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Domingo 5
Julio 2009

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Portada

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Determinado cuerpo celeste
24/06/2009

Me gusta hablar de aeropuertos; los aeropuertos me gustan. Por muchos motivos.
Una leyenda urbana afirma que los aeropuertos no están sobre tierra, quiero decir que flotan a pocos milímetros del suelo, y que ése es el motivo por el que atraen a tantas personas, por su carácter de simulacro, de fantasía que, no obstante, posee materialidad. Así es. No se aprecia a simple vista, pero permanecen suspendidos [pistas de despegue incluidas], por eso nada les afecta, parecen inmunes al frío, al calor, al los vientos del norte, a los millones de personas que los atraviesan, a las subidas y bajadas de la Bolsa, a las multas de la ORA, al electromagnetismo, a las suelas de los zapatos, a los espaguetis con carne, a todo. Nada pude cambiar su estructura, composición, distribución, sus tiendas y restaurantes, su virtud de objeto eterno, inasible a la corrupción que origina el tiempo; en cierta manera, los aeropuertos son las nuevas catedrales. Me gusta hablar de los aeropuertos, los aeropuertos me gustan. Hace años, los paneles que anunciaban las llegadas y las salidas eran naipes de letras rodantes, máquinas tragaperras que en vez de plátanos y fresones componían nombres de ciudades, horas y fechas. Me sentaba en aquel casino, y pasaba las tardes de invierno mirando, especulando sobre el azar. Todo viaje era eso: un producto de la arbitrariedad, una piedra rodante, como decía aquel mariachi. Otra costumbre de aquellos años, y que aún conservo, era llegar 2 horas antes de la salida de mi vuelo. Baudelaire afirmó a finales del Siglo 19 que el lugar natural del dandy es la ciudad, el invento moderno más moderno de su época, algo que iba más allá de la simple urbanística, era el territorio donde la humanidad había conseguido su máxima expresión: volar sola, desprendida de la Naturaleza, el lugar donde el dandy podía exhibirse tal y como es, un ser perfecto, desarraigado, certeramente diletante. Hoy, muertas las ciudades, el lugar natural de dandy es el aeropuerto. Me paseo entre las tiendas, hago que miro unos CDs, me pruebo una corbata, en la perfumería no cometo esa vulgaridad de llevarme las muestras, me perfumo allí mismo, consumo el tiempo razonando tácticas de flirteo, doy vueltas, emito señales sin comprometerme en esa nave que flota a pocos milímetros del suelo. Tal flotación produce un leve mareo, que deviene en placer. Te sientas en alguna mesa un poco apartada y comes el sandwich de pechuga de pavo y queso cheddar, bebes una Coca-Cola Zero, las burbujas en tu boca son globos, zeppelines, pasajeros en tránsito. La comida de aeropuerto es extraordinaria, tiene un sabor especial, genuino, es algo auténtico, muy auténtico, irrepetible, como la fabada asturiana, la sobrada mallorquina o el jamón de Guijuelo, que son así porque son así y no hay más vueltas que darle. Hay un clásico dilema, ¿qué sabe mejor, el citado sándwich de pavo y cheddar envuelto en plástico, o el mismo pero en caja de cartón reciclado? No se sabe, lo digo en serio, no se sabe; la gente lo discute, a veces lo he oído. Te pasmas viendo a los viajeros pasar, y oyes cosas, y de pronto piensas que es raro que ese pasillo tan embudo, tan pequeño, canalice literalmente las aspiraciones, sueños, apatías, delirios, y felicidad de tanta gente, tan distinta, tan a lo suyo y sin embargo tan secretamente conectada: flotan a pocos milímetros del suelo. Después compras chicles, los aeropuertos está llenos de cajas de chicles, hay viajeros que tras masticarlos los pegan bajo los asientos, se comunican a través de ellos, pequeñas esculturas, signos táctiles, algún día me gustaría poder acceder a ese lenguaje secreto de chicles pegados bajo los asientos de aeropuerto. Y te internas en la sala de fumadores, bendita sala de fumadores, miras a través del cristal, y las naves, en rigurosa formación, mirándote con ojos de máquina a la espera de su reconversión animal, dispuestas a salir, dispuestas a cualquier cosa, te recuerdan que en este mundo aún hay algo seguro: la simetría, lo bien hecha que está la esperanza. En las salas de fumadores de los aeropuertos la gente se hermana, se cuenta cosas, como cuando en la película La aventura de Poseidón algunos se quedan atrapados en un camarote, y se salvan, se salvan no porque tengan que salvarse sino porque han hablado, han hablado de sus cosas, han compartido algo más que un pasaje de barco: su flotación.  