El origen de las especies (de ropa) |
14/06/2010 |
Un lector de mi otro blog, al ver un vídeo de una conferencia que di en Casa de América de Madrid, me preguntó dónde me había comprado la ropa. Brevemente:  CAMISA (2010): Urban Outfitters, Ciudad de Providence, 43 dólares. Estaba en el campus de Brown, comenzó a llover intensamente y no tenía dónde meterme; 10 de la mañana. Ya había desayunado un montón, así que no me apetecía comer más. Me guarecí en la entrada de la tienda de Urban Outfitters; aún no habían abierto. Las dependientas, rubias y gorditas, fregaban el suelo, colocaban mercancía nueva, etc. Vi que vendían paraguas plegables, pregunté si podía entrar y contestaron que bueno, que no era lo correcto, pero que, dada la lluvia que estaba cayendo podían romper las normas por un día. Di varias vueltas, no habían conectado aún el hilo musical [es raro estar solo en una tienda tan popular como esa, parece como si algo hubiera sucedido o estuviera a punto de suceder]. Los paraguas que tenían me parecieron ridículos, compré el que consideré más decente; parecía el de un fanático de algún equipo de fútbol. Pagué con tarjeta Master Card. Me dieron un recibo más largo que el paraguas en modo plegado. Cuando me estaba yendo, me di cuenta de que me daba vergüenza abrir ese paraguas en la calle, así que, en la misma puerta, di media vuelta y me puse a curiosear entre filas de ropa. Subí a la planta arriba; había rebajas. Nada más ver la camisa, me la probé y me gustó. Pagué de nuevo con la Master Card. Mientras bajaba las escaleras, volvió la sensación de que no podía salir a la calle con aquel paraguas, de nuevo subí las escaleras, seguí curioseando, me metí en el probador con más camisas y pantalones. Pagué un par de prendas más. Cuando me iba creo que las cajeras hicieron una broma sobre cuántas veces podía amagar que me iba y no irme, pero hablaban muy rápido y no entendí muy bien lo que decían. Conectaron el hilo musical. El cielo ya no estaba cubierto. Caminé calle abajo, con las bolsas en la mano. Al pasar por la librería del campus reconocí en su interior a varios amigos, todos escritores, apuré al paso para que no vieran que compraba ropa en vez de libros, antes muerto que parecer una de las descerebradas de Sexo en Nueva York. Esperé a que nadie me observara para tirar el paraguas en la primera papelera que encontré.  CAMISETA INTERIOR (2008): Tienda de souvenires del Parque Nacional de Yosemite, California, 21 dólares. Como en otra vida fui escalador, no podía pasar por California sin detenerme en Yosemite, la meca de la escalada en roca y fuente de todo tipo de mitologías de adolescencia gracias al libro, Escaladas en Yosemite (Geroge Meyers, edit RM), lamentablemente descatalogado. Creo que en toda mi vida pocos libros me han fascinado tanto como ese. Yosemite está lleno de carteles en los que dice, OSOS EL LIBERTAD. CONDUZCA CON PRECAUCIÓN, así que, al dar una curva cerrada, entre pinos, casi atropello a uno de color marrón oscuro que cruzaba la carretera; corría rápidamente con un plástico amarillo prendido a una de la orejas. Me detuve a ver la pared de El Capitán, había tres tíos haciendo la vía Pacific Ocean Wall, pared que tiene 1000 metros de altura (2 veces las Torres Gemelas), así que para verlos tuve que usar prismáticos.  Unos kilómetros más allá estaba la tienda de souvenires, una especie de cabaña hecha con troncos a la manera de la caseta del guarda del oso Yogui. Familias de todas clases y colores llenaban bolsas con ese tipo de objetos-recuerdo que en las tiendas están perfectamente clasificados, y hasta parecen objetos normales, integrados en la Realidad, pero que al llegar a casa lo único que hacen es contribuir a que tu salón sea un poco más Frankenstein que antes. Así que compré una taza de desayuno para mí, decorada con la silueta de El Capitán, y una camiseta para mi primo. Ocurrió que mi primo engordó de golpe, y me la quedé yo. A veces la uso como camiseta interior, pero lo normal es que la use en verano, en casa. El año pasado puse en mi otro blog unos covers de batería en Youtube, en los que la estoy usando http://blogs.alfaguara.com/fernandezmallo/2009/08/10/tarde-de-covers/, http://blogs.alfaguara.com/fernandezmallo/2009/09/01/ Es cómoda para tocar. Me encanta esta camiseta.  PANTALÓN (2007) Tienda Levis de Soho, Nueva York, 48 dólares. Ocurrió que, estando en Nueva York, verano, buscaba la esquina en la que había estado ubicado el mítico y ya desaparecido restaurante Food, propiedad del artista Gordon Matta-Clark, que era una especie de comedor barato para artistas en los años 70. 
