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SáBado 20
Marzo 2010

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Portada

100312_Prototyp_img.jpg (69 Kb)

La Trilogía De Ralf König
12/03/2010

La visión de Ralf König, que sin duda ha contribuido a abrir muchos ojos, a conocer de cerca el universo gay y a sacarlo del getto, es especialmente valiosa cuando se propone cuestionar cualquier cosa que él considere indigna. En la que yo percibo como su obra maestra por excelencia: "Oh, genio. El velo en el semillero del vicio", el autor se introdujo en un Afganistán enfermizo, dispuesto a dar una lección a los extremistas de turno; ahora, en sus últimos trabajos, aun sin lograr la brillante calidad de aquel álbum,  también se concentra principalmente en la crítica satírica y obtiene un resultado muy notable.

Con la misma energía y carácter que lo definen, König vuelve a seducirnos con estas dos primeras partes de lo que será una trilogía bíblica. Hay un definitivo alejamiento del contenido gay a favor del cuestionamiento religioso pero continúa dentro del registro satírico y lúcido al que nos tiene acostumbrados.

Si en Prototipo, el primer álbum de la serie, hay una puesta en cuestión directa de la figura del Creador, en Arquetipo, Konig se muestra bastante más indulgente con Dios, al cual nos presenta  ya bastante fatigado y con ganas de retirarse, visto el tipo de elementos que ha creado (y encima a su imagen y semejanza). Molesto por la insistencia del talibán de Noé, que se empeña en que destruya su obra con un necesario aguacero que la ahogue definitivamente, Yahve toma la determinación de montarle un numerito muy creativo (por algo Él es el creador con mayúsculas), a ver si deja ya de dar la lata. Si además consigue que su tozudo siervo renuncie a atosigar a los sufridos sodomitas y gomorritas –entre los cuales, sospechosamente, veremos mezclarse algunas noches al barbudo fanático y malhumorado Noé- miel sobre hojuelas.

El Noé de König nos recuerda un poco al senador republicano Roy Ashburn, destacado opositor a los derechos de los gays, recientemente pillado infraganti al salir de un bar de homosexuales de la ciudad de Sacramento. No es nada nuevo: la viga en el ojo ajeno.  Pero König tiene la virtud de mostrarlo con frescura y fuerza renovadas, que invitan no sólo a la risa sino, sobre todo, a la reflexión. Si es cierto que a veces el genio toca con su halo a unos pocos afortunados, no me cabe duda de que König se halla entre ellos.

Quedamos ahora a la espera del final de la trilogía del Génesis, que está al caer, y que completará esta incisiva visión bíblica de König, producida a base de lúcidos pensamientos y divertidísimos diálogos.

Escrito por Isabel Camblor a las 10:41

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Falta de cortesía
01/03/2010

Cuando un autor publica un libro, la misma editorial le propone que seleccione a unos cuantos destinatarios (preferentemente escritores o periodistas) para que les sea remitido un ejemplar. Es, podría decirse, una primera tentativa de publicidad: el autor queda bien y la editorial empieza a dar a conocer la obra recién salida del horno.
Mi editora me pidió que le facilitara unos cuantos nombres para que luego Planeta se encargara de enviar luego los ejemplares a cada destinatario. Me daba un poco de corte, pero en fin, pensé, si es norma de la casa habrá que acceder. De manera que Planeta envió quince libros a quince personas -a las que yo consideré afines a mí por la razón que fuera- antes de que éstos fueran colocados en los puntos de venta.
De los quince receptores sólo uno acusó recibo: Fernando Marías, el cual incluso se tomó la molestia de buscar mi teléfono y de llamarme.
Desde entonces cada vez que me lo encuentro dejo cualquier cosa que tenga entre manos y, lenta pero segura y luciendo mi mejor sonrisa, me acerco para recordarle lo muy amable que fue al darme las gracias. Es probable que Fernando, ya cuando me ve de lejos, piense: ¡Oh, Dios, por ahí viene!¡Seguro que va a agradecerme por enésima vez el hecho de que yo le agradecí! Puede ser pero, qué queréis, en tiempos de "crisis de buenos modales" (más bien de ausencia de un mínimo de cortesía) cuando se produce tamaño milagro, una no puede evitar dedicar el resto de su vida a recordar ese momento casi paranormal con pasmo y a la vez con cariño.