Están perdidos en alta mar, pero flotan como flotan los aeropuertos, a pocos milímetros del suelo, esa fe en algo absolutamente cierto, real, les salva. En las salas de fumadores de los aeropuertos se oyen cosas interesantes. Una vez oí una conversación en la de Barajas, era un domingo, a las 8 de la tarde, regresaba de Málaga tras presentar mi último libro y me dirigía a Mallorca. Dos chicas, aún adolescentes, miraban a través de la ventana mientras fumaban Fortuna. Las aeronaves, detenidas, alguna destripada, ejercían en la penumbra de la pista la fantasmática atracción de lo que, aunque cotidiano, no se llega a comprender del todo. Todos echábamos humo en silencio, todos mirábamos las aeronaves en silencio. Pensé en lo raro que era ese silencio. Las dos adolescentes, usaban cazadoras coreanas, muy cortas, de colores verde fósforo y naranja, con grandes capuchas rematadas en pelo sintético. Parecían 2 peluches llenos de aros y piercings, recuerdo que pensé entonces. Y una, con acento muy gallego, le dice a la otra,  "pues mi madre tienen un blog, sabes, se llama El Aeropuerto Está en El Cielo, sabes, es lo que hoy comentaba mi hermana en la comida, sabes, el blog es muy chulo, pone cosas así, ya sabes, muy chulas, es lo que contaba mi hermana hoy en la comida, sabes, como la historia de un avión que venía de Nueva York a Málaga, bueno, no lo sé bien, pero creo que era a Málaga, y los mecánicos de Nueva York antes de despegar le habían puesto tornillos nuevos a las ventanas de delante, las del piloto, y en mitad del Atlántico los tornillos se salieron, porque eran muy nuevos y a veces los nuevos no se aprietan bien, sabes, como lo que le pasó al Fede cuando tuneó el Ibiza, sabes, y el piloto salió despedido del avión, pero quedó enganchado por un pie a la cabina, y ahí afuera, el tío, tirado en el morro del avión, y el copiloto agarrándolo por el pie para meterlo dentro, pero no lo daba subido, sabes, no lo daba subido, y se fueron turnando para tirar de él las azafatas y los pasajeros, pero nada, y una azafata decía que estuvo a punto de soltarlo porque, total, estaba muerto, pero después también pensó que era feo que un comandante se cayera así al Atlántico, como un saco de boxeo, sabes, y joder, el tío estaba vivo, no podía hablar, pero estaba vivo, sabes, y cuando lo subieron lo reanimaron, sabes, y dijo que el abismo era tan oscuro que creía que no había abismo, que creía que si lo soltaban caería sólo unos pocos metros en una cama elástica, y que rebotaría  muchas veces, eso dijo el comandante, tía, eso dijo". "Joder –dijo la de la coreana naranja- qué canguelo. Dame fuego, que fumo otro". Yo aplasté mi cigarrillo en el cenicero y miré a través del cristal la fantasmática batería de aviones que nos miraban. Las caladas de la adolescente, palpitantes en el reflejo del cristal, parecían estrellas emitiendo a rachas su desconcierto, su rostro entonces se iluminaba desde abajo y la luz de cada calada le proporcionaba al reflejo unos ojos de tuneada felicidad, por estar viva, quizá, no lo sé. Eché a andar. Miré hacia atrás. Otra vez la sala de fumadores estaba en silencio. Ocho espaldas observando aeronaves. Sólo eso. Ocho espaldas. Esa fue la conversación que oí un día en la pecera de fumadores de Barajas, [pecera, qué bonita palabra, ya da a entender que está flotando]. Es verdad, no está bien dejar caer a un comandante como un saco de boxeo al Atlántico. Por otra parte, quienes escribimos, sabemos que los aeropuertos son la cosa más intocable que existe. El aeropuerto es el mejor amigo del escritor, como lo fuera la ciudad para Baudelaire. En la ciudad la gente escupe en las aceras, hay ruidos, humo de coches, gente desagradable, en los aeropuertos nadie escupe, las personas se vuelven amables, se civilizan, deberían recomendarlos como terapia, y además todo está limpio, nada malo te puede ocurrir, sólo hay chicles pegados