Hay tomate (extraído de la serie "El Hombre de los Veintiún Dedos", de Mañas y Leiva, arranque de la quinta aventura que prosigue ahora mismo en adn.es: ver continuación en http://www.adn.es/blog/21dedos/cultura)
Resumen de lo acontecido hasta el momento:
Mientras que el famoso escritor Javier Manías fantasea sobre un improbable asesinato, en uno de los vagones del Tren del Crimen, el Maestro, Toni Romero y el acompañante de este, Alex, disertan sobre la literatura y el mundo literario sin sospechar que en esos momentos ya hay un cadáver en este famoso tren…
- Llegado a este punto, sólo puede haber dos opciones: el suicidio literario o el folletín, y yo me quedo con el segundo… ¿Qué te parece, Álex?
Quien así hablaba era el joven escritor de cráneo afeitado que volvía a ensalzar los medios de la época.
Le endosó un codazo a su compañero, arremolinado este en el asiento color burdeos, quien sonriendo respondió:
- Mola, mola. Tú sigue ahí, metiendo caña.
El obeso crítico sentado frente a ellos esbozó una sonrisa complaciente, aunque ignorando olímpicamente la dicha afirmación.
Volvió la cabeza hacia su mujer, un escultural pedazo de hembra a pesar de sus cuarenta y tantos años.
La cónyuge apoyaba la cabeza contra la persiana que velaba la ventanilla del tren.
Ya fuese por la excitación de la charla o por mera pereza, nadie había querido montar todavía las literas.
- ¿Qué te parece nuestra nueva adquisición, Lorna?
- Guapote pero con un look muy gay -murmuró la rubia, sin mirar a nadie en concreto.
- Es cachondo, ¿eh? Ha leído mucho y todavía no ha digerido nada. Luego le entrará la cagalera y nos dejará tranquilos –sonrió El Crítico, también conocido por los más pelotas como El Maestro, antes de volver la mirada hacia el joven en cuestión-. Al final a mis años he visto lo mismo, lo contrario y lo de más allá, y vuelta a lo mismo.
- Eso es justamente lo que digo.
- No te equivoques, muchachote. Volver al mismo lugar no es como no haberse movido nunca. Bueno, Lorna, no te duermas, ya sé que tú ídolo del momento no está aquí, pero haz un pequeño esfuerzo. Todavía eres mi mujer. Es apetecible, ¿eh, jóvenes?
Los aludidos asintieron, sin saber muy bien qué decir.
El Crítico soltó un enigmático suspiró, y extrajo del bolsillo interior derecho de su chaqueta un habano.
- Que conste que te aguanto todas estas memeces porque me has caído bien y me apetece. Te voy a convertir en el próximo escritor de moda. Pero como empieces a adularme como el Manías se acabó todo. No me gusta que me tengan tanto respeto.
Dudó un momento mientras mordía el extremo del puro.
Se palpó los bolsillos de la chaqueta, antes de encontrar el mechero plateado con el que encendió el veguero.
- Claro que a veces me pasa lo contrario -dijo soltando una bocanada de humo -. En cuanto no me demuestran el suficiente respeto, me mosqueo y les jodo la vida. No encuentro el equilibrio. Me cuesta entenderme…
Expulsó una nueva bocanada, visiblemente satisfecho.
- Fijaros García Moradas, un alumno mío que se pasaba el día Maestro por aquí, Maestro por allá, pues un día se le olvidó lo de Maestro y a mí se me olvidó aprobarle durante las cuatro oposiciones que se examinó conmigo para profesor de universidad… Al final le dejé hacer lo suyo, pero así se ha quedado de desequilibrado. No hay más que ver la foto que encabeza sus artículos en los suplementos.
Ahora se reía, envuelto en una nube.
- Parece un perro rabioso, habría que darle un palo y decirle "muerde, muerde". Amaestré bien al Moradas, ¿eh, Lorna?
Sin esperar respuesta chupó otra calada sumido en sus propios pensamientos.
- Basta con una crítica mala y ya veis lo que le pasó a vuestro amigo, no me acuerdo cómo se llama, ese al que no publica ya nadie… No digo que no lamente lo de su suicidio –aclaró al constatar la expresión desolada del joven escritor -. Pero la vida es dura y he visto muchos de esos. Tú tranquilo, eres un tipo sólido. Aguantarás todo menos una mala crítica mía. Lo del Mazabarría en Babelia no es ningún problema, ese es tonto del culo. Otro amiguete mío se lo encontró este verano en un congreso y le dejó en calzoncillos. Le dijo que cuando todavía no había nacido él ya había escrito ocho libros sobre novela decimonónica. Y eso sin que yo le diera el toque pero ahora, que me has caído bien, ya verás la próxima semana en las listas de ventas del ABC y de El país. Los otros medios los dejaremos para dentro de unas semanas.
Se rió de nuevo y empezó a toser entre la humareda.
- ¿No podrías salir al pasillo para fumar, Raimundo? -insinuó con voz desidiosa la esposa.
- No me da la gana, putón.
- Haz lo que quieras –respondió, sin inmutarse, la interpelada.
- Claro que sí, es lo que hago siempre. Desde que decidí coger a todos estos escritores de mierda por los huevos. Y ahora que estoy en la Academia, más que nunca.
