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SáBado 5
Julio 2008

 

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De castings y de putas
24/04/2008

-Oye y… ¿qué te parece (nombre de actor)?
-¿Para este personaje? Estás de coña, ¿no?
-¿Por qué?
-Pues porque el personaje es un padre de familia al que se le muere la mujer.
-¿Y? Si es bueno…
-Que sí, que es buen actor, pero que no le pega nada. ¿Tú te has fijado en la cara que tiene?
-¿Y qué cara se supone que tiene un padre de familia al que se le muere la mujer?
-Ay… no sé… más… Distinta.
-Ya.
-A ver, ¿a quién más tenemos por ahí?   

Si los actores supiesen en qué términos se habla de ellos/nosotros en las reuniones de casting más de uno tiraría la toalla.  

Hace unos años vi una ¿película? que me puso los pelos de punta. No daré título ni nombres. El "director" en cuestión hizo un casting masivo a actores y actrices de distintas edades y características para una supuesta película. La prueba no era sobre algo en concreto. Cada uno de los aspirantes simplemente tenía que dirigirse a cámara, dar su nombre y contar de dónde venía, qué había hecho hasta la fecha y qué tipo de trabajos le gustaría hacer en su carrera artística. El caso es que dicha película nunca llegó a realizarse. El artífice decidió hacer otra "película" montando las pruebas de cámara de todos aquellos aspirantes. "Les pedimos permiso", alegó. Y mi pregunta es: ¿qué actor/actriz en paro dirá que no a la posibilidad de ser visto, aunque sólo sea diciendo unas palabras a cámara? Pocos. Esa "película" sí vio la luz en salas, en dvd y en televisión. Cuando la vi (por la tele) no pude contener mi rabia hacia el autor de semejante obscenidad, en la que pude reconocer a más de un compañero contando, e incluso llorando, sus penurias, totalmente desamparado, desnudo ante la fría cámara de vídeo, intentando convencer, suplicando una oportunidad. Ellos estaban poniéndolo todo. El otro nada.   

Hasta no hace mucho, poca gente, fuera del ámbito artístico, sabía lo que era un casting. Hoy, en pleno auge del reality es difícil encender la tele, en cualquier cadena, sin encontrarte antes o después con una prueba, una audición o un duelo de supuestas facultades artísticas. Se ha hecho un espectáculo del propio casting en el que los espectadores son testigos e incluso jurado del proceso de "nacimiento de una estrella". Una vez nacida, en la mayoría de los casos, se convierte en algo efímero, en un muñeco roto y arrinconado por su dueño que ha salido a comprar otro.  

Fuera y dentro de este circo (la frontera cada vez es más difusa) se está creando una microindustria del casting. Cada vez hay más libros y cursos orientados para hacer frente a un casting. Cada vez también hay más directores de casting, necesarios por otra parte, aunque la mayoría entiende mal su trabajo y se pasan media vida rehuyendo a los actores, paradójico por otro lado, si tenemos en cuenta que viven de ellos. Me gustaría saber cuántos de ellos van al teatro (comercial o alternativo) en busca de talento. Cuántos de ellos van a escuelas de interpretación en busca de nuevos rostros con algo más detrás. Cuántos de ellos no prejuzgan a un actor por un determinado personaje que haya hecho con anterioridad.   

