En el presente 2009 se cumplen 50 años de la salida forzada del Dalai Lama del Tíbet y del inicio de su gobierno desde el exilio, concretamente desde Dharamsala, en el norte de la India. Tal vez por ello el debate sobre la ocupación china de lo que actualmente se (re)conoce como Región Autónoma del Tíbet (RAT) y el derecho a la independencia de este pueblo vuelven a estar en el punto de mira de algunos, no demasiados, medios de comunicación. Lo vimos una y otra vez durante los días que precedieron a la inauguración de los Juegos Olímpicos de Beijing; activistas a favor de la liberación de Tíbet asaltando al portador de la antorcha olímpica, adalid de la paz y la justicia entre los pueblos del mundo. Saboteadores, dijeron los unos; solidarios, dijeron los otros. Al final todo resultó un mero espejismo. Ahora todos callan, nadie dice nada, y el año que viene, y el que viene, y el que viene… aún oiremos menos. Apenas un eco perceptible de los disparos provenientes de sus bocas en forma de palabras, la única arma empleada por el pueblo tibetano en la reconquista de su propia tierra. Pero el silencio no vende, por todos es sabido.
Antes de que fueran delimitadas las fronteras entre los dos pueblos prácticamente existían sólo dos tipos de tibetanos: los que se dedicaban al estudio del budismo en los monasterios, los monjes, y los nómadas que se ganaban la vida con sus rebaños, los pastores. Vivían dispersos entre la inmensidad de los Himalayas habitando en los valles más fértiles, trashumando allá donde los pastos eran más abundantes. Hasta que un día a alguien se le ocurrió trazar una línea que dividió el territorio en dos, y a partir de entonces los de un lado dejaron de ser tibetanos aunque en la práctica siguieran viviendo como tales. Es lo que les toca vivir a los habitantes del territorio KHAM.
En la actualidad, políticamente Tíbet es una provincia más de China, como pueden serlo Shanxi, Hunan o Gansu; eso sí, con un régimen especial que se traduce en una mayor autonomía, por otro lado necesaria para organizar un territorio con características específicas bien diferenciadas del resto de las provincias. Por ello recibe el nombre de Región Autónoma del Tíbet (RAT). Sin embargo, geográficamente, el pueblo tibetano cohabita en una zona mucho más amplia, traspasando los límites artificiales que son las fronteras. De hecho, la provincia del Tíbet únicamente representa dos tercios de la alta meseta donde históricamente se ha asentado la cultura tibetana; el tercio restante, el más oriental, se lo reparten entre las provincias de Qinghai, Yunnan, y mayoritariamente Sichuan. Es la zona que conforma el territorio KHAM.
Las imágenes que conforman esta exposición fueron realizadas en las provincias de Yunnan y Sichuan durante el mes de diciembre de 2003. Caí en medio de aquel frío sordo e indiferente por azar y en seguida quedé cautivado por la belleza que de él emanaba, pero sobre todo por la austeridad con la que lo envolvía absolutamente todo hasta límites insospechados. Fue aquella austeridad, por ejemplo, la que me decantó por el blanco y negro.
Fueron unas fotografías tomadas de paso, casi sin premeditación y alevosía. Un pasear distraído en el que iba registrando aquello que de alguna manera llamaba mi atención. Y la grandiosidad del paisaje fue lo primero que captó mi atención; y ésta dejo paso a la espiritualidad que yacía en cada soplo de aire, en el aliento de cada suspiro; y ésta dejo paso a la timidez y curiosidad con la que me escrutaban todos los ojos que en mí se posaban; y ésta dejó paso a la sutileza de los detalles con la que los pocos chinos ejercían el control sobre los numerosos tibetanos a los que imponían su hegemonía; y después la sutileza desapareció y se hizo rotunda e ineludible.
territorio KHAM muestra mi breve experiencia en el noroeste de la provincia de Yunnan, y en la parte occidental de Sichuan. A lo largo de estas 25* imágenes accedemos al monasterio Ganden Sumtseling en Zhongdian (actualmente Shangri-La), el complejo religioso más importante del sudoeste de china con 300 años de antigüedad y más de 600 monjes viviendo en él, o el de Chöde, en Litang, un pueblo a casi 4.000 metros de altitud. Circulamos a lo largo de las dos rutas terrestres que dan acceso a la provincia del Tíbet desde China; la carretera del norte y la del sur. Con 2.412 kilómetros, la del norte es la menos transitada de las dos, en parte por el paso de Tro La, a casi 5.000 metros de altitud, uno de los puntos transitables más altos del mundo y donde los viajeros lanzan oraciones al viento desde las ventanillas abiertas de los autobuses. Ascendemos la montaña sagrada Kawa Karpo de 6.740 metros de altitud hasta los pies del glaciar Mingyong, visitamos a los pacientes en las austeras habitaciones del hospital Xianggen Yiyuan, en Ganzi, y llegamos hasta el remoto y militarizado pueblo de Dergé en la frontera con la provincia del Tíbet. Más de 5.000 kilómetros recorridos en menos de un mes. El viaje está a punto de comenzar. Pasajeros al bus.
