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Lunes 12
Mayo 2008

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En cualquier fiesta
06/05/2008

Hoy, domingo, he ido a una fiesta en un sitio muy especial para mí. Se trata de un palacio mallorquín en el que viví 2 años, está casi justo al lado de la catedral. Hace unos años una amiga me alquilaba una de las habitaciones, el ático, una especie de palomar muy sugerente que en realidad cobraba dimensiones de apartamento. Ahí escribí Carne de Píxel, en la cocina. En Mallorca, por estas fechas, comienza la temporada de fiestas, todo el mundo hace fiestas, la mayoría son muy pesadas, llenas de esa gente que se pone vestidos blancos de lino, están muy morenos, se mueren porque los inviten a ir en barco y los que ya lo tienen se mueren porque les inviten a ir en otros barcos, siempre quieren tener a algún artista por allí pululando, hablan de cosas como el zen sin saber más de zen que lo indicado por un manual de autoayuda, dicen ser macrobióticos [¿alguien sabe qué demonios es eso?] pero comen carne  a escondidas, y son asiduos consumidores de las flores de Bach. Otra característica de las fiestas de Mallorca es que ponen música chill-out y todos hablan de puestas de sol que nunca han visto. Ante ese panorama se comprenderá que yo jamás vaya salvo en contadas excepciones. Hoy era una de esas excepciones porque la fiesta nada tenía que ver con todo eso. En realidad se celebraba el cumpleaños de los gemelos de una amiga que nacieron ahora hace un año. En un patio muy amplio recorrí las mesas, comiendo un poco de todo, bebiendo un poco de todo, hablando con gente que hacía tiempo que no veía. Estaba bien. En un momento dado, me colé en la casa y subí a lo que había sido mi apartamento. Me sorprendió verlo decorado con motivos infantiles, tigres en la pared dibujados a carboncillo, peluches en el suelo, sonajeros extraños [esos objetos infernales], y cosas así, como si aquello que había sido mío hubiera vuelto a una infancia que yo nunca tuve. Lo único que se conservaba de cuando yo lo habitaba era el televisor, un pequeño y sólido Phillips que me salvó muchas noches de la apatía total. Recordé entonces una noche que, viendo Cowboy de Medianoche en esa Phillips, aparecieron por casa una bandada de amigas, azafatas de Spanair, que salían de un turno de no sé cuántas horas de vuelo, cosa que era muy habitual ya que la dueña del apartamento era azafata [una profesión muy peculiar, desquicia un poco pero te da cierta mundología que puede ser divertida si la sabes gestionar]. Me gritaron que bajara a la improvisada fiesta, pero yo, enfrascado en la cojera de Dustin Hoffman no bajaba ni a tiros, las oía charlar y reírse y me quedé allí, viendo un rato las luces de la bahía de Palma y escuchando un cd. A veces me asomaba al patio y veía multitud de cabezas con un bulto en el pecho si eran mujeres y sin ese bulto si eran hombres, y eso me parecía algo muy gracioso. Entonces alguien llamó a mi puerta, era A, una danesa de piernas muy largas a la que conocía desde hacía más o menos un año. "¿No bajas? Lo estamos pasando bien", "No, gracias, tengo que acostarme, mañana curro", "¿Qué música estás escuchando?", "La Duermevela, de El Joven Bryan", "Ah, está bien, no lo conozco". Se sentó a mi lado, me ofreció su gin-tonic, bebimos del mismo vaso de plástico. No recuerdo de qué hablamos, supongo que de países y de los veleros de la bahía, pero sí recuerdo ella cogió un libro de Warhol que yo tenía sobre mi mesa, "Mi filosofía de A a B y de B a A", lo abrió, pasó páginas, y leyó en voz alta: "A veces te invitan  a una fiesta y durante meses piensas en lo excitante y espectacular que será. Entonces vuelas a Europa y vas a la fiesta y cuando piensas en ella un par de veces después, quizá recuerdes el coche que te llevó a la fiesta y no recuerdas nada de la fiesta", y se rió. Tarareé mentalmente lo que estaba diciendo la canción, "Pasa edificios y ciudades, pasa centros comerciales, pasa ríos y arrabales y aún más, y aún más" .  