bajo los asientos, es lo único raro, pero son chicles buenos, no hacen mal alguno, son códigos inofensivos, una especie de morse táctil, comunicaciones secretas entre pasajeros de todo el mundo, millones de pasajeros lo practican, y tanta gente no puede estar equivocada, y mucho menos ser mala. A fecha de hoy los aeropuertos son los mejores amigos de los escritores, todo escritor, más tarde o más temprano, termina hablando de aeropuertos. Aunque la mayoría los presenten como lugares incómodos y donde ocurren cosas incómodas, en realidad saben que no pueden escapar a su magnética flotación, porque donde no existe el mal hay que inventarlo, fantasearlo, todas las culturas lo han hecho, a todo Paraíso siempre hay inventarle su Infierno, infiernos que no existen pero que son necesarios para no morir por exceso de bondad, eso es lo que provoca que todos los escritores, sean de la escuela que sean, hablen en algún momento de su carrera de aeropuertos. Por poner dos casos opuestos, elegidos al azar, recuerdo un libro de Rosa Montero, cuyo título ahora no recuerdo, en el que en la primera página la protagonista perdía a su marido en los lavabos de un aeropuerto, así, sin más, en la primera página, tremendo, ¿no? En el otro extremo de la cuerda, recuerdo muchas novelas de JG Ballard, [recientemente fallecido, un saludo desde aquí, JG, estés donde estés], en las que los aeropuertos son el único lugar seguro de la Tierra, y al mismo tiempo escupen la presencia de cualquier ser humano, son objetos ambivalentes, raros. Yo mismo, que literariamente hablando no tengo que ver ni con Rosa Montero ni con JG Ballard, he escrito en una de mis novelas sobre un tipo que vivía en una terminal de un aeropuerto, vivía allí muchos años, sin papeles ni nada, de la caridad de los trabajadores aeroportuarios, y cuando el gobierno de Australia le dice que le da por fin los papeles para poder entrar al país, él dice que no, que se queda en la Terminal Internacional para siempre. Así se lo expresó al funcionario que le trajo la noticia: "seré luz en esta carabela", qué inmejorable frase para dar a entender que él ya era un místico de aeropuerto, de catedral, que ya flotaba. Luz en esa carabela. Ya digo: los aeropuertos me gustan. Me gusta hablar de aeropuertos. Pasan cosas curiosas de veras. Sin ir más lejos, hace poco más de un mes, también en la pecera de fumadores de Barajas, vi a un tipo con pantalón como de traje sin ser de traje, zapatos como de traje pero sin ser de traje, camisa blanca, perfectamente planchada, también como de traje pero sin ser de traje, y una cazadora de cuero negro con los cuellos levemente subidos en la nuca, apoyaba el cigarrillo sobre su labio inferior, me fijé bien en su cara, era el mismísimo Ian Curtis, líder de un grupo antiguo y muy famoso llamado Joy Division. Ian Curtis murió hace muchos años, en 1980, pero allí estaba, impasible en la pecera de Barajas, pensando, a lo suyo, como todos los genios, que siempre están a lo suyo, como los aeropuertos, que siempre están a lo suyo, parecía meditar en la catedral, era tremendo, era tremendo, no me atreví a decirle nada, fue él quien, sin previa ojeada ni aviso, giró 45 grados la cabeza, y sin mirarme a los ojos [porque un genio del rock nunca mira los ojos], y sin retirar el cigarro de su labio inferior, me dijo: "amigo -dejó un silencio de un par de segundos -, ¿sabes que flotamos a pocos milímetros del suelo?" Imagínense, Ian Curtis y su cigarrillo casi mirándome a la cara, verbalizando lo que el resto sólo intuíamos, diciéndome a mí, a mí que no soy nadie, que los aeropuertos son naves flotantes, limbos en tránsito. Estaba claro, el mismo Ian Curtis lo afirmaba, ésa era la confirmación que todos estábamos esperando. Después aplastó el cigarrillo en el suelo con la punta del zapato, y se perdió en la cola del restaurante de comida rápida: cuando le tocaba el turno de pagar en caja, había ya desaparecido. Me gustan los aeropuertos, los aeropuertos me gustan. He visto que un antropólogo muy famoso llamado Marc Augé, les llamó "no lugares", espacios de tránsito, lugares que no llegan a echar raíces, y eso no es malo, no. Otros "no lugares" son, por ejemplo, las autopistas  y los hipermercados, pero ¿qué otro "no lugar" hay más "no