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Lecturas de invierno
17/12/2007

Larga carretera de arena, de Pier Paolo Pasolini. La Fábrica.
Finales de los años 50, cambio de etapa. Pasolini recorre en su Fiat Millecento la costa italiana para relatarlo en Successo. Muchos años después, el fotógrafo Philippe Séclier fotografía los mismos escenarios. Como todos los textos de Pasolini, entre la política y la compasión bien entendida, entre la verdad a bocajarro y una esperanza que nos mueve y nos ayuda a vivir: "real" como un kilo de tierra en una botella de cristal transparente, "corpóreo" como un abrazo, un puñetazo o un beso. Es decir, imprescindible. "Y oíd, oíd esto. Hay un baile en un local de nombre francés donde se anuncia la elección de Míster 1959. No faltaré, desde luego que no. No soy un nostálgico retirado del mundo. Aquí está el edificio redondo, con un hall que parece una sala de epsera de estación de pueblo, pese a las pretensiones. Y aquí está el jardín, redondo, con plantas y rocas artificiales. El público que baila. Las chicas guapas y los chicos guapos."

Sade, de Philippe Sollers. Páginas de espuma.
A Sollers lo amas o lo odias. Yo lo amo. Sus libros, sus divagaciones. Sus grandes textos, sus pequeños textos. Uno de éstos precisamente me sirve de libro de cabecera cuando dudo del "poder" de la literatura para resolver algunos asuntos del, ejem, ejem, espíritu (abstengánse los católicos de traducirlo aquí por alma cristiana... me refiero más bien al "ánima" atea que buscara Vallès tanto como al "espíritu" de los ilustrados): Le Saint-Âne (Verdier, 2004). Este magnífico Sade, irritante a ratos, subyugante todo el tiempo, entre la ficción y el ensayo, es también un buen "tratado" para discernir sobre lo que realmente es importante para unos y banal para otros. "Éste es mi Torah, mi Evangelio, mi Corán, mi Declaración de derechos. O si lo preferís más exacta y modestamente, mi sextante, mi brújula."  

Tarea de esperanza. Antología poética, de Yves Bonnefoy. Pre-Textos.
Uno de las grandes poetas del presente. Supe de él en la Biblioteca Pública de Cáceres gracias a otra antología suya, la que publicó Lumen en 1977, aunque fue uno de sus mejores libros, Principio y fin de la nieve, publicado por Hiperión en 1993, dos años después de su edición en el Mercure de France, quien lo dio a conocer a mi generación. Acabo de iniciar la lectura de esta nueva antología, en traducción de Arturo Carrera, pero ya sé que será uno de "mis" libros durante las próximas semanas. Así traduce Carrera "Une pierre": "Él me decía Eres un agua, la más oscura. / La más fresca donde gustar el indivisible amor. / Retuve sus paso, pero entre otras piedras, / en el beber eterno del día más hondo que el día."

La educación del des-artista, de Allan Kaprow. Árdora.
De modo reduccionista, se ha encasillado a Kaprow como "el inventor del Happening", lo que en ocasiones, vistos mil y un happenings de escaso interés, repetitivos, sin-nada-que-decir (por utilizar la expresión de Dick Higgins), parece un desdoro. Pero no, Kaprow no el responsable de ello. Sólo de una de las obras artísticas más interesantes de la segunda mitad del siglo XX. Este libro es una pieza más de esa obra. Manual, biblia y documento que todos debemos releer hasta aprender de memoria: tan lleno de "cosas" comunes, básicas, que sorprende que no pensemos más en ellas. Sentido común por encima de todo y de todos. Como en este brevísimo fragmento: "La mejor apuesta siguen siendo las escuelas públicas, por muy encallecidas por los hábitos, la burocracia y los conserjes que estén".  