Cuando iba de camino, pasé por la tienda de Levi's que hay en el Soho. Entré porque necesitaba pantalones y estaban baratísimos. Al entrar, un dependiente me asaltó con sonrisa de lado a lado y me dejó claro que se llamaba Ron y que le preguntara lo que quisiera y que desde ese momento era mi vendedor y asesor particular de artículos Levis, y que si compraba algo no me olvidara de decir en la caja que había sido atendido por Ron. Empezamos bien, pensé. Vi estos pantalones pitillo, modelo Levi´s Capital, que no conocía [aunque eso no es difícil: en el Universo Levi's me quedé en los modelos Etiqueta Naranja y Etiqueta Roja], y me gustaron un montón. Me metí en el probador. Ron siempre en la puerta, a la caída. No sé si a mucha más gente le ocurre, pero en los lugares donde estoy solo, me siento observado, y sin embargo, no en los bulliciosos, debe de ser una especie de Síndrome De La Cámara Oculta, o algo así. Imaginé a Ron en un cuarto contiguo, ante una fila de monitores en blanco y negro, controlando el interior de cada probador, o mirando a través de un agujero disimulado en el perchero, al que le faltaba uno de los tornillos de estrella. Sinceramente, ni me probé los pantalones. Los desplegué ante el espejo, la talla me pareció adecuada [y si no, al lado de mi casa hay una costurera muy buena, trabaja en un primer piso, en negro, siempre charlamos de la baja calidad de la ropa cuando me la encuentro en el súper; admiro mucho a esa mujer]. Al cajero le recordé la existencia de un tipo llamado Ron, me dieron una factura tan larga como cada pierna del pantalón, podría haber escrito ahí cualquiera de mis novelas, pensé.
 CALZADO (2007) Festival Park, Mallorca, tenis Nike, reedición del modelo Cortez de 1972, color granate, aproximadamente 100 euros. Se las vi a House y me encapriché. Yo no hago deporte porque tengo el convencimiento de que es malo para la salud, sólo las quería, como House, para ir por la calle. Él las lleva con traje, le quedan muy bien. En Mallorca hay un Centro Comercial a cielo abierto llamado Festival Park, está en mitad de un secarral, tiene calles que simulan "viviendas mediterráneas" (vete a saber qué es eso), en las que sólo hay tiendas, de todas las clases, está Lotusse, está Farrutx, está Levi´s, está Adidas, está Amichi, está Camper y Recamper, y también otras que tienen todo tipo de marcas. Al fondo hay una fuente tremendamente grande que salpica el cielo, y restaurantes y heladerías y unos multicines con 14 salas. El fin de semana se abarrota de familias que pasean, macarrillas de hablan de coches tuneados y niños pequeños más o menos insoportables. Todas las tiendas tienen modelos de temporadas pasadas, así que están bien de precio. Pero yo aquel día sólo iba a acompañar a un amigo [llamémosle T] que quería comprar una cazadora de cuero para usar en la moto, y vi entonces en un escaparate las Nike Cortez. Inmediatamente entré y me las compré. Caminando hacia la tienda de las cazadoras de cuero, T vio a un tipo, sentado en una terraza, estaba con una mujer muy joven, casi adolescente, tomaban un refresco, y ambos eran mancos; a él le faltaba el antebrazo y a ella casi todo el brazo. Noté que T se ponía nervioso, le pregunté que si los conocía, y me dijo que sí.