No haré apología lastimera de lo maravillosos que son/somos los actores, porque hay de todo. Siempre he dicho que los actores, al fin y al cabo, somos valores de un mercado, en alza o a la baja. Somos nuestro último trabajo conocido. Nada te convierte en actor, tal vez el trabajar como actor y sólo porque en tu contrato figuras como EL ACTOR. Ni siquiera el haber estudiado una carrera de arte dramático te hace actor. Ningún título dará testimonio de tu talento. No importa los años que lleves en esto, siempre serás objeto del criterio subjetivo de cualquiera, de entendidos y profanos. Te guste o no. Un mismo trabajo tuyo "cambiará la vida" de uno y será aborrecido por otro. La regla principal es que no hay reglas. Tampoco excusas. Nadie entenderá que hayas hecho un trabajo únicamente para pagar facturas. Serás juzgado bajo el mismo rasero. Incluso alguno se atreverá a llamarte millonario, aunque no trabajes en los siguientes dos años y a Hacienda, que somos todos (unos más que otros), le dé absolutamente igual. A pesar de todo esto y mucho más, seguimos eligiendo ser actores y seguimos engañándonos, diciendo que somos los seres más afortunados del mundo. También los más infelices e insatisfechos. 

Yo tengo un truco. Antes de entrar a un casting pienso: "Soy yo quien les va a probar a ellos". Suena ridículo, pero creerlo de verdad ayuda. En una ocasión, haciendo una prueba para una película, tanto el director de la misma como el director de casting se mostraron entusiasmados conmigo. Para mí aquella prueba se convirtió en la revelación de una incapacidad por parte del director en transmitir lo que quería con un mínimo de entusiasmo. "No quiero trabajar con esta gente", pensé. Y no lo hice. Pero eso sólo fue en una ocasión. En otras ocasiones, más de las deseables, la necesidad aborta tu orgullo y hace que salgas de la sala de casting pensando: "Soy una puta".

Escrito por David y Tristán Ulloa a las 10:31

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Rastros de vida
27/02/2008

Prólogo a la edición del guión de Pudor
Por Santiago Roncagliolo


A finales de los años noventa, yo trabajaba como empleado público en una institución administrativa del Perú. Todas las mañanas, me anudaba una corbata –la misma, porque sólo tenía una- y me desplazaba a mi oficina, en el congestionado centro de Lima, desde donde asistía en primera fila a los últimos suspiros del régimen de Fujimori. Durante el día, recibíamos denuncias de fraudes electorales, periodistas perseguidos, desaparecidos y damnificados por tormentas de intereses económicos. Cada día más, esas denuncias se filtraban a la prensa, sumadas a casos de corrupción, tortura y manipulación informativa. Mi rutina era contemplar a la bestia agonizante, supurando y sangrando, resistiéndose a morir entre sordos bufidos de dolor.

Por las noches, iba al cine. Vivía muy cerca de una multisala, y a menudo iba solo, a ver qué cartel me seducía. Mi trabajo era demasiado agotador como para concentrarme en escribir una novela. Ni siquiera leía mucho. En cambio, la sala oscura y la pantalla grande me transportaban sin esfuerzo a otros mundos, siempre mucho mejores que el real, donde nadie se perseguía ni se torturaba, y si alguien lo hacía, al final ganaba el bueno. El cine era la puerta de un universo, si no mejor, acaso menos desagradable que el mío.

Una de las películas que más me impactó en esos años fue Tormenta de hielo de Ang Lee, la historia de una familia americana durante la revolución sexual de los años setenta. Un inocente Elijah Wood se enamoraba de una precoz Cristina Ricci, mientras sus padres asistían a una fiesta de intercambio de parejas en plena crisis de su matrimonio, ese tipo de episodios. Era el género "historia íntima de los suburbios americanos con toques de humor negro y un nivel de perversión variable" que empezaría a poblar las salas en esos años con Happiness, Magnolia, American Beauty o Ghost World. Historias sobre el pequeño enfermo mental que vive en la puerta de al lado, o quizá dentro de ti.

Tormenta de hielo fue la primera de esas películas que encontré, y creativamente funcionó como un mazazo. Salí del cine pensando que me fascinaría escribir algo así, y frustrado de antemano por la certeza de que nunca lo conseguiría. Soy latinoamericano, y crecí bajo la estela del boom literario. Hasta donde yo sabía entonces, debía escribir sobre dictadores inmortales, sicarios del narcotráfico y problemas sociales, es decir, sobre todo lo que constituía mi rutina laboral (y de lo que, por cierto, hoy escribo con frecuencia).    