Concedió una mirada de complicidad a los jóvenes.
- Los escritores sois lo más pusilánime que existe, eso lo entendí con un amigo de infancia que fue al primero al que destrocé. Entonces descubrí mi don: destroza-escritores. Sois tan influenciables, tan inseguros, que con dos palabras contundentes se os hace dudar de todo. Ha habido más de uno -y alguno con bastante talento- que ha dejado de escribir después de una crítica mía. ¿Verdad, Lorna?
- Sí, cariño.
- Ella pasa de mí. Por eso me gusta. Es la única mujer que ha pasado tanto de mí. La tuve que perseguir durante años y, cuando la cacé, seguía pasando. Me encantas, Lorna.
- Tú también, gordinflón.
- Bueno, macacos, esto más de uno lo ha reproducido en sus textos. Ni que decir tiene que están picando piedra como correctores en las más oscuras editoriales. ¿Es cierto o no es cierto, Lorna?
- Desde luego, cariño.
- Y hubo uno, en 1986, creo, que llegó a contar por la radio, y esto sí que fue terrible, ¿te acuerdas, Lorna?, que me gustaba que mi mujer aquí presente me la comiese con crema de chocolate. ¿Se lo dijiste tú, Lorna?
- Sí, cariño.
- ¿Os dais cuenta de cómo es? Tenéis suerte de que no os ha hecho mucho caso… Por lo general, cuando le gusta uno no hace más que comerle con la mirada, repitiéndole lo bien que escribe y flirteando de manera insoportable. ¿Es así o no es así, Lorna?
- Es así, cariño.
- El Manías, por ejemplo, le resultaba excitante. Ya lo habréis notado. Lorna tiene un tipo de escritor muy concreto en mente. Es lo único que la anima. No sé quién le habrá metido en la cabeza ese gusto barroco por lo oscuro y pedante...
El Crítico lanzó una nueva bocanada de humo.
- Bueno, veo que os toca dos narices lo que os estoy contando. Os entiendo. Yo también me aburro. Soy insoportable. A ver, ¿no sabes hablar de otra cosa que de revoluciones literarias? ¿Tú, el que has ganado el premiucho este, no has escrito un libro con un montón de sexo?
- Eso dicen. Pero también el sexo puede ser aburrido.
- Tienes razón. Todo es aburrido, pero hay que seguir hablando.
- Beckett.
- No, yo. Y como sigas haciéndote el listillo...
Sin dejar de manosear la cabeza del bastón de nogal, el picatoste literario le dio una profunda calada a su puro.
- ¿Y tú, el amigo mudo, también te aburre todo o es que te ha comido la lengua el gato?
- No, qué va. Es que habláis de cosas muy complicadas y yo en esto de la literatura ando como pez fuera del agua. Digamos que no es lo mío.
- De complicado esto no tienen nada, jovenzuelo. Que no te engañen, todos estos charlatanes lo que hacen es leerse un manual una tarde... por cierto, el mío, todos... Y luego a rentabilizarlo para impresionar a los analfabetos. Nadie en este país entiende de literatura. Y yo menos que nadie, claro. Por eso soy el mejor. Y tú, jovenzuelo, sí, tú –le tocó con el bastón -, ya te irás enterando y desaprenderás toda esa mierda que te han metido en la universidad americana. Que si estructuralismo, postmodernismo, multiculturalismo… ¡Basura!
La velocidad del tren empezaba a aumentar.
- Siempre pasa igual. Cada nueva remesa venís con nuevas ideas, queriendo revolucionarlo todo. En cuanto se ve que sois bastantes, se os publica, se os da un puestecillo en la universidad, un premiete, una columnita en cualquier periodicucho, y hala, en pocos años más de lo mismo, a chuparme la polla. Ya veis el Manías, cómo vino de Oxford y como está ahora.
Lo dijo con una nueva calada.
- Y tú, vas por el buen camino. Primero se grita, se protesta contra todo, luego se abre el culo. Tranquilo, que no duele, ¿verdad, Lorna?
- No, cariño.
A través de las tablillas de la persiana se adivinaba la luz eléctrica de un pueblo que atravesaban.
- Y los que más gritan al principio, es porque lo están pidiendo y luego son los que más les gusta. ¿No es así, Lorna?
- Sí, cariño.
- Esto es España, muchachos. Y al que no le gusta, se va y tan contentos. Los ejemplos no faltan en los últimos años. Ahí tenéis al Sénder, al Aub o a Semprún. Los he conocido a los tres. No los lee ni su madre, a tomar por culo. El culo hay que ponerlo en el suelo patrio, no fuera –repitió, agitando el puro.
- Tienes razón, cariño.
- No es por tí, zorrona…. Cómo le gusta –comentó guiñando el ojo a sus interlocutores.
El joven escritor se incorporó.
- Bueno, voy a mear.
- Buen diálogo. Típico tuyo. Dale al riñón... Mea a nuestra salud, ¿eh, Lorna?
El aspirante a escritor abrió la portezuela corredera del compartimento y salió al traqueteante pasillo. Lorna tuvo el tiempo de soltar un pequeño bostezo antes de que la portezuela se descorriera de nuevo.
Enmarcado en el vano, el rostro del joven relucía espantosamente pálido.
- Hay un fiambre en el pasillo -murmuró con voz temblorosa.