lugar" que un aeropuerto? Así es, nadie lo supera, flota a pocos milímetros del suelo, nunca podrá echar raíces, y eso lo distingue de las autopistas y los supermercados, que terminan pareciéndose a sus gasolineros las unas, y a sus cajeras los otros. Una vez fui a un aeropuerto extraño, quizá el más extraño en el que he estado en mi vida, el de una ciudad llamada Salamanca, Oeste de España. Llegué un amanecer de febrero, hacía mucho frío, y aunque una niebla rodeaba el edificio, corría un aire que provocaba un silbido constante; hay aeropuertos que son un western. Todos los pasajeros debían ser locales, porque había coches esperándolos fuera. Ni un taxi. Ante la parada vacía, posé la maleta en el suelo. La extensión del páramo castellano, tan quieta, me conminaba a no moverme, a imitarla, a esperar, una de esas esperas que no tienen otro sentido que la propia espera, no esperas nada en concreto, así que entré de nuevo y me senté. La joven del mostrador del único check-in, totalmente vacío, se atravesaba la melena con un lápiz. Un camarero oía la radio y masticaba lo que parecía ser un bocadillo. Una nave y tres almas, eso éramos, tres almas, vértices de un salmantino Triángulo de las Bermudas. Permanecí así unos minutos, sentado. Sobre mi cabeza un letrero decía, meeting-point. Cerré los ojos, sentí el flotar del aeropuerto a pocos milímetros del suelo, pero también noté que su línea de flotación no era totalmente horizontal, estaba inclinada, lo supe por un suave dolor de cabeza que se escoraba hacia el lado derecho de mi cerebro. Saqué entonces la bolita. Cuando voy de viaje siempre llevo conmigo la bolita, mi particular test. La pongo en el suelo, y si rueda es señal de que el aeropuerto no flota horizontalmente. En efecto, nada más apoyarla en la baldosa que tenía a mis pies, comenzó a rodar. No daba crédito, nunca me había ocurrido algo así, aquel aeropuerto fallaba, iba a la deriva, directamente al desastre, eso me dije. La bolita avanzó [pensé en un barco de papel en un río] como llevada por una corriente, dando curvas suaves, pequeños zig-zags, buscando los lugares más bajos y estables. Observé su errática trayectoria, que discurrió por delante del camarero, quien en ese momento masticó varias veces sin reparar en ella. La chica del check-in, la miró boquiabierta cuando se coló entre sus pies para después seguir en dirección al fondo del hall, y la seguí, alargándose de esta manera cada vez más el triángulo que formábamos el camarero, la joven del lápiz en el pelo y yo. La fuerza gravitatoria llevó así a la bolita hasta el lavabo de hombres, chocó contra la puerta, estaba cerrada, giré lentamente el picaporte, nada más abrir continuó rodando, hizo varios giros antes de meterse en una de las cabinas de váter, concretamente en la tercera, y allí de repente se frenó. Volvió un poco hacia atrás, después hacia delante, y osciló varias veces en ambas direcciones hasta detenerse definitivamente en mitad de una baldosa. Pasaron unos segundos. Yo y la bolita, la bolita y yo, midiéndonos en la penumbra de aquella cabina. Levanté entonces la vista y, junto a la taza del váter, la vi, una bola de color fresa pálido, muy grande, del tamaño de un balón de playa. Me acerqué [no sé si podré expresarlo con claridad], era esférica pero en su superficie había muchas irregularidades, como una Tierra vista desde una Luna. Me agaché, olía fresa gastada, desprendía calor, calor húmedo y una especie de vaho; por un momento pensé en alguna clase organismo. Extendí la mano y al tacto supe que era una bola de chicle, una inmensa bola de chicle. Retrocedí unos pasos hasta la puerta. Ni se me ocurrió intentar cogerla, pero diría que aquella masa pesaba toneladas, cientos de toneladas, de ahí que el aeropuerto estuviera ligeramente inclinado hacia ese lado. No lo sé. Observando el vapor que emanaba de su superficie, entendí que no me encontraba en un aeropuerto cualquiera, sino en la boca de todos los aeropuertos, la cavidad oral a la que van a parar todos los chicles de todos los aeropuertos. Entendí también que todos los aeropuertos del Planeta son los diferentes órganos de un cuerpo que los supera y que ni ellos mismos conocen. Todos con su correspondiente función fisiológica asignada.    

