Revelación en el cuadro eléctrico |
17/06/2008 |
Un tipo llamado Yukawa propuso en 1957 una teoría del núcleo atómico que daba explicación a por qué las partículas que lo componen permanecen unidas y no se separan espontáneamente. La pregunta no es ingenua; en último extremo, podemos preguntarnos ¿por qué este vaso, aquella puerta o esta tecla de mi mando a distancia son objetos y no sinfín de partículas dispersas? ¿Por qué no se separan espontáneamente?
El mecanismo que propuso no hace al caso, pero dio buenos frutos, y se basa en la violación del principio de conservación de la energía, ese pilar de las ciencias. En efecto, gracias al Principio de Indeterminación de Heisenberg, se demuestra que se puede violar esa ley con tal de que sea durante un instante tan pequeño de tiempo que no seamos capaces de medirlo, es decir, de verlo. Voy a pensar ahora que eso también ocurre en nuestra mente. Cometemos delitos, violamos leyes sin parar, pero durante un fracción tan infinitesimal de tiempo que no podemos detectarlos. Voy a pensar que nuestra mente es un colchón plagado de minidelitos, delitos virtuales, que aparecen y desaparecen saltando como burbujas imposibles en agua hirviendo. Voy a pensar que estoy en casa y miro por la ventana y veo a un vecino viendo la Eurocopa, y a un muchacho practicando boxeo en su terraza y a unas chicas tomando el sol en otra, y que tengo que contestar un mail a un amigo, y que tendré que salir algún día. Voy a pensar eso, sólo eso.
Como ese anuncio de la tele de Citroën, en el que un tipo va por una carretera llana en un todoterreno ["nostalgia del tractor" Félix de Azúa dixit], y el tipo quiere montañas para medir las reductoras de su 4x4, así que se detiene, abre la guantera, coge el mapa de la zona, lo arruga, y al instante el paisaje que tiene a sus pies se arruga también para mutar en cadena montañosa. Este spot, sin duda brillante, da en el blanco de uno de los grandes temas de nuestro tiempo: el territorio y el mapa. El simulacro como nueva realidad. Es el mapa quien construye el territorio, y no a la inversa. Ya lo dijera Baudrillard a colación de la posmodernidad, inspirándose en aquel cuento de Borges en el que los cartógrafos hacían un mapa de un reino tan grande como el propio reino. Voy a pensar que el delito que supone negar la realidad y construir otra realidad más real arrugando el mapa, es el triunfo absoluto de los minidelitos virtuales que acontecen a cada segundo en nuestra cabeza, la confabulación organizada y dirigida de todos ellos, todas nuestras mentes, genéticamente delictivas, unidas. Pero, ¿quién la dirige? Nadie, he ahí la novedad. El simulacro se autoorganiza.
Me interesan esos simulacros. Entiendo que una sociedad es tanto más evolucionada cuantos más simulacros es capaz de construir. A veces hago en casa guiones de anuncios, los hago para mí, para nada, por pasar el rato, me siento, cojo un boli y mientras veo "Cine de Barrio" escribo por ejemplo:
Mediodía. Inmóvil, recostado en la silla del escritorio, escucha sin voluntad Sexy Sadie (Lennon/McCartney). Late la pantalla del PC también sin voluntad. Enfrente, la ventana transparenta ramas de árboles, que transparentan a su vez el movimiento de un coche cuya ventana transparenta el cuerpo también inmóvil del conductor. El que observa piensa, algo que escribiré en mi próximo cumpleaños: me recuerdo en esa luz que no entra. [para atunes en conserva Rianxeira]
Sin embargo, el otro día me ocurrió una cosa muy rara. Regresaba del trabajo, en coche. Se había levantado un viento muy fuerte, de esos de tormenta de verano. Me detuve en un semáforo. Miro a mi izquierda, y en la fachada de un edificio se abre de golpe una pequeña puerta metálica, del tamaño de una hoja de periódico. Da un golpe y se bate varias veces antes de quedar abierta. Dentro, un panel eléctrico, un mapa de cables de colores, tuercas, relés y transformadores que formaban un silencioso cosmos, ahí, en una fachada, era un mundo, y jamás nos habíamos visto. Nos miramos unos segundos, antes de que el semáforo se pusiera verde. Fue estremecedor por lo que tuvo de real, de anulación de todos los simulacros. Los objetos, si te fijas bien, son seres vivos que en silencio se ríen de nosotros.