Pero yo tenía veinticinco años. A esa edad te niegas a que la vida sea como es. Quería huir, buscar algo más, y mi imaginación era lo suficientemente pretenciosa para verme a mí mismo como guionista de cine, algún día, en algún lugar. Planeé la fuga cuidadosamente durante mucho tiempo. No tenía mucho sentido aspirar a escribir guiones en inglés, lo cual eliminaba a EEUU. Cuba tenía una escuela muy buena, pero yo me preguntaba: ¿cuántas películas produce Cuba? ¿Para quién puedo escribir un guión ahí? Algo similar ocurría con México y Argentina.

Entonces apareció el cine español. Casi simultáneamente, llegaron a salas de Lima Barrio de Fernando León, Todo sobre mi madre de Almodóvar, Tesis de Amenábar, La niña de tus ojos de Trueba, El día de la bestia de Alex de la Iglesia, y de vez en cuando se colaban en ciclos joyitas de Berlanga, o un documental llamado Sexo oral. Hasta donde yo podía ver, el cine español tenía sentido del humor, calidad de producción y una gran variedad de temas y estilos. Los españoles eran más creativos que los americanos pero no tan aburridos como el resto del cine europeo. Se atrevían a hacer thrillers e incluso caricaturas. Eso era Hollywood. Al menos para un empleado público que trabajaba en el centro de Lima.

En el año 2000, mientras el gobierno peruano terminaba de venirse abajo, me inscribí en una escuela de cine de Madrid, arramblé con todos mis ahorros y me mudé. Desde entonces hasta ahora, no he escrito un solo guión de cine.

Hice otras cosas. Coescribí un guión, y sobre todo, adapté culebrones de Televisa con vistas a una producción española. Esencialmente, el productor compraba los mojigatos proyectos originales y me contrataba para hacer que los personajes "digan tacos, follen y fumen como la gente normal." Me gustaba el trabajo, pero no duré mucho. No tenía papeles. Era ilegal pagarme.

A pesar de todo, sí hice la película intimista que había pensado. Sólo que en vez de escribirla con imágenes, la escribí con palabras. Tardé muchos años en hacerlo, y sólo lo conseguí tras descubrir en España a los escritores norteamericanos que habían creado el lenguaje de filmes como Tormenta de hielo. Por ejemplo, Rick Moody, el autor de la novela original, Charles Baxter, Michael Chabon y los maestros de todos ellos, Richard Yates y John Cheever. Esos autores me enseñaron a escribir mi historia sin esperar que un productor me pagase un millón de dólares por ella, algo que resultaba altamente improbable en mis circunstancias. Del traslado de su lenguaje, austero, visual, minucioso en detalles íntimos, al escenario reprimido y gris de la Lima de los noventa, surgió una novela llamada Pudor.

 



Tristán Ulloa se puso en contacto con la editorial al día siguiente de la publicación del libro en España, a comienzos del año 2005. Yo conocía su trabajo como actor desde los años de la multisala de mi barrio en Lima. Casi al mismo tiempo, varios otros directores mostraron algún grado de interés. Me puse eufórico. De repente, empecé a escuchar sobre contratos, derechos, representantes. Tenía una agencia efectuando negociaciones en mi nombre. Todas las cifras eran más altas. Las negociaciones literarias –al menos las de autores jóvenes- suelen ser apacibles. Se realizan en una mesa, con olor a café. Esta vez, el olor del dinero me indicó que el cine había llegado a mi vida. Al fin, alguien iba a dirigir la película que yo había escrito. O algo así.