(publicado en la revista Aena-Arte, verano 2009)

Escrito por Agustín Fernández Mallo a las 12:2

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Posos de sacarina
19/05/2009

1  
Me he dado cuenta de que la gente, cuando llega a las cafeterías, se sienta en las mesas de los laterales. Es raro encontrar a alguien sentado en la mesa del centro de una cafetería cuando, salvo él, allí no hay nadie. Al contrario que las ciudades o la expansión del Universo, las cafeterías y bares se llenan desde la periferia hacia el centro, centripetamente. Nadie quiere cargar con la responsabilidad de ser el epicentro de un terremoto; cualquier terremoto.  

Estoy en una cafetería, pienso ahora en las salas de cine, pienso que en las salas de cine se llena antes el centro que la periferia. Puede que sea porque en el cine no hay luz, porque nadie puede ver el epicentro de tu terremoto, y eso te salva. Estás allí, a oscuras, en una placenta, en posición casi fetal. Eso te salva.  

En las cafeterías hay personas que no hacen nada, ni leen la prensa, ni hablan con los clientes, sólo miran la taza de café vacía. Pero, aparte de mirar la prensa y hablar, ¿qué otra cosa se puede hacer en una cafetería una vez la taza de café está vacía? Recuerdo ahora a un tipo, llamémosle A, al que hace años conocí tangencialmente.    

Recuerdo ahora a un tipo, llamémosle A, al que hace años conocí tangencialmente. Siempre estaba apoyado en las paredes. Si te lo encontrabas por la calle, o si en su trabajo lo paraba alguien en el pasillo, rápidamente se las arreglaba para apoyarse en la pared más cercana. Eso no es fácil de detectar, en el día a día no te fijas en esas pequeñas cosas, hasta que ocurre algo que desvía la rutina y saca al personaje de cuadro. Ocurrió más o menos en septiembre, año 1983. Surgió la posibilidad de ir a la cordillera del Atlas, que recorre Túnez, Argelia y Marruecos. Éramos un grupo de 6. Teníamos el Land Rover y el dinero. Pero aquel tipo al que he llamado A, no quiso ir. Pasados unos meses, me dijo en privado que no podía realizar ese viaje porque para llegar a la cordillera del Atlas antes hay que pasar por desiertos, varios días de travesía por desiertos, y no soportaba la idea de no tener una pared o un árbol en el que apoyarse. Sólo imaginarlo le producía mareos, ansiedad.   

"Es como cuando tocas  con un dedo –me dijo-  uno de los agujeros de un enchufe: no pasa nada, no sientes corriente, pero cuando metes el otro dedo aparece el calambre, corre por tu cuerpo, sientes la electricidad. Y con la fuerza de la gravedad pasa lo mismo, si sólo tengo los pies en la Tierra, en la horizontal, no la siento, es como si flotara, como si me faltara mi propio peso, pero si apoyo el hombro en la verticalidad de una pared, corre la fuerza de la gravedad por mi cuerpo, entre esos dos puntos de apoyo, siento perfectamente mi peso, dejo de ser un espectro para estar vivo, ¿lo entiendes? Por eso no podía hacer aquella travesía por el desierto, nunca podré, ¿lo entiendes?".  

Claro que lo entendí, era muy lógico, una de las cosas más lógicas que he oído en mi vida. Una vez imaginé una ciudad de perímetro circular, en la que el extrarradio, en vez de crecer hacia fuera crecía hacia adentro, ganando terreno en círculo a los barrios más acomodados. Al llegar justamente al punto central, colapsaría, implosionaría, generando un fenómeno urbano hasta ahora desconocido. También me parece algo lógico, quizá lo más lógico que he pensado en mi vida.  

