Muerte en la galería |
09/05/2008 |
Avanzada la noche del 9 de noviembre de 2005, el joven nicaragüense Natividad Canda, inmigrante ilegal en Costa Rica, forzó la entrada a un taller mecánico de la localidad de La Lima. Dos perros rottwailler que custodiaban el recinto se abalanzaron sobre él. El ataque se prolongó durante dos horas, tiempo suficiente para que acudiesen vecinos, policías, bomberos y hasta miembros de la Cruz Roja; también, para que fuese filmado en video y se tomasen fotografías. No fue tiempo suficiente, sin embargo, para que alguna de esas personas hiciese algo por salvarlo. Los policías dispararon al aire, pero no a los perros porque, según sus primeros testimonios -puestos en evidencia por las investigaciones- podrían haber herido a Natividad, que, gracias a tantas precauciones, acabó muriendo desollado y desangrado tras una terrible agonía. Andando el tiempo, en agosto de 2007, la galería de arte Códice, de Managua, inauguró una muestra del “artista” costarricense Gillermo Vargas, conocido por el sobrenombre de Habacuc, en la que aparecía en una esquina un perro famélico y herido, de nombre Natividad, atado al cuello con una cuerda que a su vez estaba atada a dos hilos de nylon. En la pared, escrita con comida de perros, podía leerse la frase “Eres lo que lees”. Leonor González, editora del suplemento cultural del diario nicaragüense La Prensa, confirmó que el perro murió de hambre tras el primer día de exposición, aunque la propia galería, abrumada por el escándalo internacional, emitiría después un confuso comunicado asegurando que se escapó. Lo cierto es que, muerto o fugado, nadie hizo nada por el perro mientras estuvo allí, al igual que nadie hizo nada por salvar la vida de aquel joven nica también llamado Natividad. La absurda justificación de Habacuc fue que pretendía subrayar la hipocresía de una sociedad que mira hacia otro lado cuando ve a tantos Natividades, hombres o perros, muriendo en las calles de todo el planeta, lo cual equivale, como argumento, a denunciar el antisemitismo matando judíos. Lo ocurrido con este pobre hombre –me refiero a Habacuc- refleja, eso sí, hasta qué punto el efectismo se ha convertido en refugio de la falta de talento, un fenómeno, por cierto, al que aquí no somos ajenos. Una de las referencias del arte conceptual catalán, Jordi Benito, inauguró a finales de 2005 un montaje donde se le veía destazar a una vaca sacrificada previamente a mazazos. La muestra, por cierto, no tuvo lugar en una galería marginal, sino en el mismísimo Reina Sofía. Tras las denuncias de algunas organizaciones, la Asociación de Artistas Visuales de Cataluña salió en defensa de Benito y la “libertad de expresión”, aduciendo, entre otras lindezas, que el video había sido grabado en 1979, cuando aún no existían las actuales leyes contra el maltrato animal. Artista o no, Benito demostró ser, desde luego, un adelantado. Habacuc, invitado ahora a la Bienal Centroamericana de Arte 2008, podría, por su parte, probar a sentarse en medio de la galería durante un par de meses. Sin permitirse comer, como hizo con Natividad-perro. Sería una gran denuncia del hambre del mundo. Sería, sin duda, su obra maestra definitiva.
Escrito por Álvaro Otero
a las 12:33 |
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El hambre ecológica |
06/05/2008 |
Hace sólo unas semanas ocurrió un hecho en los mercados internacionales que, a pesar de su gravedad, pasó desapercibido para quienes vivimos en el lado suertudo del mundo: el precio del arroz, en medio de una crisis de desabastecimiento sin precedentes, se elevó un cuarenta por ciento. En España ni nos enteramos, y en Estados Unidos sus efectos se limitaron –se limitan todavía, de hecho- a que cadenas como Wal-Mart han establecido un número máximo de paquetes de arroz por cliente. Pero nada pasó más allá de ese pequeño inconveniente, a pesar de que hablamos de una verdadera hecatombe, teniendo en cuenta que el arroz es la base alimenticia, cuando no el único alimento, de cientos de millones de personas en todo el planeta. Claro que, con el precio del arroz, ocurre como con la malaria, que mata sobre todo a pobres de solemnidad, por eso el mundo desarrollado duerme tranquilo. Ahora vivimos tan preocupados por las décimas del PIB que hacemos oídos sordos a todas las advertencias de los expertos sobre el advenimiento de un verdadero colapso alimentario en países subdesarrollados e incluso emergentes. En rigor, el acechante monstruo comienza ya a dar sus primeros zarpazos. Lo que pasó con el arroz es un ejemplo; otro es lo ocurrido con la demanda mundial de cereales destinados a la producción de combustible ecológico, que está forzando al alza los precios de harinas básicas en la alimentación de cientos de millones de personas pertenecientes a estratos sociales desfavorecidos. México ha vivido por esta causa grandes protestas que, sin duda, se extenderán a otros países, pero los suertudos del mundo seguimos estableciendo nuestras prioridades sin pensar en sus consecuencias. Por si fuera poco, el crecimiento de países en América Latina y Asia está sacando de la pobreza a millones de personas que, felizmente convertidas en clase media –y como señalaba hace unos días el siempre brillante Moisés Naím-, quieren comer como nosotros, o sea no una, sino tres veces al día, con la presión añadida que eso supone sobre la demanda internacional de determinados productos. Organismos como la FAO ya han encendido todas las luces de alarma, pero aquí y en Estados Unidos, preocupados por el estancamiento económico, todavía no se ha hecho una reflexión profunda sobre cómo unas políticas energéticas y ecológicas, en apariencia tan convenientes, están haciendo más hambrientos a los hambrientos. Como la mariposa del caos, cuyo aleteo acaba provocando un huracán al otro lado del planeta, también hoy cada litro de nuestro gasoil ecológico, de nuestro bioetanol, acaba encareciendo las tortitas de una familia humilde de Michoacán, la harina de todos los desheredados de la tierra. Ante esta perspectiva, no de extrañar que los estrategas más cínicos carezcan interés alguno en solucionar las pandemias africanas del sida o la malaria. Sólo faltaba, verdad, un África saludable queriendo comer tres veces al día.