A mi primera reunión con los hermanos Ulloa, acudí armado con claras instrucciones de mi agente para no mostrar demasiado interés. Desafortunadamente, fracasé. Para empezar, Tristán mencionó las películas en que pensaba al leer la novela. Nuestra lista coincidía punto por punto: Tormenta de hielo, Magnolia y todas las demás. A continuación, enumeró los actores que tenía en mente. Incluso en eso, pensábamos igual. En algún momento, al sugerir yo un nombre, Tristán cogió el teléfono, llamó a alguien y dijo: "quiero que repitas el último nombre del que estuvimos conversando". Era el mismo.  

Para terminar, David explicó cómo imaginaba visualmente la historia. Quería una cámara cercana, concentrada en los pequeños detalles, que preservase el efecto voyeur del libro, dándole al espectador la sensación de estarse colando en las habitaciones, los baños y los rincones de la vida íntima de los personajes. Yo mismo había explicado la prosa de la novela en los mismos términos con frecuencia. Hablar con los hermanos Ulloa era como hablar conmigo mismo, con la diferencia de que ellos sí sabían hacer una película.

Más adelante, Tristán ha declarado que habían ido a ese almuerzo a venderme la moto de la película, pero a la mitad, se habían encontrado con que yo les estaba vendiendo la moto a ellos. Qué vergüenza. Pensé que no se me había notado tanto.
Cuando cedes los derechos de una historia para el cine, debes ser conciente de que la historia dejará de ser tuya. Si no estás dispuesto a entender eso, será mejor que no la sueltes. Pero es raro que ocurra como con los hermanos Ulloa: tenían en mente la película que yo había imaginado, y además, podían conseguir el dinero para hacerla. Es lo más que te puede ofrecer un director. A partir de ahí, sólo puedes confiar en que sus cambios no te produzcan náuseas. O, como la mayoría de los novelistas, aceptar el dinero y luego despotricar contra la película frente a quien quiera escucharte.  

Creo que los hermanos Ulloa esperaban encontrarse con lo segundo, pero se toparon con lo primero. Temo que haya sido mucho peor. En vez de refunfuñar a solas y dejarlos en paz, empecé a llamar a Tristán para saber cómo iba la película, quién iba a producirla, cuál era el casting, el presupuesto, el tipo de cámara, la banda sonora, de qué color serían las letras de los créditos, y todo tipo de aspectos de la producción que al escritor debían tenerle sin cuidado. También hacía sugerencias sobre el guión que nadie me había pedido, pero que yo consideraba "interesantes".

Tristán recibía todo este embate de entusiasmo juvenil con su característica flema inglesa. Sonreía amable y piadosamente. Tomaba nota de todos mis aportes fundamentales a la película. Me mantenía al tanto de los avances importantes. Y luego no me hacía el más mínimo caso. Pero tenía talento diplomático. Cada vez que hablaba con él, salía pensando que realmente, el dueño de esa película sería yo.
Por ejemplo, torturé a Tristán para asistir a un rodaje hasta que no pudo evitarlo más. Una mañana, me aparecí en un hospital de las afueras de Madrid, donde grababan los interiores. Tocaban las escenas de Elvira Mínguez buscando a su amante por los pasillos, entre batas médicas y pacientes. Y ahí estaba yo.

En todos mis contactos con el mundo audiovisual, siempre me ha sorprendido cuánta falsedad hay que acumular para que algo parezca real. Los actores llevan kilos de maquillaje para verse naturales. Las camas no son camas sino tablas con sábanas. La luz del sol no viene del sol. Mi visita al hospital confirmó esa impresión, y le sumó otra: ser director es un infierno. Como una caseta de reclamaciones, Tristán y David tenían que atender a largas colas de personas que exigían todo tipo de decisiones: ¿el vestido rojo o el azul? ¿el reloj a la derecha o a la izquierda? ¿lloro poco o lloro mucho? La ventaja de ser escritor es que todos tus personajes viven sólo en tu imaginación, y si se ponen pesados, los puedes matar. En cambio, los directores tratan con gente de carne y hueso, gente insoportable como yo, por ejemplo, que estaba al final de la cola preguntando:

-¿Puedo hacer un cameo? ¿Como Alfred Hitchcock?