Eso recordé hoy allí arriba, y bajé de nuevo a la fiesta, me serví un poco de champán y me senté en una silla, junto a las bolsas de basura. A mi lado, la cuidadora de los niños, una indígena peruana, muy morena y bajita, rompía las cajas de cartón de los juguetes que la gente había regalado a los gemelos. Una montaña. Las rasgaba de un golpe y después doblaba con fuerza las partes producto de su demolición para que cupieran todas en las bolsas. Pero antes de romperlas las observaba atentamente, miraba las fotos de los muñecos, de los coches, de los barcos piratas, leía las instrucciones uso, de montaje, la composición, todo ello con suma seriedad, y sólo después procedía a su triturado. No le pregunté por qué lo hacía. Entonces alguien me dio un trozo de tarta y no volví a pensar en ello. 

Recuerdo ahora otra frase de aquel libro de Warhol: "Al final de mi vida, cuando muera, no quiero dejar ninguna sobra. Y no quiero ser ninguna sobra. Esta semana miraba la tele y vi una señora que se metía en una máquina de rayos y desaparecía. Fue maravilloso porque la materia es energía y ella simplemente se dispersó". Me pregunto qué significará para esa mujer peruana la palabra "dispersión". Quizá una ampliación de su campo de conocimientos, al contrario que para mí, que significa muerte por ensimismamiento. Alguien que te pasa un trozo de tarta, alguien que tritura cartones de colores. 

Escrito por Agustín Fernández Mallo a las 14:42

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Un domingo cualquiera
22/04/2008

Hoy, domingo, he hecho algo que nunca había hecho. Cuando digo nunca quiero decir exactamente eso, nunca: he desayunado en la cama. Sólo en periodos de enfermedad lo había hecho, pero en esta casa y en esta cama, nunca. Lo que vi desde la ventana: 

1] El Cielo: es lo obvio, ¿alguien espera mirar un día por la ventana y no ver el cielo? ¿Qué cosa lo sustituiría? Pensé que tras cualquier cielo nublado siempre hay otro con sol, vas tirando capas, decorados, y llegas al sol, pero te quemas. Tras muchas capas de acuarela, llegas al papel, la fibra. No sé que estoy diciendo. Pero el cielo es algo que no se puede pensar. 

2] Un aparato de aire acondicionado: Hay una parte de esos artefactos que está dentro, en las casas, pero la pieza importante está fuera. Nunca he entendido por qué el viento tira árboles y no esos pequeños cacharros, son fortísimos, representan la supervivencia, la especie más sólida que hay en la cadena tecno-urbana, [como en la cadena biológica lo son los armadillos, los percebes, los erizos, las madres, el propio Enjuto Mojamuto es la mónada con que Leibniz soñó]. Tiene un ventilador que siempre da vueltas, eso me vuelve loco. ¿Cómo se posible que siempre de vueltas? Los encuentro muy solos, en mi ciudad hay muchos, nadie repara en ellos. Confío en ellos.   

3] y 4] Antena parabólica, antena lineal: No me dan tanta pena; reinas de las ciudades, de la comunicaciones, nadie les tose. Si las azoteas de la ciudades fueran ajedreces serían la reina. Representan un espacio, el Espacio, la conquista del Oeste. Las parabólicas, en su abarcarlo todo son evidentemente la imagen y semejanza de los ganaderos, devoran el espacio, lo definen a medida que lo conquistan. Las lineales son agricultores; puntuales, permanecen perforando huecos en la tierra a fin de encontrar agua. Una guerra muy muy antigua.  

5] Escaleras: Escaleras de incendios que parecen de interior, como si a ese edificio lo hubieran cortado por la mitad, quedando al descubierto esas escaleras. [Aparte: ¿Cuándo harán edificios con escaleras automáticas?] Lo que siempre me intriga de las escaleras es que, al contrario que las carreteras, sea un objeto sin dirección, no apuntan hacia ningún sitio en especial, el en fondo son esferas.  

6] Una silla: dos imágenes que me inquietan: un balón rodando por una plaza en domingo y una silla en el suelo. ¿No da la sensación de que esos objetos no deberían estar ahí auque de hecho puedan estar ahí? ¿No da la sensación de que el desorden se ha desordenado de manera extraña, no esperada? En esa silla un día tome un té.        

7] Gotas de lluvia: he contado 7. Sin comentarios, hay que callar. Recordé esta canción.

