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Lunes 6
Octubre 2008

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El corredor fantasma
08/09/2005

Desde hace muchos años mantengo la disciplina y el entusiasmo por trotar diariamente. Por supuesto, ahora ha quedado relegado  más que nada al entusiasmo. Hace algunos años correr varios kilómetros era una obsesión que significaba preparación, cálculos de tiempo, cambios de ritmos, estrategias de competencia, entrenamientos, dietas y otros. De eso en el presente sólo queda ese agudo acicate que representa competir. Por lo mismo, hay que derribar de partida un mito extendido, aquel  que los trotadores conocemos como una mentira piadosa, inventada para reclutar nuevos cofrades:  "sólo se compite consigo mismo". La sola frase es insana, algo idiota y paranoica.

El jogging se ha masificado, de hecho impuso esa absurda denominación, dejando,  por suerte, en desuso ese otro anglicismo bárbaro: footing.

Segundo mito: trotar por horas no significa ningún tipo de sufrimiento extremo, a pesar de los calambres, el aire restringido en los pulmones, los músculos exhaustos. Sólo me atrevería a definir este deporte de solitarios como uno en el que se logra un verdadero estado de concentración y armonía entre dos áreas siempre en conflicto: el cerebro y el cuerpo en movimiento.

Para ambientar el tema desde la ficción recomiendo los cuentos de La soledad del corredor de fondo de Allan Sillitoe, relatos de trotes y conflicto de clases sociales -existe la película, pero no la he visto-. O la novela gay El corredor de fondo de Patricia Nell Warren, que muestra la relación del entrenador con su atleta gay. O aquel hermoso cuento olvidado del escritor Fernando Alegría, La maratón del palomo. De los trotadores ilustres, un ejemplo contradictorio es Bill Clinton, sin duda uno de los presidentes más trotones. Algún enemigo de Clinton hizo ver que el trote desenmascaraba toda su administración. El cizañero, con algo de razón, reclamaba que en todos los años de mandato, a pesar de los estrictos trotes mañaneros, Bill Clinton había seguido engordando, por lo tanto no se podía confiar en él como presidente.

Nuestra tradición presidencial en Chile aún no ha dado mandatarios de trote diario. Los últimos tienen preparadores personales, pero eso es un placebo que desborda el tema. En la universidad trotaba con un grupo con el cual llegamos a ser, como en toda cofradía de excluidos, grandes amigos. Uno de nosotros un día apareció con la teoría del corredor fantasma, a la que subscribimos sorprendidos por reconocerla como una experiencia personal que todos alguna vez habíamos soportado y mantenido en secreto por mucho tiempo. En realidad, cualquiera puede experimentarla. Ocurre con frecuencia cuando se trota en solitario y preferentemente en lugares apartados –a mí me ha ocurrido recientemente subiendo el cerro San Cristóbal se Santiago de Chile-, de pronto, sin que uno lo espere, se escucha detrás los pasos de otro corredor que pretende sobrepasarnos. Uno siente la presión de su inesperado contendor, voltea y, sorprendentemente, no encuentra a nadie, solo el camino solitario. Ese es el corredor fantasma. Estoy seguro que muchos acólitos de la sudadera y el calorut han experimentado ese misterio. Un trotador de larga data me advirtió que se trataba de los espíritus de trotadores muertos trágicamente, de, por ejemplo, aquellos accidentados por automóviles imprudentes. Pero, y esto lo he conversado más adelante con otros eximios trotadores, se trataría más bien de difuntos que en vida nunca se movieron del sillón de su casa, que murieron con el control remoto acalambrado en los dedos, los que traspiraban solo en verano y echados en una playa, para todos ellos el castigo divino fue uno terrible y pendenciero: trotar toda la eternidad.

Escrito por Sergio Gómez a las 13:57

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Cabeza de borrador
26/08/2005

Por temporadas acudía a un pueblo del sur de Chile de paradójico nombre: Nueva Imperial. El pueblo nunca llegó a ser lo que sus fundadores con tanto entusiasmo pretendían: la capital de Chile, una nueva ciudad imperial o el recordatorio del imperio  que los conquistadores veían decaer a mediados del siglo XVI en Europa. El soldado y conquistador español, Pedro de Valdivia, nacido en Badajoz, fue el encargado de fundar la ciudad, aunque a unos kilómetros de su actual emplazamiento y con un nombre aún más soberbio: La Imperial. Años después, no muchos, se volvió a emplazar a unos pocos kilómetros con el nombre de Nueva Imperial. El pueblo –porque nunca llegó a transformarse en una ciudad-  se transformó en un pequeño y apacible rincón, que como todo rincón se ufanaba porque allí nada ocurría, pero a la vez resumía, en sus pocas calles y su plaza central, todo un mundo.

