Los tres deseos |
06/05/2008 |
El limonero les da, a los dos ocupantes del coche, la bienvenida a ramas llenas. Las ramas del frutal como un preso que saca sus brazos entre los barrotes de la celda asoman sobre la verja del jardín.
Allí, hoy, casi siempre podríamos decir, limones y sol hay de sobras.
Frente a la valla de entrada de la casa han caído varios limones, paracaidistas locos, que se han lanzado a conquistar el mundo y, muy pronto, han sucumbido en el intento.
Dejan el coche frente a la casa de la abuela de Celia, junto al badén de un taller de chapa y pintura. La casa de la abuela es la única casa de planta baja que queda en el barrio de Babel, en Alicante. Y además la casa incluye jardín con limonero y nieta, guapa y, pronto, rica; piensa Fran, el novio de Celia.
Celia se quita el cinturón de seguridad como quien se desprende de una pesada carga y reclina la cabeza hacia atrás suspirando de manera exagerada. Fran le acaricia la pierna que todavía está sobre el pedal de freno y los dos se quedan unos minutos en silencio dentro del coche.
Han estado fuera de casa dos semanas, entre otras cosas y mientras seguían las investigaciones, para evitar que los mataran. No querían pensar en eso, el agente de Alicante que llevaba su caso, era la única persona que sabía dónde habían estado. No lo habían dicho ni a sus familiares ni a sus amigos más íntimos. Habían tenido que dejar precipitadamente la ciudad a instancias de la policía. Eso les había recomendado la autoridad.
Fran había creído que viajando alejarían la sombra, real o ficticia, del posible asesinato y así lo habían hecho. Pero no había conseguido más que atraer todavía más oscuridad a sus vidas. Han estado quince días en Galicia y aunque han pasado momentos de cercanía como nunca antes habían vivido, algo amargo se ha instalado en ellos durante el viaje.
Fran piensa, todavía dentro del coche, mientras su novia extrae el cedé portátil, que todas las historias hablan de una sola característica humana: la curiosidad.
Todo comienza con Eva, piensa Fran.
Ella mordió la manzana; y yo el limón, no es amarga la herencia y no se puede ser humildemente sabio. En el conocimiento también se pone el sol e inevitablemente llega la noche y el saber de lo oscuro no tranquiliza por mucho que llene zonas vacías de nuestro interior; por otro lado la humildad asumida y resignada acaba por engendrar anhelos y peores deseos, mucho peores que la vanidad bien entendida.
Fran mira a su novia piloto y ella siente su mirada y la coge al vuelo como se caza una mosca y la aplasta contra el cristal delantero del coche de un manotazo. La mirada de los ojos castaños de Fran se desliza aplastada por el salpicadero del coche. Ayuda a Celia a sacar el equipaje del coche y lo entran hasta una especie de porche que hay ya en el interior de la casa.
Fran coge una silla de las que hay en el jardín de la entrada, la lleva junto al limonero que se encuentra a pocos metros de la puerta de entrada de la casa, y se sienta.
Ahora te ayudo a entrar el equipaje, cielo, le dice a su novia. No te preocupes, puedo hacerlo yo sola, le responde ella.
Celia sabe que a su chico le ha llegado uno de esos momentos de desconexión. Hace como que está afectado por la situación y que está reflexionando, dándole a la cabeza para buscar una solución al problema, pero él está en otras cosas, eso se nota, piensa ella.
El mes de junio se ha vestido de gala esa tarde. En el coche, camino de casa de la abuela, las calles de Alicante le han parecido campos de fútbol en perfectas condiciones para jugar la final de un mundial. Acaban de poner el amor en las calles, en todos los timbres, sobre todos los hombros; estaba nadando en todas las salivas. Ha llegado la primavera y en primavera todos los cuerpos le parecen la tierra prometida y cada mirada era una nueva playa que, Celia, dejaba atrás para siempre.
Todo lo superfluo y tonto se le hacía más patente a Celia en esa estación del año. Por eso miró a Fran mientras colocaba su mano sobre la de ella en el cambio de marchas. A él le encantaba que lo llevara en coche.
Celia mira a su novio.