Amablemente, como se trata a los niños para que dejen de incordiar, me permitieron hacer mi cameo. Aparecí durante tres segundos vestido de doctor. Estaba auscultando a una niña cuando se abría una puerta, y yo miraba hacia ella y decía:

-Hola.

Era, como cualquiera puede observar, una escena de máxima potencia, crucial para el desarrollo emocional de los personajes. Pero no prosperó. Mi debut como actor de cine fue eliminado en la sala de montaje.

De todos modos, al menos durante unos segundos, estuve ahí, habitando el mismo universo que los personajes, y viéndolos personalmente por primera vez, en algunos planos sin editar que Tristán llevaba en su ordenador. Vi a Alfredo conduciendo por las calles, rumiando la noticia de su propia muerte, y al niño cuando habla con uno de los fantasmas, el más espeluznante, el del señor Braun. Súbitamente, esas personas ya no existían sólo en mi imaginación, sino allá afuera, en una pantalla, ocupaban espacio, hablaban, y hacían casi todo lo que hacen los seres humanos de verdad.

Pero sin duda, el momento más emocionante de todo el proceso fue el preestreno en la Gran Vía. Esa noche, pisé una alfombra roja junto a los actores y directores, bajo una lluvia de flashes, mientras los fotógrafos de prensa se preguntaban "¿quién cojones es el que nos tapa a las estrellas?". Y luego entramos rodeados de aplausos a una sala atestada. Sé que es una frivolidad, pero el empleado público que habita en mí llevaba diez años esperando ese momento, desde sus viejos tiempos en la multisala de mi barrio.  

Más complicado es describir mis reacciones ante la película en sí. Conforme transcurría ante mí, iba reconociendo cuánto había quedado del libro, y cuánto no. Lima, por ejemplo, es reemplazada en la película por Gijón. Pero su cielo gris y su aire portuario proporcionaban un escenario igualmente apropiado para la soledad. Por otra parte, mis personajes hablaban ahora con acento español, pero tampoco eso afectaba su historia: ellos pueblan un paisaje íntimo, que podría localizarse igualmente en cualquier lugar donde haya familias.  

Quizá los cambios más notables entre libro y película son la ausencia del gato, que en la novela recibe el tratamiento de un personaje más, y la reducción de las escenas de sexo, que incluían un par de felaciones salpicadas aquí y allá. Es muy difícil grabar con un gato, sobre todo si su escena culminante es un apareamiento callejero a plena luz del día. Y al desaparecer el felino, se fue con él buena parte del sentido del humor. En la novela original, cuando la historia amenaza con volverse demasiado trágica, llega el animal y hace algo gracioso, que permite tomar distancia del drama y digerir la historia con más suavidad, a la vez que funciona como una metáfora de nuestros instintos animales. Las escenas de sexo, habitualmente tristes pero altamente carnales, potencian ese efecto, como si dijeran "ok, la vida es triste, pero en el fondo, todos somos como animalitos en celo. No es tan grave". En la película, en cambio, el drama ocupa el centro de la historia, y está expuesto sin piedad. Las vidas de los personajes son más sórdidas,  más carentes de sentido, en la medida en que no hay matices de humor o deseo que atenúen su soledad. Esencialmente, no cambian los hechos narrados, sino la mirada de los narradores.

Y sin embargo, esa mirada es el sentido de cada historia, y de cada autor. Lo más extraño en la noche del preestreno fue reconocer pedazos de realidad que alimentaban la novela, y yo había olvidado. En una escena, la hija abre la puerta del baño y se encuentra a su abuelo sentado en el water pidiéndole cigarrillos. Eso ocurrió de un modo similar en mi edificio, hace muchos años. Una madrugada, una mano pálida y arrugada emergió del ascensor y me dio un susto de muerte. Era un anciano que vivía en el sexto, abandonado y esclerótico, y pasaba el día pidiéndoles cigarrillos a los vecinos, la máxima expresión de su incapacidad para ocuparse de sí mismo. Algo de ese símbolo había llegado con el tiempo hasta una pantalla de la Gran Vía.

