aladino, en el alba y el amito, en los hábitos guardados con mimo, por la sacristana, en las cajoneras de la sacristía. La última vez que nos vimos le pedí un misal para documentar el pasaje de una novela. Al cabo de los meses, y al ver que no le era devuelto, el pobre don Víctor comenzó a mandarme recados a través de mi madre cuando le caía por la iglesia con motivo de algún entierro. Sabía que la insistencia de una madre es mil veces más efectiva, y más elegante, que una llamada telefónica, y así, claro, pronto el misal volvió a su sitio. Ahora, según cuentan, apenas queda un joven sacerdote para sustituirle en todo el pueblo, lo cual -no hay mal que por bien no venga -solucionará al menos el problema de los casaderos y sus querencias por Santa María de Cela. Don Víctor ha muerto, y es curioso que me enterase justo cuando estaba oyendo, admirado, la descripción que Félix Rodríguez de la Fuente hacía del lince ibérico. Su mirada, decía el gran Félix, contiene toda la nostalgia de una especie que se sabe condenada a morir. Así, la de mi querido cura, don Víctor, que seguirá caminando conmigo, en la memoria, sobre las tumbas viejas del atrio anegadas por la lluvia.

Escrito por Álvaro Otero a las 10:37

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Álvaro Otero

Álvaro Otero nació en Bueu (Pontevedra) en 1967. Periodista y escritor, sus artículos y reportajes aparecen regularmente en distintos medios regionales y nacionales. En 1995 publicó la novela corta Waelrad (editorial Nigra), y dos años después Mambrúes a la Guerra (Edicións Xerais). En el año 2000 recibió el premio Nostromo por su novela Días de Agua (Editorial Juventud), y en 2006 apareció su tercera novela, De mar y de muerte (Ellago Ediciones). Reside en la actualidad en Vigo.

19/11/2008
La sociedad Minguela

12/11/2008
Consejos del Zorro

04/11/2008
Nostalgia del lince

Marta Parés en La sociedad Minguela (21/11/2008 - 16:55)

Merche en La sociedad Minguela (21/11/2008 - 15:14)

Miquel en La sociedad Minguela (21/11/2008 - 12:47)

LO QUE LEO:
La Mansión. William Faulkner.  
"La Mansión" contiene, a mi modo de ver, todas las virtudes y defectos de este escritor. A ratos intensa, a ratos descuidada, a ratos oscura, a ratos farragosa pero siempre con ese punto fascinante y extraño que crea una suerte de adicción. Un duro hueso que no puedes dejar de roer. A veces, mientras leo a Faulkner, me convenzo de que hoy en día, en estos tiempos de levedad, jamás habría sido aceptado por las editoriales. .  
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ESCUCHANDO:
Shostakovich. Jazz and Ballet Suites. Film Music.  
Creo que ya hable aquí alguna vez del sello Brilliant, una verdadera gozada de relación/calidad precio. Disfruto estos días de un triple CD de Shostakovich con sus "Jazz Suites" y su música para cine y ballet. Todo por poco más de 11 euros. Así, con esa filosofía, se combate la piratería.  
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