Sin biblioteca (primera entrega) |
28/08/2008 |
ÉL: De vez en cuando ella me hablaba de la biblioteca de su padre. La biblioteca que su padre había heredado de su abuelo. Ella había crecido rodeada de libros, y yo, eso creía, la amaba por aquella biblioteca que nunca había tenido. En casa de mis padres, allá en Hoyos, en la sierra de Gata, sólo hubo dos libros: una biblia y un quijote, mi hermano lo ha contado en un poema. Los sábados yo acudía a la biblioteca pública, que estaba en la plaza del pueblo. Mi padre me enseñó a leer cuando tenía dos años. Recuerdo que ella volvió a poner aquel disco de Billy Bragg y que se quitó la camiseta de fruit of nosequé, la única prenda que llevaba, como si fuera una striper furiosa. ¿A quién querías atemorizar? Luego se puso a relatarme (ése es el verbo que hubiera utilizado mi madre). Recuerdo que, cuando no teníamos nada mejor que hacer, ni dinero ni planes, yo le leía en la cama fragmentos de aquellos libros. Alargué nuestra relación, lo confieso, para disfrutar de su biblioteca. Le robé cien, doscientos, trescientos libros. Quizá la alargó ella.
ELLA: Ya lo he dicho: sabía que algún día se cansaría de mí. Es extraño, lo supe desde el primer momento. Experiencia, dirán algunos. Puede que sí. Una premonición. Dejémoslo. Tengo grabado aquel día en la memoria. El día en que iba a cambiar todo, pensé luego. Me había vestido con mi mejor ropa, me había gastado tres mil pesetas en una peluquería y había comprado un perfume, no muy barato, no demasiado caro, con el dinero del subsidio. En la calle me encontré con la chica que limpiaba nuestra escalera. Iba con un niño de la mano. Casi tan guapo como ella. Lástima que al niño se le estuviera cayendo el pelo. Así que me abstuve de decirle a su madre que venía de la peluquería. Estás muy guapa, dijo ella, como adivinándolo. Ya sé que no estoy mal, pero lo había olvidado hasta aquel mismo momento. Pensé que sus palabras me valdrían para el futuro, para sentirme mejor. Quién sabe. Con un pensamiento rondándome, lo que no tengo, lo que echo de menos, lo llamé al móvil y oí que respondía algo más alegre que de costumbre. Una ilusión, me dije luego, cuando regresó a casa con el rostro mustio de los últimos días. Lo mejor de aquella tarde fue el paseo de dos horas, yo sola, sin nada que hacer, mirando escaparates. Sin nada que comprar. No tenía ganas de volver a casa. Me gustaba mirarme en los escaparates con mi nuevo aspecto, con el vestido marrón que me sienta bien, con los leotardos que ya nadie usa. Pensaba en los leotardos y en las chicas y en sus novios a los que no les gustan los leotardos, o en los novios de las otras chicas que no eran ellas y me acordé otra vez de él y sentí ganas de verlo, quizá incluso de que me besara, así que entré en un bar para tomar un café antes de tener la debilidad de llamarlo demasiado pronto. Todos los clientes eran hombres, hombres que vestían con mal gusto, tal vez vestidos por sus mujeres. El bar tenía una larga barra de aluminio, y dos televisores gigantes, uno en cada esquina. Había carteles con imágenes del Caribe en las paredes. El camarero era extranjero. Cuando salí del bar, comenzaba a llover.