Los últimos, de Katja Lange-Müller. Adriana Hidalgo.
Un libro aparentemente menor y en primera persona que se revela (y rebela) como una gran novela en tercera sobre la tristeza, el amor, la política (en todas sus vertientes) y, sí, no es errata, la tipografía. Porque Lange-Müller, ciudadana de la ex RDA, fue tipógrafa antes que narradora. "El cielo hacia el que yo levantaba la vista cada vez que me venía a la mente la palabra 'libre' lo oscurecieron aquella tarde de agosto, hace veinte años, nubes gigantescas que colgaban pesadamente sobre azoteas grandes como estadios de fútbol, nubes en cuyas partes inferiores -o debería decir panzas- se clavaban antenas, se apoyaban chimeneas. Sólo los bordes raídos y un par de segmentos más delgados eran alumbrados por el sol que se hundía y les daba un color rojo cangrejo; con ojos apretados observé el palpitar indolente, casi orgánico, de esos puntos débiles en aquel cuerpo aparente -que quizá sufría por la labilidad de su estado físico- compuesto nada más que de partículas de polvo y el heterno H2O de los charcos, arroyos y lagos, de los mares de todos los países, de los océanos de todos los continentes, de los biotopos de nuestro planeta." Así comienza Los últimos.

Escrito por Julián Rodríguez a las 16:45

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Lecturas de verano
17/08/2007

Uno organiza caprichosamente los compartimentos de la historia de la literatura como si organizara su biblioteca. Del pasado y del presente. En ocasiones, yerra; otras veces, acierta. Es decir, su "organización" corresponde con una posible verdadera historia de la literatura, que quizá no sirva para nada pero ayuda al lector, a este lector, a situar las obras en su tiempo, y a reflexionar sobre ese tiempo. Tiempo literario y tiempo político.

Pongamos un ejemplo: literatura argentina de los últimos cuarenta años, sección (como bromearan Perec y Calvino) senior: compartimento 1: Saer/DiBenedetto/Rivera; compartimento 2: Piglia/Fogwill/Aira… Hasta aquí todo ok, dirá alguien, políticamente correctos, visión "desde" España, corta de miras, por supuesto. Y otro nos preguntará: ¿pero y David Viñas, y Rodolfo Walsh, y Manuel Puig, y Copi, y Haroldo Conti, y Marco Denevi? (Por no ir más hacia atrás o más hacia delante.) Peronismo, golpes de estado, crisis del petróleo, nuevo golpe militar…

Y todo esto a propósito de las lecturas y relecturas del verano... Porque en verano organizamos o reorganizamos la biblioteca. Y elegimos viejos libros para "combinar" con los libros nuevos.

Desde hace años (agradable rutina), cada julio, cada agosto, las mismas combinaciones: dos o tres novelas negras de interés (y, por desgracia, ocho muy jaleadas y siempre decepcionantes); cinco ensayos sobre arte, literatura o actualidad; tres o cuatro revisiones de "clásicos de ayer y de hoy" completos (este año Benjamin Constant, Auden, Carlos de Oliveira, Vonnegut); y Sciascia.

Cada verano, todo Sciascia (Tusquets acaba de reeditar La desaparición de Majorana, yo compré en junio el único libro suyo que no tenía: dos muy breves en un solo volumen, uno de poemas, otro de fábulas: La Sicilia, il suo cuore. Favole della dittatura). Y entre Sciascia y Sciascia un Onetti, un Saer, un Di Benedetto, un Pavese, un Faulkner, un Brodsky, un Duras. Una y otra vez, los mismos autores, cada verano. La-parte-inamovible, podría llamarla.

Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg ha recuperado recientemente las novelas completas de Onetti, no es difícil conseguirlas (también en Seix Barral). Las de Saer se reeditaron en El Aleph hace pocas temporadas: se encuentran con facilidad. Faulkner está en bolsillo, no siempre en las mejores condiciones, pero está. Peor suerte tiene Pavese, que aparece y desaparece de nuestras librerías sin demasiada fortuna: un solo editor debería editarlo al completo (Pre-Textos parecía que iba a hacerlo, ojalá sea así). Duras está publicada a medias (parte en Tusquets), falta reeditar, re-traducir y rescatar títulos que sólo se consiguen aún en francés. Y se han recuperado hace poco los ensayos de Brodsky (Siruela. Su poesía -Visor, Cátedra- necesita una atención mayor y más cuidada).