A principios de los setenta llegaba hasta Nueva Imperial, la que siempre me parecía una postal congelada en el tiempo. Algo cambiaba un poco en primavera. Cada año se coronaba la Reina de la Primavera en un acto llamado "artístico-cultural", realizado en el único teatro del pueblo. Al escenario subía algún cantante melódico y otros artistas traídos desde Temuco, la capital de la provincia. Una vez coronada la reina, a esa altura llorosa y emocionada, el animador presentaba al poeta del pueblo, quien le recitaba unos versos especiales para la ocasión. El público, bullanguero, no apreciaba la poesía y apenas comenzaba la declamación irrumpía con un ensordecedor abucheo que el bardo resistía imperturbablemente. Así ocurría todos los años, casi como una institución del descrédito y la vergüenza: reina coronada = poeta pifiado. Alguna vez quise enterarme quien era el poeta del pueblo. Nueva Imperial, como casi todos los pueblos chicos de Chile, ha dado poeta, por allí pasaron Omar Lara, Miguel Arteche y, de pasada, Pablo Neruda. Pero, al parecer, en esos años sólo permanecía aquel hombrecito oscuro, torvo y ensimismado. Me dijeron que no tenía trabajo, su madre pensionada lo mantenía y su única actividad conocida era la poesía; además de otros mitos: que sólo salía de noche, que su gran amor se arrojó despechada a las aguas del río Imperial, que tenía traducido al ruso sus poemas. El poeta del pueblo fue mi personaje más entrañable en ese pueblo entrañable. Que su apellido era Chandler y que algún parentesco tenía con el escritor de novelas policiales norteamericana. (Años después averigüé que, efectivamente, existía una familia con ese apellido, pero no tenía nada que ver con el poeta del pueblo, ni con el autor de Adiós, muñeca).

Unos años después dejé de ver al poeta del pueblo. Cuando pregunté me contaron que se había marchado a Santiago, no resistió el ambiente del pueblo, el mismo que no supo valorizar por ningún motivo su arte. Unos meses después, comencé a verlo o creía verlo. Primero en la estación de trenes de Temuco, despidiéndose de un niño de corta edad que parecía llorar. Luego lo vi en un balneario de la Octava Región, vendiendo artesanía, con la misma mirada melancólica. Muchos años después lo encontré por última vez, asistía a un bingo en la ciudad de Talca, y no me acuerdo porque yo también estaba allí. Parecía muy distinto: envejecido y rodeado de amigos que celebraban bulliciosamente los números que acertaban. Nunca antes lo había visto reírse, fue una verdadera impresión. Cuando me acerqué a hablarle, noté que las risas y algarabía se debían a las contundentes dosis de alcohol que todos ellos llevaban en el cuerpo. Fue una decepción. Esperaba que el poeta del pueblo lo fuera en todo momento, preservara para siempre su misterio y excepcionalidad del resto de nosotros, y no mutara en un alcohólico amargado y decadente.

Una vez le comenté del poeta del pueblo al único amigo que tengo que alguna vez vivió en Nueva Imperial. Me dijo, muy serio, que probablemente era el mismo que él conocía –curiosamente tampoco recordaba o nunca supo su apellido-. Hacía unos años lo habían encontrado muerto en una pensión de calle Independencia en Santiago. Su muerte había sido por causas naturales. Lo enterraron allí mismo en Santiago. Al parecer nunca quiso volver y menos ser enterrado en Nueva Imperial. Cuando le pregunté si sabía de sus escritos, mi amigo me respondió, con una sonrisa amarga, que el poeta del pueblo escribía sus versos, luego los memorizaba estrictamente -tenía una memoria prodigiosa- y finalmente quemaba los vestigios. Toda su poesía, su obra completa, la llevaba en la cabeza donde se borró para siempre.