ÉL: Anoche, después de pensar sobre qué biblioteca debería escribir aquí, busqué un libro de un escritor portugués, Gonzalo M. Tavares, titulado con esa palabra, biblioteca. Él mismo me había escrito hacía unos días, hablándome de sus ensayos, hablándome de Paulo José Miranda, otro escritor portugués, hablándome de un premio en Brasil. Yo había comprado Biblioteca en el Forum do Livro de Aveiro, ese otro verano, en aquel viaje. Busqué la edición de Xordica, tiré el ejemplar sobre el sofá, bajé el volumen del televisor. Nos habíamos detenido en un bar de carretera, muy sucio, tristón, pero donde comimos bien. Viajábamos dos parejas, ya casi no recuerdo adónde fuimos a parar, recuerdo sobre todo aquel bar, la hija adolescente de la dueña untando nuestro pan con mantequilla salada, envidiándonos porque éramos españoles, dijo, y estábamos de vacaciones. Antes de salir de viaje habíamos discutido: ya no había pasta de dientes, y apenas papel higiénico. ¿Quién de los dos era el responsable esta semana? Discutíamos por banalidades. Ella me reprochaba... ¿qué? Ya no lo recuerdo, pero sí el nombre de aquella muchacha que nos envidiaba: Cándida. ¿Dónde estará ahora? He creído verla, uno de estos días, entre el público de un concierto de The Gift que pasaba la TDT.
ELLA: Aquella chica, Cándida, me recordaba a mi madre. Parecía también hija suya. Aunque era ella la que había heredado la mirada de mi madre, y su agudeza. Aunque fuera en bata de percal y despeinada, mi madre aparecía en los aseos del internado en el que estudió y todas callaban. No se oía más que el silbido de los hornillos en la cocina improvisada para el fin de semana. Mi madre producía siempre ese respeto. Aunque quizá también la odiaran un poco. Eso decía ella. Llegaba con el vaso y el cepillo de dientes y lo primero que hacía era poner la cabeza bajo el grifo. Luego se bajaba la bata hasta la cintura y se lavaba los hombros y los pechos. Si no funcionaba el agua caliente, se lavaba las piernas con una esponja. Mi madre podía describirse a sí misma como si fuera otra mujer, y como si ella hubiera estado enamorada de esa mujer. Conoció a mi padre un sábado, fuera del internado. En un baile de Navidad. Él, al principio, mi madre no se cuidaba nunca de ocultarlo, apenas significó algo para ella. Poco a poco se fue acostumbrando, llegó a necesitarlo. El día en que enterramos a mi madre, mi padre no lloró como suelen hacer otros maridos, ni por las apariencias: arrojó un puñado de tierra sobre el ataúd y luego hizo una seña para que lo cubrieran. Se dio la vuelta antes de que lo hicieran del todo. ¿No sería más barato un nicho?, oí que preguntaba alguien a lo lejos. Al principio, cuando mi madre enfermó, odié a mis amigas. Tuve la impresión de que se olvidaban de mí. Comenzaban a viajar sin mí, conocían a chicos que yo ya no podría conocer jamás. Fueron a estudiar a otros países. No podía soportar sus comentarios, el tono dulce y engañoso que utilizaban cuando me preguntaban por «tu madre» desde muy lejos. Porque sabía que en el fondo les daba igual que me estuviera consumiendo entre aquellas cuatro paredes, junto a aquella cama. Confieso que odié a mi madre muchas veces. ¿Por qué tardó tanto en morir? Dejamos de veranear en el campo, y allí me abandonaron también, y para siempre, mis amigas de los veranos. Voy a perder mi juventud, lo comprendí un día, y traté de hacérselo entender a mi padre a la hora de la cena, pero: No, ése es tu deber como hija, y yo sintiéndome culpable durante la semana siguiente, deseando que ahora no, por favor, no se muriera mamá. Así que esta mañana, cuando pensé en ellas, y recordé que tan sólo aparecieron una o dos veces por casa, que se olvidaron de las promesas que nos habíamos hecho de niñas, las he odiado durante un rato. Un sentimiento que ha resultado ser extrañamente reconfortante, como una medicina bien administrada.