Estoy en una cafetería, sentado en una de las mesas del centro, solos el camarero y yo. Llegué y me senté aquí, en el epicentro de algo que desconozco, pero que de alguna manera se me anuncia. He pensado ahora en el asunto de la comida, lo he pensado hace un momento. Siempre que como me pregunto por el origen de esos vegetales, pescado y carne que tengo delante, troceados, ¿pertenecen todos a la misma lechuga, al mismo pez, a la misma vaca? Las lechugas no caminan, los peces tampoco, pero los animales terrestres sí, tienen cuerpo en toda la extensión de la palabra, y eso impresiona, son autónomos. Francamente impresiona. Me resulta raro que hayan venido a mezclarse en mi plato un trozo una vaca de una granja de argentina con otro de un matadero holandés, cuerpos diferentes, auténtica carnicería.    

Esas dos patas de pollo que me voy a comer, ¿pertenecen al mismo pollo? ¿Son su pata derecha e izquierda? ¿Son dos patas derechas? ¿No es monstruoso tener delante un objeto con dos patas derechas? ¿Alguien imagina lo que supondría tener delante a alguien con dos piernas derechas? Un plato de comida con dos piernas derechas es un monstruo que tenemos que reconstruir para poder llevarlo sin temor a la boca, y eso es esfuerzo, alta sofisticación de una cultura, refinamiento, dominación de miedos primarios. Tantos cuerpos mutilados, venidos de remotos lugares a esa fosa común que es cada plato de comida, eso he pensado, todo un extrarradio alimentario venido a mi plato, toda una representación de Globo Terráqueo venida a mi plato, que por ese motivo se hace centro, epicentro de un terremoto, mi plato, epicentro de tanta dispersión, eso es un milagro.  

Pero no menos milagro es tener en un plato trozos de carne un mismo cuerpo, de un mismo animal, recién llegado desde la muerte para ti y sólo para ti, una relación de tú a tú con esa vaca, con ese cerdo, sí, eso también es un milagro.    

Parece que todo me parece un milagro; eso no lo entiendo.  

Eso no lo entiendo. Eso pienso ahora que estoy sentado en una mesa de un bar, en la mesa central de un bar que está vacío, este epicentro de terremoto, que está en mí, en mi mesa, en esta taza vacía de café, con su rebaba de espuma y su sacarina mal diluida en el fondo. No leo posos del café. Leo posos de sacarina, residuos del centro de esta taza, que es centro de esta mesa que está en el centro de esta cafetería. Y no hay nadie. Sólo los posos de sacarina y yo. El camarero salió a hacer un recado, "vuelo ahora", dijo, así, al aire, como si alguien más que yo lo estuviera escuchando.    

Muchas veces he escrito sobre lo que supone dar vueltas a la Tierra, a menudo pienso que nos gustan los ciclos en general, lo que se repite, porque sabemos que si nos ponemos a caminar, tarde o temprano regresamos al lugar de partida. Es la esfericidad de la Tierra quien tiene la culpa de que nos gusten las repeticiones, eso lo tenemos grabado en el cerebro, antes incluso de nacer ya lo sabes, ya sabes que por mucho que camines siempre volverás a esta mesa colocada en el centro de este bar, volverás a este epicentro de este terremoto, con su rebaba de café fosilizada y sus posos de la sacarina. Leer posos de sacarina. Si al menos estuviera sentado en esa mesa que hay junto a la pared, apoyado en la pared, no sería el ojo de terremoto alguno, no pensaría estas cosas. Necesito sentir la fuerza de la gravedad atravesando mi cuerpo, que me entre por el hombro y salga por los pies, para poder continuar, un camino lateral, tangencial, dar una vuelta a la Tierra, no regresar, pero estoy en la mesa del centro, y algo me detiene.  

2
O el milagro de váter público, 
la rosa amarilla que crea el chorro tras masacrar
los trozos de papel que dejaron otros. 