Escrito por Agustín Fernández Mallo
a las 12:16 |
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En cualquier fiesta |
06/05/2008 |
Hoy, domingo, he ido a una fiesta en un sitio muy especial para mí. Se trata de un palacio mallorquín en el que viví 2 años, está casi justo al lado de la catedral. Hace unos años una amiga me alquilaba una de las habitaciones, el ático, una especie de palomar muy sugerente que en realidad cobraba dimensiones de apartamento. Ahí escribí Carne de Píxel, en la cocina. En Mallorca, por estas fechas, comienza la temporada de fiestas, todo el mundo hace fiestas, la mayoría son muy pesadas, llenas de esa gente que se pone vestidos blancos de lino, están muy morenos, se mueren porque los inviten a ir en barco y los que ya lo tienen se mueren porque les inviten a ir en otros barcos, siempre quieren tener a algún artista por allí pululando, hablan de cosas como el zen sin saber más de zen que lo indicado por un manual de autoayuda, dicen ser macrobióticos [¿alguien sabe qué demonios es eso?] pero comen carne a escondidas, y son asiduos consumidores de las flores de Bach. Otra característica de las fiestas de Mallorca es que ponen música chill-out y todos hablan de puestas de sol que nunca han visto. Ante ese panorama se comprenderá que yo jamás vaya salvo en contadas excepciones. Hoy era una de esas excepciones porque la fiesta nada tenía que ver con todo eso. En realidad se celebraba el cumpleaños de los gemelos de una amiga que nacieron ahora hace un año. En un patio muy amplio recorrí las mesas, comiendo un poco de todo, bebiendo un poco de todo, hablando con gente que hacía tiempo que no veía. Estaba bien. En un momento dado, me colé en la casa y subí a lo que había sido mi apartamento. Me sorprendió verlo decorado con motivos infantiles, tigres en la pared dibujados a carboncillo, peluches en el suelo, sonajeros extraños [esos objetos infernales], y cosas así, como si aquello que había sido mío hubiera vuelto a una infancia que yo nunca tuve. Lo único que se conservaba de cuando yo lo habitaba era el televisor, un pequeño y sólido Phillips que me salvó muchas noches de la apatía total. Recordé entonces una noche que, viendo Cowboy de Medianoche en esa Phillips, aparecieron por casa una bandada de amigas, azafatas de Spanair, que salían de un turno de no sé cuántas horas de vuelo, cosa que era muy habitual ya que la dueña del apartamento era azafata [una profesión muy peculiar, desquicia un poco pero te da cierta mundología que puede ser divertida si la sabes gestionar]. Me gritaron que bajara a la improvisada fiesta, pero yo, enfrascado en la cojera de Dustin Hoffman no bajaba ni a tiros, las oía charlar y reírse y me quedé allí, viendo un rato las luces de la bahía de Palma y escuchando un cd. A veces me asomaba al patio y veía multitud de cabezas con un bulto en el pecho si eran mujeres y sin ese bulto si eran hombres, y eso me parecía algo muy gracioso. Entonces alguien llamó a mi puerta, era A, una danesa de piernas muy largas a la que conocía desde hacía más o menos un año. "¿No bajas? Lo estamos pasando bien", "No, gracias, tengo que acostarme, mañana curro", "¿Qué música estás escuchando?", "La Duermevela, de El Joven Bryan", "Ah, está bien, no lo conozco". Se sentó a mi lado, me ofreció su gin-tonic, bebimos del mismo vaso de plástico. No recuerdo de qué hablamos, supongo que de países y de los veleros de la bahía, pero sí recuerdo ella cogió un libro de Warhol que yo tenía sobre mi mesa, "Mi filosofía de A a B y de B a A", lo abrió, pasó páginas, y leyó en voz alta: "A veces te invitan a una fiesta y durante meses piensas en lo excitante y espectacular que será. Entonces vuelas a Europa y vas a la fiesta y cuando piensas en ella un par de veces después, quizá recuerdes el coche que te llevó a la fiesta y no recuerdas nada de la fiesta", y se rió. Tarareé mentalmente lo que estaba diciendo la canción, "Pasa edificios y ciudades, pasa centros comerciales, pasa ríos y arrabales y aún más, y aún más" .