Escrito por Julián Rodríguez
a las 13:44 |
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Lecturas de invierno |
17/12/2007 |
Larga carretera de arena, de Pier Paolo Pasolini. La Fábrica. Finales de los años 50, cambio de etapa. Pasolini recorre en su Fiat Millecento la costa italiana para relatarlo en Successo. Muchos años después, el fotógrafo Philippe Séclier fotografía los mismos escenarios. Como todos los textos de Pasolini, entre la política y la compasión bien entendida, entre la verdad a bocajarro y una esperanza que nos mueve y nos ayuda a vivir: "real" como un kilo de tierra en una botella de cristal transparente, "corpóreo" como un abrazo, un puñetazo o un beso. Es decir, imprescindible. "Y oíd, oíd esto. Hay un baile en un local de nombre francés donde se anuncia la elección de Míster 1959. No faltaré, desde luego que no. No soy un nostálgico retirado del mundo. Aquí está el edificio redondo, con un hall que parece una sala de epsera de estación de pueblo, pese a las pretensiones. Y aquí está el jardín, redondo, con plantas y rocas artificiales. El público que baila. Las chicas guapas y los chicos guapos."
Sade, de Philippe Sollers. Páginas de espuma. A Sollers lo amas o lo odias. Yo lo amo. Sus libros, sus divagaciones. Sus grandes textos, sus pequeños textos. Uno de éstos precisamente me sirve de libro de cabecera cuando dudo del "poder" de la literatura para resolver algunos asuntos del, ejem, ejem, espíritu (abstengánse los católicos de traducirlo aquí por alma cristiana... me refiero más bien al "ánima" atea que buscara Vallès tanto como al "espíritu" de los ilustrados): Le Saint-Âne (Verdier, 2004). Este magnífico Sade, irritante a ratos, subyugante todo el tiempo, entre la ficción y el ensayo, es también un buen "tratado" para discernir sobre lo que realmente es importante para unos y banal para otros. "Éste es mi Torah, mi Evangelio, mi Corán, mi Declaración de derechos. O si lo preferís más exacta y modestamente, mi sextante, mi brújula."
Tarea de esperanza. Antología poética, de Yves Bonnefoy. Pre-Textos. Uno de las grandes poetas del presente. Supe de él en la Biblioteca Pública de Cáceres gracias a otra antología suya, la que publicó Lumen en 1977, aunque fue uno de sus mejores libros, Principio y fin de la nieve, publicado por Hiperión en 1993, dos años después de su edición en el Mercure de France, quien lo dio a conocer a mi generación. Acabo de iniciar la lectura de esta nueva antología, en traducción de Arturo Carrera, pero ya sé que será uno de "mis" libros durante las próximas semanas. Así traduce Carrera "Une pierre": "Él me decía Eres un agua, la más oscura. / La más fresca donde gustar el indivisible amor. / Retuve sus paso, pero entre otras piedras, / en el beber eterno del día más hondo que el día."
La educación del des-artista, de Allan Kaprow. Árdora. De modo reduccionista, se ha encasillado a Kaprow como "el inventor del Happening", lo que en ocasiones, vistos mil y un happenings de escaso interés, repetitivos, sin-nada-que-decir (por utilizar la expresión de Dick Higgins), parece un desdoro. Pero no, Kaprow no el responsable de ello. Sólo de una de las obras artísticas más interesantes de la segunda mitad del siglo XX. Este libro es una pieza más de esa obra. Manual, biblia y documento que todos debemos releer hasta aprender de memoria: tan lleno de "cosas" comunes, básicas, que sorprende que no pensemos más en ellas. Sentido común por encima de todo y de todos. Como en este brevísimo fragmento: "La mejor apuesta siguen siendo las escuelas públicas, por muy encallecidas por los hábitos, la burocracia y los conserjes que estén".
Los últimos, de Katja Lange-Müller. Adriana Hidalgo. Un libro aparentemente menor y en primera persona que se revela (y rebela) como una gran novela en tercera sobre la tristeza, el amor, la política (en todas sus vertientes) y, sí, no es errata, la tipografía. Porque Lange-Müller, ciudadana de la ex RDA, fue tipógrafa antes que narradora. "El cielo hacia el que yo levantaba la vista cada vez que me venía a la mente la palabra 'libre' lo oscurecieron aquella tarde de agosto, hace veinte años, nubes gigantescas que colgaban pesadamente sobre azoteas grandes como estadios de fútbol, nubes en cuyas partes inferiores -o debería decir panzas- se clavaban antenas, se apoyaban chimeneas. Sólo los bordes raídos y un par de segmentos más delgados eran alumbrados por el sol que se hundía y les daba un color rojo cangrejo; con ojos apretados observé el palpitar indolente, casi orgánico, de esos puntos débiles en aquel cuerpo aparente -que quizá sufría por la labilidad de su estado físico- compuesto nada más que de partículas de polvo y el heterno H2O de los charcos, arroyos y lagos, de los mares de todos los países, de los océanos de todos los continentes, de los biotopos de nuestro planeta." Así comienza Los últimos.