Escrito por Agustín Fernández Mallo a las 8:24

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A manos de un albañil
02/04/2009

Estoy esperando que ocurra, y no ocurre. Hace tiempo que espero. Siempre les doy la espalda. Albañiles, fontaneros, electricistas, a todo el gremio de la construcción le doy la espalda. De espaldas espero. A veces vienen a casa, se mueven, ya digo, a mi espalda, los oigo, me giro un poco para ver si se acercan, nunca lo hacen. Espero que ocurra. Más bien, lo deseo. Deseo morir a manos de un albañil. Que yo esté sentado y que se acerque por detrás, con una maza, un cubo, una espátula y que, resumiendo, me golpee, que en definitiva me golpee todo lo fuerte que se puede golpear a un tipo como yo, un tipo que no hace nada, un tipo que sólo espera. Morir a manos de un albañil, ése es mi sueño; más bien, mi deseo, porque estas cosas no se sueñan. Veo al tipo subiendo las escaleras, me veo ante la pantalla del Mac, haciendo nada, perdiendo el tiempo, un vídeo de Migala [aquella Gran Aventura], o una página técnica de asuntos literarios que no entiendo, la publicidad de la Tubomix que flashea en pantallazos, o repasando e-mails antiguos, mudos como un grumo de semen en un una servilleta, me veo esperando algo que no es general, sino específico, muy concreto, sólo aguardo ese momento, me veo y lo veo, los pasos de sus zapatillas de los chinos subiendo escalones, el crujir de la escayola, el metro de 3 metros que tintinea en su cinturón y no son las llaves, no, es un metro de 3 metros, cuántos metros, cuánta distancia lleva este albañil en el bolsillo, deduzco que eso es lo que nos separa, 3 metros que se pliegan sobre sí mismos, infinitos en su bolsillo, lo veo acercarse, está aquí, por qué no me dará con su maza en la cabeza, me digo, no entiendo por qué no lo hace, a otra gente le ocurre, lo veo en las noticias, lo veo en los cortes de emisión que hacen en Mira Quién Baila para dar una noticia de última hora, otras veces ocurre, conozco casos personalmente, quiero que un albañil venga a pintar el techo, la clásica gotera, él deja sus cosas, yo finjo que hago algo ante la pantalla de mi Mac, unos e-mails mudos, la publicidad de la Tubomix, y él me da en la cabeza, sólo eso, dar en la cabeza, morir ante la pantalla de mi ordenador, ante el mismísimo Internet, mi sangre, una información más que añadir a la pantalla, como en esas películas francesas en las que un día de primavera un albañil va a un chateau , con sus 2 hectáreas de viñedos, a arreglar el tubo de la chimenea, y acaba con toda la familia antes de las 2 de la tarde, y se van silbando, en bicicleta, simulando ser un antiglobalizado, o como en esas otras americanas: el tipo repara el tubo del gas, la famila prepara en el jardín la barbacoa, y son ellos quienes terminan asados, oigo su respiración a mi lado, está golpeando la pared, corrige el trazado de una cañería, corrige un trazado que otro albañil deseó e hizo porque lo deseaba, todo el mundo tiene lo que desea, por qué yo no puedo tenerlo, él corrige un trazado, qué raro y al mismo tiempo fundamental es corregir un trazado, alguien que empalmó el tubo en el lugar equivocado, y él corrige ese trazado, él ahora podría, lo deseo, corregir mi trazado, el trazado de mi día, un día cualquiera ante la pantalla de un ordenador, podría corregir mi trazado con su martillo, pero no lo hace, se mueve en torno a mí, a mi mesa, cierro los ojos y me digo: corrige mi trazado, por favor, albañil, corrige mi trazado, está frente a mí, bajo la cabeza, ahora, ahora podrías hacerlo, albañil, hazlo, albañil, hazlo, es fácil. Estoy esperando que ocurra. Hace tiempo que lo espero. Todo el mundo tiene lo que desea, hace un rato vi cómo en el kiosko una madre le compraba una película Manga, de oferta con el diario Público, a su hijo, vi también cómo un cajero automático expulsaba dinero en la manos de un tipo con más o menos la misma pinta que yo, y después, en las noticias, vi cómo PSOE y PP hacían un pacto para gobernar en Las Vascongadas, ellos, todos ellos, lo querían, querían la peli Manga, el dinero del cajero, el pacto en Las Vascongadas, y lo obtuvieron, no entiendo por qué este albañil no me da lo que yo deseo, si corrige trazados de cañerías, me digo, por qué no corrige el mío, y eso que el tipo me cae bien, existen las instrucciones para dar cuerda a un reloj, están escritas, están narradas, hasta están sampledas en canciones de post-rock, pero no existen instrucciones para morir a manos de un albañil, creía que era fácil, creía que era como en esas pelis que antes he citado, esos clichés, pero no, no es posible para mí dar unas instrucciones para morir a manos de un albañil, es terrible, pero es así, él se pasea, de mi estudio al cuarto de baño y regresa, así varias veces, su loop particular, hace pruebas diversas, está a lo suyo, es un profesional, yo estoy mirando la pantalla de mi Mac, estoy escribiendo esto, desesperadamente escribo esto, como invocando al Dios de los albañiles asesinos, o algo así, y me pregunto, qué le impide ahora, en este preciso momento, variar levemente la trayectoria de su trabajo, de su cuerpo, desviarse hacia mí, sólo un metro, un metro escaso, y estrangularme con su metro de 3 metros, rodear mi cuello con 3 metros de metro, porqué no lo hace. Es tan fácil y al mismo tiempo lejano, que su pasividad asusta.  