¿Y Di Benedetto, el menos conocido de todos? Algunos cuentos excelentes, tres novelas magníficas, de 1956, 1964 y 1966 respectivamente: Zama, El silenciero (la primera edición española de este libro llevaba por título El hacedor de silencios) y Los suicidas, que, como escribiera precisamente Saer (el mejor exegeta de Di Benedetto), "en razón de la unidad estilística y temática que las rige, forman una especie de trilogía y, digámoslo desde ya para que quede claro de una vez por todas, constituyen uno de los momentos culminantes de la narrativa en lengua castellana de nuestro siglo". Y sigue: "En la literatura argentina, Di Benedetto es uno de los pocos escritores que han sabido elaborar un estilo propio, fundado en la exactitud y en la economía y que, a pesar de su laconismo y de su aparente pobreza, se modula en muchos matices, coloquiales o reflexivos, descriptivos o líricos, y es de una eficacia sorprendente. Su habilidad técnica -a él no le hubiese gustado la palabra y a mí tampoco me convence demasiado-, que un rasgo personal suplementario, bastante escaso en nuestra época por otra parte, la discreción, relega siempre a un segundo plano, es también asombrosa, y si bien es la tensión interna del relato la que organiza los hechos, esa maestría excepcional los destila sabiamente para darles su lugar preciso en el conjunto. De sus construcciones novelísticas, el capricho está desterrado. Su arte sutil va descartando con mano segura las escorias retóricas para concentrarse en lo esencial". En las principales librerías de las principales ciudades españolas, como decía el anuncio, se encuentra su obra completa (o casi) publicada en diferentes volúmenes por la editorial argentina Adriana Hidalgo. Una iniciativa valiosísima.  

Escrito por Julián Rodríguez a las 14:41

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Tres lecturas de domingo
12/06/2007

Montaigne en "Cómo nuestro espíritu se embaraza a sí mismo":
"Es una graciosa idea la de imaginar un espíritu igualmente solicitado por dos iguales deseos, pues es indudablemente que jamás adoptará ninguna resolución, a causa de la alternativa del escoger presupone en los objetos desigualdad de valor. Y si se nos colocara entre la botella y el jamón, con apetito idéntico de comer y beber, no cabe duda que moriríamos de hambre y de sed. Para explicar los estoicos el que nuestra alma elija entre dos cosas indiferentes, cuál es la causa, por ejemplo, de que en un montón de escudos tomemos más bien unos que otros, siendo todos parecidos y no habiendo razón alguna que nos incline a la preferencia, dicen que semejante movimiento de nuestro espíritu es desordenado y anormal, y que proviene de un impulso extraño, accidental y fortuito. Paréceme que podría darse una mejor explicación, en razón a que ninguna cosa se representa nuestra mente en que no exista alguna diferencia, por ligera que sea; y que para la vista o para el tacto hay siempre algún motivo que nos tiente y atraiga aun cuando no podamos advertirlo. Análogamente, si imagináramos un bramante cuya resistencia fuera igual en toda su extensión, sería imposible de toda imposibilidad que se quebrara: ¿por dónde había de principiar la ruptura? Romperse por todas partes va contra el orden natural. Y si añadimos además a este ejemplo las preposiciones geométricas que por la evidencia de la demostración concluyen que el contenido es mayor que el continente y el centro tan grande como su circunferencia; que admiten dos líneas que acercándose constantemente una a otra no pueden jamás tocarse, la piedra filosofal y la cuadratura del círculo, en todas las cuales la razón y lo que la vista muestra están en oposición, obtendríamos sin duda algún argumento con que apoyar este atrevido principio de Plinio: solum certum nihil esse certi, et homine nihil miserius, aut superbius."  

Un poema de Tomás Segovia titulado "Más verdad":
"Tiene que ser que el tiempo / Dura aquí de otra forma / Y el espacio gravita de otro modo / Para que pueda abrirse y respirar en paz / Este mundo sereno / En el que el fresco y el silencio / Se gozan entre sí y los árboles hacen / Con la luz esa danza cadenciosa y sin cuerpo / Tiene que ser que todo el tiempo hay otro tiempo / Y todo el tiempo otro modo de habitar el espacio / Y tener gravidez / Tiene que ser que la verdad no cabe toda / En nuestro terco empuje hacia delante."  