Escrito por Julián Rodríguez
a las 16:45 |
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Lecturas de verano |
17/08/2007 |
Uno organiza caprichosamente los compartimentos de la historia de la literatura como si organizara su biblioteca. Del pasado y del presente. En ocasiones, yerra; otras veces, acierta. Es decir, su "organización" corresponde con una posible verdadera historia de la literatura, que quizá no sirva para nada pero ayuda al lector, a este lector, a situar las obras en su tiempo, y a reflexionar sobre ese tiempo. Tiempo literario y tiempo político.
Pongamos un ejemplo: literatura argentina de los últimos cuarenta años, sección (como bromearan Perec y Calvino) senior: compartimento 1: Saer/DiBenedetto/Rivera; compartimento 2: Piglia/Fogwill/Aira… Hasta aquí todo ok, dirá alguien, políticamente correctos, visión "desde" España, corta de miras, por supuesto. Y otro nos preguntará: ¿pero y David Viñas, y Rodolfo Walsh, y Manuel Puig, y Copi, y Haroldo Conti, y Marco Denevi? (Por no ir más hacia atrás o más hacia delante.) Peronismo, golpes de estado, crisis del petróleo, nuevo golpe militar…
Y todo esto a propósito de las lecturas y relecturas del verano... Porque en verano organizamos o reorganizamos la biblioteca. Y elegimos viejos libros para "combinar" con los libros nuevos.
Desde hace años (agradable rutina), cada julio, cada agosto, las mismas combinaciones: dos o tres novelas negras de interés (y, por desgracia, ocho muy jaleadas y siempre decepcionantes); cinco ensayos sobre arte, literatura o actualidad; tres o cuatro revisiones de "clásicos de ayer y de hoy" completos (este año Benjamin Constant, Auden, Carlos de Oliveira, Vonnegut); y Sciascia.
Cada verano, todo Sciascia (Tusquets acaba de reeditar La desaparición de Majorana, yo compré en junio el único libro suyo que no tenía: dos muy breves en un solo volumen, uno de poemas, otro de fábulas: La Sicilia, il suo cuore. Favole della dittatura). Y entre Sciascia y Sciascia un Onetti, un Saer, un Di Benedetto, un Pavese, un Faulkner, un Brodsky, un Duras. Una y otra vez, los mismos autores, cada verano. La-parte-inamovible, podría llamarla.
Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg ha recuperado recientemente las novelas completas de Onetti, no es difícil conseguirlas (también en Seix Barral). Las de Saer se reeditaron en El Aleph hace pocas temporadas: se encuentran con facilidad. Faulkner está en bolsillo, no siempre en las mejores condiciones, pero está. Peor suerte tiene Pavese, que aparece y desaparece de nuestras librerías sin demasiada fortuna: un solo editor debería editarlo al completo (Pre-Textos parecía que iba a hacerlo, ojalá sea así). Duras está publicada a medias (parte en Tusquets), falta reeditar, re-traducir y rescatar títulos que sólo se consiguen aún en francés. Y se han recuperado hace poco los ensayos de Brodsky (Siruela. Su poesía -Visor, Cátedra- necesita una atención mayor y más cuidada).