Para mí lo más deplorable no es la falta de cortesía en sí -que asumo ya como una práctica social habitual-, lo que yo encuentro todavía más triste es el hecho de comprobar lo poco valientes que somos a la hora de administrar esa descortesía cotidiana. Fijaos que cuando uno se siente protegido por una "coraza" tiende a mostrar más desparpajo en lo que a desconsideración se refiere; en la calle, frente a frente, todos saludamos y respondemos al saludo, y todos damos las gracias cuando por ejemplo un desconocido tiene la amabilidad de indicarnos una dirección, sin embargo no contestar a un correo electrónico es, desafortunadamente, una forma de proceder muy común. Y al parecer es también práctica rutinaria hacerse el sueco cuando se recibe un regalo a no ser que éste sea entregado en mano.
Lo mismo sucede cuando se produce entre dos personas una simple e inofensiva diferencia de opinión (algo muy frecuente y yo creo que incluso saludable): si discrepas con alguien en la oficina, probablemente el compañero, aunque lo piense, se abstendrá siempre de comentarte que te considera una bruja descerebrada y que lo oportuno es que cuanto antes tengas un encuentro íntimo con un pez (utilizo eufemismos por si hay menores trasteando por la red). Sin embargo prueba a discrepar, aunque sólo sea un poquito, en cualquier foro de opinión en Internet y luego me cuentas si se han abstenido o no de llamarte las cosas más bonitas que uno pueda imaginar (el anonimato que asiste al internauta permite ensañarse, resuelta, impune y cobardemente, a cualquier personaje indigno que a lo mejor públicamente parecería de lo más modosito).
Se desencadenará también un fenómeno similar cuando el grosero en potencia va bien protegidito dentro de un coche: imagínate que un día por lo que sea se te ocurre conducir ligeramente más despacio, o bien te despistas cuando el semáforo se pone verde y tardas una décima de segundo en arrancar, la consecuencia inmediata no se dejará esperar: el del vehículo de atrás estará encantado de tener una excusa para dispararte tres bocinazos e incluso, si está de humor, lanzarte una escalofriante mirada patibularia al pasar por tu lado. En cambio, si fueras caminando y te despistaras, el transeúnte de al lado no diría nada, ni aunque estuviera a punto de tropezar contigo.

Entre las hojas de "Las horas paganas", de Manuel Vicent, se puede encontrar un párrafo muy inspirador. Os copio un trocito: "Ya que los poderes sobrenaturales no quieren intervenir, ¿no podríamos salvar al mundo simplemente saludándonos con el sombrero como hacían antes los caballeros? La buena educación es una de las fuerzas mas potentes de la naturaleza".
No creo que ese sugerente pensamiento (casi una figura literaria) que apunta Vicent sea viable, no vamos a salvar a nuestro viejo y afligido mundo sólo con buenas maneras, pero hay algo que sí podemos conseguir, es menos trascendental pero tiene también su valor: se trata de poner un poquito de luz en cualquier día nublado; y sólo hace falta un pequeño gesto de cortesía.

Escrito por Isabel Camblor a las 9:32

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Un oficio delicado
11/02/2010