Este es el texto que presenta la exposición que se inaugura este jueves 15 de octubre y hasta el 20 de noviembre en la sede del DR. NOPO, en Valencia, un colectivo amante de la fotografía que hace lo posible y lo imposible para estar cerca de ese sueño llamado fotografía y vivir conforme les dicta su diafragma y obturador vital. Además de montar exposiciones organizan cursos, coloquios, disponen de instalaciones para fotógrafos y un sinfín de actividades en las que el denominador común es vivir la fotografía con pasión.
Les doy las gracias desde aquí ya no sólo por cederme su espacio para mostrar este trabajo, sino por haberse interesado concretamente por ESTE trabajo ya que, exceptuando la edición que aparece en la web, y pese al tiempo que hace de su realización, es completamente inédito. Tras reeditar todo el material, este ha sido el resultado. El que tenga tiempo que se deje caer por:
De entre las cosas que he leído sobre el ensayo fotográfico de Xiqi Yuwang "Ye Tianan, la Historia de un Monje Shaolin", recientemente galardonado con el Premio Nuevo Talento Fnac de Fotografía, no podría estar más de acuerdo con la afirmación del jurado "cada foto plantea un interrogante, te hace querer saber mucho más". Al menos, a mí es lo que me sucedió cuando las vi por primera vez; sin haber acabado de mirarme la que tenía delante sentía un impulso casi irrefrenable de pasar a la siguiente, lo cual es bueno, porque requiere un segundo, un tercer, …un cuarto visionado, como suele ocurrir con los buenos trabajos, y este me lo parece (ya que, paradójicamente, nada en él es lo que parece).
El factor sorpresa es, sin lugar a dudas, el primero de los dos pilares que, en mi opinión, sustentan su trabajo y lo primero que llama la atención del mismo. Cada imagen nos presenta a Ye Tianan, el monje Shaolin protagonista de la historia, en un contexto diferente de aquello en lo que se ha convertido su vida, con unas puestas en escena que basculan entre el frikismo más hilarante, las más, y la sobriedad más melancólica, todo ello basado en el Retrato.
Ye Tianan se me antoja como un súper héroe urbano en forma de guerrero de la china medieval que hubiera transgredido los límites del tiempo -me atrevería a decir que involuntariamente- y se hubiera trasladado a una cosmópolis española contemporánea, con todo lo que este cambio conlleva. Cuando lo miro me parece un hombre noble y sencillo, algo tímido pero obstinado, y propenso a la felicidad, lo que cuenta a su favor; pero también es fiel a la misión que le fue encomendada varios siglos atrás por su maestro en el pequeño templo donde creció y aprendió el arte de la lucha, aislado y protegido de sentimientos tan impuros como son la avaricia, el egoísmo o el rencor. "Lucha contra la injusticia por encima de todo, defiende los valores basados en el bien y cultiva el camino de la paz" le había encomendado su maestro, y a Ye Tianan no le ha quedado más remedio que obedecer y acatar su destino; y esto, definitivamente, no contará a su favor.
El joven monje, de esta manera, se ve forzado a mantener una doble vida; la de un inmigrante chino cualquiera, por un lado, y la de un guerrero justiciero por otro, casi siempre en sus ratos libres que, por otro lado, son pocos, por lo que cada vez lo hace de forma más esporádica, lo de súper héroe, digo. Y así, Ya Tianan se ve manteniendo un pulso fraticida entre su Yo, aquel para el que fue instruido, y las nuevas Circunstancias que lo rodean, las mismas que empiezan a resquebrajar su pureza y su inocencia como se desquebraja el hígado de un alcohólico, poco a poco pero de forma irreversible.
"Ye Tianan, la Historia de un Monje Shaolin" conforma una metáfora que le sirve a Xiqi Yuwang para explicar las dificultades, a veces insalvables, siempre dolorosas, que conlleva la adaptación a un nuevo lugar en el que cualquier semejanza con el de origen es pura coincidencia, como sucede en este caso entre las culturas oriental y occidental.