Escrito por Agustín Fernández Mallo a las 10:15

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La frontera en la sartén
07/04/2008

El otro día entro en una zapatería. Última hora de la tarde. Está llena de inglesas, cosa muy habitual en Palma [cuando se acerca la noche los guiris salen festejar la oscuridad, se camuflan en el resplandor halógeno de las tiendas]. Entre zapato y zapato me fijo en que la mayoría de esas inglesas tienen los calcetines o las medias rotas, taladradas por algún dedo, que sobresale tuerto. Me digo: “pero, en realidad, de lo que estamos hablando es de fronteras”. 

La primera imagen que me vino a la mente fue la frontera de la isla británica rota en algún punto, un agujero en su territorio-calcetín, y su personalidad desparramándose al mar, vertiendo todos los corsés que acumula la sociedad británica. Me dije: "seguimos hablando de fronteras, en este caso fronteras móviles".

Me atraen las fronteras porque nunca he llegado a entender cómo es posible decir que algo termina en un punto y que ahí comienza otra cosa. Toda línea tiene un grosor, y ese grosor es tierra de nadie. 

Un momento desenfocado en mi vida: saliendo de Estambul en bus, hacia el interior del país, veo un cartel informativo que pone “Bienvenidos a Asia”. Reacciono rápido, me levanto, le pido al conductor que pare; lo hace en seco. Una vez en tierra, retrocedo unos metros hasta el cartel; la verdad, no era muy grande. No había nada allí, nada especial, estaba clavado en una cuneta, con sus hierbajos y sus piedras tanto a un lado como al otro; el viento también era el mismo en Asia que en Europa. Vi en el horizonte al bus alejarse, era lo único que sobresalía en aquella meseta. Su carrocería color piel y el espeso humo del tubo de escape le daban al bus un aire como de cabeza o cerebro de aquel paisaje, una cabeza móvil, que iba reduciéndose, jibarizándose, autoborrándose en un territorio plano, hasta que desapareció. Me senté delante de aquel cartel de bienvenida, en un mojón situado justo en la línea de frontera [un pie en cada abismo]. Ningún coche pasaba. Se me ocurrió una cosa, mejor dicho, dos. La primera fue cavar una pequeña zanja bajo el cartel, una zanja estrecha, para enterrar un libro de canto. Sólo tenía uno en la maleta, se trataba de Investigaciones Filosóficas, de Wittgenstein, en turco, que había adquirido pocos días antes en Estambul [tengo la manía de coleccionar libros de Wittgenstein en todas las lenguas, aunque no las entienda], y lo introduje en la ranura de tierra, estricta frontera, y tapé. Me quedé un rato mirando esa tierra removida, pero nada especial ocurrió. Lo consideré un acto fallido.  

Segunda idea: tenía todo el día por delante, el sol acababa de salir hacía un par de horas así que me propuse ir dibujando en el suelo el área barrida durante todo el día  por la sombra del letrero de bienvenida. Ayudado de un palo, fui registrando el alcance máximo de la sombra en la tierra cada más o menos 10 minutos. Cuando ésta llegó a la zona de la carretera, utilicé como primitiva tiza una piedra calcárea para dibujar su contorno en el asfalto. Ya era mediodía y ahora sí que pasaba de vez en cuando algún coche, que yo esquivaba sin esfuerzo [uno que pasó con el asiento trasero cargado de sandías hasta el techo, me insultó]. Después, sentado en el mojón, contemplaba la evolución de mi obra, que no era mía, sino del sol, del cartel de Bienvenida y de la Red de Carreteras del Estado Turco. El calor, en ocasiones, me nublaba la vista. Así transcurrió el día. Se hizo de noche. Apoyé la cabeza en la maleta, me cubrí con un anorak tipo coreana, y me dormí en el suelo. Me despertaron varias veces unos ruidos indeterminados, levantaba la cabeza, pero mi vista no registraba nada, salvo una meseta que se perdía en un precipicio de estrellas. 

Me despertó definitivamente, poco antes del amanecer, un coche que pasó con las ventanillas bajadas y música a volumen variable. Con el primer resplandor del sol, me alejé un poco para contemplar el dibujo de la sombra del día anterior, aún en el suelo. A esa distancia vi claramente que aquel barrido dibujaba un mapa, un contorno, el contorno de Eurasia de una manera bastante aproximada. Pensé que la sombra de una frontera siempre es mayor que la totalidad del territorio que circunvala. Regresé a Estambul en auto-stop, sin saber si aquello había sido tontería, pero de cualquier manera, me dije, las tonterías te ayudan a comprender.  