Escrito por Agustín Fernández Mallo
a las 10:2 |
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Ha ocurrido algo que considero insólito. Haciendo zapping en la habitación nº 7 de un motel de Fallon, Nevada, he caído en un canal latinoamericano que está reponiendo la película documental Tokio GA, de Wim Wenders, en la que el director alemán, movido por su admiración hacia el fallecido cineasta japonés, Yasujiro Ozu, viaja a Tokio para ver cómo es esa ciudad décadas después (´80) de que aquél la filmara (´50). Más que una investigación documental de la huella de Ozu, la película pronto se convierte en un deambular por la ciudad a la caza de fortuitos signos de aquel al que Wenders considera un maestro. Alentado, he llamado a un local de comida que hay al lado del motel para que me traigan unos fideos chinos con pollo; no es Japón pero está cerca.
1 Unos niños juegan al base-ball entre las lápidas de un cementerio. Tokio, año 1982. En torno a los niños hay mayores, todos hombres, sentados en la hierba ante grandes manteles de cuadros cubiertos con periódicos. Comen, beben cerveza. Flores blancas caen desde los almendros al mantel de periódicos, y también caen sobre la cerveza y los platos de pescado y fruta. Todos tienen el nudo de la corbata ligeramente flojo, ríen. Hay más grupos, aquí hay muchos grupos. Cada día, a la salida del trabajo, vienen a comer, jugar, pasear y beber. Una abuela sonríe, lleva de la mano a un casi bebé. Más que un cementerio que hace funciones de parque, es un parque que ejerce de cementerio. También hay contendores de basura en este cementerio, están desbordados de latas, envases de comida rápida, botellas de licor y flores. Parece que le hicieran competencia a los otros contendores, los de restos humanos, o que fueran un símil de éstos. Pero no. Sencillamente es basura, y la basura, como los cuerpos, hay que recogerla, sólo eso.
2 Sigo en un motel de Fallon, Nevada, veo una película de Wenders ambientada en el Tokio del año 1982, y en esa película sale a su vez una habitación de hotel japonés en la que también hay un televisor encendido que emite una película; en concreto, está emitiendo un western: John Wayne, en lo alto de una colina desértica, habla con unas lápidas, es un cementerio diminuto, improvisado, no más de 4 ó 5 cruces. Tanto las lápidas como John Wayne están solos. Todos ahí están solos. Después el vaquero se da media vuelta y se aleja a pie en lo que parece ser una tarde en el Oeste americano, [no se dan pistas, pero uno sabe cuándo en las películas es por la mañana o por la tarde]. En la película emitida en ese televisor que está dentro de otra película sobre Tokio de Wenders, y que yo estoy viendo en mi habitación de un motel de Fallon, el plano enfoca a un John Wayne cada vez más pequeño y al diminuto cementerio. Un hombre y unos muertos, no hay contendores de basura en ese cementerio, salvo el contenedor por excelencia que es el desierto. Finaliza el western que está dentro de una película sobre Tokio de Wenders, y un locutor japonés anuncia que se cierra la emisión por hoy, aparece en la pantalla la bandera japonesa con su círculo rojo en el centro, y llega entonces una idea absurda: ese círculo rojo situado en el centro de esa bandera es el mundo, que está ahora mismo en un televisor y en miles de televisores. Desaparece la bandera de la pantalla, y al instante ya es nieve hasta las 6 de la mañana del día siguiente. Nieva toda la noche en cada uno de los miles de televisores que son también miles de mundos. Asusta pensar que el universo por unas horas se desconecta, permanece frío, muerto. Estoy sentado en la cama de una habitación de motel de Nevada y se me aparece la frase: "si me queréis, irsen", pronunciada a gritos por la cantante Lola Flores ante la avalancha de admiradores asistentes a la boda de su hija "Lolita".