El mismo camino siguió una antigua broma de los noventa. Se decía en Lima que las peruanas, después del sexo, preguntaban siempre a su amante: "¿y ahora qué vas a pensar de mí?" Cuando la secretaria de Alfredo le pregunta eso a su jefe después de su lamentable cita, todo un ecosistema sexual volvió a mi memoria. Y durante la escena de las duchas, cuando la chica tiene su primera regla, recordé la imagen de Carrie que había inspirado ese capítulo, transferida de una película a otra con escala en Lima.

Conforme esas memorias se materializaban ante mis ojos, yo me convertía en el peor espectador de la platea. Me reía donde no tocaba, me angustiaba al saber de antemano lo que venía, y encontraba en cada escena sentidos que nadie más podía descifrar.

Tristán y David habían construido su historia con materiales que yo había reciclado de la vida, y les habían puesto materiales de la suya y la de los actores, hasta convertirla en algo que ya era otra historia, aunque ocurriesen los mismos hechos. Suelo describir esa sensación como el efecto que producen los hijos cuando se van de casa: en adelante, toman sus propias decisiones y viven sus propias vidas. No siempre son las que tomaron sus padres, pero siempre están basadas en lo que aprendieron a amar –u odiar- con ellos.

Por eso, todo lo ocurrido con la película desde entonces lo he disfrutado de contrabando: desde los premios en festivales para Elvira Mínguez –Elvira odia que lo diga, pero nadie se masturba en un retrete con tanta sensualidad como ella- hasta las nominaciones al Goya para los directores y el guionista. Me gusta decir que es la película de la novela, pero es una película de los hermanos Ulloa, en la que yo he participado un poco y he aprendido mucho sobre el arte de narrar.

Y no sólo yo. Aunque los hermanos Ulloa no lo saben, un pequeño grupo de espectadores anónimos ha celebrado sus éxitos alborozadamente: un hombre que aún pide cigarrillos en el suelo de algún ascensor, un gato de vejiga incontrolable y varias amantes tristes del pasado saben que han dejado rastros visibles de su vida. Pero de todos ellos, el más feliz es un antiguo empleado público aburrido y deprimido, que aún corre por las noches a la multisala en busca de una buena película para olvidar la realidad.   

Escrito por David y Tristán Ulloa a las 11:23

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Susceptibilidades y propósitos
03/01/2008

Hace unos días, almorzábamos unos amigos en un restaurante italiano. Entre ellos, el actor Paco León. La verdad es que encontrarse con él en un lugar público se está convirtiendo en toda una temeridad debido a su abrumante popularidad. El objeto del encuentro no era otro que el de planificar mínimamente una sencilla cena-fiesta de nochevieja entre amigos. La tertulia transcurría con relativa normalidad, entendiendo por normalidad, en estos casos, el ser interrumpidos continuamente por otros comensales que querían una foto, autógrafo o comentario de "Luisma" el de Aída (me asombra el hecho de que todavía haya fans que piensan que uno es y se llama como el personaje que interpreta en una serie de ficción). Para eso Paco es un maestro. Tiene mucha mano izquierda y paciencia infinita. Sobre todo si la gente es educada y respetuosa (al fin y al cabo eso es una consecuencia de nuestro trabajo, así que o te haces a la idea o te dedicas a la cría de gusanos de seda). En un momento dado se acercaron dos mujeres, madre e hija, de las que se ven por el barrio de Salamanca. No es que yo vaya de lince pero el estampado Burberry, las chaquetillas acolchadas de caza, el peinado made in "foro de la familia" y el perrito en brazos me dieron alguna pista. Me enrollo. Se acercan a Paco y le dicen: "Hola, Luisma. Sólo queríamos decirte que a nosotras no nos gusta el cine español, pero que tú eres el mejor". Las caras de todos los que allí estábamos sentados, la de Paco incluida, eran poemas anónimos. De alguna forma tratábamos de desgranar el elogio del insulto. Era como si nos hubiese dicho: "de esta mesa de titiriteros de dudosa calaña, el único que nos hace un poco de gracia eres tú". Eso si pasamos por alto el hecho de que le da igual cual sea el verdadero nombre de Luisma, o si se refiere a una serie, a una película o a un campeonato de macramé. ¿Batalla perdida? Creo que es una batalla que no apetece ni librar.