Sentado bajo las ramas del limonero Fran sigue en proceso de vaciado automático. Celia imagina que Fran imagina tesoros escondidos en la isla de la Tortuga, que imagina todos los bingos del mundo cerrados, que imagina que hace saltar todas las bancas de los casinos del mundo y que con el dinero ganado compra todos los bingos del mundo. Imagina que imagina que las llaves del fondo del mar en el fondo del mar.
Fran imagina que cobra la herencia de una esposa millonaria.
El frutal cruje tres veces. Hoy es uno de esos días que presiente que el limonero le va a hablar.
Los limones en las ramas parecen una cuerda de galeotes de un planeta extraño que van a cumplir la pena que se les ha impuesto. El calor de la tarde ha puesto el cielo casi blanco y brilla como un escudo tras el que un soldado invisible se parapeta esperando mil flechas de fuego. Bajo el sol de junio el árbol se alza como un complejo y sombrío penal de gigantescas lágrimas amarillas.
Fran acerca su oreja izquierda a la corteza del limonero. En el interior del tronco parlotea una voz masculina que suena como una radio antigua dentro de una tubería. "Hace tres meses un hombre telefoneó a tu novia y la ha estado amenazando de muerte todo este tiempo, vieron, algunos vecinos, a un tipo subido a mis ramas, liberar a causa de su peso a un número indeterminado de limones, debido a esta extraña situación, tú, te has acercado a la familia de Celia más que nunca, porque has actuado como el novio solícito y protector que "no eres", y parece que, actualmente, no miran con malos ojos tu boda con ella, y por último, gracias a los chanchullos inmobiliarios del padre de Celia, piensan que las amenazas de muerte que está recibiendo Celia, vienen de un tal Juan Moreno, antiguo socio del padre de Celia", le dice el limonero a Fran.
Fran saca una navaja y la clava en el árbol. Fran examina la superficie del árbol y en la parte del limonero que da a una de las tapias laterales del jardín talla un corazón con una flecha. A los lados de la flecha se puede leer Fran y Celia; y dentro del corazón, amor eterno.
Las tripas del árbol hacen ruido y vuelve a pegar la oreja. "Deja de joderme con tu navajita, le dice el limonero. Yo sé que cada segundo acontecen cientos de calamidades en el mundo. Cada segundo miles de tragedias. Cada minuto miles de hombres del saco llenan su saco. Y yo sé la naturaleza exacta de cada una de las calamidades, de las tragedias y puedo ayudar a evitarlas. También sé quienes son los hombres del saco y a quién llevan en él."
Celia aparece en el umbral de la puerta y le llama. Fran, mira quién sale en la tele, le dice. Calla cariño, el limonero me está hablando otra vez, responde Fran. Estás como una cabra, le dice ella.
Fran sigue escuchando.
"Si tú me ayudas yo también lo haré contigo. Encárgate de que jamás vendan este solar. Lo tirarían todo para construir un bloque de pisos enanos y a mí me talarían. Mantenme con vida y yo cuidaré de la tuya. Acércate más." Le dice el árbol.
Fran pega la oreja a la corteza del limonero y el limonero le dice que todavía le puede conceder tres deseos más, sólo tres más; los tres últimos deseos.
Allá van mis tres deseos, dice Fran: que el exsocio del padre de Celia, ese tal Juan Moreno, mate a Celia y a sus padres, que Celia me haga único heredero antes de casarse conmigo y que detengan y encuentren culpable al exsocio del padre de Celia, a ese tal Juan Moreno.
Y cuenta la historia que Celia y sus padres fueron asesinados por un exsocio del padre, un tal Juan Moreno; que enseguida fue hecho preso y condenado por los horribles crímenes y que Fran Fernández, marido de Celia, heredó un gran imperio inmobiliario y que debido a que mataron a su mujer y a sus suegros el mismo día de la boda, se volvió loco, y que de vez en cuando regresa a la casa de Alicante donde pasó los primeros años de noviazgo con Celia, y cuentan algunos vecinos, que en su locura, lo ven a veces hablar con el limonero que hay en el jardín.
Escrito por Sergio Algora
a las 12:1 |