Es precisamente de la base de esta metáfora de donde se alza el segundo de los dos pilares que sustentan la historia del joven monje, que no se ve tanto, que se amaga tras la reluciente superficie, y que es lo que lo redime de la pura estética. Se trata de la sustancia intangible que conforma lo misterioso e inquietante de esta obra, la pieza que no encaja, aquello que sacude al espectador por dentro y que lo va noqueando imagen tras imagen sin saber bien ni cómo ni cuando ocurrió. Porque aquí nada es gratuito. Porque todo tiene un precio. Porque lo que al principio parecía una comedia al final ha resultado ser una tragicomedia. Eso en el mejor de los casos. Vida perra la del inmigrante.
No me queda más que quitarme el sombrero y felicitar a Xiqi Yuwang por haber plasmado de forma tan brillante un tema con el que otros no tuvimos tanta suerte, aunque esa es otra historia. Ahora toca disfrutar de sus fotos. ¡Que aprovechen!
El viaje sigue su curso y los días se suceden sin grandes sobresaltos pese al elemento novedoso que albergan todos y cada uno de ellos. Cada día lo vivimos en una nueva ciudad, cada noche significa una nueva habitación de hotel, una cama diferente y, al mirar hacia arriba, su techo diferente correspondiente; decenas de restaurantes, trenes y autobuses; paisajes desconocidos cada amanecer. Pero incluso este torrente de acontecimientos vírgenes a nuestros sentidos se han convertido, paradójicamente, en algo rutinario para nosotros, haciendo de lo extraño y lo desconocido los únicos elementos con los que realmente podemos contar.
Encajonados en los asientos noveno y décimo, salimos de la estación de Baguio, al norte de Filipinas, justo después de que haya despuntado el sol, casi imperceptible por la densa bruma que abraza la Cordillera esta mañana lluviosa de finales de mayo, rumbo al pequeño pueblo de Sagada, seis horas hacia el norte en autobús. Una caja de cartón del tamaño de un gran televisor nos cierra el paso por el pasillo; Changhong de 21 pulgadas dicen las letras impresas de la caja que, por otro lado, se intuye demasiado ligera para contener uno en su interior. Vencido por el cansancio del viaje de siete horas con el que acabamos de enlazar éste, cruzo los brazos sobre la caja y apoyo la cabeza en ellos, inhalando de forma nítida el inconfundible el olor a celulosa y polvo que tan cotidianos habían sido para mi años atrás. Directo al cerebro.
Se ve que el olfato es el sentido mejor dotado para llegar a los recovecos más recónditos de la memoria y que, en una fracción de segundo, mucho antes que a través de cualquiera de los otros sentidos, podemos llegar a recordar a través de un olor espacios u objetos que durante años habían permanecido en el más absoluto de los olvidos. Así que ahí estoy, otra vez encajonado en la parte trasera sin ventanas del R4 blanco que durante años condujo mi padre para trabajar, entre infinitas pilas de muebles nuevos embalados en sus perfumadas cajas de cartón, casi siempre de camino a la playa de San Sebastián una tarde de entre semana cualquiera durante las vacaciones de los meses de verano.
Y así, a miles de kilómetros y decenas de años de aquellos días de colchoneta hinchable, bocadillo de chorizo y crema solar que ahora mi mente proyecta en forma de imágenes como si fuera un "cinenxí", evocadas por esta especie de máquina del tiempo en forma de caja de cartón, voy dormitando hasta que un repentino… ¡Flop! -la ruptura de una especie de pequeña burbuja en el interior de mis oídos- me hacen perder el hilo de los ya vagos, ya casi inconexos pensamientos, devolviéndome delicadamente al asiento del autobús. Estamos ganando altura.
Mikel Aristregi Hernani (Gipuzkoa), 1975. Estudié en una ikastola (escuela) en la que no se hacían exámenes y era uno quien se ponía la nota. Ahí aprendí a ser crítico conmigo mismo.
En clase de ética, ya en el instituto, vi El Salvador de Oliver Stone, y es desde ese momento que quiero ser fotoperiodista – no haré comentarios sobre la película-.
Antes de licenciarme en periodismo pasé diez meses en Florida (USA); allí conocí de cerca el fenómeno de la inmigración, el tema más presente en mis trabajos posteriores.
Más tarde me fui a Barcelona con la certeza de que algo grande estaba a punto de suceder; y estudié fotografía en el IEFC. Se confirmaban así todas las sospechas que desde hacía tiempo rondaban dentro de mí. Es entonces cuando tome la determinación de ser fotógrafo durante el resto de mi vida, aunque no siempre ejerza como tal.
Ahora mismo vivo en un pequeño pueblo del Pirineo ilerdense donde trabajo de corresponsal. Estoy a gusto.
De todo, me quedo con esta frase: “La miré sin comprender, aunque como un nadador solitario y exhausto la verdad poco a poco se fue abriendo paso en el mar negro de mi ignorancia”.