La noche del 31 nos encontramos un buen grupo de amigos en casa de Paco festejando la entrada del nuevo año, como casi todo hijo de vecino. A las once y media de la noche cada uno de nosotros escribió en una hoja todo aquello que quería que desapareciese de nuestras vidas y quemamos todos los papeles en una improvisada mini hoguera en la terraza. A las doce y media hicimos lo propio con aquello que deseábamos en nuestras vidas. Propósitos. Borrones y cuentas nuevas. Confieso que en mi primera lista incluí ser menos susceptible así como en la segunda ser más tolerante con los demás.

No necesitar la aprobación constante o ser continuamente aceptados por todos. No ser tan vulnerables y darle a cada cosa la importancia relativa que tenga. Que ni lo malo es tan malo ni lo bueno tan bueno. Darse cuenta de que cerca de ti, en tu casa, en tu familia, en tus amigos, en desconocidos que se acercan con las mejores intenciones o en los que te animan y felicitan a través de tu blog, encuentras toda la energía y buenas vibraciones necesarias para seguir adelante.

A todos, mil gracias… y todo lo mejor, de corazón,  para el nuevo año.

Tristán Ulloa 

Escrito por David y Tristán Ulloa a las 10:33

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David y Tristán Ulloa

David Ulloa

Nací en Madrid, en 1976. De padre madrileño educado en Francia y de Madre francesa de las que aún hoy en día es incapaz de pronunciar bien la erre. Fui un niño gritón, gordito, intrépido pero torpe hasta la extenuación, de los que se caían de los árboles, saltando verjas, montando en bici...fui un autentico dolor de muelas para mis padres y mi hermano... Desde siempre el cine ha estado presente en nuestra familia. La primera película que recuerdo plenamente fue "Tiburón" en un cine de verano de Almería.  Soy de la generación que creció con los Gremlis, Indiana jones, loca academia de policía, regreso al futuro...y estoy enormemente orgulloso de ello. Ese cine fue el que me metió el hábito de pagar una entrada. Ya habría tiempo de refinar los gustos + adelante... Tras pasar por una horrible y acomplejada adolescencia, recalé por intuición en la facultad de imagen y sonido. Lo mejor, la gente y la videoteca que tenía. Solía quedarme después de clase y me forzaba a ver todo ese cine en blanco y negro que desconocía. No podía permitir que mi amigo Roberto me diera tantas lecciones de cine clásico, pero aún hoy lo sigue haciendo...  

Entré a trabajar en programas de cine de Canal +  y eso era increíble. Te pagaban por ver películas y luego montar piezas sobre ello. Me sentía como si fuera la ostia. Con mi tarjeta magnética para entrar en la torre Picaso... ¡dios, que grande era!... ...Un lunes por la mañana me despidieron. Era 8 de Enero y era el día de mi cumpleaños...eso te quita todas las tonterías.  

He realizado un programa de cine para una cadena privada durante un par de años, promos para diversas cadenas, especiales para canal +, videos para el festival de San Sebastián y los últimos tres años he trabajado en la realización de "El comisario".  

He seguido viendo mucho cine...europeo, americano, asiático, de lo que me echen... Hice un corto con mi hermano hace unos 4 años que tuvo mucho de aprendizaje pero dirigir no es algo que haya ido buscando a toda costa. 