Escrito por Sergio Gómez a las 14:55

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Augusto, el Largo
18/08/2005

No es difícil imaginar -menos después de los últimos acontecimientos- una novela, tal vez una saga, que se podría titular simplemente "Los Pinochet". Están servidos los ingredientes: el rastrojo de muertes y ahora la escandalera de corrupción de una familia con vidas que rayan en el absurdo. Y, se sabe, que un buen batido de sangre y dinero mal habido es la mejor receta para un best seller. La expresión se la copio a mi editor: "La familia de los Corleones", en eso se convirtió la familia más poderosa de Chile de hace unas décadas atrás, los Pinochet, dejando una estela rancia llena de despropósitos y franco absurdo, lo que para cualquier novelista es un material apetitoso.

El nexo de los Pinochet con la literatura no es tan antojadizo, hace unas semanas surgió un nuevo capítulo, uno desafortunado para Pinochet, pero una delicia literaria por su insensatez. Sabemos que hoy usar seudónimos parece algo pasado de moda. El dictador español, Francisco Franco, escribió una breve novela titulada Raza, que firmó con el seudónimo de Jaime de Andrade. La novela se convirtió en un guión, también escrito por el tal Andrade, y en una película que exaltaba a una familia: los Franco. Al parecer los heterónimos también son asuntos de dictadores: Sadam Hussein eligió el seudónimo de Mahamad Alsaqar para encubrirse como autor de la novela Zabiba y el rey, un súper ventas en Irak en tiempos de su mayor gloria.

Pinochet prefirió usar primero un anodino "Daniel López" para ocultar su identidad, y no precisamente para escribir novelas, sino para abrir cuentas secretas en un banco estadounidense y así evadir impuestos. Su siguiente identidad falsa podría rayar en la genialidad o en el más brutal despropósito: John Long. ¿Se trata de una cita literaria? ¿Una broma? Long John Silver es el personaje de una de las mejores, sino derechamente la mejor novela de aventura de todos los tiempos: La isla del tesoro de Robert L. Stevenson. John "el Largo" es un pirata, representa la maldad, la astucia, la rapiña y la codicia por el dinero; y es el enemigo del joven Jim Hawkins en la aventura que emprenden buscando la isla del tesoro. Long John es el traidor por esencia, el intrigante y conspirador: "Era muy alto y fuerte, con una cara del tamaño de un jamón", lo describe Jim en la novela. Con un tricornio en la cabeza y un loro –llamado Capitán Flint- parlanchín y exasperante.

Probablemente Pinochet no tenía fresca la lectura, si es que alguna vez leyó la novela, para elegir una identidad falsa tan decidora de sí mismo, o tal vez lo traicionó, como se dice, el inconsciente. Y ahora recuerdo otra salida literaria de los Pinochet. Mientras se encontraba su marido detenido en Londres, a Lucía Hiriart le pidieron que definiera en una palabra su situación. Doña Lucía, rápida y segura, respondió: "Kafkiana". Supongamos, inocentemente, que Lucia Hiriart o su marido alguna vez habrán leído al mejor escritor del siglo XX, Franz Kafka, porque los años de poder total de su dictadura no pueden sino describirse de la misma manera: kafkianos.

Hay que recordar, por si alguien lo ha olvidado, que al final de la Isla del tesoro, Long John Silver, el detestable pirata, logra escapar de sus captores. Al no ser juzgado ni condenado, como consuelo, Jim le desea que disfrute el resto de su vida de prófugo: "Ojalá así sea, porque sus posibilidades de gozo en el otro mundo son harto escasas".

Sí, ojalá, que así sea.

Escrito por Sergio Gómez a las 13:0

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Sergio Gómez
(Temuco, Chile, 1962). Estudió Derecho y Literatura en la Universidad de Concepción. Co-fundador del suplemento juvenil Zona de Contacto del diario chileno El Mercurio. Actualmente es cronista del Diario Siete de Santiago. Escribe en diarios y revistas y elabora guiones de cine y televisión. Fue coeditor, junto con Alberto Fuguet, de la antología McOndo (1996) de nuevos narradores hispanoamericanos. Finalista del Premio Rómulo Gallegos de novela española y latinoamericana con Vidas Ejemplares (1997). Finalista del Premio de Novela Planeta de Argentina con la novela El labio inferior. Premio de novela Lengua de Trapo 2001 por La obra literaria de Mario Valdini. Finalista de Premio de Novela Herralde (Editorial Anagrama) por Patagonia en el 2003.

08/09/2005
El corredor fantasma

26/08/2005
Cabeza de borrador

18/08/2005
Augusto, el Largo

Marta en El corredor fantasma (11/04/2008 - 19:12)

rodrigo en El corredor fantasma (04/04/2008 - 01:59)

charlotte en Carta desde Madrid (28/01/2008 - 20:12)