 

[Domingo 29 de marzo, mientras observo a un albañil hacer reparaciones en casa. El caso es que yo no lo he llamado. No sé qué hace aquí]

Escrito por Agustín Fernández Mallo a las 11:48

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Agustín Fernández Mallo

Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967) es licenciado en Ciencias Físicas. En el año 2000 acuña el término Poesía Pospoética —conexiones entre la literatura y las ciencias—, cuya propuesta ha quedado reflejada en los poemarios Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus (2001), Creta lateral Travelling (2004) y el poemario-perfomance Joan Fontaine Odisea [mi deconstrucción] (2005). En 2007 fue galardonado con el Premio Ciudad de Burgos de Poesía por su libro Carne de Píxel. Su libro, Postpoesía, hacia un nuevo paradigma, ha sido finalista del Premio Anagrama de Ensayo 2009. En el 2006 publica su primera novela, Nocilla Dream (traducida a varios idomas), que fue seleccionada por la revista Quimera como la mejor novela del año y por El Cultural de El Mundo como una de las diez mejores. Crítica y público han coincidido en el deslumbramiento que está suponiendo este Proyecto Nocilla para las letras españolas, del que Nocilla Experience (elegida mejor libro del año por Miradas2, TVE) constituye la segunda entrega de la trilogía, y que concluirá con Nocilla Lab.

Tiene otro blog en Alfaguara.

24/06/2009
Determinado cuerpo celeste

19/05/2009
Posos de sacarina

02/04/2009
A manos de un albañil

agustín en Determinado cuerpo celeste (04/07/2009 - 09:28)

Manuel en Determinado cuerpo celeste (02/07/2009 - 08:57)

agustín en Determinado cuerpo celeste (01/07/2009 - 19:16)

LO QUE LEO:
POPism. The Warhol Sixties, 1960-1969 (ediciones Alfabia)  
Los diarios de Warhol pasados a formato biografía. Muy interesante para conocer no sólo el ambiente neoyorkino de aquellos años, sino el nacimiento del pop-art, lo contingente que era todo y las anécdotas tontas que (como ocurre casi siempre) terminan conformando una visión que cambia el mundo. Pero además, me gusta porque considero a Warhol un escritor de primera fila, tan bueno o mejor que artista plástico. En una frase aparentemente casual es capaz decir cosas de gran profundidad para las que otros usan diez páginas. Divertido y, sobre todo, inteligente. 
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ESCUCHANDO:
Escucho muy a menudo a este grupo de bizarrísmo nombre, Vacabou. Semielectrónica trip-hop con elementos clásicos y hasta ambient. Pop helado en la cálida voz de Pascale, la cantante. Son los Postishead españoles, con recuerdos a Stereolab y a Broadcast. La cuadratura del círculo. En USA, Francia y UK, reciben críticas espectaculares (ver su web y MySpace). Su primer LP, Vacabou, me pareció de lo mejor en muchos años en el pop español, lo escuchaba sin parar cuando escribía el Proyecto Nocilla. El segundo, Twelve songs inside, me lo confirmó. Dos obras maestras.
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