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Noviembre 2008

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Hombre muerto
16/06/2006

Siempre creí que si me esforzaba lo suficiente acabaría por encontrar un libro de César Aira que me gustara. Este evento cardinal tuvo lugar ayer, entre las 14 y las 15.30, en un café y después un banco del Paseo de Gracia. El libro es "Cumpleaños". Y en realidad no es que me haya gustado, pero me estimuló y no me aletargó, lo que es un progreso respecto de "La mendiga" o "Las noches de Flores".

Aira en general me pone nervioso, me da vergüenza ajena, de un modo curiosamente íntimo, como a los hijos les dan vergüenza sus padres cuando bailan o tratan de contar un chiste. Y a lo mejor no es tan curioso. Por algo uno es hijo de los años 70, y Aira no es nada si no un compendio —orgulloso, militante— de esos años. Los 70 con su deconstrucción, con su paranoia, con su muerte del autor. Esas cosas que los lectores de mi generación, que sin ánimo de ofender son un poquito burros, no conocen o no saben situar como fenómeno de época y escuchan, alelados, como la última revelación de las alturas.

Setentista es Aira cuando escribe: "Una cultura, así sea la de unos indios desnudos en la selva, tiene y tuvo siempre todo el saber que tuvo y tendrá cualquier otra." No existe el error; lo que llamamos error es un problema de traducción. Si tradujéramos correctamente, lo que parece un error se revelaría como verdad, o en todo caso como lo que a nosotros, traductores, nos da la gana llamar la verdad… Todo Aira está en esta idea, y también todos los 70: Derrida, Deleuze, la desjerarquización de las culturas y los saberes, la idea de la verdad como categoría fascista. Todo ese solipsismo disfrazado de fiesta, toda esa parálisis disfrazada de bacanal que ahora, igual que Aira, me produce esta risa nerviosa que también es llanto.

Pero Aira es interesante. Creo que nadie ha aprovechado como él las posibilidades de autojustificación, de apología personal, que hay en esa filosofía. Pues eso es "Cumpleaños": un tipo que dice así soy, y así como soy, con mis lagunas, mis estupideces, mis negligencias y mis obcecaciones, llego a la meta exactamente igual que si fuera de los buenos. El libro empieza con Aira constatando que hasta los cincuenta años ignoró lo que sabe cualquier colegial: qué causa las fases de la Luna. Él creía que a los recortes de la Luna los provocaba la sombra de la Tierra. Y todo lo que sigue busca mostrar que ésa, como las demás limitaciones que Aira confiesa —como narrador, como razonador, como hombre de conocimiento— es, una vez "traducida", una virtud. "Como muchos", dice Aira, "tuve que hacer de necesidad virtud".

No es que yo sea insensible a la alegría existencial de aceptarse. O que ignore las profundas implicaciones artísticas del acto. Al contrario: para mí la pregunta crucial, la pregunta que mata, siempre ha sido: ¿cuándo cerrar el quiosco? ¿Cuándo dejar de intentar ser más valiente, más lúcido, más leído y mejor en la cama, en qué punto abandonar toda esperanza de corrección y decir: esto es lo que hay, y esperar que baste? Pregunta fatal, pues contestar "más tarde" es condenarse a la inmadurez, pero contestar "ahora" es ser hombre muerto.

Escrito por Gonzalo Garcés a las 15:38

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Pompeo & Wanda
16/05/2006

A mediados de los años 80, en occidente, había dos opciones ideológicas viables: o Playboy o Penthouse. Más o menos cuando Reagan empezaba su segunda presidencia, mi padre volvió de un viaje con un fajo de revistas prohibidas en Chile. Yo tenía once años y creo que entendí todo lo que había que entender. La principal atracción de Playboy era el fotógrafo de origen yugoslavo Pompeo Posar: de estilo meloso, articulado en torno a los temas de la "inocencia" y la "ternura" —completado, en ocasiones, con el de la "sinceridad"—, Pompeo encarnaba la opción socialdemócrata del sexo. Pompeo era uno de los Hombres de buena voluntad que cantó Jules Romains. Sus chicas no aparecían con cuero negro y látigo, tampoco ofrecían el culo en una actitud sumisa. No las ibas a encontrar con una guitarra eléctrica sobre la piel desnuda, o en trance de hacer muecas con el caño de un revólver. No: bailando entre tules, en camas adornadas con ositos de peluche, o secándose buenamente al borde de una piscina, las chicas Pompeo —Sharry o Brandy o Trixie o Glenda— no decían: "El sexo es un camino peligroso en una noche de tifón." Decían: "Trátame bien y no volverás a sentirte solo cuando se apaga la luz." El adulto comprende que el primer postulado es válido y el segundo, una amable estafa. Pero para los hijos de padres separados la obra del yugoslavo era un camino de reconciliación. Pompeo hacía la clase de pornografía que tu madre podría haber considerado apta para tu educación, y con esto creo que está todo dicho.

Frente a esto, los desnudos de Penthouse no daban la talla. Si sobre las fotos de Pompeo planeaba la bendición de tu madre, las de su rival se parecían a la nueva esposa de tu padre. Pero lo esencial de Penthouse, en realidad, estaba en una historieta que se llamó ¡Oh, malévola Wanda! Eran las aventuras de una feminista que, en su desaforada busca de poder, transgrede todos los mandatos feministas: con un cuerpo de pin-up, exagerado hasta la caricatura por el dibujante Ron Embleton, Wanda usa cínicamente el sexo para ascender en una sociedad corrupta. En su camino se cruza con rostros conocidos de la época: Jimmy Carter, Leonid Brezhnev, Arnold Schwarzenegger, Fidel Castro y un sonriente Augusto Pinochet. De episodio en episodio, la tira pasa de la sátira política al grotesco estilo Fellini, y ahí al absurdo existencial. Embleton es vital y pesimista. De sus coloridas orgías emergen algunos mensajes: los hombres no son tanto perversos cuanto viles y ridículos; las mujeres dominarán, no gracias a una evolución democrática de las costumbres, sino porque tienen de su parte la inteligencia, el empuje, la belleza y la falta de escrupulos; la vida es fascinante y merece ser vivida, pero el universo se está desintegrando sin remedio.