"Un asunto de otro tiempo", de John Galsworthy:
Cuando en el verano de 1921 Hubert Marsland, el paisajista, regresaba de pasar el día haciendo bosquejos junto al río, tuvo que detener su coche de dos plazas a unas diez millas de Londres para una pequeña reparación; y, mientras lo arreglaban, se alejó del taller para echar un vistazo a la casa donde solía pasar sus vacaciones cuando era niño. Después de franquear una verja y de dejar a su izquierda una gravera, llegó en seguida ante la casa, que se alzaba en medio del jardín. ¡Cuánto había cambiado! Resultaba más pretenciosa y menos acogedora que cuando sus tíos vivían allí, y él jugaba al cricket en el terreno de enfrente, que parecía haberse convertido en un campo de golf. Era tarde... hora de cenar, y, como no vio a ningún jugador, se adentró en el campo y empezó a reconocer sus rincones. Allí debía de haber estado la vieja caseta. Y un poco más lejos, aún cubierto de césped, el lugar donde había bateado tan bien la pelota y, después de marcar trece puntos, había terminado su turno, el último del equipo, sin ser eliminado. Hacía treinta y nueve años, el día que cumplía dieciséis. ¡Con qué claridad recordaba sus nuevas espinilleras! A. P. Lucas había jugado contra ellos y sólo había marcado treinta y dos; en aquellos días todos copiaban su estilo: el pie delante del bate, un poco hacia fuera, con elegancia; algo que ya no se veía, afortunadamente... ¡puede uno sacrificar tanto en aras del estilo! Ahora, sin embargo, se tendía a lo contrario; el estilo era quizá algo totalmente pasado de moda... 
     Retrocedió hacia el sol y se sentó en la hierba. ¡Qué paz! ¡Cuánta quietud! La neblina que cubría las lejanas colinas resultaba visible entre la antigua casa de su tío y la vivienda vecina. Y en el lado opuesto estaba el grupo de olmos, tras los que se pondría el sol como en los viejos tiempos. Hundió la palma de las manos en el césped. Un verano maravilloso... muy parecido a aquel otro verano de su adolescencia. Y la calidez de la hierba, o tal vez del pasado, se apoderó de su corazón y sintió cómo le invadía la nostalgia. Debía de haberse sentado en aquel mismo lugar después de su turno de lanzamiento, junto a los pies de la señora Monteith, que asomaban por debajo de un vestido de volantes. ¡Dios mío! ¡Qué necios eran los jóvenes! Y ¡cuán precipitados e imprudentes sus afectos! Un poco de dulzura en una voz o en una mirada, una sonrisa, un pequeño roce o dos, ¡y ya eran unos esclavos! Necios, pero también generosos. Y, detrás de la silla de la señora Monteith, podía ver con claridad al capitán MacKay, ese otro ídolo, con su rostro de color marfil oscuro (exactamente igual que aquel colmillo de elefante de su tío, que con el tiempo se había vuelto tan amarillo), su soberbio bigote negro, su corbata blanca, traje de cuadros, clavel en la solapa, polainas cortas, bastón de Malaca... ¡todo tan fascinante! La señora Monteith, `la separada´, ¡así la llamaban! Recordaba el modo en que la gente la miraba, el tono de sus voces. ¡Y era tan hermosa! Se había enamorado de ella a primera vista... de su perfume, de su voz, de su elegancia. Y aquel día en el río, cuando ella le hizo tanto caso, y el capitán MacKay estuvo tan pendiente de Evelyn Curtiss que todos pensaron que iba a declararse. ¡Qué época tan extraña! Entonces empleaban la palabra `cortejar´, y vestían faldas amplias y corsés muy, altos; y él llevaba un cinturón elástico de color azul alrededor de su cintura de franela blanca. Y aquella noche su tía le había dicho, con una sonrisa maliciosa: `¡Buenas noches, tontuelo!´. Y la verdad es que lo era, con aquella flor que la señora Monteith había dejado caer al suelo entre su mejilla y la almohada. ¡Qué locura! Y el domingo siguiente... deseando ir a la iglesia... cepillando con fervor su sombrero de copa; había pasado todo el servicio espiando su pálido perfil, dos bancos delante de él, a la izquierda, entre su tío Hallgrave, un anciano con barba de chivo, y su gorda y sonrosada tía de pelo blanco; ideando cómo acercarse a ella cuando saliera, indeciso, acecharte, sin conseguir más que una sonrisa y el frufrú de sus volantes. ¡Ay! ¡El menor detalle significaba tanto en aquella época! Y su último día de vacaciones... la noche en que por primera vez entrevió la realidad. ¿Quién dijo que la era victoriana estuvo llena de inocencia? 
       Marsland se llevó la mano a la mejilla. ¡No, el relente todavía no se notaba! Y, de igual modo que un hombre remueve y sacude el heno para airearlo, sintió que algo se removía en su interior y sacudía los recuerdos de otras mujeres; pero nada despertaba en él un sentimiento parecido a aquella primera experiencia. 