3 Continúa la película de Wenders, y deja de filmar habitaciones de hotel con televisores japoneses que emiten westerns y banderas japonesas, para irse a una escena aún más cotidiana: unos tipos juegan al golf. Son cientos de hombres y mujeres jugando al golf en la azotea de un alto edificio. Golpean una bola tras otra contra una verja metálica. Todos muy pegados, en formación, todos a lo suyo: un palo y una maquinita que va soltando bolas cada pocos segundos. La azotea tiene un suelo de falso césped y está completamente enrejada, paredes y techo, es una jaula, una inmensa jaula de japoneses y bolas de golf en vez de pájaros. Dicho así, parece que fuera algo malo, pero no, no veo nada de malo en comparar a esos hombres y mujeres con jaulas y pájaros. Son felices. La verja tiembla cada vez que recibe un impacto, 50 impactos por segundo. No se trata de meterla en un agujero, sino de impactar en una verja que impide que las bolas caigan a la calle y rompan neones o abollen coches o le abran la cabeza a los que 50 metros más abajo pasan ahora por la acera. Pero hay en esa azotea un hombre solo, apartado, está en una zona especial, intenta meter la bola en un agujero, no lo consigue. Lo intenta una y otra vez con una técnica que requiere precisión y paciencia; también lleva traje, como el resto de hombres y mujeres en esa azotea. 100 personas multiplicadas por 200 bolas por persona dan 20000 bolas de golf en la azotea. Cada bola es el centro del mundo, cada bola es la esfera roja que hay en cada bandera japonesa que sale cada noche en cada televisor japonés antes de que todo se apague en el mundo y en la azotea.
4 Mastico fideos chinos, estoy en un motel de Fallon, Nevada, viendo una película de Wenders titulada Tokio Ga, ambientada en el Tokio del año 1982. En la película se está entrevistando al actor Chishu Ryu, un clásico de la películas de Ozu. Cuenta que aunque trabajó con el director japonés desde que era un joven actor, siempre hizo papeles de anciano. A veces los que hacían de hijos en las películas eran mayores que él. Al ver esas películas, se nota el maquillaje de su cara, dice. La entrevista se desarrolla en el campo, en una cabaña típicamente japonesa. Él viste un traje negro, camisa blanca y corbata oscura, está sentado en el suelo, se deja entrever el gris del pelo, parece sereno, no se siente un gran actor a pesar de haber hecho papeles principales en algunas de las mejores películas de la historia del cine. Sólo dice que tenían que repetir mucho las escenas por su culpa, y que él sólo era un trabajador dedicado en cuerpo y alma a Ozu, a quien llama "el maestro". Después van al cementerio a ver la tumba del director. Llueve un poco. La tumba es un pequeño cubo negro, no más grande que un televisor de dimensiones estandar, en el que está escrita la palabra "vacío". Sólo eso. Chishu Ryu hace una reverencia ante el cubo negro y después lo limpia ayudado de un kit de limpiacristales de semáforo o gasolinera. El cubo es rojo, la esponja color tierra. Yo veo ese cubo negro y pienso en un televisor que todo lo emite, pero Chishu Ryu piensa en el centro del mundo, ya, ahora mismo.