Seguro que el dibujo no seguirá allí, pero el letrero de bienvenida sí, y también el libro enterrado. A veces he pensado en regresar para comprobarlo. Hace unos meses, un escritor llamado Jorge Carrión, viajero empedernido [acaba de publicar el estupendo Australia, un viaje, (Berenice)], hizo una ruta de Venecia a Estambul, solo y en bus. Estuve tentado en decirle que fuera hasta allí, a ver  si el libro seguía siendo una frontera enterrada, mi frontera particular, mi aportación a las teóricas fronteras del mundo, a las sombras de los mapas ocultos. Por algún motivo no lo hice.          

Escrito por Agustín Fernández Mallo a las 14:11

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Agustín Fernández Mallo

Reside en Palma de Mallorca. Licenciado en Ciencias Físicas. Acuña y pone en marcha la "Poesía Postpoética", cuyo manifiesto teórico-fundacional, "Hacia un Nuevo Paradigma: Poesía Postpoética", fue recogido por la revista Lateral, diciembre de 2004, y por la revista Quimera en 2006. Tiene otro blog en Alfaguara.

NOVELA:

Ha publicado Nocilla Dream (4ª edición), edit Candaya, Barcelona, 2006,

(mejor novela en castellano en 2006 por la revista Quimera y novela revelación del 2006 por El Cultural del el diario El Mundo). Es la primera entrega de la trilogía, Proyecto Nocilla, cuyas otras dos novelas son Nocilla Experience (marzo 2008, editorial Alfaguara) y Nocilla Lab, (inédita, Alfaguara)

Libros de poemas:

-Carne de Píxel, ganador del XXXIV Premio de Poesía Ciudad de Burgos Editorial DVD, Barcelona, marzo 2007.

 -Joan Fontaine Odisea [mi deconstrucción]. Editorial La Poesía, Señor Hidalgo, Barcelona, 2005.

-Creta Lateral Travelling, I Premio Café Mon, 2004, Edit. La Bolsa de Pipas, Palma de Mallorca.

-Yo siempre regreso a los pezones y al Punto 7 del Tractatus, Editorial Ópera Prima, Madrid, 2001.

Ha sido incluido en varias colectivas, la más reciente:

-Antología del poema en prosa en castellano, Campo Abierto, Editorial DVD, Barcelona 2005.

 

Fue uno de los impulsores de la revista de creación contemporánea "Casatomada", revista diletante de arte laxo.

Colabora con diversas revistas literarias y sus textos se han publicado en los principales periódicos nacionales.

06/05/2008
En cualquier fiesta

22/04/2008
Un domingo cualquiera

07/04/2008
La frontera en la sartén

kaliria en En cualquier fiesta (11/05/2008 - 17:16)

F.I.E.R.A en En cualquier fiesta (09/05/2008 - 18:05)

martin en En cualquier fiesta (09/05/2008 - 17:25)

LO QUE LEO:
Más allá del Oeste, Ángel Fdez-Santos (Debate).
El agudo crítico de cine, recientemente fallecido, hace un despiece de imágenes en las que pone de relevancia toda la física y metafísica del western, con textos magistrales que van de la historia del cine a la antropología, y que revelan de dónde emana su épica. Me gusta además porque está lleno de impagables diálogos extraídos de las películas. Leyéndolo te das cuenta de por qué es un género que atraviesa todas las épocas.    
masalladeloeste.bmp (36 Kb)
ESCUCHANDO:
La primera ópera envasada al vacío, Sr.Chinarro (Acualera, 2001).
Quizá el disco más extraño y oscuro de Sr. Chinarro, diletante y abstracto, muy free, desguazado e incluso en ocasiones talentosamente desafinado de tal manera que todo se resuelve en portentosos aciertos. Unos textos que más que sugerir desconciertan, van de calambrazo en calambrazo poético. Cuando un disco es perfecto solemos decir es redondo, cuando su perfección proviene de una aparente imperfección podríamos decir que es cuadrado. Éste es el caso.
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