¿Y Di Benedetto, el menos conocido de todos? Algunos cuentos excelentes, tres novelas magníficas, de 1956, 1964 y 1966 respectivamente: Zama, El silenciero (la primera edición española de este libro llevaba por título El hacedor de silencios) y Los suicidas, que, como escribiera precisamente Saer (el mejor exegeta de Di Benedetto), "en razón de la unidad estilística y temática que las rige, forman una especie de trilogía y, digámoslo desde ya para que quede claro de una vez por todas, constituyen uno de los momentos culminantes de la narrativa en lengua castellana de nuestro siglo". Y sigue: "En la literatura argentina, Di Benedetto es uno de los pocos escritores que han sabido elaborar un estilo propio, fundado en la exactitud y en la economía y que, a pesar de su laconismo y de su aparente pobreza, se modula en muchos matices, coloquiales o reflexivos, descriptivos o líricos, y es de una eficacia sorprendente. Su habilidad técnica -a él no le hubiese gustado la palabra y a mí tampoco me convence demasiado-, que un rasgo personal suplementario, bastante escaso en nuestra época por otra parte, la discreción, relega siempre a un segundo plano, es también asombrosa, y si bien es la tensión interna del relato la que organiza los hechos, esa maestría excepcional los destila sabiamente para darles su lugar preciso en el conjunto. De sus construcciones novelísticas, el capricho está desterrado. Su arte sutil va descartando con mano segura las escorias retóricas para concentrarse en lo esencial". En las principales librerías de las principales ciudades españolas, como decía el anuncio, se encuentra su obra completa (o casi) publicada en diferentes volúmenes por la editorial argentina Adriana Hidalgo. Una iniciativa valiosísima.
Escrito por Julián Rodríguez
a las 14:41 |
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Julián Rodríguez
Julián Rodríguez (Ceclavín, Cáceres, 1968), director literario de la editorial independiente Periférica, ha publicado sus libros en diferentes sellos del Grupo Random House Mondadori: en 2001 apareció su primera novela, Lo improbable (Debate); en 2002 un volumen con tres novelas cortas, La sombra y la penumbra (Debate); y en 2006, su segunda novela, Ninguna necesidad (Mondadori), elegida por los críticos del diario El País como uno de los diez mejores libros de narrativa en español del año y Premio Ojo Crítico de Radio Nacional de España. Recientemente, estos tres libros de ficción han aparecido en un solo volumen bajo el título Lo improbable y otras novelas (Debolsillo).
En 2004, fue elegido Nuevo Talento FNAC por su libro Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás (Caballo de Troya; 2ª edición en Debolsillo, 2008), con el que abrió un ciclo de "no ficción", entre autobiográfico y ensayístico, llamado "Piezas de resistencia", y del que acaba de publicar su segunda entrega: Cultivos (Mondadori). |
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LO
QUE LEO:
| O mejor: lo que reeleo. Un pedigrí (Anagrama), de Patrick Modiano. Un joven traductor latinoamericano residente en París nos envío hace meses a Periférica unas cuantas páginas de su propia traducción del original francés. Enseguida compré Un pedigree en una librería "francesa" de Madrid, que ya había hojeado en un viaje a Toulouse. Lo leí en el tren de vuelta a Cáceres. No sé si es uno de los mejores libros de Modiano: es, como todos los suyos, igual y distinto. Me gustan los libros de Modiano: monótonos, sugerentes, aparentemente desapasionados, narrados en voz baja, inspiradores diría también. No los aprecio por los nombres propios de sus novelas y porque sucedan en París y en un pasado incierto, sino por el poder de convicción que tienen, por su dibujo sutil y nunca maniqueísta de la realidad política y social y por su capacidad para crear eso que algunos llaman atmósfera y que ahora preferiría calificar, con Onetti, como realidad paralela: una realidad, sobre todo, llena de miserias y esperanzas casi nunca convertidas en futuro. |
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ESCUCHANDO:
| Las últimas semanas han sido para Richard Swift (The Richard Swift Collection. Volume One. The Novelist/Walking whitout Effort), Stephin Merritt (la banda sonora del ex Magnetic Fields para la película Eban & Charley), Jens Lekman (Oh you're so silent Jens), Troy Von Balthazar (Troy Von Balthazar) y, muy especialmente, The Soft ant the Hardcore, de Tender Forever. |
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