       ¡El baile de su tía! Su primer chaleco blanco, comprado ad hoc en la sastrería local; la corbata con la que trataba de emular a su héroe, el capitán MacKay. Se acordaba tan bien de todos los detalles en medio de aquella paz: la expectación, el tímido y discreto nerviosismo, la petición de un baile con voz entrecortada, el nombre de la señora Monteith escrito dos veces en su pequeña libreta de bordes dorados con el diminuto lápiz blanco con borlas; la lentitud con que ella movía el abanico, su sonrisa... Y el primer baile; su infinito cuidado para no pisar las puntas de sus zapatos de satén blanco; la emoción cuando el brazo de ella apretaba el suyo en medio del tumulto... Qué grande su embeleso, especialmente en la primera parte de la velada, cuando todavía le quedaba otro baile. ¡Si hubiera podido hacerla girar en ambos sentidos, como su héroe el capitán MacKay! Su exaltación fue en aumento al acercarse el segundo baile, lo que le hizo despedirse bruscamente de su pareja. Recordaba con claridad el frescor del aire y el aroma de la hierba en la oscura terraza, el zumbido de los abejorros, la asombrosa altura de los álamos a la luz de las estrellas... y el cuidadoso arreglo de su corbata y chaleco, la vigilante limpieza del sudor de su rostro. Un respiro hondo, y entrar en la casa a buscarla. El salón de baile, el comedor, las escaleras, la biblioteca, la sala de billar, y todo en vano... Los músicos seguían tocando el vals Estudiantina, y él vagando por las habitaciones con su chaleco blanco, como un joven fantasma. ¡Ah, el invernadero! ¡Cómo corrió hacia allí! Y luego aquel instante del que seguía guardando, incluso ahora, una impresión borrosa, muy confusa. El sonido de voces ahogadas entre las flores: `La he visto´, `¿Quién era el hombre?´. La visión momentánea de un rostro de color marfil, de un bigote negro. Y entonces la voz de ella: `¡Hubert!´; y una mano febril cogiendo la suya, acercándolo a ella; su perfume, su sonrisa forzada. Cuchicheos detrás de las flores, aquella gente espiando; y, súbitamente, los labios de ella en su mejilla, el beso resonando en sus oídos, su voz exclamando con dulzura: `¡Hubert, querido muchacho!´. Los susurros disminuyeron, cesaron. ¡Qué minuto tan largo y silencioso entre los helechos y las flores, en aquella penumbra, con el semblante de ella junto al suyo... pálido, inquieto, antes de ser conducido nuevamente a la luz, comprendiendo poco a poco que ella le había utilizado. Un muchacho... demasiado joven para ser su amante, ¡pero no para salvar su reputación y la del capitán MacKay! El beso de ella... el último de muchos... pero no en sus labios, en sus mejillas. ¡Qué duro había sido darse cuenta del engaño! Besar a un muchacho... sin importancia... un muchacho que, al día siguiente, volvería al colegio, ¡para que él y ella pudieran reanudar su relación libres de sospecha! 
       Después de ver su amor cubierto de fango, ¿cómo se había comportado el resto de la velada? Apenas lo recordaba. ¡Traicionado con un beso! ¡Dos ídolos caídos! ¿Acaso se preocuparon ellos de lo que él sentía? En absoluto. ¡Su única inquietud fue servirse de él para ocultar sus relaciones! Sin embargo, no sé por qué motivo... él nunca había dado a entender a la señora Monteith que lo sabía. Sólo cuando terminaron de bailar y alguien vino en busca de ella, huyó a su pequeño dormitorio, se arrancó los guantes, el chaleco; luego se tendió en la cama y le asaltaron amargos pensamientos. ¡Le había llamado muchacho! Y siguió allí, con el runrún de la música en sus oídos, hasta que finalmente se fue desvaneciendo, los carruajes se marcharon y la noche quedó en silencio. 
       Poniéndose en cuclillas sobre la hierba, todavía tibia y seca, Marsland se frotó las rodillas. ¡Nada tan generoso como un muchacho! Con una pequeña sonrisa, se acordó de su tía al día siguiente, y de la mezcla de ironía y de inquietud con que ésta le había dicho: `No está bien, querido, sentarse en rincones oscuros y.. bueno, es posible que la culpa no fuera tuya, pero, a pesar de todo, no está bien... no está nada...´. Y cómo se había detenido de pronto, contemplando el rostro de su sobrino, mientras los labios de éste anunciaban su primera risa sarcástica. Su tía jamás le había perdonado aquella reacción. ¿Le habría creído un joven y cínico Lotario[1]? Y Marsland pensó: `¡Vivir para ver!´. ¿Qué habría sido de los dos? ¡La era victoriana! Sabían cubrirse las espaldas, pero hablar de inocencia! ¡Habrase visto!
        ¡Ah! El sol estaba a punto de ocultarse y se sentía el relente. Hubert se levantó, frotándose las rodillas para quitarse el entumecimiento. Más allá, en el bosque, las palomas zureaban. Una ventana de la antigua casa de su tío brillaba como una joya entre los álamos, bajo los últimos rayos de sol. ¡Ah! ¡Aquel insignificante asunto de otro tiempo!  