Escrito por Álvaro Otero
a las 10:23 |
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El mar que nos lleva |
22/04/2008 |
Por culpa del cambio climático, hasta Galicia está perdiendo músculo en su condición de tierra esponjosa. Ahora caen tres gotas y se monta -como decía un viejo amigo- el equinosio. Las tormentas ya no son como antes, pero causan el doble de daño. Será, pues, la falta de costumbre. En mi infancia, en el barrio de la Banda do Río de Bueu, la maruxía, lo más parecido a un tsunami que se puede encontrar en Galicia, pero un tsunami de varias horas, era esperada cada año como un rito de temporada, puntual como las vacalouras en primavera. Parecíamos Pompeya, pero bajo un Vesubio que en lugar de flujos piroclásticos vomitara agua salada. El mar se volvía loco, se agigantaba, las olas se hinchaban como montañas y batían contra las casas con la fuerza de un tren desbocado. La gente más previsora solía tener a mano portones de hierro para engastarlos en las fachadas, la única forma de protegerse de aquella mezcla atronadora de agua y arena. Había veces, sin embargo, en que el mar venía tan bravo que ni los parapetos servían, y lo mejor era dejarle paso y que hiciese lo que buenamente quisiera, a poder ser el menos daño posible. Ocurrió en la casa de mi amigo Tavito durante una maruxía de las que hicieron época. La parte de atrás daba a la playa y la otra a la calle, y como el mar rugía afuera con la violenta tozudez de quien se empeña en ser invitado, decidieron abrir las puertas de ambos lados y darle vía libre. Tengo la imagen de mi amigo y yo, subidos a una silla, contemplando alucinados el torrente de agua salada que corría bajo nuestros pies con un tintineo de espumas y cacerolas, boquiabiertos ante el rugido de aquel señor que se paseaba por la intimidad del hogar con la soberbia de quien se sabe poderoso. Los niños éramos felices con las maruxías. No podíamos ir a clase porque el barrio entero amanecía bajo toneladas de agua y arena, tanta arena que algunos balcones se podían tocar con la mano. La violencia del mar, del viento y la lluvia, más que, como ocurre ahora, una excepción, era una rutina que nos educaba en el respeto por ese ser magnífico que, a cambio de tanta riqueza, acababa cobrándose su tributo de vez en cuando. Así había sido desde la noche de los tiempos y así fue durante mi infancia, hasta que el progreso trajo el espigón, y las maruxías, tras algún esporádico estertor, desaparecieron para siempre. Ahora los temporales se quedan afuera, ya no entran en la bahía con la energía de antaño. El mar ya no llega a la Banda do Río como el único Dios verdadero que era. Quizá siente, nuestro otrora temido Poseidón, que los niños le han perdido el respeto. Por eso yo, que tanto lo venero, sigo recordando en su honor, en días como éste, aquella mañana en casa de Tavito, cuando rugía bajo nuestros pies como una fiera caprichosa y furibunda, enseñoreándose del pasillo y del pueblo, del mundo entero, con un tintineo de espumas y cacerolas.
Escrito por Álvaro Otero
a las 12:9 |
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Álvaro Otero
Álvaro Otero nació en Bueu (Pontevedra) en 1967. Periodista y escritor, sus artículos y reportajes aparecen regularmente en distintos medios regionales y nacionales. En 1995 publicó la novela corta Waelrad (editorial Nigra), y dos años después Mambrúes a la Guerra (Edicións Xerais). En el año 2000 recibió el premio Nostromo por su novela Días de Agua (Editorial Juventud), y en 2006 apareció su tercera novela, De mar y de muerte (Ellago Ediciones). Reside en la actualidad en Vigo.
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LO
QUE LEO:
La Mansión. William Faulkner. "La Mansión" contiene, a mi modo de ver, todas las virtudes y defectos de este escritor. A ratos intensa, a ratos descuidada, a ratos oscura, a ratos farragosa pero siempre con ese punto fascinante y extraño que crea una suerte de adicción. Un duro hueso que no puedes dejar de roer. A veces, mientras leo a Faulkner, me convenzo de que hoy en día, en estos tiempos de levedad, jamás habría sido aceptado por las editoriales. .
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ESCUCHANDO:
Shostakovich. Jazz and Ballet Suites. Film Music. Creo que ya hable aquí alguna vez del sello Brilliant, una verdadera gozada de relación/calidad precio. Disfruto estos días de un triple CD de Shostakovich con sus "Jazz Suites" y su música para cine y ballet. Todo por poco más de 11 euros. Así, con esa filosofía, se combate la piratería.
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