Yo procuré asimilar tanto la sabiduría de Pompeo como la otra, en apariencia irreconciliable, de ¡Oh, malévola Wanda! Cualesquiera hayan sido las trampas de la política y del sexo, a ellos he apelado en busca de mi norte. Nadie dirá que mi generación careció de guías.

Escrito por Gonzalo Garcés a las 16:0

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Do we have a deal?
16/03/2006

Estoy en el zoológico de Barcelona. Estoy en el zoológico, con mi hijo, mirando a los orangutanes. Aunque mirar es apenas una parte del asunto. Lo que estoy haciendo es negociar con un orangután. El gordo con canas del medio —puedo suponerlo el líder de la jaula— me vio pelar un Kit-kat y con un cambio sutil de expresión, que viró hacia eso que en español castizo se llama cazurro, estúpidamente hábil, obtusamente astuto, como un promotor de tiempo compartido que ve en tí a una billetera con patas y aunque te desangres o invoques a la Virgen o le hables hasta quedar afónico de Joseph Conrad no verá otra cosa, me señaló con el dedo. De inmediato me sentí en inferioridad de condiciones. Temía lo que se venía y no me equivoqué. El orangután (ojos entornados, sonrisa de connaisseur) apuntó su dedo hacia el Kit-kat. Luego extendió la palma. Luego su cara se iluminó de pronto y señaló el cielo, como diciendo "tengo la solución". Agarró un montón de paja del piso, trepó a la parte superior de la jaula y me la pasó entre los barrotes. Hecho esto, volvió a señalar mi Kit-kat: Do we have a deal? Yo temblaba; pensaba que, aunque sólo fuera por mi hijo, debía mostrar firmeza de carácter; él no debía ver a su padre cediéndole su oblea a un mono de mierda. "No", negué con la cabeza, mientras sudaba a mares, "no me conviene. No te voy a cambiar mi golosina por un poco de paja." El mono, sin perder su sangre fría, repitió los gestos anteriores: dedo, pedido, solución magistral. Pero esta vez sacó una verdadera bicoca. Era el cartón, sólo parcialmente babeado y mordido, de una hamburguesa Fast Zoo. Mientras me lo pasaba entre los barrotes pensé que ese orangután probablemente necesitaba mi Kit-kat más que yo. Pensé que, cuando fuera mayor, mi hijo comprendería. Hay circunstancias en las que conviene ceder para evitar desgracias mayores.

¿Por qué cuento esto? Porque llevo toda la semana pensando en Lolita. Como es bien sabido, Nabokov se cansó de repetir que la primera chispa de su novela surgió cuando leyó que un mono —ahora creo que era un gorila— de no sé qué zoológico californiano había producido el primer dibujo jamás hecho por un animal: los barrotes de su jaula. En sí, esta fanfarronada de Nabokov ya es una obra maestra. A primera vista parece una broma; después entiendes que se trata de una descripción precisa y escueta del drama en que se funda Lolita. La soledad del ruso que viaja por la lengua inglesa y que por más que se afana no consigue representar más que la barrera entre él y el mundo de los colores, los aromas y las texturas angloparlantes, esto es, la lengua misma. La soledad del adulto que ama a la niña de los pies dorados y que no atina a rememorar más que la perplejidad, la perplejidad y casi de inmediato la burla, de la mocosa cuando le decías aterido palabras que no podía entender: Lolita, esto no tendrá pies ni cabeza, pero ven; ven y vive conmigo, y muere conmigo, y todo conmigo. Sólo una segunda imagen redime la melancolía de ésta. Es la mano peluda de Nabokov que, cuando todo ha pasado, se extiende entre los barrotes hacia el lector como diciendo: ¿Tenemos un trato?

Escrito por Gonzalo Garcés a las 16:50

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Gonzalo Garcés

Gonzalo Garcés nació en Buenos Aires. En 1990 se convirtió en el crítico más joven del diario argentino La Nación. Cuatro años después, abandona la carrera de filosofía y se va de viaje. Al cabo de un largo vagabundeo se instala en París, donde estudiará literatura en la Sorbona. En abril del 2000 su segunda novela, Los impacientes, gana el Premio Biblioteca Breve. Celebrada por críticos como J.A. Masolivier Ródenas, J. Edwards Renard o E. Gudiño Kieffer y por escritores como Carlos Fuentes o Guillermo Cabrera Infante, el libro convierte a Garcés en figura destacada de la narrativa joven en español.
A partir de 2002 dicta cursos y participa en numerosos congresos y encuentros, entre los que cabe destacar el realizado en Sevilla a principios de 2003, que dará lugar al volumen colectivo Palabra de América. Ese año Seix Barral publica su tercera novela, El futuro. En agosto se instala en Gerona. Colabora desde entonces, y en forma creciente, en medios de España y América Latina como La Nación, Clarín, El Mercurio, Reforma, Brecha, Quimera o Letras Libres.

16/06/2006
Hombre muerto

16/05/2006
Pompeo & Wanda

16/03/2006
Do we have a deal?

Matías Pailos en Hombre muerto (30/07/2008 - 17:46)

orfeo en Do we have a deal? (10/07/2008 - 17:54)

Javier Narváez en Hombre muerto (16/06/2008 - 23:43)