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[1] Personaje libertino de The Fair Penitent (1703), tragedia en verso de Nicholas Rowe.    

Escrito por Julián Rodríguez a las 10:25

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Julián Rodríguez
Julián Rodríguez (Ceclavín, Cáceres, 1968), que en la actualidad es director literario de una pequeña editorial independiente, Periférica, ha publicado sus libros en diferentes sellos del Grupo Random House Mondadori: en 2001 apareció su primera novela, Lo improbable (Debate); en 2002 un volumen con tres novelas cortas, La sombra y la penumbra (Debate); y en 2004 un libro autobiográfico titulado Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás (Caballo de Troya), por el que fue elegido Nuevo Talento FNAC y con el que inició un ciclo que ha llamado "Piezas de resistencia", del que escribe ya una segunda parte, titulada Cultivos. Hace unos meses Literatura Mondadori publicó su segunda novela, Ninguna necesidad, elegida por los críticos del diario El País como uno de los mejores libros de narrativa en español de 2006 y Premio Ojo Crítico de RNE.

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gabyy en Sobre El farmer y Andrés Rivera (09/05/2008 - 14:48)

LO QUE LEO:
O mejor: lo que reeleo. Un pedigrí (Anagrama), de Patrick Modiano. Un joven traductor latinoamericano residente en París nos envío hace meses a Periférica unas cuantas páginas de su propia traducción del original francés. Enseguida compré Un pedigree en una librería “francesa” de Madrid, que ya había hojeado en un viaje a Toulouse. Lo leí en el tren de vuelta a Cáceres. No sé si es uno de los mejores libros de Modiano: es, como todos los suyos, igual y distinto. Me gustan los libros de Modiano: monótonos, sugerentes, aparentemente desapasionados, narrados en voz baja, inspiradores diría también. No los aprecio por los nombres propios de sus novelas y porque sucedan en París y en un pasado incierto, sino por el poder de convicción que tienen, por su dibujo sutil y nunca maniqueísta de la realidad política y social y por su capacidad para crear eso que algunos llaman atmósfera y que ahora preferiría calificar, con Onetti, como realidad paralela: una realidad, sobre todo, llena de miserias y esperanzas casi nunca convertidas en futuro.
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ESCUCHANDO:
Las últimas semanas han sido para Richard Swift (The Richard Swift Collection. Volume One. The Novelist/Walking whitout Effort), Stephin Merritt (la banda sonora del ex Magnetic Fields para la película Eban & Charley), Jens Lekman (Oh you’re so silent Jens), Troy Von Balthazar (Troy Von Balthazar) y, muy especialmente, The Soft ant the Hardcore, de Tender Forever.
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