5 Nos dirigimos con Wenders a ver dónde hacen la comida de mentira, esa que luce habitualmente en los escaparates de los restaurantes y tiendas japonesas. Parece alimenticia de veras, pero es de cera. Unos artesanos trabajan en la planta baja de un edificio de bloques. Parten de piezas de comida real, plátanos, pepinos, pescados, filetes, bolas de arroz, pero sólo las usan para hacer el molde. Colocan en un cajón un pepino, una rodaja de limón, una gamba, una hoja de lechuga, una loncha de mortadela, ponen esas piezas separadas, con cuidado de que no se toquen, y vierten sobre el cajón un líquido que al solidificarse se convertirá en el molde. Una vez obtenidos los moldes, echan cera dentro de ellos, y cuando ésta está seca pintan los alimentos de manera que es casi imposible distinguir a simple vista el real del simulado. Para hacer comidas más elaboradas, por ejemplo un sándwich, van poniendo capas de pan de cera, mortadela de cera, filete de pollo de cera, jamón de cera, lechuga de cera y otra vez pan de cera, para después cortar ese bloque de estratos con un cuchillo caliente, es precioso, parecen capas geológicas, capas de tiempo. El resultado es perfecto. La tempura es aún más difícil y extraña: se vierten virutas de cera en un líquido, que flotan. Se pone la gamba de cera sobre esas virutas y se riega con un reactivo que provoca que en fracciones de segundo, como a cámara rápida, las virutas rodeen a la gamba, como si ésta fuera un imán, y se queden pegadas justo con la típica forma del rebozado tempura.
He entendido porqué los museos de cera son de cera y no de plástico o plexiglas.
Cuando te alejas y observas el taller desde la calle, sólo ves montañas de comida de colores a través del rectángulo del cristal. Y la coronilla sin pelo de un viejo que, con la cabeza inclinada, trabaja los alimentos de cera. Imagino que el ventanal es la pantalla de un televisor, y la coronilla del cráneo del anciano el círculo que se dibuja en la bandera japonesa cada noche en el televisor. Esta idea es absurda.
A mi espalda pasa un tren, muchos trenes, a ras de suelo y elevados, de diferentes colores y modelos, en todas direcciones. También en todas las películas de Ozu hay trenes. Supongo que los trenes han ocupado en Japón el lugar que antes ocupó el agua, el mandato del flujo continuo, "sé agua, sé tren".
6 De pronto, ocurre algo. La película se detiene. No se corta, se detiene, se queda atascada en un plano fijo. Yo estoy en la habitación nº7 de un hotel de Fallon, Nevada, viendo milagrosamente una película de Wenders que habla del Japón de 1982 y de un director de cine japonés llamado Ozu, y la película va y se detiene. El plano en cuestión es la imagen de unas puertas automáticas, vistas desde la acera, de un Kentucky Fried Chicken, justo en el momento en que se están cerrando. Dentro del local hay una figura de cera de tamaño real del anciano de Kentucky Fried Chicken; gafas, perilla, pero su rostro tiene rasgos orientales. Un anciano yankee tuneado a nipón. Estatua de cera para una imagen detenida en el televisor; permanece durante minutos; parecen eternos. El mundo acababa de detenerse y yo estoy en una habitación de un hotel barato de Fallon, Nevada, observándolo. Cambio insistentemente de canal con el mando a distancia, regreso al canal de la película, pero la imagen no se mueve. El anciano de cera sonríe, parece que se dirigiera exclusivamente a ti. "Sé agua, sé tren, sé tele." Llegas a ponerte nervioso. Me gustaría que de repente sonara el teléfono de mi habitación, y que una voz desconocida me dijera al otro lado, "haz una cosa por mí, coge tu coche, llena el depósito y conduce los 3000 kilómetros que separan Nevada de Kentucky, allí hay un pueblo llamado Blackwood, ese pueblo tiene una carretera que muere en un gigantesco campo de maíz, es la única carretera que hay, la reconocerás porque al final del asfalto hay un muro, al pie de ese muro verás una piedra con forma cuadrada, muy cuadrada, levántala y coge lo que hay debajo, es un mando a distancia de televisor, tráemelo. En esta misma habitación, nº7, te estaré esperando".