Surgió de manera bastante natural, como una válvula de escape a nuestros respectivos trabajos. El proyecto empezó como algo pequeño. Juntándonos por las tardes empezamos a esbozar temáticas a tratar hasta que un día apareció la novela Pudor de la nada y todo se precipitó. Tesela, la productora, nos dio la seguridad y la libertad suficiente para contar la historia tal como la queríamos contar y ahora sólo nos queda esperar a ver como la aceptáis todos vosotros.   

Tristán Ulloa
Nací un 6 de mayo de 1970 en Orleáns (Francia) por una serie de circunstancias políticas y económicas que… vamos que mis abuelos eran emigrantes y exiliados españoles en el país vecino. Típico niño español en Francia o francés en España. Este desarraigo aún hoy perdura en mí aunque yo soy de los que  piensa que uno es de donde pace y no de donde nace.  

Mi infancia la viví alimentándome de las dos culturas. Mi adolescencia en Vigo (sí, también gallego). A los 14 años un buen amigo me sugirió entrar en el grupo de teatro del colegio para poner remedio al carácter casi  autista que por aquel entonces me atenazaba. Creo que nunca podré agradecer lo suficiente lo que ese amigo hizo por mí. Empezó como terapia, se convirtió en vocación y terminó en oficio. El teatro siempre me acompañó desde entonces. Por el camino, una licenciatura  en empresariales (sí, yo también caí) simultaneada con los estudios en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid y mis coqueteos con la escritura.  

Como actor crecí admirando a gente hoy ya mayor como Michael Caine, Max Von Sidow, Pacino, Héctor Alterio, Fernán-Gómez… o ya desaparecidos como Peter Sellers, Brando o Welles. Incluso después de hacer algunas obras de teatro y series de televisión nunca pensé en serio que llegaría a ganarme la vida como actor, las cosas como son. Y mucho menos en el cine. Hasta el día en que Salvador García (oh, maestro) me confió aquel personaje en su primera película: Mensaka. A ésta le siguieron más de 20 películas de todo tipo. Muchas mediocres, seamos honestos; otras pocas, joyitas (al menos para mí): Los sin nombre, Lucía y el sexo, Volverás (a este personaje le tengo un cariño especial), Los tres mosqueteros, El Destino,  Salvador, Mataharis…y muchas más. Además de Salvador García aprendí mucho de la amistad y del oficio de gente como  Nacho Pérez, Jesús Ruiz, Iñaki Mercero, Julio Medem, Antón Reixa, Jaume Balagueró, Antonio Chavarrías, Álvaro Fdez Armero, Manuel Huerga, Iciar Bollain, Miguel Pereira… etc. Gracias amigos.  

De todos aprendí algo, incluso lo que no se debe hacer. Y de todos sigo aprendiendo… y entendiendo  que esto es un oficio que me encantaría me acompañase siempre, sin prisa por llegar a ningún sitio, porque ese sitio no existe, es sólo un espejismo que me permite seguir creciendo… con errores, aciertos e imprudencias, como la de dirigir una película junto a mi hermano (gracias a  José Antonio Félez). Interpretar, escribir, dirigir… son sólo tres formas de hacer algo que me encanta: contar historias.

24/04/2008
De castings y de putas

27/02/2008
Rastros de vida

03/01/2008
Susceptibilidades y propósitos

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D.Ulloa en Rastros de vida(24/06/2008 - 11:52)

kahelahe en Rastros de vida(22/06/2008 - 12:32)

LO QUE LEO:
"El dedo en el corazón" de Javier Giner
recomendacion_libro.gif (35 Kb)
ESCUCHANDO:

"Smokey Rolls Down Thunder Canyon" de Devendra Banhart

recomendacion_disco.gif (23 Kb)
www.pudorlapelicula.com
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