Me han pedido que firme la reseña de algún libro más o menos reciente para publicarla en una revista cultural. He escogido uno que me gustó mucho: "Tres vidas de santos", de Eduardo Mendoza. ¿Que por qué uno que me haya gustado? Buena pregunta, teniendo en cuenta que los llamados críticos literarios tienen una curiosa inclinación a seleccionar el libro que más profundamente les disgusta y a continuación hacer alarde furibundo de lo muy disgustados que se sienten por culpa de ese libro.
Un crítico estupendo (entre otras cosas porque hizo en una ocasión un comentario favorable sobre un libro mío - gracias desde mi pequeño espacio, Leopoldo-) afirma que la crítica literaria es muy necesaria. Estoy de acuerdo, pero al menos reconozcamos el inevitable subjetivismo, la influencia y la subyacente responsabilidad que tiene el autor de una opinión al disponer de un medio tan trascendente para comprometer a un escritor (que a lo mejor es un verdadero genio y simplemente el comentarista no ha sabido entenderlo), y aceptemos que el de "crítico" es uno de los oficios más delicados que existen, y por tanto en ese terreno hay que caminar con sumo cuidado.
Una obra es tan plural y en cambio el crítico es tan singular (sólo un intérprete, con su propio imaginario, universo interior, valores, disfunciones y sus pluralísimas –esta vez sí- puñetas anímicas). Existen buenas razones para no contemplar al crítico como a una autoridad.
Yo entiendo que si no tengo nada positivo que decir de un libro, lo más práctico es pasar al siguiente. No encuentro edificante la descalificación (y ojo, no estoy diciendo con esto que me parezca malintencionada, sólo es que no le veo la supuesta eficacia cultural). Tal vez por esta razón no podría dedicarme profesionalmente a hacer crítica literaria.
Por otro lado el hecho de comentar sólo lo que te gusta tiene su peligro, que las cosas no son tan sencillas. Aunque nunca le he encontrado explicación a este fenómeno, el caso es que al universo entero se le atraviesa mucho antes el que muestra reconocimiento que el que vilipendia. Y encima muchas veces sin elemento de juicio alguno, al primero se le llama "adulador". Personalmente veo una enorme arrogancia en aquél que percibe adulación ante un elogio espontáneo, pero se trata de una realidad: si apruebas una obra con mayor o menor entusiasmo puedes fácilmente ser tachado de algo tan espeluznante como "adulador". De verdad que a veces parece que la única manera de no complicarse sea elogiar la obra de un difunto, da mucha rabia. A más de uno habría que recomendarle un cursillo intensivo tipo "Aprenda usted a ser asertivo"(recordemos que la conducta asertiva incluye capacidad tanto para aceptar un reconocimiento como un rechazo). Es una manía universal eso de ver mala intención en una felicitación, comprobado. Pues nada, que con su pan se lo coman. Yo pienso seguir escribiendo sólo sobre lo que me gusta.
Qué encantador era Borges, por cierto, sencillo el hombre hasta para aceptar los piropos: decía que no entendía esa curiosa opinión que tenía la gente de que era un escritor genial pero que gracias igualmente. Haría falta muchos más Borges.

Escrito por Isabel Camblor a las 10:31

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Isabel Camblor
Isabel Camblor es licenciada en Filosofía y Letras y diplomada es Psicología. Ha colaborado con prensa y crítica literaria y ha publicado relatos y artículos en diversos medios desde 1998 .  Su primera novela, "Perdona el desorden" fue reconocida por el jurado del premio "Joven y Brillante", con "Mistela con Aristóteles" (Algaida, 2002) resultó finalista del IV premio Río Manzanares. Su tercera novela, "Maldita Cenicienta"(Algaida, 2005), ha sido traducida al alemán, el francés y el rumano. Su última novela, "Dios es una dama con moño", acaba de ser publicada en 2008 por la editorial Planeta.   

12/03/2010
La Trilogía De Ralf König

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11/02/2010
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PEDRO en El arte es de los niños (19/03/2010 - 21:01)

air jordan en Contra el viento (19/03/2010 - 10:33)

air jordan en El arte es de los niños (19/03/2010 - 10:29)

LO QUE LEO:

La Espina de la Amapola, de Javier Pérez (Planeta). Los europeos años veinte, tiempo de estética rouge y folklore, no se presentan tan felices en “La espina de la amapola”. En Alemania no es momento de bailar el charleston ya que  la gente está ocupada en morirse de hambre y de frío: un contexto propicio para que comiencen a gravitar ideologías totalitarias –comunistas  y nazis en una dialéctica siniestra-, y a gestarse peligrosos rencores sociales. Javier Pérez nos cuenta una historia apetecible, que invita a pensar, y que además está bien contada, es ingeniosa, ágil y divertida. Contiene muchas de las cosas que yo busco en un libro. Lo encontraréis publicado en Planeta.

amapola.bmp (23 Kb)
ESCUCHANDO:
Retrospectable, de Supertramp. Como adicta a los sonidos de la mejor época musical que ha existido(ELO, Pink Floyd, Alan Parsons o Supertramp) no me resigno a la nostalgia de los vinilos y espero como agua de mayo este tipo de recopilaciones con sabor retro. Lo escucho y  voy recuperando improvisadamente fragmentos sueltos de la Historia que, aunque no he tenido el gusto de conocer de primera mano, me engancha sobremanera. Y no es sólo nostalgia, también es compromiso con lo mejor y, modestia aparte, buen gusto. Por ahora, es mi disco de cabecera.
retrospectable.bmp (23 Kb)
Isabel Camblor
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