Escrito por Agustín Fernández Mallo
a las 12:39 |
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Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al iPod |
09/12/2009 |
Piensa en esto: cuando te regalan un iPod te regalan un pequeña manzana florida, una cadena de listas de reproducción, un calabozo de temas de aire. No te dan solamente el iPod, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, made in China, y software que son rubíes, no te regalan solamente esa tangente al Universo que te meterás en el bolsillo y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que alimentar de descargas y adosar a tus oídos como dos lagrimones que caen desde un cerebro desesperado. Te regalan la necesidad de sincronizarlo todos los días, la obligación de barajar los temas -reproducción aleatoria- para que siga siendo un buen iPod; te regalan la obsesión de atender a las últimas versiones en las webs, a bajártelo todo de todos los portales,
MúsicaMP3 HispaMP3 ActualMP3 PalaceMP3 MusicaMP3 FiestaMP3 PlayTheBayMP3 EscuchaMP3, MiMusicaMP3 RharpsodyMP3 SóloMP3 AsecasMP3
incluso –admítelo- a bajarte temas que sabes que no existen.
Te regalan el miedo a perderlo, a que te lo roben, a que se te caiga al suelo y se rompa y de repente no sea más que una manzana 2 veces mordida. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras marcas, te regalan la tendencia de comparar tu iPod con los demás iPods. No te regalan un iPod, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños al iPod.
[texto incluido en un libro futuro a determinar. Remake del texto de Julio Cortázar Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj. Para escuchar a Cortázar leyendo su texto, sampleado y musicado por el grupo Migala, aquí: http://www.youtube.com/watch?v=M8rQ-JOLA0U&feature=related]
Escrito por Agustín Fernández Mallo
a las 9:30 |
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Agustín Fernández Mallo
Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967) es licenciado en Ciencias Físicas. En el año 2000 acuña el término Poesía Pospoética —conexiones entre la literatura y las ciencias—, cuya propuesta ha quedado reflejada en los poemarios Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus (2001), Creta lateral Travelling (2004) y el poemario-perfomance Joan Fontaine Odisea [mi deconstrucción] (2005). En 2007 fue galardonado con el Premio Ciudad de Burgos de Poesía por su libro Carne de Píxel. Su libro, Postpoesía, hacia un nuevo paradigma, ha sido finalista del Premio Anagrama de Ensayo 2009. En el 2006 publica su primera novela, Nocilla Dream (traducida a varios idomas), que fue seleccionada por la revista Quimera como la mejor novela del año, por El Cultural de El Mundo como una de las diez mejores, y en 2009 fue elegida por la crítica como la 4º novela, en español, más importante de Década. Crítica y público han coincidido en el deslumbramiento que está suponiendo este Proyecto Nocilla para las letras españolas, del que Nocilla Experience (elegida mejor libro del año por Miradas2, TVE y Premio Pop-Eye 2009 a la mejor novela del año, incluído en los Premios de La Música y La Creación Independiente) constituye la segunda entrega de la trilogía, y que concluye con Nocilla Lab.
Tiene otro blog en Alfaguara. |
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LO
QUE LEO:
POPism. The Warhol Sixties, 1960-1969 (ediciones Alfabia) Los diarios de Warhol pasados a formato biografía. Muy interesante para conocer no sólo el ambiente neoyorkino de aquellos años, sino el nacimiento del pop-art, lo contingente que era todo y las anécdotas tontas que (como ocurre casi siempre) terminan conformando una visión que cambia el mundo. Pero además, me gusta porque considero a Warhol un escritor de primera fila, tan bueno o mejor que artista plástico. En una frase aparentemente casual es capaz decir cosas de gran profundidad para las que otros usan diez páginas. Divertido y, sobre todo, inteligente. |
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ESCUCHANDO:
| Escucho muy a menudo a este grupo de bizarrísmo nombre, Vacabou. Semielectrónica trip-hop con elementos clásicos y hasta ambient. Pop helado en la cálida voz de Pascale, la cantante. Son los Postishead españoles, con recuerdos a Stereolab y a Broadcast. La cuadratura del círculo. En USA, Francia y UK, reciben críticas espectaculares (ver su web y MySpace). Su primer LP, Vacabou, me pareció de lo mejor en muchos años en el pop español, lo escuchaba sin parar cuando escribía el Proyecto Nocilla. El segundo, Twelve songs inside, me lo confirmó. Dos obras maestras. |
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