Eso recordé hoy allí arriba, y bajé de nuevo a la fiesta, me serví un poco de champán y me senté en una silla, junto a las bolsas de basura. A mi lado, la cuidadora de los niños, una indígena peruana, muy morena y bajita, rompía las cajas de cartón de los juguetes que la gente había regalado a los gemelos. Una montaña. Las rasgaba de un golpe y después doblaba con fuerza las partes producto de su demolición para que cupieran todas en las bolsas. Pero antes de romperlas las observaba atentamente, miraba las fotos de los muñecos, de los coches, de los barcos piratas, leía las instrucciones uso, de montaje, la composición, todo ello con suma seriedad, y sólo después procedía a su triturado. No le pregunté por qué lo hacía. Entonces alguien me dio un trozo de tarta y no volví a pensar en ello.
Recuerdo ahora otra frase de aquel libro de Warhol: "Al final de mi vida, cuando muera, no quiero dejar ninguna sobra. Y no quiero ser ninguna sobra. Esta semana miraba la tele y vi una señora que se metía en una máquina de rayos y desaparecía. Fue maravilloso porque la materia es energía y ella simplemente se dispersó". Me pregunto qué significará para esa mujer peruana la palabra "dispersión". Quizá una ampliación de su campo de conocimientos, al contrario que para mí, que significa muerte por ensimismamiento. Alguien que te pasa un trozo de tarta, alguien que tritura cartones de colores.
Escrito por Agustín Fernández Mallo
a las 14:42 |
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Un domingo cualquiera |
22/04/2008 |
Hoy, domingo, he hecho algo que nunca había hecho. Cuando digo nunca quiero decir exactamente eso, nunca: he desayunado en la cama. Sólo en periodos de enfermedad lo había hecho, pero en esta casa y en esta cama, nunca. Lo que vi desde la ventana:
1] El Cielo: es lo obvio, ¿alguien espera mirar un día por la ventana y no ver el cielo? ¿Qué cosa lo sustituiría? Pensé que tras cualquier cielo nublado siempre hay otro con sol, vas tirando capas, decorados, y llegas al sol, pero te quemas. Tras muchas capas de acuarela, llegas al papel, la fibra. No sé que estoy diciendo. Pero el cielo es algo que no se puede pensar.
2] Un aparato de aire acondicionado: Hay una parte de esos artefactos que está dentro, en las casas, pero la pieza importante está fuera. Nunca he entendido por qué el viento tira árboles y no esos pequeños cacharros, son fortísimos, representan la supervivencia, la especie más sólida que hay en la cadena tecno-urbana, [como en la cadena biológica lo son los armadillos, los percebes, los erizos, las madres, el propio Enjuto Mojamuto es la mónada con que Leibniz soñó]. Tiene un ventilador que siempre da vueltas, eso me vuelve loco. ¿Cómo se posible que siempre de vueltas? Los encuentro muy solos, en mi ciudad hay muchos, nadie repara en ellos. Confío en ellos.
3] y 4] Antena parabólica, antena lineal: No me dan tanta pena; reinas de las ciudades, de la comunicaciones, nadie les tose. Si las azoteas de la ciudades fueran ajedreces serían la reina. Representan un espacio, el Espacio, la conquista del Oeste. Las parabólicas, en su abarcarlo todo son evidentemente la imagen y semejanza de los ganaderos, devoran el espacio, lo definen a medida que lo conquistan. Las lineales son agricultores; puntuales, permanecen perforando huecos en la tierra a fin de encontrar agua. Una guerra muy muy antigua.
5] Escaleras: Escaleras de incendios que parecen de interior, como si a ese edificio lo hubieran cortado por la mitad, quedando al descubierto esas escaleras. [Aparte: ¿Cuándo harán edificios con escaleras automáticas?] Lo que siempre me intriga de las escaleras es que, al contrario que las carreteras, sea un objeto sin dirección, no apuntan hacia ningún sitio en especial, el en fondo son esferas.
6] Una silla: dos imágenes que me inquietan: un balón rodando por una plaza en domingo y una silla en el suelo. ¿No da la sensación de que esos objetos no deberían estar ahí auque de hecho puedan estar ahí? ¿No da la sensación de que el desorden se ha desordenado de manera extraña, no esperada? En esa silla un día tome un té.
7] Gotas de lluvia: he contado 7. Sin comentarios, hay que callar. Recordé esta canción.
Escrito por Agustín Fernández Mallo
a las 10:15 |
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Agustín Fernández Mallo
Reside en Palma de Mallorca. Licenciado en Ciencias Físicas. Acuña y pone en marcha la "Poesía Postpoética", cuyo manifiesto teórico-fundacional, "Hacia un Nuevo Paradigma: Poesía Postpoética", fue recogido por la revista Lateral, diciembre de 2004, y por la revista Quimera en 2006. Tiene otro blog en Alfaguara.
NOVELA:
Ha publicado Nocilla Dream (4ª edición), edit Candaya, Barcelona, 2006,
(mejor novela en castellano en 2006 por la revista Quimera y novela revelación del 2006 por El Cultural del el diario El Mundo). Es la primera entrega de la trilogía, Proyecto Nocilla, cuyas otras dos novelas son Nocilla Experience (marzo 2008, editorial Alfaguara) y Nocilla Lab, (inédita, Alfaguara)
Libros de poemas:
-Carne de Píxel, ganador del XXXIV Premio de Poesía Ciudad de Burgos Editorial DVD, Barcelona, marzo 2007.
-Joan Fontaine Odisea [mi deconstrucción]. Editorial La Poesía, Señor Hidalgo, Barcelona, 2005.
-Creta Lateral Travelling, I Premio Café Mon, 2004, Edit. La Bolsa de Pipas, Palma de Mallorca.
-Yo siempre regreso a los pezones y al Punto 7 del Tractatus, Editorial Ópera Prima, Madrid, 2001.
Ha sido incluido en varias colectivas, la más reciente:
-Antología del poema en prosa en castellano, Campo Abierto, Editorial DVD, Barcelona 2005.
Fue uno de los impulsores de la revista de creación contemporánea "Casatomada", revista diletante de arte laxo.
Colabora con diversas revistas literarias y sus textos se han publicado en los principales periódicos nacionales. |
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LO
QUE LEO:
Más allá del Oeste, Ángel Fdez-Santos (Debate). El agudo crítico de cine, recientemente fallecido, hace un despiece de imágenes en las que pone de relevancia toda la física y metafísica del western, con textos magistrales que van de la historia del cine a la antropología, y que revelan de dónde emana su épica. Me gusta además porque está lleno de impagables diálogos extraídos de las películas. Leyéndolo te das cuenta de por qué es un género que atraviesa todas las épocas. |
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ESCUCHANDO:
La primera ópera envasada al vacío, Sr.Chinarro (Acualera, 2001). Quizá el disco más extraño y oscuro de Sr. Chinarro, diletante y abstracto, muy free, desguazado e incluso en ocasiones talentosamente desafinado de tal manera que todo se resuelve en portentosos aciertos. Unos textos que más que sugerir desconciertan, van de calambrazo en calambrazo poético. Cuando un disco es perfecto solemos decir es redondo, cuando su perfección proviene de una aparente imperfección podríamos decir que es cuadrado. Éste es el caso. |
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